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Cariño al contado (28)
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Cariño al contado (27)
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Cariño al contado (26)
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Cariño al contado (25)
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Cariño al contado (20)
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Cariño al contado (19)
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Cariño al contado (18)
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Cariño al contado (16)
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Cariño al contado (15)
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Cariño al contado (14)

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Cariño al contado (13)
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Cariño al contado (12)
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Cariño al contado (11)
Una vez más, mi marido tenía razón. La precipitación siempre ha sido uno de mis puntos fuertes y, en esa ocasión, mi deseo de tener a Carlos más a menudo a mi lado vencía a la prudencia de recibir aquella posibilidad exactamente como lo que era: una mera posibilidad. Nada más que una posibilidad más entre otras muchas. Pero mejor era eso que resignarme a cenar sola todas las noches de mi vida junto a él, a acostarme sin un torso que rodear, sin unos dedos en los que entrelazar los míos, sin un cuerpo al que hacer llegar mi olor.
Seguíamos abrazados, de pie en el centro de la habitación, mis ojos buscando los suyos. Incomprensiblemente, la poco imaginativa descripción de la escena entre la antropóloga y el guía turístico había despertado mi libido e intenté insinuarle algo a Carlos. Pero él tenía que volver deprisa al despacho –todavía debía aferrarse a la realidad de sus comunidades de propietarios antes de lanzarse a la aventura de la gestión de altos vuelos– y no pudo ser. Sólo pudimos unir brevemente nuestras bocas y entablar una débil lucha entre nuestras lenguas mientras notaba cómo Carlos consultaba nervioso la hora en su reloj. Esta noche, me prometió tomándome por las muñecas.
Cuando me quedé sola, volví a mi trabajo con la seguridad de que esa noche tampoco podría ser.
Cariño al contado (10)
Asqueada por lo que consideraba una escena irreal, llegué a la conclusión de que el tal Chandler, del que conocía más bien poca cosa, estaba casado y volcaba en sus escritos toda su frustración sexual. O sus recuerdos de tiempos pasados. O yo era tonta, porque no recuerdo haber vivido jamás algo parecido con mi Carlos. Tal vez muchos años atrás, cuando la universidad… pero de eso hacía mucho tiempo y no me quedaba otra cosa que una imagen difusa, como dibujada al carboncillo.
Oí cómo unas llaves jugaban con la cerradura de la puerta. Al momento, la voz de Carlos anunció su llegada. Yo me sobresalté por lo inesperado de su aparición, como si me hubiera pillado en falta siéndole infiel con el vecino del tercero, cuando mi único pecado era el exceso de crueldad al pensar en nuestra escasa actividad sexual. Carlos asomó la cabeza por la puerta del estudio.
–¡Sorpresa! ¿A que no me esperabas a estas horas? –cantó todavía desde el pasillo. Aún no me había girado y ya tenía sus manos sobre mis hombros y sus labios en mi cuello en lo que fue un beso más fraternal que pasional, muy diferente de los que Bruce hacía aterrizar continuamente en la epidermis de Rose.
–Pues no, pensaba que no volverías hasta la hora de la cena; como me has dejado ese mensaje en el contestador…
–Es que no te he dicho la verdad: no se me ha resistido ninguna contabilidad. Verás, en realidad he estado comiendo con un colega con el que me encontré hace un par de semanas. Se dedica a asesorar empresas y no puede atender a todos sus clientes. Así que, después de pensarlo bien, le llamé el otro día y le propuse colaborar con él, lo que me permitiría ir dejando poco a poco el asunto de las comunidades. ¿Sabes lo que eso significaría? Que no tendría que trabajar hasta tan tarde todos los días y podríamos pasar más tiempo juntos –añadió antes de que yo pudiera aventurar alguna respuesta plausible.
–Estupendo –exclamé quizás demasiado alborozada abrazándome a su cuello–. ¿Y cuándo empiezas tu nueva faceta profesional?
–Bueno, bueno, no seas impaciente… sólo le he hecho una sugerencia. Ahora hace falta que él la acepte.
