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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.

Fungairiño renuncia a la fiscalía de la Audiencia

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Eduardo Fungairiño renunció ayer a su cargo como fiscal jefe de la Audiencia Nacional. Tras 26 años en la Audiencia Nacional y con una gestión fuertemente polémica en algunos periodos, Fungairiño ha adoptado una decisión valiente.

"Con esto de la TDT (Televisión digital terrestre) -declaró Fungairiño-, cada vez me resultaba más complicado compatibilizar mi vida profesional y mi vida privada. Y es que no puede ser: con tanto canal temático me estaba perdiendo un huevo de documentales de bichos, con lo que a mí me gustan... Además, Conde Pumpido me ha hecho la promesa de que, si presentaba la renuncia al cargo, me instalaba un sintonizador digital de última generación en la tele del Supremo." 


02/02/2006 08:48. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: La falsa No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (24)

Se me ha ocurrido preguntar a Laura F si está al corriente de la identidad del propietario de la tienda. No es que piense chivarme de lo que su encargado hace o intenta hacer con alguna de sus empleadas, simplemente pienso que tal vez sería interesante conocerle. Y, por supuesto, que Martín sepa que le he conocido, que nada provoca más miedo que la incertidumbre.
 
Pero no ha habido suerte: Laura F me dice que NADIE conoce al jefe, NADIE sabe qué apellido esconde el anagrama de la tienda, NADIE ha visto jamás a la persona que nos paga a fin de mes… Vaya, que ni Batman guardaba mejor sus secretos.
 
Mi enfado con Martín se ha incrementado por mi fracaso en las gestiones conducentes a la averiguación de la propiedad del negocio. Sé que el encargado no tiene la culpa también de esto y sé que mi reacción apenas le afectará. Sé además que el mío ha sido un acto infantiloide, una rabieta de crío consentido… pero no he podido evitar buscar a un chaval, preguntarle si quería un libro gratis, escuchar su respuesta afirmativa, elegir un ejemplar al azar, arrancarle de un tirón la tapa que contiene la alarma electrónica y metérselo en el bolsillo.
 
Le he dado los buenos días al chaval y me he sentido un poco más satisfecho después de este atentado contra la propiedad privada.
 
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02/02/2006 08:51. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Chisla se rebela

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La oficialmente denominada Fluvi por la Expo Zaragoza 2008 se cabrea. En declaraciones a este somardón ha afirmado indignada: "¡Me llamo Chisla, me cachis lá!"

Y, ni corta ni perezosa, ha abierto su propio blog en el que poder dar su opinión al respecto.

El blog de Chisla

03/02/2006 11:00. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Charrando No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (1)

Me froté los ojos por quinta o sexta vez en la hora escasa que llevaba frente al ordenador. Apoyé la espalda en el respaldo de la silla, los pies sobre la mesa, y con el mentón perfectamente encajado en la concavidad de la mano derecha contemplé sin interés la última línea que aparecía escrita como un insulto sobre la pantalla. Mis ojos seguían el parpadeo del cursor tras la última letra que había pulsado, la opulsado. de

Mierda –pensé–, llevo semanas tratando de escribir una novela y lo único que consigo es trasladar mis propios pensamientos, mis propias acciones, al ordenador. En un gesto rabioso, escribí la palabra mierda una y otra vez, con una reiteración masoquista que creo pretendía castigar mi manifiesta ineptitud para la creación literaria. Mierda, mierda, mierda, mierda…

La constatación de mi incapacidad para redactar algo original supuso un golpe más en mi decrépito estado de ánimo, así que decidí que lo mejor, lo único que podía hacer era posponer nuevamente mis pueriles e inalcanzables propósitos y retomar lo que realmente me daba de comer: las traducciones de textos que me encargaban las mismas editoriales a las que aspiraba sorprender un día con la calidad de mis propias obras.

