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Cariño al contado (19)
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Le atendió Ramiro B (32)
Casi me pilla con las manos en la masa. La verdad es que Carlos suele estar ya en casa cuando yo vuelvo del trabajo, y su tardanza de esta noche, de esta precisa noche, me ha venido de maravilla para poder llevar a cabo la necesaria sustitución de su viejo teléfono de toda la vida por otro que incorpora un montón de chorradas. Carlos, cuando quiere, es un clásico: todavía conservaba un aparato de los de meter el dedito en un agujero y darle vueltas como quien escribe la o sin un canuto. Y para mis fines yo necesito uno que, al margen de las prescindibles opciones de rellamada, memoria de números marcados, manos libres y no sé cuántas cosas más, disponga, eso sí, de contestador.
Es un teléfono precioso que he sacado de la tienda (parece ser que tenemos descuento los empleados, y yo sin saberlo el día que pagué tres ejemplares de los putos puentes de Madison, me lo ha tenido que decir hoy Laura F). Sobrio, elegante, funcional… y con contestador.
Decía que el retraso de Carlos en llegar ha sido providencial, porque, más o menos, ha quedado convencido de mis explicaciones sobre las razones por las que necesitamos un teléfono como éste. Y eso que se las daba yo, un tipo que presume de pasar completamente de las nuevas tecnologías.
Pero lo que no habría sido capaz de entender es el porqué del mensaje que he dejado grabado como contestación en nuestra ausencia. En fin, si llama a casa un día de estos y oye mi voz afirmando ser otra persona, ya buscaré alguna explicación plausible.
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Cariño al contado (20)
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Cariño al contado (21)
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Cariño al contado (22)
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Meme (moría) para descerebrados u olvidadizos
En otro blog de Blogia se puede encontrar un buen resumen de prensa con noticias de hace unos años. Muy recomendables para aquellos cortos de memoria (interesadamente cortos de memoria, diría yo).
Le atendió Ramiro B (33)
Además de inseguro, cobarde y apocado, Manuel Fabra es obediente como pocos. Y carente de un mínimo de personalidad, también.
Bastó una sutil sugerencia efectuada por Carmen Lázaro a través de una nota que yo inventé e introduje en la última compra de este fulano para que Fabra haya aparecido hoy perfectamente afeitado. Y es que cuando una mujer (aunque la Lázaro no sepa nada del asunto, evidentemente) te dice que sin barba te verías mucho más joven, te falta tiempo para dejarte la cara tersa como el culito de un bebé.
Así que, cuando mi comprador de libros de autoayuda ha hecho su entrada en mi planta sin esa perilla que lucía habitualmente, no he podido reprimir una sonrisa de satisfacción: mi plan empieza a funcionar.
Su mirada iba de un lado a otro como la de un camaleón, buscando desesperadamente la mirada cómplice de Carmen. Buscando al menos a Carmen. Claro, yo podía haberle dicho que su “admiradora” llevaba varios días sin venir, que también yo la estaba esperando, pero eso habría sido lo más parecido a una confesión. Mejor callar.
Y Laura F es lista como pocas: ha sido ver mi sonrisa y sospechar que algo estoy tramando. Lo que no sé es si ponerla al corriente de mis intenciones o dejar que sea ella misma quien las averigüe. Creo que será esta la opción elegida. Y a ver si mi compañera no me defrauda y demuestra ser tan intuitiva como aparenta.
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Cariño al contado (23)
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Cariño al contado (24)
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Le atendió Ramiro B (34)
Por fin ha llegado el día: Carmen Lázaro ha vuelto por la tienda. La he visto peor que en otras ocasiones y me he dicho que tal vez mi intervención llegue en el momento más oportuno para ella.
Ha cambiado (supongo) las gafas de montura de pasta por unas lentillas, pero ha decidido cubrir sus ojos con otras gafas, de sol y con el mismo tipo de montura. No se las ha quitado en ningún momento, ni siquiera cuando le he preguntado qué se le ofrecía. He tenido que reprimir un mal gesto, no me gusta nada no ver los ojos de las personas con las que hablo.