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Cariño al contado (9)
Cuando llegué a casa, el piloto rojo del contestador parpadeaba sin descanso. Carlos había grabado un mensaje: las cuentas de una comunidad le habían dado más problemas de los previstos y no volvería a casa hasta la noche. Calenté un filete de pescado del día anterior, lo acompañe con unas patatas fritas de bolsa y comí en el salón mientras seguía las noticias del Telediario. Fregué los cacharros en un par de minutos, puse una lavadora de color y me tumbé en el sofá con la intención de dormir una siesta mecida por el murmullo monocorde de la voz que narraba las peripecias de la foca monje en el documental que emitía la televisión durante la sobremesa. Imposible: en la calle, una cuadrilla de obreros abría el asfalto a golpe de excavadora en busca de la tubería que debían sustituir, y el bramar de las máquinas, el temblor de los cristales de puertas y ventanas impedían mi paso a la inconsciencia del sueño.
Eran las cuatro de la tarde. Refunfuñando, regresé a mi mesa de trabajo. Encendí el ordenador, abrí el archivo donde guardaba la novela del señor Chandler y retomé la traducción en el punto en que la había dejado la víspera. Lo que me faltaba –pensé al observar que se trataba de la escena amorosa de turno–. La protagonista, Rose, una arqueóloga de treinta y cinco años, piernas interminables, piel sedosa, senos turgentes, cuello de cisne y cuya única anomalía eran las gafas bifocales que sostenía sobre la nariz protegiendo unos ojos color verde mar de mirada penetrante –la descripción es responsabilidad exclusiva de Thomas Chandler, no mía–, se resistía a los envites de un atractivo guía turístico al que había conocido dos días antes, de nombre Bruce. Tengo que aclarar que la mujer no se resistía demasiado, pues al segundo párrafo ya estaba el guía turístico saboreando sus afrutados pezones al tiempo que le arañaba la espalda con una pasión nunca antes conocida. Ella sentía un escalofrío de placer que le recorría todo el cuerpo, desde las uñas de los pies hasta el extremo de los cabellos esparcidos sobre la almohada.
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Cariño al contado (8)

Pedimos otros cafés y fue entonces el turno de Noelia; la conclusión que pude extraer de su charla es que la vida le había tratado con generosidad. Curiosamente, ella también había estudiado Bellas Artes y, tras dos años de vida bohemia en una buhardilla del barrio latino de Paris y venta callejera de sus óleos en la plaza de Tertre, en pleno corazón de Montmartre –había cumplido fielmente los preceptos de todo artista que se precie–, decidió regresar al cómodo redil de la burguesía a la que pertenecía por adscripción paterna. Noelie Beltrán –afrancesamiento de su nombre con el que firmaba sus cuadros– conoció a uno de los directivos de segundo rango de la empresa para la que trabajaba papá. Su nombre, Maurice; su apellido, Subdirector General de Relaciones Internacionales, apellido de soltero que cambió al casarse con Noelia por el de Director Gerente de Pharmafrance España S.A., filial española que la compañía había abierto en Madrid hacía un año.
A mediodía ya teníamos una visión de conjunto de lo que habían sido nuestras vidas por separado. Y, de paso, habíamos quedado emplazadas para mantener encuentros frecuentes en los que revivir el pasado y aventurar el futuro; Noelia tenía previsto permanecer durante varios meses, quizás algunos años, en la ciudad y, después de una ausencia tan prolongada, se sentía como una extraña. Así que le sería de mucha ayuda contar con mi compañía para volver a ocupar un sitio en el lugar en el que había vivido sus primeros años.
Nos despedimos después de intercambiar nuestros teléfonos y besarnos profusamente las mejillas. De inmediato noté que Noelia se había mantenido fiel a lo largo de tanto tiempo a la misma fragancia que la acompañaba de niña, un sugerente preparado de esencia de rosas y claveles adornado con la nota casi imperceptible del romero, una fragancia muy alejada del artificial empalago que solían utilizar otras mujeres de su misma edad y posición. No, la piel de Noelia seguía emitiendo la misma frescura, el idéntico descaro que tanto desquiciaba a las monjas que regentaban nuestro colegio.
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Cariño al contado (7)
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Cariño al contado (6)
No sé. Sí. No. Esas eran las tres respuestas telegráficas con las que podía cumplimentarse el cuestionario de Noelia. Sentí una punzada depresiva en el corazón, una congoja opresiva alrededor del cuello, cuando tomé consciencia de la vacuidad que suponía poder resumir media vida con cuatro palabras, una de ellas, repetida. Si esas cuatro palabras se podían pensar en un instante, ¿qué había hecho yo con los otros trillones de instantes transcurridos desde que dejé de ver a Noelia?
–¿Te sucede algo? Te noto rara, como si no me estuvieras escuchando… yo pensé que te alegrarías de verme, pero ya veo que estás en otro sitio. ¿Quieres que nos tomemos un café por aquí cerca?
