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Cariño al contado (28)

Encendí un nuevo cigarrillo. Satisfecha, contemplé con aire triunfal la pantalla del ordenador: por fin creía haber escrito algo que merecía la pena publicar. Abrí el menú archivo, seleccioné la opción guardar como y elegí un nombre atractivo para aquel documento. Entre todos los títulos que se me ocurrieron, finalmente me decidí por llamarlo CARIÑO AL CONTADO.DOC. Cerré el documento y apagué el ordenador. Consulté mi reloj de pulsera: eran las once de la noche y Carlos todavía no había vuelto del trabajo. Fatigada por el continuado esfuerzo mental realizado, fui a la cocina, me preparé el Biomanán nuestro de cada día, lo bebí de un solo trago y me di una ducha rápida. Las once y veinte. El marido, sin dar señales de vida. Invertí diez minutos en regar las macetas y arrancar algunas hojas mustias. Las once y media. ¿Llamar a los hospitales de la ciudad? ¿para qué? Carlos no tenía hora fija de llegada. Me acosté con la radio encendida. Atravesé la frontera entre los estados de Vigilia y Sueño a medianoche. Carlos no estaba a mi lado.

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14/03/2006 09:30. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (27)

Tras cinco, diez, tal vez quince minutos de la pasión desenfrenada que jamás sabría describir Thomas Chandler ni experimentar la arqueóloga Rose, Carlos se detuvo por unos instantes. Yo aproveché el descanso para incorporarme –afortunadamente, mis abdominales todavía respondían– y rodear su cuello con mis brazos, concentrándome en que, ni por un momento, mi marido se saliera de mi cuerpo. Nuestros ojos se buscaron; esta vez sí se encontraron. El sudor corría desbocado por su frente. Nuestros corazones parecían haber sincronizado su furioso palpitar: pum pum, pum pum, pum pum… Por fin, conseguí encontrar las palabras que quería dedicarle.
 
–¿Sabes? Puede que no te parezca sensato lo que te voy a decir, pero estoy dispuesta a mantener vivo nuestro matrimonio… aunque me salga por un ojo de la cara: hacía tiempo que no echaba un polvo como éste.

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13/03/2006 08:34. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (26)

Luego comenzó a trabajarme las piernas, sustituyendo el avión por el desplazamiento terrestre. Noté sus dedos ágiles acariciando con suave firmeza las plantas de mis pies, los tobillos, las pantorrillas... Ascendieron hasta las corvas, circunvalaron las rodillas y se encontraron con el callejón sin salida de la camilla. Retrocedieron y tomaron la autopista que conducía directamente hasta mis ingles por la parte exterior de los muslos, teniendo para ello que atravesar el túnel de mi toalla.
 
Para entonces, yo comenzaba a notar una humedad olvidada entre las piernas. Me aferré con fuerza a uno de sus muslos con el brazo derecho mientras con la mano izquierda recorría su abdomen en sentido descendente, deteniéndome cuando note la frialdad de la hebilla del cinturón. La desabroché y descorrí el cerrojo vertical de la cremallera.
 
La actitud de Carlos cambió. Con cierta violencia, me obligó a dar la vuelta, apoyando mi espalda contra la camilla. Me tomó de la cintura y me arrastró por ella hasta que mi culo quedó asomado al precipicio de la sábana blanca. Alzó mis piernas y las pasó por encima de sus hombros, volcando su cuerpo sobre el mío. Sin darme un respiro, comenzó a lamerme los pezones, me los mordisqueó provocándoles una tensión capaz de descoserlos de mis pechos.
 
De pronto, sin previo aviso, se irguió y le sentí dentro. Fue una embestida brusca y dulce a un tiempo. Apenas sus muslos rozaron el interior de los míos, se separó unos centímetros de mi cuerpo e inició una nueva acometida, esta vez muy lentamente, deleitándose en cada milímetro que profundizaba en mi humedecida gruta. Me recordaba a un espeleólogo que, después de un inesperado resbalón, tanteara el terreno con toda la prudencia posible. Al llegar al fondo, el experimentado juguete de Carlos comenzó a explorar cada uno de los rincones de mi cavidad con un movimiento circular que parecía no tener fin. Y se retiró nuevamente a posiciones más retrasadas. Y una nueva penetración, violenta y fugaz como la primera. Sus manos pasaban, de amasar mis pechos de fuera adentro, los dedos pulgar e índice pinzando y estirando mis pezones, a sujetar mi cintura obligándome a alzar el vientre en vuelo rasante a un palmo de altura de la camilla; sus dientes mordisqueaban con lujuria los dedos de mis pies; su lengua se deslizaba por mis tobillos…

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10/03/2006 09:33. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (25)

Carlos me franqueó el paso a su santuario. Y debo reconocer que mi marido había logrado con la decoración el equilibrio entre la asepsia del masaje terapéutico y la calidez del sexo extremo. Cuando llegamos a una salita amueblada con una camilla y un mueble bajo sobre el que formaba un pelotón de frasquitos de diversos tamaños y contenidos variados –luego pude comprobar en mi piel que se trataba de aceites de las más exóticas procedencias–, Carlos me pidió que me desnudase tras el biombo que hacía el papel de hipotenusa en uno de los rincones de la habitación.
 
A pesar de tratarse de mi marido, un incomprensible pudor hizo que me tumbase en la camilla boca abajo y con una pequeña toalla protegiendo mis nalgas de sus ojos de mirada cada vez más obscena. Carlos sólo llevaba puestos unos tejanos ajustados que permitían comprobar en la tirantez delantera el grado de evolución de su excitación. Yo le miraba con los ojos entornados y la mejilla derecha apoyada sobre la almohada. Él abría un frasco, lo paseaba bajo su nariz y lo volvía a tapar. Repitió la misma operación varias veces hasta que se decidió por un aceite de rosas y sándalo –La Rosa Mística, informaba la etiqueta–. Puso unas gotas en su palma izquierda y se plantó ante mí frotándose suavemente las manos. El paquete de sus tejanos señalaba el leve inicio de una erección, pongamos que se trataba de una erección de grado cinco. Cerré los ojos dispuesta a dejarme hacer.
 
Sus manos comenzaron a sobrevolar mi espalda en un puente aéreo que partía de la nuca, hacía escala en los omoplatos y repostaba en la cintura. Allí se detenía unos instantes, como recogiendo nuevos pasajeros, y vuelta a empezar.

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09/03/2006 11:45. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (24)

Transcurrida la cuenta de protección de esos cinco segundos, suspiré aliviada al ver que Iván no aparecía ante mis ojos y volví sobre mis pasos. Pero al abrir de nuevo la puerta del ascensor, una voz llegó hasta mis oídos.
 