El frío en la calle debía ser intenso esta mañana, porque Carmen se abrigaba con un anorak que jamás le había visto. Un anorak rojo horrible, por otra parte y demasiado grande para mi gusto. Al menos los bolsillos no estaban cerrados con la inoportuna cremallera y no he tenido ninguna dificultad en introducir el papelito en uno de ellos mientras la acompañaba a la caja para pagar una compra cualquiera.
Ella no ha notado nada; Laura F creo que sí. Al menos eso es lo que me ha parecido ver en el brillo juguetón de sus ojos al mirarme justo cuando Carmen salía escaleras arriba.
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Cariño al contado (25)
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Cariño al contado (26)
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Cariño al contado (27)
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Cariño al contado (28)
FIN DEL RELATO. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Le atendió Ramiro B (35)
Jamás pensé que Laura F pudiera ser tan ordinaria. “Donde tengas la olla, no metas la polla”, me ha soltado nada más quedarnos solos.
Por qué lo dices, le he contestado enarcando bruscamente una ceja, al más puro estilo Sobera. Por tu relación con las clientas, ha repuesto rápidamente.
El refrán que has utilizado creo que hace referencia a relaciones entre empleados y jefes o entre compañeros de trabajo (y no te hagas ilusiones conmigo, no soy lo demasiado bueno para ti, he añadido cínico), le he explicado con la paciencia de un profesor de primaria. Lo que haga con mis clientas (he querido recalcar el carácter posesivo del mis) es cosa mía que ni te va ni te viene.
No tiene buen perder Laura F. No sé si se habrá molestado por el tono de mi voz, por mi actitud cortante o por si haber frenado alguna expectativa que pudiera tener respecto a mí, pero el caso es que se ha dado la vuelta sin apenas dejarme terminar.
Mujeres, me he dicho en silencio: comienzan una discusión cuando quieren y la terminan cuando les da la gana.
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Un cortado, por favor (1)

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Un cortado, por favor (2)

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Le atendió Ramiro B (36)
Tras su última visita, en la que aproveché para dar el segundo (y espero que último) paso de mi plan, Carmen Lázaro no ha vuelto por aquí.
Han pasado sólo tres días, lo sé; y mi impaciente estado tampoco es normal, también lo sé; igual que no me reconozco en el Ramiro B que, desde hace tres días, vuelve corriendo a casa y, antes incluso de sacar una cerveza del frigorífico (de las que paga Carlos, que el pobre todavía no me ha pedido dinero para contribuir a los gastos domésticos) se dirige a toda pastilla al salón y se queda como un bobo mirando el teléfono y comprueba, defraudado, que el piloto del contestador sigue apagado un día más.
He llegado a pensar que el aparato está estropeado, que tal vez debería cambiarlo en la tienda. Le he pedido a Carlos (cada día más intrigado conmigo) que llamase desde su móvil para comprobar si funciona el contestador. Cuando ha accedido, hemos dejado que sonase cinco veces y después se ha escuchado mi voz invitándole a dejar un mensaje.
Cuando Carlos ha oído que ahora me hago llamar Manuel Fabra me ha mirado confuso, ha abierto la boca para decir algo, la ha cerrado y ha dado media vuelta. Creo que ha decidido, definitivamente, no tratar de comprenderme.
Al menos, la luz roja del contestador me ha hecho saber que el teléfono funciona a la perfección.
Todo es cuestión de tiempo entonces.
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Un cortado, por favor (3)
Y es que era del tipo de personas a las que no se mira para poder seguir ajeno a la pobreza latente, a las desgracias que nos rodean y que parecen poderse evitar con sólo ignorarlas. Era lo que se podría calificar un “nuevo nómada urbano”, si se me permite la expresión. Porque la palabra mendigo no le hacía justicia aunque fuera la primera expresión que viniera a la cabeza al verlo.
