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Cariño al contado (19)

Los ojos se me pusieron como cuando visito al oftalmólogo y me rocía las pupilas con gotas dilatantes: no podía creer lo que estaba escuchando. Al principio consideré que el comentario de Noelia no era sino una de sus frecuentes bromas, pues recordaba la capacidad que ya demostraba en los tiempos del colegio para soltar la mayor de las barbaridades con una expresión digna del máximo respeto. Sin embargo, había algo en el tono de su voz que hacía presagiar que no se trataba de un comentario baladí, que no esperaba mi sonora carcajada como respuesta. No, en esta ocasión parecía estar confesándome algo aunque le quisiera dar el aspecto de una proposición.
 
–Noelia, no estarás hablando en serio ¿verdad?
 
Confirmado. El encogimiento de hombros con que recibió mi pregunta, sus cejas enarcadas, sus labios semifruncidos realzando sus carrillos y esbozando una sonrisa pícara me demostraban que Noelia era ya usuaria de ese tipo de servicios masculinos que se ofrecían en la sección de relaciones y contactos de cualquier periódico.
 
–Acabas de decir las mismas palabras que pronuncié yo cuando mi amiga Chantal, allá en París, me sugirió de una manera velada que visitase a su masajista... así que te veo dentro de cuatro días compartiendo prostituto conmigo.
 
–Jamás, ¿me oyes? Jamás recurriré...

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01/03/2006 11:15. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (32)

Casi me pilla con las manos en la masa. La verdad es que Carlos suele estar ya en casa cuando yo vuelvo del trabajo, y su tardanza de esta noche, de esta precisa noche, me ha venido de maravilla para poder llevar a cabo la necesaria sustitución de su viejo teléfono de toda la vida por otro que incorpora un montón de chorradas. Carlos, cuando quiere, es un clásico: todavía conservaba un aparato de los de meter el dedito en un agujero y darle vueltas como quien escribe la o sin un canuto. Y para mis fines yo necesito uno que, al margen de las prescindibles opciones de rellamada, memoria de números marcados, manos libres y no sé cuántas cosas más, disponga, eso sí, de contestador.

Es un teléfono precioso que he sacado de la tienda (parece ser que tenemos descuento los empleados, y yo sin saberlo el día que pagué tres ejemplares de los putos puentes de Madison, me lo ha tenido que decir hoy Laura F). Sobrio, elegante, funcional… y con contestador.

Decía que el retraso de Carlos en llegar ha sido providencial, porque, más o menos, ha quedado convencido de mis explicaciones sobre las razones por las que necesitamos un teléfono como éste. Y eso que se las daba yo, un tipo que presume de pasar completamente de las nuevas tecnologías.

Pero lo que no habría sido capaz de entender es el porqué del mensaje que he dejado grabado como contestación en nuestra ausencia. En fin, si llama a casa un día de estos y oye mi voz afirmando ser otra persona, ya buscaré alguna explicación plausible.

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02/03/2006 09:57. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (20)

–... a la prostitución masculina para satisfacer mis deseos sexuales –terminó la frase Noelia aplicando una manita de indiferencia a su entonación–. Perdona que te haya quitado las palabras, pero también sabía que ibas a continuar con esa misma frase que utilicé hace tiempo con Chantal. Y que conste que no te estoy presionando para que hagas algo que no creas conveniente; simplemente te estoy aportando una solución... y cuando tú me digas, yo misma te puedo concertar una cita con Iván.
 
Cuando llegué a casa, mi cabeza era una coctelera en la que se mezclaba una generosa dosis de términos incorpóreos de los que incluso se podía cuestionar su existencia –felicidad, presente, pasado, futuro, permanencia, sentimiento, amor, libertad– con unas gotitas de la más pura de las carnalidades –sexo y prostitución a partes iguales–. No comprendía cómo Noelia podía haber caído en la bajeza de tratar sus dolencias vaginales como quien acude al médico de cabecera por una lumbalgia aguda, pero tengo que reconocer que mi amiga se había propuesto no carecer de nada en toda su vida y lo había logrado. Su vida era una masa de una densidad absoluta, una piel carente del menor poro por el que pudiera colarse el vacío. Pero yo, no; yo nunca, nunca, acudiría a un remedio tan sucio como aquel para llenar otro de los vacíos en que se había convertido mi vida. Nunca, nunca, nunca...

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02/03/2006 11:04. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (21)

Pasaron dos meses desde aquella confesión y Noelia continuaba deslizando subrepticiamente sugerencias acerca de la posibilidad de que yo acudiera a conocer a Iván. Cada día añadía nuevos detalles a su descripción que lo hacían más y más apetecible y, a la vez, imposible de concebir como algo real: inteligente, apuesto, atento, servicial, cariñoso, profesional, estimulante, divertido... Si no estuviera al corriente de las posibilidades económicas de mi amiga, podría pensar que trataba de conseguir unas tarifas más ventajosas por acudir en grupo.
 
Para mí fueron unos meses terribles. Mi autoestima estaba por los suelos –al menos esa creo que fue la excusa que me puse cuando, finalmente, decidí constatar si las maravillas que Noelia me contaba de su masajista tenían algún fundamento real–; no veía a Carlos salvo en el álbum de fotos de la boda, cada día enfrascado en una nueva actividad de la que apenas me hablaba; mis alumnos de inglés, de vacaciones, lo que me proporcionaba más tiempo libre para pensar en qué perdía mi tiempo; y, para colmo, Noelia cada vez más satisfecha consigo misma.
 
Creo que la posibilidad de emular a mi envidiada amiga –incluso había pensado en que podría hacer que su prostituto acabase siendo mío, que demostrase sentirse mejor conmigo que con ella, lo que le añadía un cierto toque competitivo al asunto– y el hecho de poder tener todo el control de algo, aunque tan sólo fuera por una vez y en un aspecto muy concreto, fueron los dos factores determinantes a la hora de pedir a Noelia que concertase una cita para mí con aquellas manos maravillosas que me debían hacer descubrir terminaciones sensitivas allá donde nunca imaginé tenerlas –así es como Noelia describía la habilidad que Iván demostraba para el masaje.

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03/03/2006 09:46. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (22)

Ya sé que todo esto no justifica una infidelidad a Carlos como la que me disponía a cometer, pero es que no debo justificarme ante nadie, acaso sólo ante mi marido; nada más. En cualquier caso –y aunque siga pareciendo que me quiero excusar por lo que llegué a hacer–, ¿cuántas veces seguimos comportamientos que nosotros mismos calificamos como incalificables por el solo placer de llevarlos a cabo?
 
Justificable o no, eran las siete menos diez y mi cita con el masajista prostituto estaba concertada para las siete y media; tiempo suficiente para volverme atrás varias veces. Sin poder adoptar una decisión definitiva al respecto, me detuve ante la puerta de un café situado a dos minutos escasos del apartamento de Iván. Entré y ocupé una de las banquetas libres perfectamente alineadas a lo largo de la barra, lo más alejada que pude de los tres hombres que hablaban acaloradamente a la entrada del local. Cuando pasé por delante de ellos, los tres fijaron sus ojos en mí y me sometieron a un rápido examen: la calificación que obtuve creo que fue de suficiente alto.
 
El camarero se plantó ante mí y me saludó obsequiosamente, demasiado obsequiosamente. Daba la sensación de que allí no solían entrar mujeres habitualmente, sólo comerciales haciendo escala en mitad de la tarde. Le pedí un whisky con mucho hielo. El ruido de los cubitos al chocar contra el fondo del vaso, así como mi costumbre de hacer girar los hielos con el dedo, produciendo un amortiguado tintineo, volvió a desconcentrar a los tres hombres, que parecían inmersos en sesudas reflexiones y cálculos sobre las comisiones por ventas que cada uno de ellos percibía de sus respectivas empresas. Apuré el contenido del vaso en dos largos tragos y pedí al camarero que me sirviera una nueva dosis. Me atendió después de preparar un cortado para un tipo raro, con aires de vagabundo de clase alta, que acababa de entrar en el local unos minutos antes.