–¿María? –preguntó Iván permitiéndome comprobar que Noelia había cumplido su palabra de utilizar mi primer nombre para establecer la cita, lo que garantizaba un mínimo de anonimato. Y no pude evitar un fruncimiento del ceño al reconocer un timbre familiar en aquella voz. Confusa, giré la cabeza. A punto estuve de gritar cuando vi a Carlos apoyado en el quicio de la puerta. Pero el alcohol había logrado el efecto anestésico necesario para poder hacer frente a aquel inesperado encuentro.
 
–¿Se puede saber qué coño haces tú aquí? –pregunté a bocajarro.
 
–¿Y tú? –a Carlos se le notaba algo más azorado.
 
–Yo he sido la primera en preguntar –aclaré de un modo un tanto infantil, como si le estuviera diciendo y tú más. Pero en seguida comprendí lo absurdo de la pregunta, pues tan improcedente resultaba la presencia de mi marido allí como la mía.
 
Por muchos años que pasen, por muchas vueltas que le dé a la cabeza, jamás llegaré a saber qué es lo que me impulsó a seguir adelante con aquella farsa. De acuerdo: la situación era, cuando menos, atípica, y lo normal es que hubiera terminado en una demanda de divorcio. Pero tampoco se le puede negar el violento componente de morbo que contenía. Así que sólo encontré un modo digno de salir del paso.
 
–¿Cuánto tiempo llevas ejerciendo?
 
–Tres años.
 
–Entonces, habrás desarrollado una gran habilidad en el arte del masaje, ¿no?
 
–¿Qué estás sugiriendo? –preguntó confundido pero con un brillo escabroso en la mirada.
 
–Que venía a darme un masaje y no estoy dispuesta a renunciar por la minucia de que el manoseador sea mi propio marido… siempre y cuando seas capaz de mantener el distanciamiento profesional que se te supone cuando las clientas no son de la familia.

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08/03/2006 11:16. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (23)

La segunda copa la tomé más lentamente, acompañándola con no menos de tres o cuatro cigarrillos. Al tercer licor de cebada mi ánimo había conseguido remontar el vuelo. Realmente, no era necesario acostarse con el prostituto –me había explicado Noelia–; podía perfectamente limitarme a aprovechar sus dotes como masajista. Pero yo sabía que aquello no sería posible: estaba segura de que, si subía al apartamento y el muchacho era tal y como Noelia lo describía, acabaría penetrada de un modo profesional.
 
Las siete y veinticinco. Decidida ya a terminar cuanto antes con aquella prueba, encendí un nuevo cigarrillo –prefería apestar a tabaco a adormecer a Iván con mi aliento alcoholizado– y pagué la cuenta. Al salir del bar, los tres hombres de negocios me dirigieron una mirada reprobatoria.
 
Iván tenía su picadero en un edificio de reciente construcción que había tratado de permanecer fiel al estilo modernista de los colindantes. Cuando accedí al patio, el portero –un tipo de unos treinta y cinco años, terriblemente apuesto y vestido con un traje gris marengo de impecable factura, muy acorde con el elitismo que pretendía el edificio– me miró sin mirarme. Me dirigí presurosa al ascensor y sólo me sentí a salvo cuando las puertas se cerraron y pude apoyar mi espalda en el espejo que revestía la pared frontal. Treinta segundos más tarde me hallaba ante la puerta de mi iniciador.
 
Todavía indecisa, pulsé el timbre. Entendí que conceder cinco segundos de cortesía para que abriera la puerta era más que suficiente para considerar superada la prueba, dejar constancia de mi arrojo y salir de allí virgen –virgen de pago, se entiende.

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07/03/2006 12:19. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (22)

Ya sé que todo esto no justifica una infidelidad a Carlos como la que me disponía a cometer, pero es que no debo justificarme ante nadie, acaso sólo ante mi marido; nada más. En cualquier caso –y aunque siga pareciendo que me quiero excusar por lo que llegué a hacer–, ¿cuántas veces seguimos comportamientos que nosotros mismos calificamos como incalificables por el solo placer de llevarlos a cabo?
 
Justificable o no, eran las siete menos diez y mi cita con el masajista prostituto estaba concertada para las siete y media; tiempo suficiente para volverme atrás varias veces. Sin poder adoptar una decisión definitiva al respecto, me detuve ante la puerta de un café situado a dos minutos escasos del apartamento de Iván. Entré y ocupé una de las banquetas libres perfectamente alineadas a lo largo de la barra, lo más alejada que pude de los tres hombres que hablaban acaloradamente a la entrada del local. Cuando pasé por delante de ellos, los tres fijaron sus ojos en mí y me sometieron a un rápido examen: la calificación que obtuve creo que fue de suficiente alto.
 
El camarero se plantó ante mí y me saludó obsequiosamente, demasiado obsequiosamente. Daba la sensación de que allí no solían entrar mujeres habitualmente, sólo comerciales haciendo escala en mitad de la tarde. Le pedí un whisky con mucho hielo. El ruido de los cubitos al chocar contra el fondo del vaso, así como mi costumbre de hacer girar los hielos con el dedo, produciendo un amortiguado tintineo, volvió a desconcentrar a los tres hombres, que parecían inmersos en sesudas reflexiones y cálculos sobre las comisiones por ventas que cada uno de ellos percibía de sus respectivas empresas. Apuré el contenido del vaso en dos largos tragos y pedí al camarero que me sirviera una nueva dosis. Me atendió después de preparar un cortado para un tipo raro, con aires de vagabundo de clase alta, que acababa de entrar en el local unos minutos antes.

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06/03/2006 09:09. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (21)

Pasaron dos meses desde aquella confesión y Noelia continuaba deslizando subrepticiamente sugerencias acerca de la posibilidad de que yo acudiera a conocer a Iván. Cada día añadía nuevos detalles a su descripción que lo hacían más y más apetecible y, a la vez, imposible de concebir como algo real: inteligente, apuesto, atento, servicial, cariñoso, profesional, estimulante, divertido... Si no estuviera al corriente de las posibilidades económicas de mi amiga, podría pensar que trataba de conseguir unas tarifas más ventajosas por acudir en grupo.
 
Para mí fueron unos meses terribles. Mi autoestima estaba por los suelos –al menos esa creo que fue la excusa que me puse cuando, finalmente, decidí constatar si las maravillas que Noelia me contaba de su masajista tenían algún fundamento real–; no veía a Carlos salvo en el álbum de fotos de la boda, cada día enfrascado en una nueva actividad de la que apenas me hablaba; mis alumnos de inglés, de vacaciones, lo que me proporcionaba más tiempo libre para pensar en qué perdía mi tiempo; y, para colmo, Noelia cada vez más satisfecha consigo misma.
 
