www Somardón

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Un cortado, por favor.

Un cortado, por favor (5)

Durante varios días más se repitió la misma escena. Poeta llegaba siempre a la misma hora, se instalaba ante la barra, siempre a la izquierda de los tres hombres –que parecían formar parte del decorado del bar–, sacaba su vasito del bolsillo de la gabardina, me lo entregaba y, una vez servido y bebido el cortado, salía del local despidiéndose de todos los parroquianos. Por eso no es extraño que, al cuarto o quinto día, uno de los ejecutivos no pudiera contener por más tiempo su curiosidad y tratase de conseguir que yo rompiera lo que parecía un voto de silencio.

–Pero, ¿qué le pasa a ese piojoso, siempre trayendo su propio vaso? ¿Es que padece alguna enfermedad infecciosa y no quiere contagiar a nadie?

–Desde luego, el muy vago no tendrá dónde caerse muerto pero, al menos, no nos pegará sus asquerosos virus... –añadió otro de los hombres.

Dejé de secar los platillos que acababa de sacar del lavavajillas. Me colgué el trapo de un hombro y me acodé sobre la barra frente a los tres clientes. Miré fijamente al ejecutivo de traje azul marino buscando las palabras exactas que debía pronunciar: quería estar a la altura de la terminología económica que utilizaban habitualmente los hombres de negocios que hacían escala en mi bar.

–Ahora comprendo eso de la globalización, lo de la aldea global en que se está transformando el mundo. Porque resulta curioso que individuos tan dispares como vosotros y Poeta, inmersos en coyunturas tan opuestas, sintáis las mismas preocupaciones ante los inputs emocionales.

Los tres hombres me miraron intrigados. La mujer del fondo sonreía, pues creía saber qué era lo siguiente que iba a escuchar tras la solicitud de aclaraciones.

–¿De qué coño estás hablando?

–No, nada, que el primer día que Poeta os vio aquí, me preguntó si lo vuestro era contagioso. Yo le dije que no estaba seguro y desde entonces no consiente que le sirva en otro vaso que no sea el que él trae.

Fin del relato. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor 

21/03/2006 11:01. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (4)

Al día siguiente, a la misma hora, Poeta entró en el bar. Saludó a los tres hombres –que continuaban resolviendo los problemas económicos de medio mundo– y dedicó una reverencia trasnochada a la mujer del fondo de la barra. La mujer le correspondió con una sonrisa; los tres hombres le miraron, esta vez de arriba abajo y con absoluto descaro, mientras él se acomodaba en la misma banqueta del día anterior. Poeta me hizo una seña y ya me disponía a prepararle el cortado con leche del tiempo cuando su voz ronca me detuvo. Del bolsillo izquierdo de la gabardina extrajo un vasito de Duralex y una cucharilla plateada. Observó el vaso al trasluz y cuando se aseguró de que estaba impoluto me lo entregó sosteniéndolo delicadamente entre ambas manos como si estuviera realizando una ofrenda ritual.
 
–Por favor, ¿te importa prepararlo en este vaso? –inquirió con sus exquisitos modales.
 
–Por supuesto que no –accedí coloreando mis labios con una sonrisa cómplice.
 
Cogí el vaso, lo coloqué bajo el brazo de la cafetera, cargué el cazo de café molido y pulsé el interruptor. Un minuto después, le serví el café y lo acompañé con el bomboncillo de chocolate gentileza de la casa. Poeta dio vueltas al café con su cucharilla y lo bebió de dos tragos. Limpió el vaso con una servilleta de papel, hizo lo mismo con la cucharilla y volvió a guardar todo en el bolsillo. Y, como el día anterior, se despidió de la mujer y los tres hombres con un hasta luego que en esta ocasión adornó con una mueca levemente burlesca y desafiante.

Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor


20/03/2006 09:02. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (3)

Y es que era del tipo de personas a las que no se mira para poder seguir ajeno a la pobreza latente, a las desgracias que nos rodean y que parecen poderse evitar con sólo ignorarlas. Era lo que se podría calificar un “nuevo nómada urbano”, si se me permite la expresión. Porque la palabra mendigo no le hacía justicia aunque fuera la primera expresión que viniera a la cabeza al verlo.

Vestía unos gastados pantalones de color gris oscuro, de pana gruesa a pesar de estar en pleno mes de agosto. Las mangas de un jersey verde asomaban bajo las de una gabardina raída, demasiado pequeña para cubrir sus ciento noventa centímetros de envergadura. Su boca de gruesos labios era una isla rodeada por un mar de vello negro salpicado por decenas de canas náufragas. La nariz aguileña sostenía unas gafitas redondas de montura metálica, una de cuyas varillas aparecía asegurada por un vistoso pedazo de esparadrapo. El pelo, largo y lacio, peinado con raya en medio y desplomado sobre los hombros. Posiblemente aparentaba ocho o diez años más de su edad real.

De la abertura de uno de los bolsillos parecía querer escapar una libreta de espiral. El hombre la ayudó a salir, la abrió sobre la barra y, tras sonreír a los tres hombres de traje azul marino, anotó algo con un lapicero mordisqueado en su extremo. Cerró el cuaderno y lo volvió a guardar en el bolsillo. Los tres ejecutivos desviaron la mirada y continuaron hablando de coyunturas socio-económicas adversas, de inputs y outputs, de cash flow, de activos ficticios y de tasas de retorno. El recién llegado hizo una discreta seña con la mano requiriendo mi atención, y cuando me acerqué me susurró algo al oído mientras seguía atento a las palabras de sus compañeros de barra. No pude reprimir una carcajada solidaria cuando comprendí el alcance de su pregunta. A continuación, el hombre de la gabardina volvió a dirigirse a mí, pero esta vez en voz alta y empleando un tono extremadamente cortés.

–¿Me puedes poner un cortado, por favor? Con la leche del tiempo, si no te importa...

Todavía sonriendo, me di la vuelta, saqué de la alacena una de las tazas que reservaba para los clientes más sibaritas, preparé el café tal y como me lo había encargado y se lo serví acompañado por un bomboncillo de chocolate. El hombre de la gabardina me dio las gracias, se tomó el cortado de dos tragos, pagó los noventa céntimos que le pedí y se despidió con un hasta luego tan educado como el buenas tardes de unos minutos antes.

–Un tipo rarillo, ¿no? –me preguntó uno de los hombres en cuanto el cliente hubo pisado la calle. El tono de su voz era evidentemente desdeñoso.

–Cada cual tiene sus cosas, y Poeta no iba a ser menos. Pero es buena gente –respondí con una asepsia propia de hospital.

Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor


17/03/2006 09:19. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (2)

20060316085845-whisky02.jpg
Al otro extremo de la barra, una mujer tomaba su whisky a pequeños sorbos. De vez en cuando, sacaba un cigarrillo, lo colgaba de unos labios pintados en un color rojo oscuro y acercaba la cara hacia mí. Yo, solícito como siempre que hay mujeres por medio, rescataba el mechero que había abandonado poco antes junto a la cafetera y daba fuego a la mujer. No hacían falta palabras para cumplimentar el ritual.
 
También de vez en cuando, uno de los hombres perdía el hilo de la conversación y se dedicaba a lanzar una mirada sonda hacia la dama por encima de los hombros de sus contertulios. Indefectiblemente, la mujer ignoraba el requerimiento y daba un nuevo trago a su bebida, una nueva calada a su cigarrillo. Entonces, el hombre continuaba la disertación sobre su plan de desarrollo profesional dentro de la empresa en el mismo punto en que la había interrumpido. Por su parte, sus compañeros podían estar glosando sus propias expectativas de futuro –siempre prometedoras, siempre por encima de lo que habían supuesto inicialmente–, comentando las zancadillas laborales que diariamente debían evitar, susurrando los últimos cotilleos bursátiles y explicando cómo iban a dar un pelotazo que los pondría en casa; cada uno de ellos hablaba hacía los otros dos, sin que ninguno mostrase por las palabras emitidas más interés que el recibido por las que ellos lanzaban al aire del bar.
 
