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Mario Precipitado (12)
Creo que mantuve la boca abierta durante varios minutos. Mario me tomó de las manos sin quitarme los ojos de encima y me besó en la frente, una ráfaga de besos tiernos mientras decía lo siento, lo siento, no tenía que haberte engañado. Pero lo peor estaba por venir: la confirmación de que el mero paso del tiempo no es suficiente para hacer madurar a los hombres.
–Lo siento, amor, lo siento –insistía innecesariamente–. Pero no te preocupes: se lo he contado todo a Lucía, y aunque se ha puesto como una furia, creo que es lo más sensato que he hecho en toda mi vida. Porque quiero que vivamos juntos; tu y yo.
En fin. Pero qué manía tienen los hombres de dar sorpresas sin previo aviso, como si fueran tan perspicaces como para prever todas sus consecuencias. Y no sólo les gustan las sorpresas inesperadas sino que, a poder ser, se inclinan por aquellas cuyas consecuencias son irreparables.
Por supuesto, no me he separado de Roberto: no se abandona al hombre al que quieres porque un recién llegado te crea dispuesta a hacer cualquier cosa por él. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Simplemente, me limité a aclararle a Mario un par de cosillas sobre el modo en que hay que tomarse la vida. Y yo, por mi parte, me he hecho una firme promesa: si en otra ocasión conozco a algún hombre interesante, lo primero que haré será pedirle el libro de familia; aun a riesgo de parecerle una cotilla.
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06/04/2006 07:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (11)
–Pero ¿qué haces tú aquí? –le pregunté. Y no sé si me alegraba de verle o si pensaba que no era el mejor momento para recibir su visita, con todas las cosas que todavía tenía por hacer pero, en cualquier caso, tiré de su brazo y le hice pasar a mi despacho.
–Pues ya ves, que estaba de paso y he querido darte una sorpresa –me contestó antes de que nos besáramos en los labios–. ¿Tienes algún compromiso esta noche? He pensado que podías invitarme a cenar; tengo algo muy importante que decirte.
¿Algo importante? ¿Qué podía entender Mario por algo importante? Y claro que tenía compromisos para esa noche: compras, marido, hijos... Hasta ese momento, Mario y yo siempre nos habíamos visto en terreno neutral, ni en Madrid, donde él residía, ni en Zaragoza, la ciudad en la que yo vivo y trabajo. Creo que lo de vernos fuera de nuestro hábitat natural se trataba de un acuerdo tácito, pues en ningún momento habíamos establecido esa condición como premisa de partida; simplemente, los dos considerábamos que era lo mejor para sacar adelante nuestra relación. Y su aparición en mi estudio suponía una violenta ruptura de esa regla no escrita. Lo que Mario quería decirme debía ser realmente importante.
–Vaya, Mario, siento mucho esto, pero sí que había hecho planes; ¡cómo iba a imaginar que podías venir! Pero, ¿qué es eso que me quieres contar?
Mario se frotó las manos lentamente, como si se las estuviera enjabonando. No apartaba la mirada del suelo salvo para dirigirla de vez en cuando al techo; pero seguía sin decir una palabra.
–¿Qué sucede? ¿No querrás que dejemos lo nuestro? –le pregunté intuyendo que algo no iba demasiado bien. Mario se sobresaltó, dejo de mirar al techo y al suelo alternativamente y clavó sus ojos en los míos.
–¿Dejarlo? Ni lo pienses... verás, más bien estaba pensando en lo contrario, pero... Bien, tú sabes eso de que año nuevo, vida nueva ¿no? Pues eso, que no podía dejar pasar estas fechas sin hacer algo que llevaba meses pensando. Laura, cuando nos volvimos a encontrar hace ya año y medio, no te dije toda la verdad... bueno, en realidad te mentí como un bellaco: estoy casado.
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05/04/2006 10:59. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (10)
Pero esa noche no pasó nada. Bebimos, fumamos, recordamos, reímos... y quedamos en desayunar juntos antes de que comenzase la segunda y última jornada del seminario.
La sesión terminó a mediodía y nos sentimos obligados a compartir mesa con un nutrido grupo de compañeros. Al despedirnos después de la comida, tomamos nota de nuestros respectivos números de teléfono, pero en esa ocasión nos referíamos a los móviles y, además, de nuestra exclusiva propiedad. Y esta vez sí hicimos uso de ellos. Durante semanas nos fuimos buscando por los distintos cursillos, seminarios, encuentros, charlas, conferencias y reuniones de todo tipo que se celebraban a lo largo y ancho del país.