Cuando logré escapar de las garras de mi letargo mental, acepté la invitación de Noelia. Al menos, un rato de charla insustancial con mi antigua amiga me serviría para romper la rutina y olvidar, momentáneamente, al americano al que tenía que enseñar a hablar en español.
El bar que elegimos como confesionario estaba abarrotado. Salvo un rincón en el que un grupo de hombres y mujeres discutían sobre la represiva política de personal de la empresa en la que parecían trabajar, el resto de la barra y la totalidad de las mesas aparecían ocupadas por un ejército de mujeres emperifolladas que, una vez cargados los niños en el autobús del colegio, hablaban animadamente del programa estrella de la televisión, de las últimas revelaciones que el padre Losantos había desvelado en la Cope y de la cena que, una semana tras otra, posponían para otra fecha en la que todas pudieran estar presentes.
Conseguimos una mesa en un rincón poco iluminado de la cafetería junto al que se apilaban varias cajas de refrescos y cervezas. Las dos pedimos café y el bote de la sacarina. Saqué del bolso el paquete de cigarrillos. Le tendí uno a Noelia, me puse otro en la boca y comenzamos a fumar mientras esperábamos el regreso del camarero con su cargamento de líquido negro bajo en calorías. Noelia fue la primera en hablar.
–Antes te he hecho tres preguntas y no me has respondido a ninguna de ellas…
Cariño al contado (5)

–¿Sole? ¿Sole Lambán, de las Ursulinas Descalzas? –inquirió la propietaria del dedo.
Giré la cabeza. Comencé por mirar al responsable de la llamada de atención, un dedo tintado de rojo fuego en su extremo queratinoso. Puse después los ojos a patinar sobre unas falanges perfectas, el dorso de una mano primorosamente cuidada, una muñeca firme, un antebrazo cubierto de azul marino del que asomaba un reloj de medio kilo… Sobre unos hombros anchos, la cabeza de una mujer de mi misma edad, vestida como para una recepción oficial –traje de chaqueta del mismo color que la manga que ya había visto un segundo antes, echarpe gris perla, maquillaje de a veinte mil la sesión– que me miraba con ojos sorprendidos. Le resté veinticinco o treinta años, le sumé unas coletas apelmazadas a ambos lados de la cara y le puse nombre.
–¿Noelia? ¿Noelia Beltrán? –pregunté sin demasiada confianza en la posibilidad de acertar.
Mientras realizaba aquel ejercicio de adivinación, comprobé disgustada que la posible Noelia tenía en la mano izquierda, la que no había utilizado para reclamar la atención de su antigua compañera de pupitre, un ejemplar de la primera novela del mismo autor que me encontraba traduciendo en esos momentos –Thomas Chandler, afortunadamente nada que ver con el ilustre Raymond; Thomas tan sólo utilizaba el apellido de soltera de su madre.
–Premio –exclamó con la misma alocada alegría con que lo habría hecho en sus tiempos de colegiala–. Pero chica, ¿qué es de tu vida? ¿dónde has estado todos estos años que no nos hemos visto?
Dónde has estado tú –pensé–, yo no me he movido de aquí en ningún momento. Desgraciadamente, eché unas raíces demasiado profundas en esta ciudad que me ha negado las oportunidades que habría tenido en cualquier otro lugar.
Pero consideré que era un modo demasiado brusco y lastimero de reiniciar la relación que habíamos suspendido tantos años atrás, por lo que me decanté por una fórmula mucho más convencional.
–Hija, no has cambiado nada en estos… ¿veinticinco años? Te veo hecha una cría.
–Venga, venga, tampoco te pases. He aprendido a convivir con mis arrugas y demás consecuencias de la edad. Pero sí, la verdad es que la vida no me ha tratado mal… no, no puedo quejarme. ¿Y tú? Cuéntame, ¿a qué te dedicas? ¿te casaste? ¿tienes críos?