Creo que la posibilidad de emular a mi envidiada amiga –incluso había pensado en que podría hacer que su prostituto acabase siendo mío, que demostrase sentirse mejor conmigo que con ella, lo que le añadía un cierto toque competitivo al asunto– y el hecho de poder tener todo el control de algo, aunque tan sólo fuera por una vez y en un aspecto muy concreto, fueron los dos factores determinantes a la hora de pedir a Noelia que concertase una cita para mí con aquellas manos maravillosas que me debían hacer descubrir terminaciones sensitivas allá donde nunca imaginé tenerlas –así es como Noelia describía la habilidad que Iván demostraba para el masaje.

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03/03/2006 09:46. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (20)

–... a la prostitución masculina para satisfacer mis deseos sexuales –terminó la frase Noelia aplicando una manita de indiferencia a su entonación–. Perdona que te haya quitado las palabras, pero también sabía que ibas a continuar con esa misma frase que utilicé hace tiempo con Chantal. Y que conste que no te estoy presionando para que hagas algo que no creas conveniente; simplemente te estoy aportando una solución... y cuando tú me digas, yo misma te puedo concertar una cita con Iván.
 
Cuando llegué a casa, mi cabeza era una coctelera en la que se mezclaba una generosa dosis de términos incorpóreos de los que incluso se podía cuestionar su existencia –felicidad, presente, pasado, futuro, permanencia, sentimiento, amor, libertad– con unas gotitas de la más pura de las carnalidades –sexo y prostitución a partes iguales–. No comprendía cómo Noelia podía haber caído en la bajeza de tratar sus dolencias vaginales como quien acude al médico de cabecera por una lumbalgia aguda, pero tengo que reconocer que mi amiga se había propuesto no carecer de nada en toda su vida y lo había logrado. Su vida era una masa de una densidad absoluta, una piel carente del menor poro por el que pudiera colarse el vacío. Pero yo, no; yo nunca, nunca, acudiría a un remedio tan sucio como aquel para llenar otro de los vacíos en que se había convertido mi vida. Nunca, nunca, nunca...

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02/03/2006 11:04. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (19)

Los ojos se me pusieron como cuando visito al oftalmólogo y me rocía las pupilas con gotas dilatantes: no podía creer lo que estaba escuchando. Al principio consideré que el comentario de Noelia no era sino una de sus frecuentes bromas, pues recordaba la capacidad que ya demostraba en los tiempos del colegio para soltar la mayor de las barbaridades con una expresión digna del máximo respeto. Sin embargo, había algo en el tono de su voz que hacía presagiar que no se trataba de un comentario baladí, que no esperaba mi sonora carcajada como respuesta. No, en esta ocasión parecía estar confesándome algo aunque le quisiera dar el aspecto de una proposición.
 
–Noelia, no estarás hablando en serio ¿verdad?
 
Confirmado. El encogimiento de hombros con que recibió mi pregunta, sus cejas enarcadas, sus labios semifruncidos realzando sus carrillos y esbozando una sonrisa pícara me demostraban que Noelia era ya usuaria de ese tipo de servicios masculinos que se ofrecían en la sección de relaciones y contactos de cualquier periódico.
 
–Acabas de decir las mismas palabras que pronuncié yo cuando mi amiga Chantal, allá en París, me sugirió de una manera velada que visitase a su masajista... así que te veo dentro de cuatro días compartiendo prostituto conmigo.
 
–Jamás, ¿me oyes? Jamás recurriré...

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01/03/2006 11:15. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (18)

Touché. La afrancesada me acababa de impartir una lección básica sobre semántica aplicada y la verdad es que me estaba bien empleado por mi puñetera costumbre de sacar consecuencias cuando todavía no dispongo de todos los datos: había catalogado a Noelia como una estúpida que sólo se preocupaba por el modelito que debía lucir para el aperitivo, por la sonrisa que debía mostrar en cada ocasión y ella me había asestado un golpe mortal con lo que, en teoría, era mi especialidad. Pero no quise dar marcha atrás.
 
–Claro, para ti es muy fácil no preocuparse por el futuro y considerar que tienes tus necesidades cubiertas. Es curioso que todos los que no le dan importancia al dinero, y sólo ellos, tienen pasta hasta por castigo…
 
–Venga, venga, no vayas de víctima por la vida… reconozco que a mí nunca me ha faltado de nada, pero tú tampoco te puedes quejar: por lo que dices, trabajo no te falta, tienes un marido que te quiere –aunque todavía no me lo hayas querido presentar, le supongo una buena persona– y dispones de la libertad de acción necesaria para hacer lo que se te antoje. ¿Qué más quieres?
 
Noelia tenía razón en, al menos, un noventa por ciento de lo que decía. Pero sus palabras me hacían pensar en que quizás en parte del diez por ciento de lo que callaba se encontraba la causa de mi falta de plenitud personal. Ya sé que puede resultar prosaico, pero desde ese momento comencé a reconocer –creo que lo sabía con certeza desde tiempo atrás– que en la inapetencia sexual de Carlos residía buena parte de mi problema. Noelia, una vez más, pareció leer mis pensamientos.
 
–¿Qué sucede? ¿Hay algo que no termina de encajar en tu vida de pareja? ¿El sexo, quizás? Pues no sé de qué te preocupas: el amor no se puede comprar; el sexo lo tienes a partir de diez mil la sesión, menos todavía si no eres demasiado exigente con las condiciones higiénicas…

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28/02/2006 11:05. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (16)

Creo que fue a mediados de junio cuando reventé y Noelia puso de manifiesto sus insospechadas carencias y su inusual manera de subsanarlas. Sí, ahora lo recuerdo: era precisamente en junio, cuando Carlos estaba más ausente que nunca, dedicado de lleno a sus declaraciones de renta.
 
Mi marido, como era de esperar, no había logrado dar cuerpo a sus ilusorios proyectos empresariales. Tan sólo había logrado ser la válvula de escape del exceso de clientela de que gozaba su colega, quien no había dudado en traspasarle temporalmente a sus clientes menores a los efectos de cumplir con el fisco. Por mi parte, yo me empleaba a fondo en la preparación de ejercicios de repaso de cara a los exámenes finales de mis alumnos más lerdos. Y aprovechaba el silencio y la soledad nocturna –Carlos llegaba a casa cada día más tarde– para seguir con la traducción de la novela de Chandler.
 