Fueron unos meses maravillosos, en los que alcancé la plenitud siempre deseada, una estabilidad emocional que nunca había imaginado. No sólo tenía una relación estable –la que habíamos sellado años atrás mi marido y yo–, sino que también contaba con un amante estable. ¿Qué más podía desear? Nos veíamos con cierta frecuencia, algunos fines de semana al principio, en días laborables después. Yo lo tenía fácil para justificar mis ausencias de una sola jornada, me bastaba con decir que tenía una visita de obra en algún pueblo de la provincia, en cualquier ciudad cercana a la mía. Y Mario era libre de ir y venir cuando y donde gustase. Así que nuestra relación se fue consolidando poco a poco... hasta que llegaron los días previos a las últimas navidades del siglo, momento en el que Mario me demostró que no me equivocaba al pensar que seguía siendo el mismo atolondrado de siempre.
Era viernes, veintidós de diciembre. Las seis de la tarde. Tengo mi estudio en un edificio céntrico, y por las ventanas podía ver las bombillas navideñas, los ríos de gente desplazándose desordenadamente de un lugar a otro. Había dado fiesta a los dos delineantes que trabajan para mí, y yo había ido al despacho con la idea de acabar una memoria que tenía pendiente desde hacía varios días, cerrar pronto y terminar de comprar los regalos de mi marido y mis hijos. Entonces sonó el timbre. Abrí la puerta y me encontré con Mario apoyado en el quicio.
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04/04/2006 11:22. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (9)
La jornada había comenzado a las cuatro de la tarde de aquel sábado, pero cuando Mario y yo pudimos hablar tras doce años de silencio fue hacia las ocho, después de que el moderador –o sea, Mario– diera por finalizada la primera mesa-debate del seminario. En cuanto terminó de guardar sus papeles en un bolso de cuero que reconocí como el mismo que ya utilizaba en sus tiempos de estudiante, se vino hacia mí todo él sonrisa. Me sujetó por los hombros y me estampó sus labios en las dos mejillas.
–Joder, Laura, te has puesto buenísima... bueno, no quiero decir que antes no lo estuvieras, pero... coño, ya me entiendes lo que quiero decir. Supongo que cenaremos juntos ¿no? Tenemos un huevo de cosas que contarnos. Porque me imagino que tendrás hambre, después de aguantar el peñazo sobre urbanismo que nos han largado esta cuadrilla de sabelotodos –añadió dibujando con la boca una mueca de asco–. Venga, nos vamos de inmediato, no vaya a pillarme alguno de estos petardos y me dé la noche.
Me tomó del brazo sin casi dejarme hablar y salimos precipitadamente de la sala de conferencias. Se suponía que la mayoría de los asistentes iba a cenar en el restaurante del hotel en el que el Colegio nos había proporcionado alojamiento a los foráneos, así que Mario y yo tomamos un taxi que nos alejase lo más posible de aquel lugar apestado de lumbreras vanidosas. Al final, terminamos cenando de picoteo y tomando chupitos de vodka en un café bastante tranquilo.
Mario había cambiado bastante desde que terminé la carrera. Había engordado unos cuantos kilos, lo que le proporcionaba un aspecto más sólido, una mayor apostura; y llevaba el pelo mucho más corto, permitiendo una mejor visión de sus ojos negros. Pero seguía siendo el tipo despreocupado, deliberadamente despistado, que siempre entraba fumando en la biblioteca –quizás con el único objetivo de provocar al encargado–. Como cuando teníamos doce años menos, cambiaba de tema continuamente, casi con una cierta precipitación, como si fuera incapaz –creo que ese era el motivo– de mantener la atención en un mismo punto durante más de cinco minutos. Cuando le pregunté por su vida sentimental, lanzó una ruidosa carcajada que hizo volver la cara a todos los presentes.
–¿Casarme? ¿Y quién crees que puede querer cargar con alguien como yo?
Tenía razón: no pude encontrar respuesta a la pregunta que Mario parecía hacerse a sí mismo. Yo, por mi parte, también le sugerí que estaba libre, que jamás me había casado: no sabía en qué podía terminar nuestro reencuentro y quería ir preparándome el terreno.