Vestía unos gastados pantalones de color gris oscuro, de pana gruesa a pesar de estar en pleno mes de agosto. Las mangas de un jersey verde asomaban bajo las de una gabardina raída, demasiado pequeña para cubrir sus ciento noventa centímetros de envergadura. Su boca de gruesos labios era una isla rodeada por un mar de vello negro salpicado por decenas de canas náufragas. La nariz aguileña sostenía unas gafitas redondas de montura metálica, una de cuyas varillas aparecía asegurada por un vistoso pedazo de esparadrapo. El pelo, largo y lacio, peinado con raya en medio y desplomado sobre los hombros. Posiblemente aparentaba ocho o diez años más de su edad real.
De la abertura de uno de los bolsillos parecía querer escapar una libreta de espiral. El hombre la ayudó a salir, la abrió sobre la barra y, tras sonreír a los tres hombres de traje azul marino, anotó algo con un lapicero mordisqueado en su extremo. Cerró el cuaderno y lo volvió a guardar en el bolsillo. Los tres ejecutivos desviaron la mirada y continuaron hablando de coyunturas socio-económicas adversas, de inputs y outputs, de cash flow, de activos ficticios y de tasas de retorno. El recién llegado hizo una discreta seña con la mano requiriendo mi atención, y cuando me acerqué me susurró algo al oído mientras seguía atento a las palabras de sus compañeros de barra. No pude reprimir una carcajada solidaria cuando comprendí el alcance de su pregunta. A continuación, el hombre de la gabardina volvió a dirigirse a mí, pero esta vez en voz alta y empleando un tono extremadamente cortés.
–¿Me puedes poner un cortado, por favor? Con la leche del tiempo, si no te importa...
Todavía sonriendo, me di la vuelta, saqué de la alacena una de las tazas que reservaba para los clientes más sibaritas, preparé el café tal y como me lo había encargado y se lo serví acompañado por un bomboncillo de chocolate. El hombre de la gabardina me dio las gracias, se tomó el cortado de dos tragos, pagó los noventa céntimos que le pedí y se despidió con un hasta luego tan educado como el buenas tardes de unos minutos antes.
–Un tipo rarillo, ¿no? –me preguntó uno de los hombres en cuanto el cliente hubo pisado la calle. El tono de su voz era evidentemente desdeñoso.
–Cada cual tiene sus cosas, y Poeta no iba a ser menos. Pero es buena gente –respondí con una asepsia propia de hospital.
Un cortado, por favor (4)
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Le atendió Ramiro B (37)
Luis mira por la ventana, como cada mañana antes de salir para el despacho. Llueve.
Odia los paraguas, así que decide utilizar su anorak, el rojo, el que a veces emplea su mujer aunque nunca ha sabido porqué con la cantidad de ropa que ella tiene. Todo el día de tiendas, ella dice que librerías pero él sospecha que toda su pasta (su de él) la dilapida en trapos.
Coge su maletín con la derecha y sale a la calle sin encontrar en la casa a nadie de quien despedirse: el niño ya estará camino del colegio y Carmen de compras.
Hace frío y esconde la mano libre en el bolsillo izquierdo. Encuentra algo que no recordaba haber puesto ahí. Lo saca a la luz: un papel algo arrugado. Lo desdobla: un nombre, Manuel, y un teléfono.
¿Alguno de los clientes de su despacho? ¿Alguna llamada que quedó en hacer? Menea la cabeza a izquierda y derecha mientras se dirige a la oficina. Tal vez deba llamar cuando llegue y salir de dudas.
