La Galería, de John Horne Burns

LA GALERÍA
John Horne Burns
Traducción de Txaro Santoro
EDITORIAL PARTÉNOPE
Qué mejor modo de volver al trabajo tras las fiestas navideñas, cuando ya han pasado Papa Noel y los tres Reyes Magos y ni uno de esos cuatro supuestos videntes ha sido capaz de adivinarte los gustos, que recibir en el buzón de casa un regalo inesperado en forma de libro. Si, además, en el remite figura el nombre de una persona a la que sólo conoces de un modo virtual –Internet es lo que tiene– piensas que todavía queda buena gente por ahí, que hasta el mundo tiene solución. Y que un año que comienza así no puede ser nunca un mal año. Mejor en todo caso que el que pasaron miles de personas en la ciudad protagonista del libro en cuestión, la Nápoles arrasada por los bombardeos, aliados primero y de los alemanes después, durante la segunda Guerra Mundial.
John Horne Burns era en 1942 un joven profesor norteamericano enrolado en el ejército de los Estados Unidos, un soldado muy diferente a la mayoría de los compañeros de armas con los que anduvo por Casablanca, Argel y Nápoles mientras Europa se desangraba al paso de la maquinaria bélica, un hombre sensible, enamorado de la cultura italiana, cautivado por una ciudad en la que los demás no veían sino vagos y ladrones, fascinado por un idioma en el que “ni siquiera es necesario pensar, porque el aire entra y sale con naturalidad de los pulmones y, además, puede utilizarse para charlar”. Sólo una persona con esa capacidad de amar puede convertir un escenario bélico, una ciudad en ruinas, en una obra con el lirismo de “La Galería”.
Publicada en 1947, “La Galería” es una maravillosa guía de Nápoles, porque las ciudades son sus habitantes y a lo largo de las casi quinientas páginas de la obra veremos desfilar a multitud de personajes, duramente tiernos unos, brutalmente odiosos otros, supervivientes todos ellos. Y, en el centro de sus vidas, la Galería Umberto I, protagonista absoluta de la ciudad y la novela. Un pasaje cubierto mezcla de estación e iglesia, en cuyos bares y tiendas se dan cita soldados que buscan una mujer con la que tener sexo rápido antes de que una orden les envíe al frente del norte, mujeres que buscan algo que comer, hombres que tan sólo pretenden encontrar a alguien con quien charlar, niños que deben aprender a ganarse la vida demasiado temprano, tipos sin escrúpulos que hacen de la guerra un negocio sin importarles si para ello deben abusar de otros, pero es que también ellos han sido colocados en un escenario que no deseaban por otros tipos que todavía demuestran menos escrúpulos si cabe.
Estructurada en torno a nueve retratos y ocho paseos por el norte de África y Nápoles, en “La Galería” seremos testigos de las agudas conversaciones entre un cura católico y un pastor protestante, cada uno de ellos queriendo llevar al otro a su territorio; de lo mucho que puede llegar a ascender un tipo absolutamente mediocre entregado a la heroica labor de censurar las cartas en las que los soldados pretenden hacer llegar a sus familias una visión más realista de cómo lo están pasando los sobrinos del Tío Sam; bailaremos en los salones de oficiales, atendidos por civiles a los que el hambre y la necesidad les han arrebatado todo su orgullo; conoceremos, en el bar de Momma, a unos cuantos personajes que no desentonarían en el reparto de “Las aventuras de Priscilla, reina del desierto”; veremos cómo un hombre se convierte en carne de psiquiátrico conforme se va convenciendo de ser el mismo Cristo y cómo otro recuerda que en Nápoles se le rompió el corazón, pero no por el amor de una muchacha sino por el desolador descubrimiento de en qué se puede llegar a transformar el ser humano.
Un grito desgarrador contra la estupidez y la codicia del hombre. Una novela que, sesenta años después, sigue tristemente vigente porque hemos cambiado muy poco en todo este tiempo a pesar de la experiencia que deberíamos haber acumulado aunque sólo fuera a fuerza de golpes. Y un ejemplo espléndido de cómo, con la sensibilidad necesaria, se puede descubrir la belleza incluso donde la mayoría de nosotros no vemos otra cosa que montones de escombros.
Ricardo Bosque, enero de 2007
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Autor: Somardón
Fecha: 31/01/2007 09:25.