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03/04/2006 07:45. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (8)
Los días previos al reencuentro los pasé haciendo y deshaciendo planes, imaginando modos de recuperar la relación que habíamos dejado olvidada en los pasillos de la Escuela, ensayando diversos tipos de presentación: si le contaría las razones reales que me habían empujado a asistir al seminario o le dejaría creer que todo había sido consecuencia del azar, si le tenía que preguntar directamente por cómo había llegado a ser moderador de debates o si sería preferible empezar la conversación con otra entrada menos irónica, si tendríamos ocasión de vernos en privado o el programa sería tan apretado que apenas nos permitiría disponer de unos minutos libres... ¿Estaría casado? ¿con hijos? ¿seguiría siendo el mismo tarambana de años atrás? No. Cuando le vi el veinte de marzo, en un lugar destacado de la mesa desde la que oficiaban los conferenciantes, comprendí que en absoluto era el mismo tarambana de siempre; más bien se podría decir que se trataba de un tarambana evolucionado, un irresponsable pulido por las responsabilidades inevitables, un caradura al que los años habían suavizado las aristas.
Y lo digo porque se pasó la sesión acompañando con el pie alguna cancioncilla que llevaba rondando por la cabeza, jugueteando continuamente con un bolígrafo, doblando papelitos, haciendo dibujos en la libreta de notas que nos había entregado la organización –creo que incluso debió dejar su rúbrica en la propia mesa presidencial–, mirando al techo... y lanzándome sonrisas y algún guiño distraído desde el momento en que me descubrió entre los asistentes. Sin embargo, cumplió a la perfección el cometido que le había encargado el Colegio de Arquitectos, entregando la palabra a quien la pedía sin alterar en ningún momento el orden de solicitudes, acortando las intervenciones de aquellos que se excedían en lo que se podía considerar un tiempo razonable de exposición de ideas, imprimiendo un ritmo más vivo al debate cuando parecía que se iba abajo. Desde luego, se le podía dar una buena calificación en su faceta de moderador.
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31/03/2006 07:48. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (7)

Estaba trabajando en mi estudio cuando el programa de correo electrónico me notificó la llegada de un mensaje nuevo. Lo abrí de inmediato, como si intuyera que el ordenador tenía algo importante que decirme. El mensaje lo remitía el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, y consistía en una invitación para un seminario que se debía celebrar en la capital durante los días 20 y 21 de marzo. El seminario llevaba el rimbombante título de “Urbanismo en España en el siglo XX: una perspectiva histórica”. El tema en cuestión no me interesaba en absoluto, y habría rehusado la invitación sin pensarlo dos veces de no ser por las líneas que cerraban el texto:
“Al final del seminario, tendrá lugar una mesa-debate en la que podrán participar todos los profesionales asistentes al acto. La mesa estará moderada por el colegiado D. Mario Utrillas Sanjosé. Sin otro motivo, aprovechamos la presente para blablabla, blablabla, blablabla”.
¿Mario, moderador de un debate? Eso era algo que no me podía perder, pues se suponía que ese papel debía reservarse para una persona seria y ecuánime, y yo no acertaba a comprender cuál había sido el proceso de conversión que había logrado ese cambio en Mario. Además, me seducía la idea de poder ver de nuevo a mi antiguo compañero y comprobar si el tiempo había derribado las barreras que entre amistad y sexo habíamos levantado tantos años atrás.
“Al final del seminario, tendrá lugar una mesa-debate en la que podrán participar todos los profesionales asistentes al acto. La mesa estará moderada por el colegiado D. Mario Utrillas Sanjosé. Sin otro motivo, aprovechamos la presente para blablabla, blablabla, blablabla”.
¿Mario, moderador de un debate? Eso era algo que no me podía perder, pues se suponía que ese papel debía reservarse para una persona seria y ecuánime, y yo no acertaba a comprender cuál había sido el proceso de conversión que había logrado ese cambio en Mario. Además, me seducía la idea de poder ver de nuevo a mi antiguo compañero y comprobar si el tiempo había derribado las barreras que entre amistad y sexo habíamos levantado tantos años atrás.
Cursé mi confirmación de asistencia utilizando la misma vía por la que había recibido la invitación: ese era el medio más rápido y en ningún caso podía quedarme sin una butaca de primera fila en el seminario de marras. Luego, más tranquila, leí de nuevo el mensaje y advertí un capricho del destino en el que jamás antes había reparado: las iniciales del nombre y apellidos de Mario formaban la palabra con que se designaba a una de las actividades en las que mi ex-compañero se consideraba un consumado especialista.