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Un cortado, por favor (5)
Durante varios días más se repitió la misma escena. Poeta llegaba siempre a la misma hora, se instalaba ante la barra, siempre a la izquierda de los tres hombres –que parecían formar parte del decorado del bar–, sacaba su vasito del bolsillo de la gabardina, me lo entregaba y, una vez servido y bebido el cortado, salía del local despidiéndose de todos los parroquianos. Por eso no es extraño que, al cuarto o quinto día, uno de los ejecutivos no pudiera contener por más tiempo su curiosidad y tratase de conseguir que yo rompiera lo que parecía un voto de silencio.
–Pero, ¿qué le pasa a ese piojoso, siempre trayendo su propio vaso? ¿Es que padece alguna enfermedad infecciosa y no quiere contagiar a nadie?
–Desde luego, el muy vago no tendrá dónde caerse muerto pero, al menos, no nos pegará sus asquerosos virus... –añadió otro de los hombres.
Dejé de secar los platillos que acababa de sacar del lavavajillas. Me colgué el trapo de un hombro y me acodé sobre la barra frente a los tres clientes. Miré fijamente al ejecutivo de traje azul marino buscando las palabras exactas que debía pronunciar: quería estar a la altura de la terminología económica que utilizaban habitualmente los hombres de negocios que hacían escala en mi bar.
–Ahora comprendo eso de la globalización, lo de la aldea global en que se está transformando el mundo. Porque resulta curioso que individuos tan dispares como vosotros y Poeta, inmersos en coyunturas tan opuestas, sintáis las mismas preocupaciones ante los inputs emocionales.
Los tres hombres me miraron intrigados. La mujer del fondo sonreía, pues creía saber qué era lo siguiente que iba a escuchar tras la solicitud de aclaraciones.
–¿De qué coño estás hablando?
–No, nada, que el primer día que Poeta os vio aquí, me preguntó si lo vuestro era contagioso. Yo le dije que no estaba seguro y desde entonces no consiente que le sirva en otro vaso que no sea el que él trae.
Fin del relato. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor
Mario Precipitado (1)
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Le atendió Ramiro B (38)

Odio los días lluviosos. Detesto llegar empapado al trabajo, detesto el trabajo en sí. Pero sobre todo, como mucha gente, detesto los paraguas, ese estúpido invento que sólo sirve para dejar olvidado en cualquier rincón en cuanto cesa de llover.
Prefiero, antes que portar un paraguas, llegar chorreando a la tienda y ensuciar los escalones enmoquetados que conducen al Infierno de los libros. Y me gusta cuando, como hoy, Laura F me seca la frente con su pañuelo, revuelve mi cabello y deja su olor en mis sienes para toda la jornada.
Ese sencillo gesto incluso consigue aplacar la ansiedad que siento al ver que, cinco días después de introducir una nota en el bolsillo del anorak de Carmen Lázaro, ésta sigue sin dar señales de vida; ni por la tienda ni por la memoria digital del contestador de casa.
Empiezo a preocuparme por ella y empiezo a preocuparme por mí al tomar conciencia de que jamás había estado preocupado por nadie.
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Mario Precipitado (2)
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Mario Precipitado (3)
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Mario Precipitado (4)
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Le atendió Ramiro B (39)
Por fin llegó el momento tantos días esperado. Dicen que tras la tempestad viene la calma, pero en este caso y después de una jornada lluviosa lo que me esperaba en casa era un piloto de contestador automático parpadeando. Nada de calma, por tanto, sino un ataque de nervios por ver si el pez había mordido el anzuelo.
“Soy Manuel y en este momento no puedo atenderte. Por favor, deja tu mensaje después de escuchar la señal. Ah, y si eres Carmen, no olvides decirme cuándo quieres que nos veamos en la librería”
Perfecto, el mensaje ni se había atascado ni nada. Y mi voz sonaba perfectamente inteligible. Entonces, ¿por qué nadie hablaba a continuación? Sólo se podía escuchar una respiración algo entrecortada y, antes de colgar, un golpe seco, como el que produce un puñetazo descargado sobre una mesa.