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06/03/2006 09:09. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Meme (moría) para descerebrados u olvidadizos

En otro blog de Blogia se puede encontrar un buen resumen de prensa con noticias de hace unos años. Muy recomendables para aquellos cortos de memoria (interesadamente cortos de memoria, diría yo).

Aznar y sus negociaciones con ETA  

06/03/2006 12:22. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: La falsa No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (33)

Además de inseguro, cobarde y apocado, Manuel Fabra es obediente como pocos. Y carente de un mínimo de personalidad, también.

Bastó una sutil sugerencia efectuada por Carmen Lázaro a través de una nota que yo inventé e introduje en la última compra de este fulano para que Fabra haya aparecido hoy perfectamente afeitado. Y es que cuando una mujer (aunque la Lázaro no sepa nada del asunto, evidentemente) te dice que sin barba te verías mucho más joven, te falta tiempo para dejarte la cara tersa como el culito de un bebé.

Así que, cuando mi comprador de libros de autoayuda ha hecho su entrada en mi planta sin esa perilla que lucía habitualmente, no he podido reprimir una sonrisa de satisfacción: mi plan empieza a funcionar.

Su mirada iba de un lado a otro como la de un camaleón, buscando desesperadamente la mirada cómplice de Carmen. Buscando al menos a Carmen. Claro, yo podía haberle dicho que su “admiradora” llevaba varios días sin venir, que también yo la estaba esperando, pero eso habría sido lo más parecido a una confesión. Mejor callar.

Y Laura F es lista como pocas: ha sido ver mi sonrisa y sospechar que algo estoy tramando. Lo que no sé es si ponerla al corriente de mis intenciones o dejar que sea ella misma quien las averigüe. Creo que será esta la opción elegida. Y a ver si mi compañera no me defrauda y demuestra ser tan intuitiva como aparenta.

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07/03/2006 11:30. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (23)

La segunda copa la tomé más lentamente, acompañándola con no menos de tres o cuatro cigarrillos. Al tercer licor de cebada mi ánimo había conseguido remontar el vuelo. Realmente, no era necesario acostarse con el prostituto –me había explicado Noelia–; podía perfectamente limitarme a aprovechar sus dotes como masajista. Pero yo sabía que aquello no sería posible: estaba segura de que, si subía al apartamento y el muchacho era tal y como Noelia lo describía, acabaría penetrada de un modo profesional.
 
Las siete y veinticinco. Decidida ya a terminar cuanto antes con aquella prueba, encendí un nuevo cigarrillo –prefería apestar a tabaco a adormecer a Iván con mi aliento alcoholizado– y pagué la cuenta. Al salir del bar, los tres hombres de negocios me dirigieron una mirada reprobatoria.
 
Iván tenía su picadero en un edificio de reciente construcción que había tratado de permanecer fiel al estilo modernista de los colindantes. Cuando accedí al patio, el portero –un tipo de unos treinta y cinco años, terriblemente apuesto y vestido con un traje gris marengo de impecable factura, muy acorde con el elitismo que pretendía el edificio– me miró sin mirarme. Me dirigí presurosa al ascensor y sólo me sentí a salvo cuando las puertas se cerraron y pude apoyar mi espalda en el espejo que revestía la pared frontal. Treinta segundos más tarde me hallaba ante la puerta de mi iniciador.
 
Todavía indecisa, pulsé el timbre. Entendí que conceder cinco segundos de cortesía para que abriera la puerta era más que suficiente para considerar superada la prueba, dejar constancia de mi arrojo y salir de allí virgen –virgen de pago, se entiende.

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07/03/2006 12:19. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (24)

Transcurrida la cuenta de protección de esos cinco segundos, suspiré aliviada al ver que Iván no aparecía ante mis ojos y volví sobre mis pasos. Pero al abrir de nuevo la puerta del ascensor, una voz llegó hasta mis oídos.
 
–¿María? –preguntó Iván permitiéndome comprobar que Noelia había cumplido su palabra de utilizar mi primer nombre para establecer la cita, lo que garantizaba un mínimo de anonimato. Y no pude evitar un fruncimiento del ceño al reconocer un timbre familiar en aquella voz. Confusa, giré la cabeza. A punto estuve de gritar cuando vi a Carlos apoyado en el quicio de la puerta. Pero el alcohol había logrado el efecto anestésico necesario para poder hacer frente a aquel inesperado encuentro.
 
–¿Se puede saber qué coño haces tú aquí? –pregunté a bocajarro.
 
–¿Y tú? –a Carlos se le notaba algo más azorado.
 
–Yo he sido la primera en preguntar –aclaré de un modo un tanto infantil, como si le estuviera diciendo y tú más. Pero en seguida comprendí lo absurdo de la pregunta, pues tan improcedente resultaba la presencia de mi marido allí como la mía.
 
Por muchos años que pasen, por muchas vueltas que le dé a la cabeza, jamás llegaré a saber qué es lo que me impulsó a seguir adelante con aquella farsa. De acuerdo: la situación era, cuando menos, atípica, y lo normal es que hubiera terminado en una demanda de divorcio. Pero tampoco se le puede negar el violento componente de morbo que contenía. Así que sólo encontré un modo digno de salir del paso.
 
–¿Cuánto tiempo llevas ejerciendo?
 
–Tres años.
 
–Entonces, habrás desarrollado una gran habilidad en el arte del masaje, ¿no?
 
–¿Qué estás sugiriendo? –preguntó confundido pero con un brillo escabroso en la mirada.
 
–Que venía a darme un masaje y no estoy dispuesta a renunciar por la minucia de que el manoseador sea mi propio marido… siempre y cuando seas capaz de mantener el distanciamiento profesional que se te supone cuando las clientas no son de la familia.

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08/03/2006 11:16. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (34)

Por fin ha llegado el día: Carmen Lázaro ha vuelto por la tienda. La he visto peor que en otras ocasiones y me he dicho que tal vez mi intervención llegue en el momento más oportuno para ella.

Ha cambiado (supongo) las gafas de montura de pasta por unas lentillas, pero ha decidido cubrir sus ojos con otras gafas, de sol y con el mismo tipo de montura. No se las ha quitado en ningún momento, ni siquiera cuando le he preguntado qué se le ofrecía. He tenido que reprimir un mal gesto, no me gusta nada no ver los ojos de las personas con las que hablo.

El frío en la calle debía ser intenso esta mañana, porque Carmen se abrigaba con un anorak que jamás le había visto. Un anorak rojo horrible, por otra parte y demasiado grande para mi gusto. Al menos los bolsillos no estaban cerrados con la inoportuna cremallera y no he tenido ninguna dificultad en introducir el papelito en uno de ellos mientras la acompañaba a la caja para pagar una compra cualquiera.

Ella no ha notado nada; Laura F creo que sí. Al menos eso es lo que me ha parecido ver en el brillo juguetón de sus ojos al mirarme justo cuando Carmen salía escaleras arriba.

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09/03/2006 11:43. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (25)

Carlos me franqueó el paso a su santuario. Y debo reconocer que mi marido había logrado con la decoración el equilibrio entre la asepsia del masaje terapéutico y la calidez del sexo extremo. Cuando llegamos a una salita amueblada con una camilla y un mueble bajo sobre el que formaba un pelotón de frasquitos de diversos tamaños y contenidos variados –luego pude comprobar en mi piel que se trataba de aceites de las más exóticas procedencias–, Carlos me pidió que me desnudase tras el biombo que hacía el papel de hipotenusa en uno de los rincones de la habitación.
 