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30/03/2006 10:25. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (6)
Durante el resto de mi estancia en la Escuela, nuestras posiciones de partida se fueron aproximando hasta el punto de hacernos casi inseparables por los pasillos, la cafetería, el vestíbulo... incluso logré hacerle entrar en la biblioteca un par de veces más en los dos años siguientes. Pero no pasamos de ahí, como si pensásemos que el sexo acabaría sin remedio con una extraña amistad entre dos seres absolutamente opuestos: yo era una chica volcada en mis estudios y él era el mayor viva la Virgen que haya conocido nunca.
Terminé la carrera en el plazo establecido, y a los veintitrés tenía título oficial y orla con los rostros de toda la promoción. Mario también estaba en ella, con su melena revuelta y su barba de tres días de siempre. Y en otras dos o tres orlas más, pues todavía debió conocer a varios directores antes de licenciarse.
Al acabar los estudios, le perdí la pista. Habíamos intercambiado nuestras direcciones y números de teléfono –por aquel entonces eran todavía las direcciones y teléfonos de nuestras respectivas familias–, pero nunca hicimos uso de ellos. Era algo así como si nuestras vidas no pudieran encontrarse sin tener como fondo el conocido escenario de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura.
Pasaron doce o trece años. Yo fui consiguiendo todo aquello por lo que había luchado tanto tiempo: abrirme camino en mi profesión, establecer mi propio estudio, realizar un trabajo que me gustaba... Y también había logrado otras cosas por las que nunca había demostrado especial interés, aspectos vitales que nunca me había planteado como objetivos ineluctables, que nunca había considerado fallos inapelables. En definitiva, que había encontrado marido y dos hijos, una vida familiar propia y acomodada y un porvenir seguro que para sí lo quisiera cualquiera. Sólo entonces volvió a aparecer Mario, hace aproximadamente un año y medio. Y, no podía ser de otro modo, su reaparición se produjo de la manera más insospechada.
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29/03/2006 11:19. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (5)
De entrada, no me cayó demasiado bien. Lo identificaba como el típico alumno despreocupado porque tiene todo lo que quiere en casa y lo único de lo que carece es de ganas de asumir responsabilidades. Pero luego empecé a ver en su comportamiento ciertos rasgos de lo que podríamos denominar una vagancia elegante, una indolencia estilosa.
Porque sólo era despreocupado para los estudios, o más bien para aquellos estudios que no le atraían lo suficiente. No quería saber nada de aquello que le supusiera un esfuerzo que él considerase desmesurado –y debo aclarar que Mario tenía la vara de medir esfuerzos realmente corta–. Sin embargo, demostraba una agudeza excepcional en todo aquello que le interesaba, destacando sobremanera en el álgebra –era un auténtico monstruo resolviendo matrices– y en las relaciones sociales, aunque esta materia no estuviera incluida en el plan de estudios de la carrera. Y es que, con su sonrisa franca y su mirada avispada, con sus ojos persuasores, conseguía siempre lo que se proponía.
Esa primera vez que nos vimos, Mario se había propuesto que nos echasen de la biblioteca y, cómo no, lo consiguió. Llevaba un cigarrillo encendido entre los dedos y yo le llamé la atención al respecto.
–¿Cómo? –preguntó sin comprender el motivo de mis quejas.
–El cigarrillo. Estás en una biblioteca, y en las bibliotecas no se puede fumar.
–Ah, claro; perdona, no me había dado cuenta. ¿Dónde hay un cenicero?
–Si no se puede fumar, no parece muy lógico que haya ceniceros. ¿O sí?
–Ya... pues lo tendré que tirar al suelo.
–No –exclamé delatada por mi pasión por la limpieza. El encargado de la biblioteca nos chistó por segunda vez en esos pocos minutos y, la verdad, no era un hombre que se caracterizase por su paciencia–. Sal a fumártelo al pasillo; nos está mirando todo el mundo.
–Será porque piensan que hacemos buena pareja. Es broma –añadió ante mi cara de sota.
El bibliotecario nos llamó nuevamente la atención, y como Mario no daba muestras de abandonar la sala, me levanté, le cogí del brazo y me lo llevé al pasillo. Y, curiosamente, al situarme junto a él ya no me pareció tan alto y desgarbado; incluso sus antebrazos adquirieron de súbito una fortaleza inesperada. Algo en él me empezaba a gustar, pero no podía bajar la guardia tan pronto y decidí mantenerme firme en mi postura combativa.