Nadie le prestó atención cuando traspasó la puerta del bar, nadie respondió a su saludo educado –un buenas tardes firme y algo ronco–, nadie se fijó en él cuando se sentó en una de las banquetas dispuestas ante la barra, equidistante de la mujer del fondo y de los ejecutivos de la entrada. Nadie le miró abiertamente –aunque todos lo hicieron con un leve movimiento de ojos, sin girar en absoluto la cabeza– a pesar de su altura y su complexión atlética, de su paso amplio y de su voz profunda.

Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor


16/03/2006 08:58. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (1)

20060315095139-ejecutivos.jpg
Desde hace varios años regento uno de esos bares que, en los últimos tiempos, han optado por retomar la denominación de cafés, establecimientos con una decoración estudiada al detalle, donde ningún rincón se ha dejado al azar. Una barra, construida con ladrillo recuperado de algún edificio sometido a la implacable piqueta del progreso y rematada por un mostrador de madera veteada, se extiende a lo largo de la pared derecha del local, desde su entrada hasta el punto en que el bar se ensancha para dejar sitio a unas cuantas mesas de mármol apoyadas en pies de antiguas máquinas de coser. Tras la barra, una alacena de estilo rústico alberga en sus baldas multitud de botellas de diversos licores, vasos y copas de diferentes modelos y unos cuantos accesorios apropiados para la preparación de cócteles, batidos naturales y otras especialidades de la casa.

Sin embargo, los tres hombres que conversaban animadamente al comienzo de la barra no pretendían exquisiteces a esa hora de la tarde: los combinados más o menos exóticos los reservaban para las salidas del fin de semana, mientras los días laborables, antes de refugiarse con sus familias a esperar el inicio de una nueva jornada, se conformaban con tomar unas cervezas frías y acompañarlas con un cuenco de patatas fritas de bolsa. Eran tres hombres uniformados con el mismo traje azul marino –valido para visitas comerciales, bodas, comuniones o convenciones de empresa–, camisa azul celeste y corbata con motivos florales. A los pies de cada uno de ellos, maletines negros tan similares que fácilmente podían llevarse a casa por error: el comercial de alimentación se llevaría el maletín que contenía folletos de maquinaría ligera para la construcción, el agente de seguros acabaría en su casa con los pedidos de la cadena de supermercados de su compañero de copas y el vendedor de herramientas podía acabar conociendo los detalles de los dos previsores que habían suscrito durante ese día un plan de jubilación. Ante ellos, distribuidos entre los tubos de cerveza, dormían silenciosos tres teléfonos móviles, tan idénticos entre sí como los maletines de piel negra, sólo diferenciados por un timbre a cada cual más ridículo y punzante que cortaba de vez en cuando la música ambiental del bar.

Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor


15/03/2006 09:52. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.



Image hosting by Photobucket
Manda flores a mi entierro
Ricardo Bosque
Mira Editores, 2007


Image hosting by Photobucket
Relatos para el número 100
Varios autores
Mira Editores, 2008


Image hosting by Photobucket
Una década del Concurso Juan Martín Sauras
Varios autores
Biblioteca Pública de Andorra, 2007


Image hosting by Photobucket
Relatos cortos para leer en tres minutos "Luis del Val"
Varios autores
Ayuntamiento de Sallent de Gállego, 2005


Image hosting by Photobucket
El último avión a Lisboa
Ricardo Bosque
Editorial Combra, 2000


Estadísticas


Powered by Blogia




Image hosting by Photobucket