Cariño al contado (4)

Tenía todo el día a mi entera disposición. Carlos no volvería hasta la noche –quizás, con algo de suerte, recalara en puerto a la hora de la comida–, el pedido del supermercado había llegado la mañana anterior y tampoco esperaba a ninguno de mis alumnos –dos días a la semana dejaba de traducir folletos turísticos, artículos de revistas científicas y alguna que otra novela para impartir clases a muchachos que sólo demostraban sus conocimientos de inglés ante las instrucciones de los videojuegos–. Podía dedicar la mañana al folletín americano que tenía sobre la mesa de mi estudio, pero eso no me ayudaría a olvidar mis carencias imaginativas. No, en lugar de quedarme en casa, bajaría al centro, a mi librero de siempre, y buscaría un buen diccionario de sinónimos con el que mejorar la versión original del yanqui. Al momento, lo pensé mejor: ¿para qué mejorar algo que se vendería como rosquillas gracias, entre otras cosas, a un lenguaje apto para todos los públicos? Seguro que la mayoría de los lectores a los que iba destinado no tendrían un diccionario de bolsillo en casa en el que consultar las dudas que provocarían mis personales aportaciones… En cualquier caso, lo tenía decidido: necesitaba un nuevo diccionario de sinónimos y esa mañana parecía la adecuada para comprarlo.
En veinte minutos estaba en la calle, camino de la librería. Cuando llegué a mi destino, bajé al segundo sótano, donde se almacenaban los libros de historia, filosofía, derecho y los diccionarios –siempre me he preguntado por qué los libros más útiles tienden a esconderse en los rincones más inaccesibles de una librería; quizás sea porque su valor se reserve como premio gordo a los más conspicuos clientes, quedando las pedreas de los folletines para disfrute de la masa en general–. Cuando tras media hora de rastreo encontré lo que buscaba, me dirigí a la caja situada en la planta calle. Estaba tratando de localizar la tarjeta de crédito entre el maremágnum plastificado de la cartera –El Corte Inglés, Cortefiel, Hispamer, La Caixa– cuando un dedo desconocido picoteó con maleducada insistencia en mi hombro.
Cariño al contado (3)

–¿Me pasas la mantequilla, por favor?
–¿A qué hora llegaste anoche? –dije al tiempo que le acercaba la tarrina y el cuchillo al otro comensal.
–A eso de las doce y media… pero no quise despertarte; dormías como un cachorro.
–¿Y qué tal fue la reunión?
–Como siempre: veinte vecinos presentes de ciento diez posibles y, como no podía ser de otro modo, los asistentes eran los más pelmazos de toda la comunidad. Vamos, que a las doce no habíamos conseguido otra cosa que nombrar una comisión encargada de la contratación del mantenimiento de calderas, otra para la instalación de una antena parabólica y una tercera para supervisar el trabajo de las otras dos. ¿Y tu novela?
Fingí no haber oído la pregunta que, invariablemente, me formulaba Carlos cada mañana. Callaba con la esperanza de que mi marido no echara en falta la respuesta que le debía cuando hubiera terminado de mojar la tostada en el tazón de café. Estaba convencida de que lo único que pretendía Carlos era refrotarme el fracaso por la cara en un intento de obviar sus propias decepciones, la realidad incuestionable de que su prometedor futuro como economista en una consultoría internacional se hubiera convertido en un mediocre presente como administrador de fincas urbanas. Pero Carlos, al menos, no es olvidadizo y volvió a pisar en terreno enfangado.
–¿Qué pasa? ¿no se te ha ocurrido nada todavía? Bah, no te preocupes… lo que ocurre es que el trabajo de traducción absorbe todo tu tiempo y buena parte de tu abundante masa gris. Pero estoy seguro de que, ahí dentro –añadió besándole la frente como despedida–, guardas un tesoro que no quieres compartir con nadie. En fin, me tengo que ir al despacho.
En silencio, contemplé cómo unas migajas flotaban en el mar de café con leche que tenía entre las manos. Parecían tan perdidas como yo, intentando inútilmente alcanzar a nado la orilla salvadora del tazón. Las migas buscaban el asidero salvador de la cerámica apta para microondas; yo pretendía encontrar una idea a la que agarrarme, una idea a partir de la que poder vivir en el papel una historia más pasional que la que me había tocado en el sorteo navideño de mi quinta –debo aclarar que mi llegada al mundo se había producido el veintidós de diciembre de cuarenta años atrás–. Con un gesto, que luego consideré pleno de una grosera crueldad y resentimiento, me bebí todo el contenido de la taza poniendo fin a las inocentes esperanzas de aquel inocente banco de migas.