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28/03/2006 11:10. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (4)
Pero no creo que se me pueda considerar lo que denominaríamos eufemísticamente una promiscua desaforada –en lenguaje llano y crudamente masculino, un putón desorejado–, que tampoco son tantos los pantalones que he visto arrugados a los pies de una cama de hotel o primorosamente plegados sobre una silla dependiendo de la pulcritud del individuo de turno y del grado de intensidad del pasional encuentro. En realidad, creo que mis encuentros extra conyugales en los nueve años que dura ya mi matrimonio con Roberto los puedo contar con los dedos de una mano. Sí, por supuesto; cronológicamente han sido Roger –un catalán muy agradable al que conocí en un seminario que se celebró en Barcelona al poco tiempo de casarme–, Juan, Sergio, y el último, de nombre Mario y de apellido “Precipitado”.
He citado a Mario en último lugar y creo, sin embargo, que bien podría haber sido el primero, aunque en ese caso no podría hablarse estrictamente de infidelidad.
Fue en el cuarto curso de carrera –el cuarto para mí, que Mario estaba todavía en segundo a pesar de tener ambos la misma edad–. Yo me encontraba, como casi siempre, en la biblioteca de la Escuela cuando alguien arrojó un montón de apuntes sobre la mesa que había frente a la mía. Levanté los ojos sobresaltada y los clavé en un muchacho alto y desgarbado, demasiado delgado para mi gusto. Era moreno y tenía unos ojos negros vivísimos, aunque sólo conseguí vérselos cuando se retiró el flequillo que le colgaba como una cortinilla justo hasta la mitad de la nariz. Le dediqué la mirada más reprobatoria que pude encontrar en mi amplio catálogo y él me correspondió con una sonrisa de anuncio.
–Perdona si te he asustado, pero es que soy nuevo aquí y no me he dado cuenta de que estabais todos tan calladitos. ¿Quién es el difunto? Lo digo porque esto parece un velatorio –añadió a modo de innecesaria explicación al ver que no le reía la gracia. Luego supe que cuando decía que era nuevo se refería exclusivamente a la biblioteca, pues llevaba matriculado en la Escuela tantos años como yo, si bien con la improductiva tendencia de demorarse más de lo debido en cada uno de los cursos.
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27/03/2006 08:47. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (3)
Antes comentaba de pasada mi pertenencia profesional a un colectivo mayoritariamente masculino, pero tampoco quiero que se entienda esa adscripción laboral como una excusa que explique mis tendencias, como una tentación irresistible que alegar como atenuante para mis infidelidades. Lo que ocurre es que, al estar en contacto permanente con hombres, siempre me ha resultado fácil comprender la sencilla lógica masculina y, por tanto, mis conquistas han sido un juego de niños. Y las oportunidades que se me han presentado, abundantes; porque allí donde encuentres un hombre, hallarás un eventual compañero de cama. Eso sí, compromisos no se les pueden exigir demasiados, algo que, por cierto, se corresponde al cien por cien con mis intenciones.
Mi vida sentimental extramatrimonial se rige por dos sencillas reglas: jamás he revelado mi verdadero estado civil a ninguno de mis esporádicos amantes y nunca he tenido como objetivo a un hombre casado.
En cuanto a lo de mantener mi anonimato civil, la explicación es muy simple: reconocer tu pertenencia al clan de las mujeres casadas te convierte de inmediato en un ser apestado para muchos hombres y en la mejor representación del morbo para otros muchos. Y eso es algo que desvirtúa la naturaleza íntima de la relación, la condiciona de tal modo que nunca se puede alcanzar un entendimiento auténtico entre las partes.
Y en lo que se refiere a no poner mis ojos en un hombre ya elegido por otra, la razón todavía es más evidente: en ningún momento pretendo convertirme en el paño de lágrimas en el que un hombre casado enjugue su infelicidad, en la amiga a quien contar lo mal que lleva lo de su matrimonio. Y además, que no quiero afectar a terceros con mis aficiones; en este caso, a terceras, las parientas de mis amoríos. Aunque sólo sea por solidaridad de clase.