A pesar de tratarse de mi marido, un incomprensible pudor hizo que me tumbase en la camilla boca abajo y con una pequeña toalla protegiendo mis nalgas de sus ojos de mirada cada vez más obscena. Carlos sólo llevaba puestos unos tejanos ajustados que permitían comprobar en la tirantez delantera el grado de evolución de su excitación. Yo le miraba con los ojos entornados y la mejilla derecha apoyada sobre la almohada. Él abría un frasco, lo paseaba bajo su nariz y lo volvía a tapar. Repitió la misma operación varias veces hasta que se decidió por un aceite de rosas y sándalo –La Rosa Mística, informaba la etiqueta–. Puso unas gotas en su palma izquierda y se plantó ante mí frotándose suavemente las manos. El paquete de sus tejanos señalaba el leve inicio de una erección, pongamos que se trataba de una erección de grado cinco. Cerré los ojos dispuesta a dejarme hacer.
 
Sus manos comenzaron a sobrevolar mi espalda en un puente aéreo que partía de la nuca, hacía escala en los omoplatos y repostaba en la cintura. Allí se detenía unos instantes, como recogiendo nuevos pasajeros, y vuelta a empezar.

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09/03/2006 11:45. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (26)

Luego comenzó a trabajarme las piernas, sustituyendo el avión por el desplazamiento terrestre. Noté sus dedos ágiles acariciando con suave firmeza las plantas de mis pies, los tobillos, las pantorrillas... Ascendieron hasta las corvas, circunvalaron las rodillas y se encontraron con el callejón sin salida de la camilla. Retrocedieron y tomaron la autopista que conducía directamente hasta mis ingles por la parte exterior de los muslos, teniendo para ello que atravesar el túnel de mi toalla.
 
Para entonces, yo comenzaba a notar una humedad olvidada entre las piernas. Me aferré con fuerza a uno de sus muslos con el brazo derecho mientras con la mano izquierda recorría su abdomen en sentido descendente, deteniéndome cuando note la frialdad de la hebilla del cinturón. La desabroché y descorrí el cerrojo vertical de la cremallera.
 
La actitud de Carlos cambió. Con cierta violencia, me obligó a dar la vuelta, apoyando mi espalda contra la camilla. Me tomó de la cintura y me arrastró por ella hasta que mi culo quedó asomado al precipicio de la sábana blanca. Alzó mis piernas y las pasó por encima de sus hombros, volcando su cuerpo sobre el mío. Sin darme un respiro, comenzó a lamerme los pezones, me los mordisqueó provocándoles una tensión capaz de descoserlos de mis pechos.
 
De pronto, sin previo aviso, se irguió y le sentí dentro. Fue una embestida brusca y dulce a un tiempo. Apenas sus muslos rozaron el interior de los míos, se separó unos centímetros de mi cuerpo e inició una nueva acometida, esta vez muy lentamente, deleitándose en cada milímetro que profundizaba en mi humedecida gruta. Me recordaba a un espeleólogo que, después de un inesperado resbalón, tanteara el terreno con toda la prudencia posible. Al llegar al fondo, el experimentado juguete de Carlos comenzó a explorar cada uno de los rincones de mi cavidad con un movimiento circular que parecía no tener fin. Y se retiró nuevamente a posiciones más retrasadas. Y una nueva penetración, violenta y fugaz como la primera. Sus manos pasaban, de amasar mis pechos de fuera adentro, los dedos pulgar e índice pinzando y estirando mis pezones, a sujetar mi cintura obligándome a alzar el vientre en vuelo rasante a un palmo de altura de la camilla; sus dientes mordisqueaban con lujuria los dedos de mis pies; su lengua se deslizaba por mis tobillos…

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10/03/2006 09:33. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (27)

Tras cinco, diez, tal vez quince minutos de la pasión desenfrenada que jamás sabría describir Thomas Chandler ni experimentar la arqueóloga Rose, Carlos se detuvo por unos instantes. Yo aproveché el descanso para incorporarme –afortunadamente, mis abdominales todavía respondían– y rodear su cuello con mis brazos, concentrándome en que, ni por un momento, mi marido se saliera de mi cuerpo. Nuestros ojos se buscaron; esta vez sí se encontraron. El sudor corría desbocado por su frente. Nuestros corazones parecían haber sincronizado su furioso palpitar: pum pum, pum pum, pum pum… Por fin, conseguí encontrar las palabras que quería dedicarle.
 
–¿Sabes? Puede que no te parezca sensato lo que te voy a decir, pero estoy dispuesta a mantener vivo nuestro matrimonio… aunque me salga por un ojo de la cara: hacía tiempo que no echaba un polvo como éste.

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13/03/2006 08:34. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (28)

Encendí un nuevo cigarrillo. Satisfecha, contemplé con aire triunfal la pantalla del ordenador: por fin creía haber escrito algo que merecía la pena publicar. Abrí el menú archivo, seleccioné la opción guardar como y elegí un nombre atractivo para aquel documento. Entre todos los títulos que se me ocurrieron, finalmente me decidí por llamarlo CARIÑO AL CONTADO.DOC. Cerré el documento y apagué el ordenador. Consulté mi reloj de pulsera: eran las once de la noche y Carlos todavía no había vuelto del trabajo. Fatigada por el continuado esfuerzo mental realizado, fui a la cocina, me preparé el Biomanán nuestro de cada día, lo bebí de un solo trago y me di una ducha rápida. Las once y veinte. El marido, sin dar señales de vida. Invertí diez minutos en regar las macetas y arrancar algunas hojas mustias. Las once y media. ¿Llamar a los hospitales de la ciudad? ¿para qué? Carlos no tenía hora fija de llegada. Me acosté con la radio encendida. Atravesé la frontera entre los estados de Vigilia y Sueño a medianoche. Carlos no estaba a mi lado.

FIN DEL RELATO. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado


14/03/2006 09:30. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (35)

Jamás pensé que Laura F pudiera ser tan ordinaria. “Donde tengas la olla, no metas la polla”, me ha soltado nada más quedarnos solos.

Por qué lo dices, le he contestado enarcando bruscamente una ceja, al más puro estilo Sobera. Por tu relación con las clientas, ha repuesto rápidamente.

El refrán que has utilizado creo que hace referencia a relaciones entre empleados y jefes o entre compañeros de trabajo (y no te hagas ilusiones conmigo, no soy lo demasiado bueno para ti, he añadido cínico), le he explicado con la paciencia de un profesor de primaria. Lo que haga con mis clientas (he querido recalcar el carácter posesivo del mis) es cosa mía que ni te va ni te viene.

No tiene buen perder Laura F. No sé si se habrá molestado por el tono de mi voz, por mi actitud cortante o por si haber frenado alguna expectativa que pudiera tener respecto a mí, pero el caso es que se ha dado la vuelta sin apenas dejarme terminar.

Mujeres, me he dicho en silencio: comienzan una discusión cuando quieren y la terminan cuando les da la gana.

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14/03/2006 11:17. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (1)

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Desde hace varios años regento uno de esos bares que, en los últimos tiempos, han optado por retomar la denominación de cafés, establecimientos con una decoración estudiada al detalle, donde ningún rincón se ha dejado al azar. Una barra, construida con ladrillo recuperado de algún edificio sometido a la implacable piqueta del progreso y rematada por un mostrador de madera veteada, se extiende a lo largo de la pared derecha del local, desde su entrada hasta el punto en que el bar se ensancha para dejar sitio a unas cuantas mesas de mármol apoyadas en pies de antiguas máquinas de coser. Tras la barra, una alacena de estilo rústico alberga en sus baldas multitud de botellas de diversos licores, vasos y copas de diferentes modelos y unos cuantos accesorios apropiados para la preparación de cócteles, batidos naturales y otras especialidades de la casa.