Una mañana, Noelia me llamó después de un par de semanas sin saber de ella. Según me dijo, había estado muy ocupada con su último capricho: la apertura de una sala de exposiciones financiada por su padre y su viajero esposo. Quedamos para tomar café en el mismo lugar en el que nos habíamos reencontrado con nuestros recuerdos cuatro meses atrás.
 
Lo reconozco: acudí a aquella cita dispuesta a amargar en lo posible su insultante dicha trasladándole alguna de mis frustraciones. Pero nunca sospeché las consecuencias que mi perversa conducta iba a provocar.
 
Noelia apareció como acostumbraba: simplemente radiante, vestida con unos vaqueros italianos, una sencilla blusa blanca y unos botines de cuero que sólo recuerdo haberlos visto en alguna revista de moda internacional. Y el mismo perfume de siempre. Y exhalando la misma seguridad que la acompañaba a todas partes…
 
Sin que viniera a cuento, y antes de que me bombardease con sus estúpidos logros de niña consentida, descargué sobre ella mi artillería.

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24/02/2006 08:37. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (15)

Desde el primer momento, Maurice, casi diez años mayor que ella, ofreció a Noelia la estampa de un hermano mayor deliberadamente atento y protector. Era la figura que tanto había echado de menos siempre, la persona que podía intercalarse entre su padre y ella, cronológica y afectivamente. Y poco a poco se fue encariñando de él –creo, por lo que pude deducir de las palabras de Noelia, que en ningún caso se podría hablar de amor hacia él, ya fuera amor con sexo o platónico–. Le atraían sus maneras levemente arcaicas, las atenciones continuas que la hacían sentirse el astro alrededor del cual debían girar naturalmente el resto de los cuerpos celestes, el modo en que parecía venerarla… Y, tras la boda plena de pompa y boato que celebraron en el caleidoscopio multicolor de la Sainte-Chapelle, comenzó a apreciar también la libertad que le otorgaban los múltiples viajes de Maurice; Noelia solía acompañarle en todos los desplazamientos y, mientras él cumplía con sus obligaciones empresariales, ella se deleitaba visitando los mejores museos del mundo.
 
Debo reconocer que la comezón de la envidia empezaba a apoderarse de mí. Y comencé a ver a Noelia como una insufrible señorona a la que todo le salía bien sin haber hecho mérito alguno para ello, aunque quizás se tratase de una nueva manifestación de mis habituales paranoias. Pero me daba cien patadas verla tan feliz, tan despreocupada, frente a la insatisfacción continua en que se había convertido mi existencia…

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23/02/2006 10:53. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (14)

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Lo suyo fue como una revelación, como ver la luz de la que habla la Biblia. De la noche a la mañana, pasó de vestirse con amplias túnicas descoloridas y atar sus cabellos en una simple coleta a enfundarse en lujosos vestidos, en informales atuendos de diseño y lucir los peinados de las peluquerías más afamadas de París.
 
Era inevitable que, tras el radical cambio de imagen, su padre considerase que Noelia ya estaba preparada para ser presentada en sociedad y sentar cabeza. Estaba bien tener una hija intelectual, pero no era eso por lo que él había pisado tantos cuellos para llegar al lugar que había logrado ocupar.
 
Y en una de las aburridas reuniones de fin de semana que solía preparar la familia, conoció a Maurice. Al principio lo miró con el único interés que despierta un individuo desparejado en un salón lleno de dualidades. Se acercó a él, solo frente a la gran chimenea familiar, la mirada concentrada en los fluidos y coloristas trazos del Rubens que constituía el máximo alarde de la solvente posición económica de la familia Beltrán. Le ofreció la copa de champán que portaba en la mano derecha.
 
–¿Te interesa Rubens? –le preguntó por iniciar una conversación que presagiaba corta.
 
–¿Cómo? Sí, sí –respondió azorado. Noelia seguía como una dama oferente, el cabello recogido sobre la nuca, el cuerpo cubierto por un vestido largo de finos tirantes, los brazos desnudos, la mano y su cristalina prolongación extendida hacia un dios indeciso y deliciosamente torpe–. Oh, pardon –se excusó Maurice tomando la copa de manos de Noelia–. Es usted mademoiselle Beltrán, ¿n’est pas? –añadió en una curiosa y cortés mezcla de español y francés con la que pretendía agradar a su anfitriona.
 
–Noelia; puedes llamarme Noelia. O Noelie, si te resulta más fácil. Te preguntaba si te gusta la pintura de Rubens…

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22/02/2006 11:12. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (13)

Yo pasaba muchas horas en casa y, entre clase y clase, comenzaba a dar forma al sueño de todo filólogo en paro: la creación de su propia novela. Al cabo de un año y medio había llenado casi doscientos folios con cerca de setenta mil palabras, las palabras que constituían mi primer y único intento hasta la fecha de alcanzar la fama y salir en los papeles.
Carlos fue el único que leyó aquella historia y, sin dudarlo un instante, me animó a presentar el original en cuantas editoriales fuera necesario. Según él poseía originalidad, interés y un estilo propio, factores fundamentales para alcanzar el éxito. Pero todo fueron negativas o palabras esperanzadoras: quizás en otro momento, su obra está bien pero es poco comercial… de todo, menos editarla. Pero, al menos, uno de los editores, enterado de mis conocimientos de inglés, me propuso realizar colaboraciones a través de las traducciones de textos ingleses. Y así comencé con lo que hoy constituye el grueso de mi sustento, lo que me ha permitido reducir el número de horas que dedico a las clases particulares.
Por su parte, y como ya he comentado antes, Noelia terminó la carrera de Bellas Artes y, durante dos años, se permitió el lujo de llevar una vida bohemia. Sí, digo lujo bohemio aunque parezca un contrasentido porque, en su caso, aquella vida precaria no era ninguna necesidad, amparada como estaba por unos progenitores que se podían permitir el capricho de abrir una galería en la que exponer los mamarrachos que pudiera trazar su hija.
El caso es que, tras dos años en los que logró vender dos o tres cuadros, llegó a la conclusión de que no merecía la pena compartir sus años de juventud con tres tipos que no apreciaban el placer de la ducha diaria, que no parecía sensato limitarse a cincuenta metros cuadrados para cuatro personas cuando, en su propia casa, podía disponer de varias habitaciones para ella sola.

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21/02/2006 11:40. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (12)

Tres días después de nuestro tropiezo en la librería, recibí la llamada de Noelia. Esa tarde tenía previsto salir de compras al centro y me propuso quedar con ella para tomar café en alguna terraza.
 