Un golpe, en todo caso, impropio de una mano pequeña y delicada como la de Carmen Lázaro.
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Mario Precipitado (5)
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Mario Precipitado (6)
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Le atendió Ramiro B (40)
Confieso que me ha costado conciliar el sueño, dándole vueltas continuamente al asunto de la llamada telefónica, convencido como estaba de que una mujer de apariencia frágil como Carmen Lázaro era incapaz de golpear una mesa con semejante contundencia. Y si el otro día me preocupaba el hecho de haber constatado que nunca me había preocupado por nadie, ahora me preocupa que una tontería como esta pueda alterar mi sueño.
A las diez casi en punto ha aparecido Carmen por la tienda. Esta vez no llevaba gafas de sol, tal vez haya vuelto a las lentillas o quizás se haya percatado de que, mientras siga lloviendo, no hay sol que pueda molestarla.
Ha dado sus vueltas de rigor y no ha comprado nada, pero antes de marcharse me ha dirigido una mirada más triste que de costumbre.
Creo que el color levemente oscuro que he visto en el lado izquierdo de su cara no era sombra de ojos aunque pudiera parecerlo.
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Mario Precipitado (7)

“Al final del seminario, tendrá lugar una mesa-debate en la que podrán participar todos los profesionales asistentes al acto. La mesa estará moderada por el colegiado D. Mario Utrillas Sanjosé. Sin otro motivo, aprovechamos la presente para blablabla, blablabla, blablabla”.
¿Mario, moderador de un debate? Eso era algo que no me podía perder, pues se suponía que ese papel debía reservarse para una persona seria y ecuánime, y yo no acertaba a comprender cuál había sido el proceso de conversión que había logrado ese cambio en Mario. Además, me seducía la idea de poder ver de nuevo a mi antiguo compañero y comprobar si el tiempo había derribado las barreras que entre amistad y sexo habíamos levantado tantos años atrás.
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El misterio de Mangiabarche

Massimo Carlotto
BARATARIA. 2006
Traducción: Elena Martínez
Nada más terminar de leer ’La verdad del Caimán’, la primera de las novelas de Massimo Carlotto protagonizadas por Marco Buratti, pensé que algo me había faltado.
Cuando llegó a mis manos esta segunda entrega me dije que debía hacer las cosas bien desde el principio. Así que, de un rápido vistazo al libro, confeccioné una lista con la música que Buratti escucha en su walkman a lo largo de la novela, puse a trabajar a la mula y unas horas más tarde tenía grabada en un CD la banda sonora original de ’El misterio de Mangiabarche’. Espero que no lean esta crítica los chicos de la SGAE, pero es que no se ocurrió otro método para conseguir tanto blues en tan poco tiempo.
Puse el disco en el equipo del salón, bajé las persianas y encendí la lámpara a la intensidad justa para poder leer. Con el ambiente ya creado, me tumbé en el sofá y me dispuse a leer. Pero faltaba algo fundamental: tabaco y una botella de calvados. Calvados no suelo tener en casa (soy más de orujo), pero pensé que el bourbon con hielo también era un magnífico compañero para una noche de novela negra y blues.
Y es que hay libros para los que resulta aconsejable seguir un mínimo ritual a la hora de enfrentarse a ellos. Porque hay libros que simplemente entran a través de la vista; otros lo hacen también por el olfato; y hay unos pocos que requieren de todos los sentidos, incluido el oído, para alcanzar un resultado óptimo.
Los casos protagonizados por el Caimán están entre estos últimos. Huelen a humo de cigarrillo llenando los tugurios de Padua o Cagliari. Tienen el regusto fuerte del calvados, casi la única bebida que acostumbra a tomar el detective. Y suenan a blues en cada una de sus páginas.