Sin embargo, los tres hombres que conversaban animadamente al comienzo de la barra no pretendían exquisiteces a esa hora de la tarde: los combinados más o menos exóticos los reservaban para las salidas del fin de semana, mientras los días laborables, antes de refugiarse con sus familias a esperar el inicio de una nueva jornada, se conformaban con tomar unas cervezas frías y acompañarlas con un cuenco de patatas fritas de bolsa. Eran tres hombres uniformados con el mismo traje azul marino –valido para visitas comerciales, bodas, comuniones o convenciones de empresa–, camisa azul celeste y corbata con motivos florales. A los pies de cada uno de ellos, maletines negros tan similares que fácilmente podían llevarse a casa por error: el comercial de alimentación se llevaría el maletín que contenía folletos de maquinaría ligera para la construcción, el agente de seguros acabaría en su casa con los pedidos de la cadena de supermercados de su compañero de copas y el vendedor de herramientas podía acabar conociendo los detalles de los dos previsores que habían suscrito durante ese día un plan de jubilación. Ante ellos, distribuidos entre los tubos de cerveza, dormían silenciosos tres teléfonos móviles, tan idénticos entre sí como los maletines de piel negra, sólo diferenciados por un timbre a cada cual más ridículo y punzante que cortaba de vez en cuando la música ambiental del bar.

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15/03/2006 09:52. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (2)

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Al otro extremo de la barra, una mujer tomaba su whisky a pequeños sorbos. De vez en cuando, sacaba un cigarrillo, lo colgaba de unos labios pintados en un color rojo oscuro y acercaba la cara hacia mí. Yo, solícito como siempre que hay mujeres por medio, rescataba el mechero que había abandonado poco antes junto a la cafetera y daba fuego a la mujer. No hacían falta palabras para cumplimentar el ritual.
 
También de vez en cuando, uno de los hombres perdía el hilo de la conversación y se dedicaba a lanzar una mirada sonda hacia la dama por encima de los hombros de sus contertulios. Indefectiblemente, la mujer ignoraba el requerimiento y daba un nuevo trago a su bebida, una nueva calada a su cigarrillo. Entonces, el hombre continuaba la disertación sobre su plan de desarrollo profesional dentro de la empresa en el mismo punto en que la había interrumpido. Por su parte, sus compañeros podían estar glosando sus propias expectativas de futuro –siempre prometedoras, siempre por encima de lo que habían supuesto inicialmente–, comentando las zancadillas laborales que diariamente debían evitar, susurrando los últimos cotilleos bursátiles y explicando cómo iban a dar un pelotazo que los pondría en casa; cada uno de ellos hablaba hacía los otros dos, sin que ninguno mostrase por las palabras emitidas más interés que el recibido por las que ellos lanzaban al aire del bar.
 
Nadie le prestó atención cuando traspasó la puerta del bar, nadie respondió a su saludo educado –un buenas tardes firme y algo ronco–, nadie se fijó en él cuando se sentó en una de las banquetas dispuestas ante la barra, equidistante de la mujer del fondo y de los ejecutivos de la entrada. Nadie le miró abiertamente –aunque todos lo hicieron con un leve movimiento de ojos, sin girar en absoluto la cabeza– a pesar de su altura y su complexión atlética, de su paso amplio y de su voz profunda.

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16/03/2006 08:58. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (36)

Tras su última visita, en la que aproveché para dar el segundo (y espero que último) paso de mi plan, Carmen Lázaro no ha vuelto por aquí.

Han pasado sólo tres días, lo sé; y mi impaciente estado tampoco es normal, también lo sé; igual que no me reconozco en el Ramiro B que, desde hace tres días, vuelve corriendo a casa y, antes incluso de sacar una cerveza del frigorífico (de las que paga Carlos, que el pobre todavía no me ha pedido dinero para contribuir a los gastos domésticos) se dirige a toda pastilla al salón y se queda como un bobo mirando el teléfono y comprueba, defraudado, que el piloto del contestador sigue apagado un día más.

He llegado a pensar que el aparato está estropeado, que tal vez debería cambiarlo en la tienda. Le he pedido a Carlos (cada día más intrigado conmigo) que llamase desde su móvil para comprobar si funciona el contestador. Cuando ha accedido, hemos dejado que sonase cinco veces y después se ha escuchado mi voz invitándole a dejar un mensaje.

Cuando Carlos ha oído que ahora me hago llamar Manuel Fabra me ha mirado confuso, ha abierto la boca para decir algo, la ha cerrado y ha dado media vuelta. Creo que ha decidido, definitivamente, no tratar de comprenderme.

Al menos, la luz roja del contestador me ha hecho saber que el teléfono funciona a la perfección.

Todo es cuestión de tiempo entonces.

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16/03/2006 11:12. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (3)

Y es que era del tipo de personas a las que no se mira para poder seguir ajeno a la pobreza latente, a las desgracias que nos rodean y que parecen poderse evitar con sólo ignorarlas. Era lo que se podría calificar un “nuevo nómada urbano”, si se me permite la expresión. Porque la palabra mendigo no le hacía justicia aunque fuera la primera expresión que viniera a la cabeza al verlo.

Vestía unos gastados pantalones de color gris oscuro, de pana gruesa a pesar de estar en pleno mes de agosto. Las mangas de un jersey verde asomaban bajo las de una gabardina raída, demasiado pequeña para cubrir sus ciento noventa centímetros de envergadura. Su boca de gruesos labios era una isla rodeada por un mar de vello negro salpicado por decenas de canas náufragas. La nariz aguileña sostenía unas gafitas redondas de montura metálica, una de cuyas varillas aparecía asegurada por un vistoso pedazo de esparadrapo. El pelo, largo y lacio, peinado con raya en medio y desplomado sobre los hombros. Posiblemente aparentaba ocho o diez años más de su edad real.

De la abertura de uno de los bolsillos parecía querer escapar una libreta de espiral. El hombre la ayudó a salir, la abrió sobre la barra y, tras sonreír a los tres hombres de traje azul marino, anotó algo con un lapicero mordisqueado en su extremo. Cerró el cuaderno y lo volvió a guardar en el bolsillo. Los tres ejecutivos desviaron la mirada y continuaron hablando de coyunturas socio-económicas adversas, de inputs y outputs, de cash flow, de activos ficticios y de tasas de retorno. El recién llegado hizo una discreta seña con la mano requiriendo mi atención, y cuando me acerqué me susurró algo al oído mientras seguía atento a las palabras de sus compañeros de barra. No pude reprimir una carcajada solidaria cuando comprendí el alcance de su pregunta. A continuación, el hombre de la gabardina volvió a dirigirse a mí, pero esta vez en voz alta y empleando un tono extremadamente cortés.

–¿Me puedes poner un cortado, por favor? Con la leche del tiempo, si no te importa...

Todavía sonriendo, me di la vuelta, saqué de la alacena una de las tazas que reservaba para los clientes más sibaritas, preparé el café tal y como me lo había encargado y se lo serví acompañado por un bomboncillo de chocolate. El hombre de la gabardina me dio las gracias, se tomó el cortado de dos tragos, pagó los noventa céntimos que le pedí y se despidió con un hasta luego tan educado como el buenas tardes de unos minutos antes.

–Un tipo rarillo, ¿no? –me preguntó uno de los hombres en cuanto el cliente hubo pisado la calle. El tono de su voz era evidentemente desdeñoso.