Aquel fue el primero de los muchos cafés que Noelia y yo compartimos durante las siguientes semanas. Solíamos quedar citadas en bares tranquilos en los que poder charlar de nuestras cosas, de qué habíamos hecho los años en los que vivimos separadas y lo que podríamos hacer juntas en el futuro. Fueron semanas de confesiones mutuas, de sinceras conversaciones en las que se podía apreciar lo unidas que habíamos estado en el pasado. Sin embargo, había en nuestras palabras menos espontaneidad, menos candidez –ese sería el término más adecuado– que cuando nos contábamos nuestros secretos infantiles: lo mucho que odiábamos a nuestros padres por obligarnos a recoger nuestra habitación bajo amenaza de castigo, las averiguaciones que hacíamos sobre el último chico en el que nos habíamos fijado… Se diría que, con los años, habíamos aprendido a no poner todo en el escaparate, a guardar algo en la trastienda hasta saber si podíamos confiar plenamente en la otra. Aprendizaje propio de la madurez, supongo.
 
Mis particulares veintisiete años los pude resumir –al menos en lo que accedí a contarle– en dos tardes. Le conté cómo, al acabar la carrera, me lancé a la vorágine de las oposiciones, escoltada por decenas de compañeros de estudios que pretendían una de las pocas salidas posibles a nuestros estudios. Pero mi precipitación –otra vez la precipitación– me hacía ir picoteando temarios de todas las administraciones posibles, sin ser capaz de centrar mis esfuerzos en una concreta. Así me encontré con treinta años en mi carné de identidad y sin una nómina fija que llevarme a la boca. Eso sí, las múltiples clases particulares de inglés que impartía a todas horas –en lugar de volcarme en lo que debía ser mi objetivo fundamental: conseguir un trabajo digno con seguridad social incluida– me procuraban los ingresos suficientes para no tener que depender de mis padres, con la salvedad del alojamiento, que corría de su cuenta. Mientras, lo que había comenzado como unas salidas esporádicas con Carlos, se convirtió, con el paso de los años, en un noviazgo en toda regla. Y finalmente nos casamos, eso sí, cuando él consiguió su primer empleo en una gestoría y la sinergia de nuestros sueldos nos permitió hacer frente a un piso de alquiler y todas sus consecuencias.

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20/02/2006 08:52. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (11)

Una vez más, mi marido tenía razón. La precipitación siempre ha sido uno de mis puntos fuertes y, en esa ocasión, mi deseo de tener a Carlos más a menudo a mi lado vencía a la prudencia de recibir aquella posibilidad exactamente como lo que era: una mera posibilidad. Nada más que una posibilidad más entre otras muchas. Pero mejor era eso que resignarme a cenar sola todas las noches de mi vida junto a él, a acostarme sin un torso que rodear, sin unos dedos en los que entrelazar los míos, sin un cuerpo al que hacer llegar mi olor.

Seguíamos abrazados, de pie en el centro de la habitación, mis ojos buscando los suyos. Incomprensiblemente, la poco imaginativa descripción de la escena entre la antropóloga y el guía turístico había despertado mi libido e intenté insinuarle algo a Carlos. Pero él tenía que volver deprisa al despacho –todavía debía aferrarse a la realidad de sus comunidades de propietarios antes de lanzarse a la aventura de la gestión de altos vuelos– y no pudo ser. Sólo pudimos unir brevemente nuestras bocas y entablar una débil lucha entre nuestras lenguas mientras notaba cómo Carlos consultaba nervioso la hora en su reloj. Esta noche, me prometió tomándome por las muñecas.

Cuando me quedé sola, volví a mi trabajo con la seguridad de que esa noche tampoco podría ser.

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17/02/2006 10:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (10)

Asqueada por lo que consideraba una escena irreal, llegué a la conclusión de que el tal Chandler, del que conocía más bien poca cosa, estaba casado y volcaba en sus escritos toda su frustración sexual. O sus recuerdos de tiempos pasados. O yo era tonta, porque no recuerdo haber vivido jamás algo parecido con mi Carlos. Tal vez muchos años atrás, cuando la universidad… pero de eso hacía mucho tiempo y no me quedaba otra cosa que una imagen difusa, como dibujada al carboncillo.

Oí cómo unas llaves jugaban con la cerradura de la puerta. Al momento, la voz de Carlos anunció su llegada. Yo me sobresalté por lo inesperado de su aparición, como si me hubiera pillado en falta siéndole infiel con el vecino del tercero, cuando mi único pecado era el exceso de crueldad al pensar en nuestra escasa actividad sexual. Carlos asomó la cabeza por la puerta del estudio.

–¡Sorpresa! ¿A que no me esperabas a estas horas? –cantó todavía desde el pasillo. Aún no me había girado y ya tenía sus manos sobre mis hombros y sus labios en mi cuello en lo que fue un beso más fraternal que pasional, muy diferente de los que Bruce hacía aterrizar continuamente en la epidermis de Rose.

–Pues no, pensaba que no volverías hasta la hora de la cena; como me has dejado ese mensaje en el contestador…

–Es que no te he dicho la verdad: no se me ha resistido ninguna contabilidad. Verás, en realidad he estado comiendo con un colega con el que me encontré hace un par de semanas. Se dedica a asesorar empresas y no puede atender a todos sus clientes. Así que, después de pensarlo bien, le llamé el otro día y le propuse colaborar con él, lo que me permitiría ir dejando poco a poco el asunto de las comunidades. ¿Sabes lo que eso significaría? Que no tendría que trabajar hasta tan tarde todos los días y podríamos pasar más tiempo juntos –añadió antes de que yo pudiera aventurar alguna respuesta plausible.

–Estupendo –exclamé quizás demasiado alborozada abrazándome a su cuello–. ¿Y cuándo empiezas tu nueva faceta profesional?

–Bueno, bueno, no seas impaciente… sólo le he hecho una sugerencia. Ahora hace falta que él la acepte.

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16/02/2006 09:23. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (9)

Cuando llegué a casa, el piloto rojo del contestador parpadeaba sin descanso. Carlos había grabado un mensaje: las cuentas de una comunidad le habían dado más problemas de los previstos y no volvería a casa hasta la noche. Calenté un filete de pescado del día anterior, lo acompañe con unas patatas fritas de bolsa y comí en el salón mientras seguía las noticias del Telediario. Fregué los cacharros en un par de minutos, puse una lavadora de color y me tumbé en el sofá con la intención de dormir una siesta mecida por el murmullo monocorde de la voz que narraba las peripecias de la foca monje en el documental que emitía la televisión durante la sobremesa. Imposible: en la calle, una cuadrilla de obreros abría el asfalto a golpe de excavadora en busca de la tubería que debían sustituir, y el bramar de las máquinas, el temblor de los cristales de puertas y ventanas impedían mi paso a la inconsciencia del sueño.