Cariño al contado (2)

Era un encargo fácil pero tedioso. Fácil, porque la riqueza léxica de aquel autor no era su punto fuerte, hasta el punto de que las herramientas del procesador de textos para cortar y pegar fragmentos casi idénticos me facilitaban enormemente la tarea. Tedioso, porque traducir un tocho de seiscientas cuarenta y siete páginas lleno de lugares comunes, frases hechas e incorrecciones sintácticas no era lo que podía considerarse un trabajo dotado del mínimo interés necesario para mantener los sentidos despiertos. Así que, después de traducir treinta páginas –sin tener que recurrir en una sola ocasión al diccionario–, desconecté el ordenador y salí de la habitación que utilizaba como estudio.
En el salón, me tumbé en el sofá y comencé a hojear una revista de las denominadas de interés general y cuyo interés reside en descubrir algún artículo de verdadero interés. El primero de los artículos en el que aterricé pontificaba sobre cómo convertir un trabajo monótono en un paraíso de creatividad. No me jodas, hombre –fue lo único que pude opinar sobre el tema tras exprimir al máximo mis neuronas–. Pasé varias páginas y me detuve en un amplio reportaje sobre las causas del fracaso escolar. No me interesa, no tengo hijos –y seguí pasando páginas–. Y, por fin, el inevitable informe enumerando las razones por las que las parejas se separan al cabo de varios años de convivencia y cuál es el perfil del perfecto separado. Seguro que mi caso no sale; aunque, claro, todavía no he llegado a esa situación, pero todo se andará –pensé con cínica resignación.
Eran las once de la noche y mi marido todavía no había vuelto del trabajo. Hastiada, fui a la cocina, me preparé el Biomanán nuestro de cada día, lo bebí de un solo trago y me di una ducha rápida. Las once y veinte. El marido, sin dar señales de vida. Invertí diez minutos en regar las macetas y arrancar algunas hojas mustias. Las once y media. ¿Llamar a los hospitales de la ciudad? ¿para qué? Carlos no tenía hora fija de llegada. Me acosté con la radio encendida. Atravesé la frontera entre los estados de Vigilia y Sueño a medianoche. Carlos no estaba a mi lado.
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Cariño al contado (1)
Me froté los ojos por quinta o sexta vez en la hora escasa que llevaba frente al ordenador. Apoyé la espalda en el respaldo de la silla, los pies sobre la mesa, y con el mentón perfectamente encajado en la concavidad de la mano derecha contemplé sin interés la última línea que aparecía escrita como un insulto sobre la pantalla. Mis ojos seguían el parpadeo del cursor tras la última letra que había pulsado, la opulsado. de
Mierda –pensé–, llevo semanas tratando de escribir una novela y lo único que consigo es trasladar mis propios pensamientos, mis propias acciones, al ordenador. En un gesto rabioso, escribí la palabra mierda una y otra vez, con una reiteración masoquista que creo pretendía castigar mi manifiesta ineptitud para la creación literaria. Mierda, mierda, mierda, mierda…
La constatación de mi incapacidad para redactar algo original supuso un golpe más en mi decrépito estado de ánimo, así que decidí que lo mejor, lo único que podía hacer era posponer nuevamente mis pueriles e inalcanzables propósitos y retomar lo que realmente me daba de comer: las traducciones de textos que me encargaban las mismas editoriales a las que aspiraba sorprender un día con la calidad de mis propias obras.
Sin demasiada convicción, bajé los pies de la mesa y adopté una postura más adecuada para continuar el trabajo. Encendí un cigarrillo y abrí el archivo que contenía el último encargo que me habían realizado. Se trataba de la segunda novela –como la primera, de carácter histórico– de un autor norteamericano que ya había vendido el primer millón de ejemplares en su país y cuyo editor español estaba convencido de que también aquí iba a ser un éxito de ventas. Aunque se trataba de un encargo que me podía reportar pingües beneficios –no siempre se traducen textos dirigidos a cientos de miles de lectores–, me sentía como si me estuvieran arrancando una muela sin ningún tipo de anestesia previa. No comprendía cómo un tipo podía alcanzar el reconocimiento mundial a partir de cuatro datos históricos sin contrastar, seis o siete escenas de sexo dibujadas con plantilla –todas ellas se parecían como gemelos univitelinos– y un misterio que podría desentrañar un niño de ocho años después de leer quince o veinte páginas –en mi modesta opinión, las quinientas o seiscientas siguientes sobraban–. Y sin embargo, decenas, cientos de autores imaginativos peregrinaban de una editorial a otra con su paquete de folios bajo el brazo en busca de la oportunidad que nunca llegaría. Algo de lo que puedo dar fe, pues ya en su momento traté de publicar una novela sin ningún resultado. O casi sin ningún resultado.
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