–Cada cual tiene sus cosas, y Poeta no iba a ser menos. Pero es buena gente –respondí con una asepsia propia de hospital.

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17/03/2006 09:19. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (4)

Al día siguiente, a la misma hora, Poeta entró en el bar. Saludó a los tres hombres –que continuaban resolviendo los problemas económicos de medio mundo– y dedicó una reverencia trasnochada a la mujer del fondo de la barra. La mujer le correspondió con una sonrisa; los tres hombres le miraron, esta vez de arriba abajo y con absoluto descaro, mientras él se acomodaba en la misma banqueta del día anterior. Poeta me hizo una seña y ya me disponía a prepararle el cortado con leche del tiempo cuando su voz ronca me detuvo. Del bolsillo izquierdo de la gabardina extrajo un vasito de Duralex y una cucharilla plateada. Observó el vaso al trasluz y cuando se aseguró de que estaba impoluto me lo entregó sosteniéndolo delicadamente entre ambas manos como si estuviera realizando una ofrenda ritual.
 
–Por favor, ¿te importa prepararlo en este vaso? –inquirió con sus exquisitos modales.
 
–Por supuesto que no –accedí coloreando mis labios con una sonrisa cómplice.
 
Cogí el vaso, lo coloqué bajo el brazo de la cafetera, cargué el cazo de café molido y pulsé el interruptor. Un minuto después, le serví el café y lo acompañé con el bomboncillo de chocolate gentileza de la casa. Poeta dio vueltas al café con su cucharilla y lo bebió de dos tragos. Limpió el vaso con una servilleta de papel, hizo lo mismo con la cucharilla y volvió a guardar todo en el bolsillo. Y, como el día anterior, se despidió de la mujer y los tres hombres con un hasta luego que en esta ocasión adornó con una mueca levemente burlesca y desafiante.

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20/03/2006 09:02. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (37)

Luis mira por la ventana, como cada mañana antes de salir para el despacho. Llueve.

Odia los paraguas, así que decide utilizar su anorak, el rojo, el que a veces emplea su mujer aunque nunca ha sabido porqué con la cantidad de ropa que ella tiene. Todo el día de tiendas, ella dice que librerías pero él sospecha que toda su pasta (su de él) la dilapida en trapos.

Coge su maletín con la derecha y sale a la calle sin encontrar en la casa a nadie de quien despedirse: el niño ya estará camino del colegio y Carmen de compras.

Hace frío y esconde la mano libre en el bolsillo izquierdo. Encuentra algo que no recordaba haber puesto ahí. Lo saca a la luz: un papel algo arrugado. Lo desdobla: un nombre, Manuel, y un teléfono.

¿Alguno de los clientes de su despacho? ¿Alguna llamada que quedó en hacer? Menea la cabeza a izquierda y derecha mientras se dirige a la oficina. Tal vez deba llamar cuando llegue y salir de dudas.

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21/03/2006 10:59. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Un cortado, por favor (5)

Durante varios días más se repitió la misma escena. Poeta llegaba siempre a la misma hora, se instalaba ante la barra, siempre a la izquierda de los tres hombres –que parecían formar parte del decorado del bar–, sacaba su vasito del bolsillo de la gabardina, me lo entregaba y, una vez servido y bebido el cortado, salía del local despidiéndose de todos los parroquianos. Por eso no es extraño que, al cuarto o quinto día, uno de los ejecutivos no pudiera contener por más tiempo su curiosidad y tratase de conseguir que yo rompiera lo que parecía un voto de silencio.

–Pero, ¿qué le pasa a ese piojoso, siempre trayendo su propio vaso? ¿Es que padece alguna enfermedad infecciosa y no quiere contagiar a nadie?

–Desde luego, el muy vago no tendrá dónde caerse muerto pero, al menos, no nos pegará sus asquerosos virus... –añadió otro de los hombres.

Dejé de secar los platillos que acababa de sacar del lavavajillas. Me colgué el trapo de un hombro y me acodé sobre la barra frente a los tres clientes. Miré fijamente al ejecutivo de traje azul marino buscando las palabras exactas que debía pronunciar: quería estar a la altura de la terminología económica que utilizaban habitualmente los hombres de negocios que hacían escala en mi bar.

–Ahora comprendo eso de la globalización, lo de la aldea global en que se está transformando el mundo. Porque resulta curioso que individuos tan dispares como vosotros y Poeta, inmersos en coyunturas tan opuestas, sintáis las mismas preocupaciones ante los inputs emocionales.

Los tres hombres me miraron intrigados. La mujer del fondo sonreía, pues creía saber qué era lo siguiente que iba a escuchar tras la solicitud de aclaraciones.

–¿De qué coño estás hablando?

–No, nada, que el primer día que Poeta os vio aquí, me preguntó si lo vuestro era contagioso. Yo le dije que no estaba seguro y desde entonces no consiente que le sirva en otro vaso que no sea el que él trae.

Fin del relato. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor 

21/03/2006 11:01. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Un cortado, por favor No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (1)

Me doy por vencida: nunca aprenderé a estarme quietecita, a comportarme como lo que debería ser, una mujer de treinta y siete años normal y corriente –si bien con la peculiaridad de dedicarme a una profesión liberal mayoritariamente masculina–, casada, con dos hijos que le roban bastante de su ya de por sí escaso tiempo libre... aunque debo reconocer que Roberto es un magnífico marido que comparte al cincuenta por ciento las cargas familiares.
 
Sé que puedo parecer pretenciosa, pero es que no soy una mujer normal si por normal entendemos lo que acabo de describir en el primer párrafo de mi relato. Porque sí, está claro que reúno todos esos requisitos –marido, dos hijos, variados quehaceres domésticos... incluso tengo una hipoteca como Dios manda–. Pero sé que hay algo que me distingue de la mayoría de mis semejantes, rasgo distintivo que muchas de mis semejantes tacharán, simplemente, de acceso crónico de inmadurez. Y es que creo que mi mayor peculiaridad consiste en poseer un lado masculino muy desarrollado. Pero que nadie caiga en el simplismo de pensar que soy lesbiana; no, en absoluto.
 
Llevo años enamorada de mi marido, la mejor persona con la que me haya podido topar nunca. Le respeto y sería incapaz de hacerle el menor daño, y sé que ese es un sentimiento recíproco. Por otra parte, soy una madre razonablemente buena para mis dos hijos, dos soles de cinco y siete años por los que, llegado el caso, sería capaz de dar la vida… como cualquier otra madre. Aunque seguro que habrá quien me contradiga cuando lea lo que sigue –apuesto a que será una idea que surja de inmediato en bastantes de las mujeres que lean esto; incluso alguna se escandalizará y soltará la chorrada de que si no quería sacrificarme por mis hijos, pues que no los hubiera parido–, seguro que hay quien piense que no soy tan buena madre como debiera, y todo porque nunca me he considerado madre de hijos-compresa, de esos que absorben todo lo que se encuentra en su amplio radio de acción: el tiempo libre y la sustancia vital de sus abnegados progenitores, la atención permanente de tíos y abuelos, los odios y celos de los hermanos mayores... No, cada cosa en su sitio: los niños podrán ser el centro de una casa, pero no todo debe girar necesariamente en torno a ellos, no pueden ser agujeros negros incapaces de devolver nada de lo que atrapan en su interior, no se debe atrofiar el desarrollo de un adulto por potenciar el crecimiento de un pedugo… vaya, que se debe encontrar el equilibrio justo entre entrega desinteresada e intereses personales legítimos. Y no es tan difícil, coño.

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22/03/2006 12:49. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (38)

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Odio los días lluviosos. Detesto llegar empapado al trabajo, detesto el trabajo en sí. Pero sobre todo, como mucha gente, detesto los paraguas, ese estúpido invento que sólo sirve para dejar olvidado en cualquier rincón en cuanto cesa de llover.