Eran las cuatro de la tarde. Refunfuñando, regresé a mi mesa de trabajo. Encendí el ordenador, abrí el archivo donde guardaba la novela del señor Chandler y retomé la traducción en el punto en que la había dejado la víspera. Lo que me faltaba –pensé al observar que se trataba de la escena amorosa de turno–. La protagonista, Rose, una arqueóloga de treinta y cinco años, piernas interminables, piel sedosa, senos turgentes, cuello de cisne y cuya única anomalía eran las gafas bifocales que sostenía sobre la nariz protegiendo unos ojos color verde mar de mirada penetrante –la descripción es responsabilidad exclusiva de Thomas Chandler, no mía–, se resistía a los envites de un atractivo guía turístico al que había conocido dos días antes, de nombre Bruce. Tengo que aclarar que la mujer no se resistía demasiado, pues al segundo párrafo ya estaba el guía turístico saboreando sus afrutados pezones al tiempo que le arañaba la espalda con una pasión nunca antes conocida. Ella sentía un escalofrío de placer que le recorría todo el cuerpo, desde las uñas de los pies hasta el extremo de los cabellos esparcidos sobre la almohada.

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15/02/2006 11:28. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (8)

20060209180941-chanel.jpg

Pedimos otros cafés y fue entonces el turno de Noelia; la conclusión que pude extraer de su charla es que la vida le había tratado con generosidad. Curiosamente, ella también había estudiado Bellas Artes y, tras dos años de vida bohemia en una buhardilla del barrio latino de Paris y venta callejera de sus óleos en la plaza de Tertre, en pleno corazón de Montmartre –había cumplido fielmente los preceptos de todo artista que se precie–, decidió regresar al cómodo redil de la burguesía a la que pertenecía por adscripción paterna. Noelie Beltrán –afrancesamiento de su nombre con el que firmaba sus cuadros– conoció a uno de los directivos de segundo rango de la empresa para la que trabajaba papá. Su nombre, Maurice; su apellido, Subdirector General de Relaciones Internacionales, apellido de soltero que cambió al casarse con Noelia por el de Director Gerente de Pharmafrance España S.A., filial española que la compañía había abierto en Madrid hacía un año.

A mediodía ya teníamos una visión de conjunto de lo que habían sido nuestras vidas por separado. Y, de paso, habíamos quedado emplazadas para mantener encuentros frecuentes en los que revivir el pasado y aventurar el futuro; Noelia tenía previsto permanecer durante varios meses, quizás algunos años, en la ciudad y, después de una ausencia tan prolongada, se sentía como una extraña. Así que le sería de mucha ayuda contar con mi compañía para volver a ocupar un sitio en el lugar en el que había vivido sus primeros años.

Nos despedimos después de intercambiar nuestros teléfonos y besarnos profusamente las mejillas. De inmediato noté que Noelia se había mantenido fiel a lo largo de tanto tiempo a la misma fragancia que la acompañaba de niña, un sugerente preparado de esencia de rosas y claveles adornado con la nota casi imperceptible del romero, una fragancia muy alejada del artificial empalago que solían utilizar otras mujeres de su misma edad y posición. No, la piel de Noelia seguía emitiendo la misma frescura, el idéntico descaro que tanto desquiciaba a las monjas que regentaban nuestro colegio.

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14/02/2006 10:57. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (7)

Noelia sabía de matemáticas y, además, poseía el don de la tenacidad. A punto estuve de contestarle con las cuatro palabras que tenía preparadas, pero mi amiga no tenía ninguna responsabilidad en lo que podía considerarse mi fracaso personal. No, debía ser más diplomática y adornar aquellos veinticinco años con las guirnaldas del éxito: a nadie le importaba lo que yo pensara de mí misma.
–Perdona, pero es que no esperaba encontrarme contigo después de tanto tiempo… la verdad es que ha sido toda una sorpresa.
Durante media hora, y con esporádicas interrupciones por parte de Noelia que buscaban profundizar más en algún detalle que, voluntariamente, había sobrevolado fugazmente, puse al corriente a mi amiga de lo que habían dado de sí todos aquellos años. Le conté cómo al terminar el colegio, momento en el que ambas nos habíamos separado –el padre de Noelia ostentaba un alto cargo en una multinacional y había sido requerido para formar parte del equipo directivo de la sede central en París–, había continuado mis estudios de bachillerato en un instituto público y, años después, tras una infructuosa estancia de dos años en la facultad de Bellas Artes, me había licenciado en filología inglesa. Le referí cómo, cuando estaba cursando el último año de carrera, había conocido a Carlos, un estudiante de primero de económicas que destacaba por su febril actividad como representante de los alumnos de su facultad. Le había conocido en el transcurso de una huelga que, durante tres meses, paralizó las clases en casi toda la universidad. Carlos era uno de los cabecillas de aquella revuelta que parecía revivir tiempos pasados y me sentí atraída de inmediato por la energía y la resolución que desprendía en cada uno de sus actos, por la elocuencia de sus soflamas, por el liderazgo que ejercía sobre cuantos le rodeaban. Tanto era así que la individualista Soledad, poco proclive a participar en actos reivindicativos de cualquier naturaleza, acabó integrándose en uno de los grupos de trabajo que tenían por misión la coordinación de los estudiantes con el único objetivo de poder conocer mejor al que, años después, se convertiría en su marido.
–Y hasta hoy –concluí mi exposición de los hechos.
–Así que tienes a un jovencito por marido… no está mal. Al menos, te evitarás las quejas por los achaques y te garantizas la fogosidad que se supone a ciertas edades; mi marido está rondando ya los cincuenta y no hay día que no descubra una dolencia nueva en su cuerpo.

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13/02/2006 10:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (6)

No sé. Sí. No. Esas eran las tres respuestas telegráficas con las que podía cumplimentarse el cuestionario de Noelia. Sentí una punzada depresiva en el corazón, una congoja opresiva alrededor del cuello, cuando tomé consciencia de la vacuidad que suponía poder resumir media vida con cuatro palabras, una de ellas, repetida. Si esas cuatro palabras se podían pensar en un instante, ¿qué había hecho yo con los otros trillones de instantes transcurridos desde que dejé de ver a Noelia?

–¿Te sucede algo? Te noto rara, como si no me estuvieras escuchando… yo pensé que te alegrarías de verme, pero ya veo que estás en otro sitio. ¿Quieres que nos tomemos un café por aquí cerca?

Cuando logré escapar de las garras de mi letargo mental, acepté la invitación de Noelia. Al menos, un rato de charla insustancial con mi antigua amiga me serviría para romper la rutina y olvidar, momentáneamente, al americano al que tenía que enseñar a hablar en español.