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24/03/2006 09:51. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (2)
A ver cómo puedo defender lo que resultará indefendible para tanto meapilas, eso que los políticos nacionalistas denominarían “mi hecho diferencial”. Ya he dicho que quiero a mi marido, que le respeto, y sin embargo, de vez en cuando, tengo mis rollos con otros hombres. Sí, así, sin ambages. Tal como suena. Eso sí, no son sino aventurillas sin importancia que en nada merman el cariño que siento hacia Roberto. Vamos, que en ningún momento se me ocurriría aducir como excusa para mi proceder la tontería de que en mi matrimonio algo no funciona como es debido, que mi conducta se pueda deber a la manida crisis de los cuarenta –todavía me faltan tres años para poder recurrir a ese lugar común–, que busco fuera de la pareja lo que no encuentro dentro… Tonterías. La única explicación que puedo encontrar –aunque ni siquiera considero que sea necesaria justificación alguna por mi parte– es que mis frecuentes infidelidades no son sino la manifestación del lado más negativo de mi lado masculino. Tal y como suelen defenderse hipócritamente algunos hombres tras ser pillados en falta, no puedo decir más que se trata del cazador, del depredador que todos llevamos dentro. Todos sí, pero también algunas.
En cualquier caso, no estaría ahora escribiendo esto si no fuera por un estúpido error de cálculo, por un maldito cabo suelto que no llegué a reconocer. Y, desde luego, no pretendo que nadie vea en esta narración un innecesario acto de contrición, no quiero que nadie busque una moraleja donde no la hay... vaya, que en adelante mi comportamiento seguirá siendo el mismo que hasta ahora, que no pienso variar en un ápice mi modo de ver la vida. Porque, vamos a ver: ¿quién coño le pidió a Mario que se sacrificase por mí del modo en que lo hizo?
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23/03/2006 08:48. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.
Mario Precipitado (1)
Me doy por vencida: nunca aprenderé a estarme quietecita, a comportarme como lo que debería ser, una mujer de treinta y siete años normal y corriente –si bien con la peculiaridad de dedicarme a una profesión liberal mayoritariamente masculina–, casada, con dos hijos que le roban bastante de su ya de por sí escaso tiempo libre... aunque debo reconocer que Roberto es un magnífico marido que comparte al cincuenta por ciento las cargas familiares.
Sé que puedo parecer pretenciosa, pero es que no soy una mujer normal si por normal entendemos lo que acabo de describir en el primer párrafo de mi relato. Porque sí, está claro que reúno todos esos requisitos –marido, dos hijos, variados quehaceres domésticos... incluso tengo una hipoteca como Dios manda–. Pero sé que hay algo que me distingue de la mayoría de mis semejantes, rasgo distintivo que muchas de mis semejantes tacharán, simplemente, de acceso crónico de inmadurez. Y es que creo que mi mayor peculiaridad consiste en poseer un lado masculino muy desarrollado. Pero que nadie caiga en el simplismo de pensar que soy lesbiana; no, en absoluto.
Llevo años enamorada de mi marido, la mejor persona con la que me haya podido topar nunca. Le respeto y sería incapaz de hacerle el menor daño, y sé que ese es un sentimiento recíproco. Por otra parte, soy una madre razonablemente buena para mis dos hijos, dos soles de cinco y siete años por los que, llegado el caso, sería capaz de dar la vida… como cualquier otra madre. Aunque seguro que habrá quien me contradiga cuando lea lo que sigue –apuesto a que será una idea que surja de inmediato en bastantes de las mujeres que lean esto; incluso alguna se escandalizará y soltará la chorrada de que si no quería sacrificarme por mis hijos, pues que no los hubiera parido–, seguro que hay quien piense que no soy tan buena madre como debiera, y todo porque nunca me he considerado madre de hijos-compresa, de esos que absorben todo lo que se encuentra en su amplio radio de acción: el tiempo libre y la sustancia vital de sus abnegados progenitores, la atención permanente de tíos y abuelos, los odios y celos de los hermanos mayores... No, cada cosa en su sitio: los niños podrán ser el centro de una casa, pero no todo debe girar necesariamente en torno a ellos, no pueden ser agujeros negros incapaces de devolver nada de lo que atrapan en su interior, no se debe atrofiar el desarrollo de un adulto por potenciar el crecimiento de un pedugo… vaya, que se debe encontrar el equilibrio justo entre entrega desinteresada e intereses personales legítimos. Y no es tan difícil, coño.
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22/03/2006 12:49. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.