Prefiero, antes que portar un paraguas, llegar chorreando a la tienda y ensuciar los escalones enmoquetados que conducen al Infierno de los libros. Y me gusta cuando, como hoy, Laura F me seca la frente con su pañuelo, revuelve mi cabello y deja su olor en mis sienes para toda la jornada.

Ese sencillo gesto incluso consigue aplacar la ansiedad que siento al ver que, cinco días después de introducir una nota en el bolsillo del anorak de Carmen Lázaro, ésta sigue sin dar señales de vida; ni por la tienda ni por la memoria digital del contestador de casa.

Empiezo a preocuparme por ella y empiezo a preocuparme por mí al tomar conciencia de que jamás había estado preocupado por nadie.

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23/03/2006 08:46. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (2)

A ver cómo puedo defender lo que resultará indefendible para tanto meapilas, eso que los políticos nacionalistas denominarían “mi hecho diferencial”. Ya he dicho que quiero a mi marido, que le respeto, y sin embargo, de vez en cuando, tengo mis rollos con otros hombres. Sí, así, sin ambages. Tal como suena. Eso sí, no son sino aventurillas sin importancia que en nada merman el cariño que siento hacia Roberto. Vamos, que en ningún momento se me ocurriría aducir como excusa para mi proceder la tontería de que en mi matrimonio algo no funciona como es debido, que mi conducta se pueda deber a la manida crisis de los cuarenta –todavía me faltan tres años para poder recurrir a ese lugar común–, que busco fuera de la pareja lo que no encuentro dentro… Tonterías. La única explicación que puedo encontrar –aunque ni siquiera considero que sea necesaria justificación alguna por mi parte– es que mis frecuentes infidelidades no son sino la manifestación del lado más negativo de mi lado masculino. Tal y como suelen defenderse hipócritamente algunos hombres tras ser pillados en falta, no puedo decir más que se trata del cazador, del depredador que todos llevamos dentro. Todos sí, pero también algunas.
 
En cualquier caso, no estaría ahora escribiendo esto si no fuera por un estúpido error de cálculo, por un maldito cabo suelto que no llegué a reconocer. Y, desde luego, no pretendo que nadie vea en esta narración un innecesario acto de contrición, no quiero que nadie busque una moraleja donde no la hay... vaya, que en adelante mi comportamiento seguirá siendo el mismo que hasta ahora, que no pienso variar en un ápice mi modo de ver la vida. Porque, vamos a ver: ¿quién coño le pidió a Mario que se sacrificase por mí del modo en que lo hizo?

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23/03/2006 08:48. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (3)

Antes comentaba de pasada mi pertenencia profesional a un colectivo mayoritariamente masculino, pero tampoco quiero que se entienda esa adscripción laboral como una excusa que explique mis tendencias, como una tentación irresistible que alegar como atenuante para mis infidelidades. Lo que ocurre es que, al estar en contacto permanente con hombres, siempre me ha resultado fácil comprender la sencilla lógica masculina y, por tanto, mis conquistas han sido un juego de niños. Y las oportunidades que se me han presentado, abundantes; porque allí donde encuentres un hombre, hallarás un eventual compañero de cama. Eso sí, compromisos no se les pueden exigir demasiados, algo que, por cierto, se corresponde al cien por cien con mis intenciones.
 
Mi vida sentimental extramatrimonial se rige por dos sencillas reglas: jamás he revelado mi verdadero estado civil a ninguno de mis esporádicos amantes y nunca he tenido como objetivo a un hombre casado.
 
En cuanto a lo de mantener mi anonimato civil, la explicación es muy simple: reconocer tu pertenencia al clan de las mujeres casadas te convierte de inmediato en un ser apestado para muchos hombres y en la mejor representación del morbo para otros muchos. Y eso es algo que desvirtúa la naturaleza íntima de la relación, la condiciona de tal modo que nunca se puede alcanzar un entendimiento auténtico entre las partes.
 
Y en lo que se refiere a no poner mis ojos en un hombre ya elegido por otra, la razón todavía es más evidente: en ningún momento pretendo convertirme en el paño de lágrimas en el que un hombre casado enjugue su infelicidad, en la amiga a quien contar lo mal que lleva lo de su matrimonio. Y además, que no quiero afectar a terceros con mis aficiones; en este caso, a terceras, las parientas de mis amoríos. Aunque sólo sea por solidaridad de clase.

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24/03/2006 09:51. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (4)

Pero no creo que se me pueda considerar lo que denominaríamos eufemísticamente una promiscua desaforada –en lenguaje llano y crudamente masculino, un putón desorejado–, que tampoco son tantos los pantalones que he visto arrugados a los pies de una cama de hotel o primorosamente plegados sobre una silla dependiendo de la pulcritud del individuo de turno y del grado de intensidad del pasional encuentro. En realidad, creo que mis encuentros extra conyugales en los nueve años que dura ya mi matrimonio con Roberto los puedo contar con los dedos de una mano. Sí, por supuesto; cronológicamente han sido Roger –un catalán muy agradable al que conocí en un seminario que se celebró en Barcelona al poco tiempo de casarme–, Juan, Sergio, y el último, de nombre Mario y de apellido “Precipitado”.
 
He citado a Mario en último lugar y creo, sin embargo, que bien podría haber sido el primero, aunque en ese caso no podría hablarse estrictamente de infidelidad.
 
Fue en el cuarto curso de carrera –el cuarto para mí, que Mario estaba todavía en segundo a pesar de tener ambos la misma edad–. Yo me encontraba, como casi siempre, en la biblioteca de la Escuela cuando alguien arrojó un montón de apuntes sobre la mesa que había frente a la mía. Levanté los ojos sobresaltada y los clavé en un muchacho alto y desgarbado, demasiado delgado para mi gusto. Era moreno y tenía unos ojos negros vivísimos, aunque sólo conseguí vérselos cuando se retiró el flequillo que le colgaba como una cortinilla justo hasta la mitad de la nariz. Le dediqué la mirada más reprobatoria que pude encontrar en mi amplio catálogo y él me correspondió con una sonrisa de anuncio.
 
–Perdona si te he asustado, pero es que soy nuevo aquí y no me he dado cuenta de que estabais todos tan calladitos. ¿Quién es el difunto? Lo digo porque esto parece un velatorio –añadió a modo de innecesaria explicación al ver que no le reía la gracia. Luego supe que cuando decía que era nuevo se refería exclusivamente a la biblioteca, pues llevaba matriculado en la Escuela tantos años como yo, si bien con la improductiva tendencia de demorarse más de lo debido en cada uno de los cursos.

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27/03/2006 08:47. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (39)

Por fin llegó el momento tantos días esperado. Dicen que tras la tempestad viene la calma, pero en este caso y después de una jornada lluviosa lo que me esperaba en casa era un piloto de contestador automático parpadeando. Nada de calma, por tanto, sino un ataque de nervios por ver si el pez había mordido el anzuelo.

“Soy Manuel y en este momento no puedo atenderte. Por favor, deja tu mensaje después de escuchar la señal. Ah, y si eres Carmen, no olvides decirme cuándo quieres que nos veamos en la librería”

Perfecto, el mensaje ni se había atascado ni nada. Y mi voz sonaba perfectamente inteligible. Entonces, ¿por qué nadie hablaba a continuación? Sólo se podía escuchar una respiración algo entrecortada y, antes de colgar, un golpe seco, como el que produce un puñetazo descargado sobre una mesa.

Un golpe, en todo caso, impropio de una mano pequeña y delicada como la de Carmen Lázaro.