El bar que elegimos como confesionario estaba abarrotado. Salvo un rincón en el que un grupo de hombres y mujeres discutían sobre la represiva política de personal de la empresa en la que parecían trabajar, el resto de la barra y la totalidad de las mesas aparecían ocupadas por un ejército de mujeres emperifolladas que, una vez cargados los niños en el autobús del colegio, hablaban animadamente del programa estrella de la televisión, de las últimas revelaciones que el padre Losantos había desvelado en la Cope y de la cena que, una semana tras otra, posponían para otra fecha en la que todas pudieran estar presentes.

Conseguimos una mesa en un rincón poco iluminado de la cafetería junto al que se apilaban varias cajas de refrescos y cervezas. Las dos pedimos café y el bote de la sacarina. Saqué del bolso el paquete de cigarrillos. Le tendí uno a Noelia, me puse otro en la boca y comenzamos a fumar mientras esperábamos el regreso del camarero con su cargamento de líquido negro bajo en calorías. Noelia fue la primera en hablar.

–Antes te he hecho tres preguntas y no me has respondido a ninguna de ellas…

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10/02/2006 09:35. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (5)

20060203181618-unias-007.jpg

–¿Sole? ¿Sole Lambán, de las Ursulinas Descalzas? –inquirió la propietaria del dedo.

Giré la cabeza. Comencé por mirar al responsable de la llamada de atención, un dedo tintado de rojo fuego en su extremo queratinoso. Puse después los ojos a patinar sobre unas falanges perfectas, el dorso de una mano primorosamente cuidada, una muñeca firme, un antebrazo cubierto de azul marino del que asomaba un reloj de medio kilo… Sobre unos hombros anchos, la cabeza de una mujer de mi misma edad, vestida como para una recepción oficial –traje de chaqueta del mismo color que la manga que ya había visto un segundo antes, echarpe gris perla, maquillaje de a veinte mil la sesión– que me miraba con ojos sorprendidos. Le resté veinticinco o treinta años, le sumé unas coletas apelmazadas a ambos lados de la cara y le puse nombre.

–¿Noelia? ¿Noelia Beltrán? –pregunté sin demasiada confianza en la posibilidad de acertar.

Mientras realizaba aquel ejercicio de adivinación, comprobé disgustada que la posible Noelia tenía en la mano izquierda, la que no había utilizado para reclamar la atención de su antigua compañera de pupitre, un ejemplar de la primera novela del mismo autor que me encontraba traduciendo en esos momentos –Thomas Chandler, afortunadamente nada que ver con el ilustre Raymond; Thomas tan sólo utilizaba el apellido de soltera de su madre.

–Premio –exclamó con la misma alocada alegría con que lo habría hecho en sus tiempos de colegiala–. Pero chica, ¿qué es de tu vida? ¿dónde has estado todos estos años que no nos hemos visto?

Dónde has estado tú –pensé–, yo no me he movido de aquí en ningún momento. Desgraciadamente, eché unas raíces demasiado profundas en esta ciudad que me ha negado las oportunidades que habría tenido en cualquier otro lugar.

Pero consideré que era un modo demasiado brusco y lastimero de reiniciar la relación que habíamos suspendido tantos años atrás, por lo que me decanté por una fórmula mucho más convencional.

–Hija, no has cambiado nada en estos… ¿veinticinco años? Te veo hecha una cría.

–Venga, venga, tampoco te pases. He aprendido a convivir con mis arrugas y demás consecuencias de la edad. Pero sí, la verdad es que la vida no me ha tratado mal… no, no puedo quejarme. ¿Y tú? Cuéntame, ¿a qué te dedicas? ¿te casaste? ¿tienes críos?

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09/02/2006 09:39. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (4)

20060203181241-visa.jpg

Tenía todo el día a mi entera disposición. Carlos no volvería hasta la noche –quizás, con algo de suerte, recalara en puerto a la hora de la comida–, el pedido del supermercado había llegado la mañana anterior y tampoco esperaba a ninguno de mis alumnos –dos días a la semana dejaba de traducir folletos turísticos, artículos de revistas científicas y alguna que otra novela para impartir clases a muchachos que sólo demostraban sus conocimientos de inglés ante las instrucciones de los videojuegos–. Podía dedicar la mañana al folletín americano que tenía sobre la mesa de mi estudio, pero eso no me ayudaría a olvidar mis carencias imaginativas. No, en lugar de quedarme en casa, bajaría al centro, a mi librero de siempre, y buscaría un buen diccionario de sinónimos con el que mejorar la versión original del yanqui. Al momento, lo pensé mejor: ¿para qué mejorar algo que se vendería como rosquillas gracias, entre otras cosas, a un lenguaje apto para todos los públicos? Seguro que la mayoría de los lectores a los que iba destinado no tendrían un diccionario de bolsillo en casa en el que consultar las dudas que provocarían mis personales aportaciones… En cualquier caso, lo tenía decidido: necesitaba un nuevo diccionario de sinónimos y esa mañana parecía la adecuada para comprarlo.

En veinte minutos estaba en la calle, camino de la librería. Cuando llegué a mi destino, bajé al segundo sótano, donde se almacenaban los libros de historia, filosofía, derecho y los diccionarios –siempre me he preguntado por qué los libros más útiles tienden a esconderse en los rincones más inaccesibles de una librería; quizás sea porque su valor se reserve como premio gordo a los más conspicuos clientes, quedando las pedreas de los folletines para disfrute de la masa en general–. Cuando tras media hora de rastreo encontré lo que buscaba, me dirigí a la caja situada en la planta calle. Estaba tratando de localizar la tarjeta de crédito entre el maremágnum plastificado de la cartera –El Corte Inglés, Cortefiel, Hispamer, La Caixa– cuando un dedo desconocido picoteó con maleducada insistencia en mi hombro.

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08/02/2006 09:54. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (3)

20060203180917-taza.jpg

–¿Me pasas la mantequilla, por favor?

–¿A qué hora llegaste anoche? –dije al tiempo que le acercaba la tarrina y el cuchillo al otro comensal.

–A eso de las doce y media… pero no quise despertarte; dormías como un cachorro.

–¿Y qué tal fue la reunión?

–Como siempre: veinte vecinos presentes de ciento diez posibles y, como no podía ser de otro modo, los asistentes eran los más pelmazos de toda la comunidad. Vamos, que a las doce no habíamos conseguido otra cosa que nombrar una comisión encargada de la contratación del mantenimiento de calderas, otra para la instalación de una antena parabólica y una tercera para supervisar el trabajo de las otras dos. ¿Y tu novela?

