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Un cortado, por favor (5)
Durante varios días más se repitió la misma escena. Poeta llegaba siempre a la misma hora, se instalaba ante la barra, siempre a la izquierda de los tres hombres –que parecían formar parte del decorado del bar–, sacaba su vasito del bolsillo de la gabardina, me lo entregaba y, una vez servido y bebido el cortado, salía del local despidiéndose de todos los parroquianos. Por eso no es extraño que, al cuarto o quinto día, uno de los ejecutivos no pudiera contener por más tiempo su curiosidad y tratase de conseguir que yo rompiera lo que parecía un voto de silencio.
–Pero, ¿qué le pasa a ese piojoso, siempre trayendo su propio vaso? ¿Es que padece alguna enfermedad infecciosa y no quiere contagiar a nadie?
–Desde luego, el muy vago no tendrá dónde caerse muerto pero, al menos, no nos pegará sus asquerosos virus... –añadió otro de los hombres.
Dejé de secar los platillos que acababa de sacar del lavavajillas. Me colgué el trapo de un hombro y me acodé sobre la barra frente a los tres clientes. Miré fijamente al ejecutivo de traje azul marino buscando las palabras exactas que debía pronunciar: quería estar a la altura de la terminología económica que utilizaban habitualmente los hombres de negocios que hacían escala en mi bar.
–Ahora comprendo eso de la globalización, lo de la aldea global en que se está transformando el mundo. Porque resulta curioso que individuos tan dispares como vosotros y Poeta, inmersos en coyunturas tan opuestas, sintáis las mismas preocupaciones ante los inputs emocionales.
Los tres hombres me miraron intrigados. La mujer del fondo sonreía, pues creía saber qué era lo siguiente que iba a escuchar tras la solicitud de aclaraciones.
–¿De qué coño estás hablando?
–No, nada, que el primer día que Poeta os vio aquí, me preguntó si lo vuestro era contagioso. Yo le dije que no estaba seguro y desde entonces no consiente que le sirva en otro vaso que no sea el que él trae.
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Un cortado, por favor (4)
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Un cortado, por favor (3)
Y es que era del tipo de personas a las que no se mira para poder seguir ajeno a la pobreza latente, a las desgracias que nos rodean y que parecen poderse evitar con sólo ignorarlas. Era lo que se podría calificar un “nuevo nómada urbano”, si se me permite la expresión. Porque la palabra mendigo no le hacía justicia aunque fuera la primera expresión que viniera a la cabeza al verlo.
Vestía unos gastados pantalones de color gris oscuro, de pana gruesa a pesar de estar en pleno mes de agosto. Las mangas de un jersey verde asomaban bajo las de una gabardina raída, demasiado pequeña para cubrir sus ciento noventa centímetros de envergadura. Su boca de gruesos labios era una isla rodeada por un mar de vello negro salpicado por decenas de canas náufragas. La nariz aguileña sostenía unas gafitas redondas de montura metálica, una de cuyas varillas aparecía asegurada por un vistoso pedazo de esparadrapo. El pelo, largo y lacio, peinado con raya en medio y desplomado sobre los hombros. Posiblemente aparentaba ocho o diez años más de su edad real.
De la abertura de uno de los bolsillos parecía querer escapar una libreta de espiral. El hombre la ayudó a salir, la abrió sobre la barra y, tras sonreír a los tres hombres de traje azul marino, anotó algo con un lapicero mordisqueado en su extremo. Cerró el cuaderno y lo volvió a guardar en el bolsillo. Los tres ejecutivos desviaron la mirada y continuaron hablando de coyunturas socio-económicas adversas, de inputs y outputs, de cash flow, de activos ficticios y de tasas de retorno. El recién llegado hizo una discreta seña con la mano requiriendo mi atención, y cuando me acerqué me susurró algo al oído mientras seguía atento a las palabras de sus compañeros de barra. No pude reprimir una carcajada solidaria cuando comprendí el alcance de su pregunta. A continuación, el hombre de la gabardina volvió a dirigirse a mí, pero esta vez en voz alta y empleando un tono extremadamente cortés.
–¿Me puedes poner un cortado, por favor? Con la leche del tiempo, si no te importa...
Todavía sonriendo, me di la vuelta, saqué de la alacena una de las tazas que reservaba para los clientes más sibaritas, preparé el café tal y como me lo había encargado y se lo serví acompañado por un bomboncillo de chocolate. El hombre de la gabardina me dio las gracias, se tomó el cortado de dos tragos, pagó los noventa céntimos que le pedí y se despidió con un hasta luego tan educado como el buenas tardes de unos minutos antes.
–Un tipo rarillo, ¿no? –me preguntó uno de los hombres en cuanto el cliente hubo pisado la calle. El tono de su voz era evidentemente desdeñoso.
–Cada cual tiene sus cosas, y Poeta no iba a ser menos. Pero es buena gente –respondí con una asepsia propia de hospital.
Un cortado, por favor (2)

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Un cortado, por favor (1)

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