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28/03/2006 08:33. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (5)

De entrada, no me cayó demasiado bien. Lo identificaba como el típico alumno despreocupado porque tiene todo lo que quiere en casa y lo único de lo que carece es de ganas de asumir responsabilidades. Pero luego empecé a ver en su comportamiento ciertos rasgos de lo que podríamos denominar una vagancia elegante, una indolencia estilosa.
 
Porque sólo era despreocupado para los estudios, o más bien para aquellos estudios que no le atraían lo suficiente. No quería saber nada de aquello que le supusiera un esfuerzo que él considerase desmesurado –y debo aclarar que Mario tenía la vara de medir esfuerzos realmente corta–. Sin embargo, demostraba una agudeza excepcional en todo aquello que le interesaba, destacando sobremanera en el álgebra –era un auténtico monstruo resolviendo matrices– y en las relaciones sociales, aunque esta materia no estuviera incluida en el plan de estudios de la carrera. Y es que, con su sonrisa franca y su mirada avispada, con sus ojos persuasores, conseguía siempre lo que se proponía.
 
Esa primera vez que nos vimos, Mario se había propuesto que nos echasen de la biblioteca y, cómo no, lo consiguió. Llevaba un cigarrillo encendido entre los dedos y yo le llamé la atención al respecto.
 
–¿Cómo? –preguntó sin comprender el motivo de mis quejas.
 
–El cigarrillo. Estás en una biblioteca, y en las bibliotecas no se puede fumar.
 
–Ah, claro; perdona, no me había dado cuenta. ¿Dónde hay un cenicero?
 
–Si no se puede fumar, no parece muy lógico que haya ceniceros. ¿O sí?
 
–Ya... pues lo tendré que tirar al suelo.
 
–No –exclamé delatada por mi pasión por la limpieza. El encargado de la biblioteca nos chistó por segunda vez en esos pocos minutos y, la verdad, no era un hombre que se caracterizase por su paciencia–. Sal a fumártelo al pasillo; nos está mirando todo el mundo.
 
–Será porque piensan que hacemos buena pareja. Es broma –añadió ante mi cara de sota.
 
El bibliotecario nos llamó nuevamente la atención, y como Mario no daba muestras de abandonar la sala, me levanté, le cogí del brazo y me lo llevé al pasillo. Y, curiosamente, al situarme junto a él ya no me pareció tan alto y desgarbado; incluso sus antebrazos adquirieron de súbito una fortaleza inesperada. Algo en él me empezaba a gustar, pero no podía bajar la guardia tan pronto y decidí mantenerme firme en mi postura combativa.

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28/03/2006 11:10. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (6)

Durante el resto de mi estancia en la Escuela, nuestras posiciones de partida se fueron aproximando hasta el punto de hacernos casi inseparables por los pasillos, la cafetería, el vestíbulo... incluso logré hacerle entrar en la biblioteca un par de veces más en los dos años siguientes. Pero no pasamos de ahí, como si pensásemos que el sexo acabaría sin remedio con una extraña amistad entre dos seres absolutamente opuestos: yo era una chica volcada en mis estudios y él era el mayor viva la Virgen que haya conocido nunca.
 
Terminé la carrera en el plazo establecido, y a los veintitrés tenía título oficial y orla con los rostros de toda la promoción. Mario también estaba en ella, con su melena revuelta y su barba de tres días de siempre. Y en otras dos o tres orlas más, pues todavía debió conocer a varios directores antes de licenciarse.
 
Al acabar los estudios, le perdí la pista. Habíamos intercambiado nuestras direcciones y números de teléfono –por aquel entonces eran todavía las direcciones y teléfonos de nuestras respectivas familias–, pero nunca hicimos uso de ellos. Era algo así como si nuestras vidas no pudieran encontrarse sin tener como fondo el conocido escenario de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura.
 
Pasaron doce o trece años. Yo fui consiguiendo todo aquello por lo que había luchado tanto tiempo: abrirme camino en mi profesión, establecer mi propio estudio, realizar un trabajo que me gustaba... Y también había logrado otras cosas por las que nunca había demostrado especial interés, aspectos vitales que nunca me había planteado como objetivos ineluctables, que nunca había considerado fallos inapelables. En definitiva, que había encontrado marido y dos hijos, una vida familiar propia y acomodada y un porvenir seguro que para sí lo quisiera cualquiera. Sólo entonces volvió a aparecer Mario, hace aproximadamente un año y medio. Y, no podía ser de otro modo, su reaparición se produjo de la manera más insospechada.

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29/03/2006 11:19. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (40)

Confieso que me ha costado conciliar el sueño, dándole vueltas continuamente al asunto de la llamada telefónica, convencido como estaba de que una mujer de apariencia frágil como Carmen Lázaro era incapaz de golpear una mesa con semejante contundencia. Y si el otro día me preocupaba el hecho de haber constatado que nunca me había preocupado por nadie, ahora me preocupa que una tontería como esta pueda alterar mi sueño.

A las diez casi en punto ha aparecido Carmen por la tienda. Esta vez no llevaba gafas de sol, tal vez haya vuelto a las lentillas o quizás se haya percatado de que, mientras siga lloviendo, no hay sol que pueda molestarla.

Ha dado sus vueltas de rigor y no ha comprado nada, pero antes de marcharse me ha dirigido una mirada más triste que de costumbre.

Creo que el color levemente oscuro que he visto en el lado izquierdo de su cara no era sombra de ojos aunque pudiera parecerlo.

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30/03/2006 08:18. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (7)

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Estaba trabajando en mi estudio cuando el programa de correo electrónico me notificó la llegada de un mensaje nuevo. Lo abrí de inmediato, como si intuyera que el ordenador tenía algo importante que decirme. El mensaje lo remitía el Colegio Oficial de Arquitectos de  Madrid, y consistía en una invitación para un seminario que se debía celebrar en la capital durante los días 20 y 21 de marzo. El seminario llevaba el rimbombante título de “Urbanismo en España en el siglo XX: una perspectiva histórica”. El tema en cuestión no me interesaba en absoluto, y habría rehusado la invitación sin pensarlo dos veces de no ser por las líneas que cerraban el texto:

“Al final del seminario, tendrá lugar una mesa-debate en la que podrán participar todos los profesionales asistentes al acto. La mesa estará moderada por el colegiado D. Mario Utrillas Sanjosé. Sin otro motivo, aprovechamos la presente para blablabla, blablabla, blablabla”.

¿Mario,  moderador de un debate? Eso era algo que no me podía perder, pues se suponía que ese papel debía reservarse para una persona seria y ecuánime, y yo no acertaba a comprender cuál había sido el proceso de conversión que había logrado ese cambio en Mario. Además, me seducía la idea de poder ver de nuevo a mi antiguo compañero y comprobar si el tiempo había derribado las barreras que entre amistad y sexo habíamos levantado tantos años atrás.
 
Cursé mi confirmación de asistencia utilizando la misma vía por la que había recibido la invitación: ese era el medio más rápido y en ningún caso podía quedarme sin una butaca de primera fila en el seminario de marras. Luego, más tranquila, leí de nuevo el mensaje y advertí un capricho del destino en el que jamás antes había reparado: las iniciales del nombre y apellidos de Mario formaban la palabra con que se designaba a una de las actividades en las que mi ex-compañero se consideraba un consumado especialista.

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30/03/2006 10:25. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.

El misterio de Mangiabarche

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EL MISTERIO DE MANGIABARCHE
Massimo Carlotto

BARATARIA. 2006
Traducción: Elena Martínez


Nada más terminar de leer ’La verdad del Caimán’, la primera de las novelas de Massimo Carlotto protagonizadas por Marco Buratti, pensé que algo me había faltado.