Fingí no haber oído la pregunta que, invariablemente, me formulaba Carlos cada mañana. Callaba con la esperanza de que mi marido no echara en falta la respuesta que le debía cuando hubiera terminado de mojar la tostada en el tazón de café. Estaba convencida de que lo único que pretendía Carlos era refrotarme el fracaso por la cara en un intento de obviar sus propias decepciones, la realidad incuestionable de que su prometedor futuro como economista en una consultoría internacional se hubiera convertido en un mediocre presente como administrador de fincas urbanas. Pero Carlos, al menos, no es olvidadizo y volvió a pisar en terreno enfangado.

–¿Qué pasa? ¿no se te ha ocurrido nada todavía? Bah, no te preocupes… lo que ocurre es que el trabajo de traducción absorbe todo tu tiempo y buena parte de tu abundante masa gris. Pero estoy seguro de que, ahí dentro –añadió besándole la frente como despedida–, guardas un tesoro que no quieres compartir con nadie. En fin, me tengo que ir al despacho.

En silencio, contemplé cómo unas migajas flotaban en el mar de café con leche que tenía entre las manos. Parecían tan perdidas como yo, intentando inútilmente alcanzar a nado la orilla salvadora del tazón. Las migas buscaban el asidero salvador de la cerámica apta para microondas; yo pretendía encontrar una idea a la que agarrarme, una idea a partir de la que poder vivir en el papel una historia más pasional que la que me había tocado en el sorteo navideño de mi quinta –debo aclarar que mi llegada al mundo se había producido el veintidós de diciembre de cuarenta años atrás–. Con un gesto, que luego consideré pleno de una grosera crueldad y resentimiento, me bebí todo el contenido de la taza poniendo fin a las inocentes esperanzas de aquel inocente banco de migas.

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07/02/2006 09:05. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (2)

20060203180532-ordenador.jpg

Era un encargo fácil pero tedioso. Fácil, porque la riqueza léxica de aquel autor no era su punto fuerte, hasta el punto de que las herramientas del procesador de textos para cortar y pegar fragmentos casi idénticos me facilitaban enormemente la tarea. Tedioso, porque traducir un tocho de seiscientas cuarenta y siete páginas lleno de lugares comunes, frases hechas e incorrecciones sintácticas no era lo que podía considerarse un trabajo dotado del mínimo interés necesario para mantener los sentidos despiertos. Así que, después de traducir treinta páginas –sin tener que recurrir en una sola ocasión al diccionario–, desconecté el ordenador y salí de la habitación que utilizaba como estudio.

En el salón, me tumbé en el sofá y comencé a hojear una revista de las denominadas de interés general y cuyo interés reside en descubrir algún artículo de verdadero interés. El primero de los artículos en el que aterricé pontificaba sobre cómo convertir un trabajo monótono en un paraíso de creatividad. No me jodas, hombre –fue lo único que pude opinar sobre el tema tras exprimir al máximo mis neuronas–. Pasé varias páginas y me detuve en un amplio reportaje sobre las causas del fracaso escolar. No me interesa, no tengo hijos –y seguí pasando páginas–. Y, por fin, el inevitable informe enumerando las razones por las que las parejas se separan al cabo de varios años de convivencia y cuál es el perfil del perfecto separado. Seguro que mi caso no sale; aunque, claro, todavía no he llegado a esa situación, pero todo se andará –pensé con cínica resignación.

Eran las once de la noche y mi marido todavía no había vuelto del trabajo. Hastiada, fui a la cocina, me preparé el Biomanán nuestro de cada día, lo bebí de un solo trago y me di una ducha rápida. Las once y veinte. El marido, sin dar señales de vida. Invertí diez minutos en regar las macetas y arrancar algunas hojas mustias. Las once y media. ¿Llamar a los hospitales de la ciudad? ¿para qué? Carlos no tenía hora fija de llegada. Me acosté con la radio encendida. Atravesé la frontera entre los estados de Vigilia y Sueño a medianoche. Carlos no estaba a mi lado.

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06/02/2006 08:43. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (1)

Me froté los ojos por quinta o sexta vez en la hora escasa que llevaba frente al ordenador. Apoyé la espalda en el respaldo de la silla, los pies sobre la mesa, y con el mentón perfectamente encajado en la concavidad de la mano derecha contemplé sin interés la última línea que aparecía escrita como un insulto sobre la pantalla. Mis ojos seguían el parpadeo del cursor tras la última letra que había pulsado, la opulsado. de

Mierda –pensé–, llevo semanas tratando de escribir una novela y lo único que consigo es trasladar mis propios pensamientos, mis propias acciones, al ordenador. En un gesto rabioso, escribí la palabra mierda una y otra vez, con una reiteración masoquista que creo pretendía castigar mi manifiesta ineptitud para la creación literaria. Mierda, mierda, mierda, mierda…

La constatación de mi incapacidad para redactar algo original supuso un golpe más en mi decrépito estado de ánimo, así que decidí que lo mejor, lo único que podía hacer era posponer nuevamente mis pueriles e inalcanzables propósitos y retomar lo que realmente me daba de comer: las traducciones de textos que me encargaban las mismas editoriales a las que aspiraba sorprender un día con la calidad de mis propias obras.

Sin demasiada convicción, bajé los pies de la mesa y adopté una postura más adecuada para continuar el trabajo. Encendí un cigarrillo y abrí el archivo que contenía el último encargo que me habían realizado. Se trataba de la segunda novela –como la primera, de carácter histórico– de un autor norteamericano que ya había vendido el primer millón de ejemplares en su país y cuyo editor español estaba convencido de que también aquí iba a ser un éxito de ventas. Aunque se trataba de un encargo que me podía reportar pingües beneficios –no siempre se traducen textos dirigidos a cientos de miles de lectores–, me sentía como si me estuvieran arrancando una muela sin ningún tipo de anestesia previa. No comprendía cómo un tipo podía alcanzar el reconocimiento mundial a partir de cuatro datos históricos sin contrastar, seis o siete escenas de sexo dibujadas con plantilla –todas ellas se parecían como gemelos univitelinos– y un misterio que podría desentrañar un niño de ocho años después de leer quince o veinte páginas –en mi modesta opinión, las quinientas o seiscientas siguientes sobraban–. Y sin embargo, decenas, cientos de autores imaginativos peregrinaban de una editorial a otra con su paquete de folios bajo el brazo en busca de la oportunidad que nunca llegaría. Algo de lo que puedo dar fe, pues ya en su momento traté de publicar una novela sin ningún resultado. O casi sin ningún resultado.

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03/02/2006 17:46. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.



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