Marco Buratti, conocido como el Caimán por su pasado como músico y cantante de los Old Red Alligators, es un ex convicto que tras salir de prisión se metió a detective sin licencia para facilitar los contactos entre el mundo legal de sus clientes y los bajos fondos que tan bien conoce. En su primer caso puso patas arriba su ciudad natal, Padua, circunstancia que le aconsejó un cambio de aires. Y nada mejor para ello que aceptar la invitación que un desconocido y aficionado al blues como él le hace para visitar Cerdeña, isla en la que deberá resolver este misterio del Mangiabarche.
Diez años atrás, tres abogados sardos fueron acusados de homicidio y tráfico de drogas. Después de dos años de cárcel quedaron en libertad al no poder ser declarados culpables. Ahora, por la isla se comenta que alguien ha visto vivo hombre que presuntamente habían asesinado los abogados, Giampaolo Siddi, otro colega con contactos en el mundo del contrabando. Marco Buratti recibe de los tres abogados el encargo de averiguar si es cierto que Siddi continua vivo, quién les implicó a ellos en la desaparición o muerte de aquel individuo y por qué razón fueron acusados precisamente ellos tres.
Para su trabajo, Caimán contará con la colaboración de su inseparable amigo Beniamino Rossini, ese hampón milanés de la vieja escuela al que conocimos en la primera entrega, un hombre íntegro a su estilo y tremendamente respetuoso con el código ético que ha imperado en su profesión desde siempre. Para completar una peculiar Santísima Trinidad que nos conducirá durante casi trescientas páginas por cada rincón de Cagliari, por el resto de Cerdeña y por la vecina Córcega, Buratti y Rossini contarán con la ayuda de un delincuente local: Marlon Brundu (sic), ladrón de primera nacido cuando se estrenaba Salvaje, que monta una Ducati doscientos cincuenta de color amarillo y negro y viste una cazadora de cuero con la leyenda Black Rebels a la espalda. Un trío perfecto para llevar a cabo una investigación discreta.
Investigación en la que los tres hombres se verán enfrentados a una banda de traficantes de heroína que utiliza una base militar de la OTAN como centro de operaciones, a una viuda que lleva demasiados años buscando en una revista de contactos a alguien que la acompañe en los aperitivos que todos los días toma en las terrazas de la ciudad, a un sicario psicópata que mata por procedimientos tan peculiares como introducir un plantador de bulbos en el cerebro de la víctima a través del ojo, a un espeluznante concurso de preguntas sobre ese mundo del blues que tan bien conoce Caimán, a un guión calcado de una vieja película francesa titulada Napoleón… Muchos frentes con un punto en común: Mangiabarche.
Como la primera entrega, ’El misterio de Mangiabarche’ presenta un ritmo trepidante, unos diálogos medidos y precisos, unas descripciones concisas que permiten ver los escenarios que el autor nos quiere enseñar y unos personajes sólidos, sin fisura alguna. Y si en ’La verdad del Caimán’ Marco Buratti era el protagonista principal y Rossini su comparsa, en este nuevo caso los papeles casi llegan a invertirse, con el hampón milanés desenvolviéndose como pez en el agua en el terreno que mejor conoce, manejando las armas con profesional soltura y ejerciendo casi de hada madrina de un Caimán al que, en ocasiones, debe llevar de la mano. Lo que puede llevarnos al nacimiento de una pareja atípica en el género en lo que a importancia de sus componentes se refiere, una pareja a lo tanto monta, monta tanto que puede dar muchísimo juego.
Pero para verlo tendremos que esperar a que Barataria publique la tercera de la saga, Nessuna cortesía all’uscita en italiano. Al ritmo actual, en un año los tenemos de nuevo con nosotros. Mientras tanto, seguiremos escuchando a Jo Jo Benson, Magic Sam, John Lee Hooker, Slim Harpo, Dinah Washington, Robert Cray y tantos otros. Dejando para el final, claro, el I smell a rat de Buddy Guy que Caimán siempre lleva encima para cuando llegue el momento de su propio funeral.
Ricardo Bosque, marzo de 2006
Mario Precipitado (8)
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