Cuando llegó a mis manos esta segunda entrega me dije que debía hacer las cosas bien desde el principio. Así que, de un rápido vistazo al libro, confeccioné una lista con la música que Buratti escucha en su walkman a lo largo de la novela, puse a trabajar a la mula y unas horas más tarde tenía grabada en un CD la banda sonora original de ’El misterio de Mangiabarche’. Espero que no lean esta crítica los chicos de la SGAE, pero es que no se ocurrió otro método para conseguir tanto blues en tan poco tiempo.

Puse el disco en el equipo del salón, bajé las persianas y encendí la lámpara a la intensidad justa para poder leer. Con el ambiente ya creado, me tumbé en el sofá y me dispuse a leer. Pero faltaba algo fundamental: tabaco y una botella de calvados. Calvados no suelo tener en casa (soy más de orujo), pero pensé que el bourbon con hielo también era un magnífico compañero para una noche de novela negra y blues.

Y es que hay libros para los que resulta aconsejable seguir un mínimo ritual a la hora de enfrentarse a ellos. Porque hay libros que simplemente entran a través de la vista; otros lo hacen también por el olfato; y hay unos pocos que requieren de todos los sentidos, incluido el oído, para alcanzar un resultado óptimo.

Los casos protagonizados por el Caimán están entre estos últimos. Huelen a humo de cigarrillo llenando los tugurios de Padua o Cagliari. Tienen el regusto fuerte del calvados, casi la única bebida que acostumbra a tomar el detective. Y suenan a blues en cada una de sus páginas.

Marco Buratti, conocido como el Caimán por su pasado como músico y cantante de los Old Red Alligators, es un ex convicto que tras salir de prisión se metió a detective sin licencia para facilitar los contactos entre el mundo legal de sus clientes y los bajos fondos que tan bien conoce. En su primer caso puso patas arriba su ciudad natal, Padua, circunstancia que le aconsejó un cambio de aires. Y nada mejor para ello que aceptar la invitación que un desconocido y aficionado al blues como él le hace para visitar Cerdeña, isla en la que deberá resolver este misterio del Mangiabarche.

Diez años atrás, tres abogados sardos fueron acusados de homicidio y tráfico de drogas. Después de dos años de cárcel quedaron en libertad al no poder ser declarados culpables. Ahora, por la isla se comenta que alguien ha visto vivo hombre que presuntamente habían asesinado los abogados, Giampaolo Siddi, otro colega con contactos en el mundo del contrabando. Marco Buratti recibe de los tres abogados el encargo de averiguar si es cierto que Siddi continua vivo, quién les implicó a ellos en la desaparición o muerte de aquel individuo y por qué razón fueron acusados precisamente ellos tres.

Para su trabajo, Caimán contará con la colaboración de su inseparable amigo Beniamino Rossini, ese hampón milanés de la vieja escuela al que conocimos en la primera entrega, un hombre íntegro a su estilo y tremendamente respetuoso con el código ético que ha imperado en su profesión desde siempre. Para completar una peculiar Santísima Trinidad que nos conducirá durante casi trescientas páginas por cada rincón de Cagliari, por el resto de Cerdeña y por la vecina Córcega, Buratti y Rossini contarán con la ayuda de un delincuente local: Marlon Brundu (sic), ladrón de primera nacido cuando se estrenaba Salvaje, que monta una Ducati doscientos cincuenta de color amarillo y negro y viste una cazadora de cuero con la leyenda Black Rebels a la espalda. Un trío perfecto para llevar a cabo una investigación discreta.

Investigación en la que los tres hombres se verán enfrentados a una banda de traficantes de heroína que utiliza una base militar de la OTAN como centro de operaciones, a una viuda que lleva demasiados años buscando en una revista de contactos a alguien que la acompañe en los aperitivos que todos los días toma en las terrazas de la ciudad, a un sicario psicópata que mata por procedimientos tan peculiares como introducir un plantador de bulbos en el cerebro de la víctima a través del ojo, a un espeluznante concurso de preguntas sobre ese mundo del blues que tan bien conoce Caimán, a un guión calcado de una vieja película francesa titulada Napoleón… Muchos frentes con un punto en común: Mangiabarche.

Como la primera entrega, ’El misterio de Mangiabarche’ presenta un ritmo trepidante, unos diálogos medidos y precisos, unas descripciones concisas que permiten ver los escenarios que el autor nos quiere enseñar y unos personajes sólidos, sin fisura alguna. Y si en ’La verdad del Caimán’ Marco Buratti era el protagonista principal y Rossini su comparsa, en este nuevo caso los papeles casi llegan a invertirse, con el hampón milanés desenvolviéndose como pez en el agua en el terreno que mejor conoce, manejando las armas con profesional soltura y ejerciendo casi de hada madrina de un Caimán al que, en ocasiones, debe llevar de la mano. Lo que puede llevarnos al nacimiento de una pareja atípica en el género en lo que a importancia de sus componentes se refiere, una pareja a lo tanto monta, monta tanto que puede dar muchísimo juego.

Pero para verlo tendremos que esperar a que Barataria publique la tercera de la saga, Nessuna cortesía all’uscita en italiano. Al ritmo actual, en un año los tenemos de nuevo con nosotros. Mientras tanto, seguiremos escuchando a Jo Jo Benson, Magic Sam, John Lee Hooker, Slim Harpo, Dinah Washington, Robert Cray y tantos otros. Dejando para el final, claro, el I smell a rat de Buddy Guy que Caimán siempre lleva encima para cuando llegue el momento de su propio funeral.

Ricardo Bosque, marzo de 2006




30/03/2006 13:16. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Negro como el tizón No hay comentarios. Comentar.

Mario Precipitado (8)

Los días previos al reencuentro los pasé haciendo y deshaciendo planes, imaginando modos de recuperar la relación que habíamos dejado olvidada en los pasillos de la Escuela, ensayando diversos tipos de presentación: si le contaría las razones reales que me habían empujado a asistir al seminario o le dejaría creer que todo había sido consecuencia del azar, si le tenía que preguntar directamente por cómo había llegado a ser moderador de debates o si sería preferible empezar la conversación con otra entrada menos irónica, si tendríamos ocasión de vernos en privado o el programa sería tan apretado que apenas nos permitiría disponer de unos minutos libres... ¿Estaría casado? ¿con hijos? ¿seguiría siendo el mismo tarambana de años atrás? No. Cuando le vi el veinte de marzo, en un lugar destacado de la mesa desde la que oficiaban los conferenciantes, comprendí que en absoluto era el mismo tarambana de siempre; más bien se podría decir que se trataba de un tarambana evolucionado, un irresponsable pulido por las responsabilidades inevitables, un caradura al que los años habían suavizado las aristas.
 
Y lo digo porque se pasó la sesión acompañando con el pie alguna cancioncilla que llevaba rondando por la cabeza, jugueteando continuamente con un bolígrafo, doblando papelitos, haciendo dibujos en la libreta de notas que nos había entregado la organización –creo que incluso debió dejar su rúbrica en la propia mesa presidencial–, mirando al techo... y lanzándome sonrisas y algún guiño distraído desde el momento en que me descubrió entre los asistentes. Sin embargo, cumplió a la perfección el cometido que le había encargado el Colegio de Arquitectos, entregando la palabra a quien la pedía sin alterar en ningún momento el orden de solicitudes, acortando las intervenciones de aquellos que se excedían en lo que se podía considerar un tiempo razonable de exposición de ideas, imprimiendo un ritmo más vivo al debate cuando parecía que se iba abajo. Desde luego, se le podía dar una buena calificación en su faceta de moderador.

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31/03/2006 07:48. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Mario Precipitado No hay comentarios. Comentar.





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