Sin demasiada convicción, bajé los pies de la mesa y adopté una postura más adecuada para continuar el trabajo. Encendí un cigarrillo y abrí el archivo que contenía el último encargo que me habían realizado. Se trataba de la segunda novela –como la primera, de carácter histórico– de un autor norteamericano que ya había vendido el primer millón de ejemplares en su país y cuyo editor español estaba convencido de que también aquí iba a ser un éxito de ventas. Aunque se trataba de un encargo que me podía reportar pingües beneficios –no siempre se traducen textos dirigidos a cientos de miles de lectores–, me sentía como si me estuvieran arrancando una muela sin ningún tipo de anestesia previa. No comprendía cómo un tipo podía alcanzar el reconocimiento mundial a partir de cuatro datos históricos sin contrastar, seis o siete escenas de sexo dibujadas con plantilla –todas ellas se parecían como gemelos univitelinos– y un misterio que podría desentrañar un niño de ocho años después de leer quince o veinte páginas –en mi modesta opinión, las quinientas o seiscientas siguientes sobraban–. Y sin embargo, decenas, cientos de autores imaginativos peregrinaban de una editorial a otra con su paquete de folios bajo el brazo en busca de la oportunidad que nunca llegaría. Algo de lo que puedo dar fe, pues ya en su momento traté de publicar una novela sin ningún resultado. O casi sin ningún resultado.

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03/02/2006 17:46. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (2)

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Era un encargo fácil pero tedioso. Fácil, porque la riqueza léxica de aquel autor no era su punto fuerte, hasta el punto de que las herramientas del procesador de textos para cortar y pegar fragmentos casi idénticos me facilitaban enormemente la tarea. Tedioso, porque traducir un tocho de seiscientas cuarenta y siete páginas lleno de lugares comunes, frases hechas e incorrecciones sintácticas no era lo que podía considerarse un trabajo dotado del mínimo interés necesario para mantener los sentidos despiertos. Así que, después de traducir treinta páginas –sin tener que recurrir en una sola ocasión al diccionario–, desconecté el ordenador y salí de la habitación que utilizaba como estudio.

En el salón, me tumbé en el sofá y comencé a hojear una revista de las denominadas de interés general y cuyo interés reside en descubrir algún artículo de verdadero interés. El primero de los artículos en el que aterricé pontificaba sobre cómo convertir un trabajo monótono en un paraíso de creatividad. No me jodas, hombre –fue lo único que pude opinar sobre el tema tras exprimir al máximo mis neuronas–. Pasé varias páginas y me detuve en un amplio reportaje sobre las causas del fracaso escolar. No me interesa, no tengo hijos –y seguí pasando páginas–. Y, por fin, el inevitable informe enumerando las razones por las que las parejas se separan al cabo de varios años de convivencia y cuál es el perfil del perfecto separado. Seguro que mi caso no sale; aunque, claro, todavía no he llegado a esa situación, pero todo se andará –pensé con cínica resignación.

Eran las once de la noche y mi marido todavía no había vuelto del trabajo. Hastiada, fui a la cocina, me preparé el Biomanán nuestro de cada día, lo bebí de un solo trago y me di una ducha rápida. Las once y veinte. El marido, sin dar señales de vida. Invertí diez minutos en regar las macetas y arrancar algunas hojas mustias. Las once y media. ¿Llamar a los hospitales de la ciudad? ¿para qué? Carlos no tenía hora fija de llegada. Me acosté con la radio encendida. Atravesé la frontera entre los estados de Vigilia y Sueño a medianoche. Carlos no estaba a mi lado.

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06/02/2006 08:43. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (3)

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–¿Me pasas la mantequilla, por favor?

–¿A qué hora llegaste anoche? –dije al tiempo que le acercaba la tarrina y el cuchillo al otro comensal.

–A eso de las doce y media… pero no quise despertarte; dormías como un cachorro.

–¿Y qué tal fue la reunión?

–Como siempre: veinte vecinos presentes de ciento diez posibles y, como no podía ser de otro modo, los asistentes eran los más pelmazos de toda la comunidad. Vamos, que a las doce no habíamos conseguido otra cosa que nombrar una comisión encargada de la contratación del mantenimiento de calderas, otra para la instalación de una antena parabólica y una tercera para supervisar el trabajo de las otras dos. ¿Y tu novela?

Fingí no haber oído la pregunta que, invariablemente, me formulaba Carlos cada mañana. Callaba con la esperanza de que mi marido no echara en falta la respuesta que le debía cuando hubiera terminado de mojar la tostada en el tazón de café. Estaba convencida de que lo único que pretendía Carlos era refrotarme el fracaso por la cara en un intento de obviar sus propias decepciones, la realidad incuestionable de que su prometedor futuro como economista en una consultoría internacional se hubiera convertido en un mediocre presente como administrador de fincas urbanas. Pero Carlos, al menos, no es olvidadizo y volvió a pisar en terreno enfangado.

–¿Qué pasa? ¿no se te ha ocurrido nada todavía? Bah, no te preocupes… lo que ocurre es que el trabajo de traducción absorbe todo tu tiempo y buena parte de tu abundante masa gris. Pero estoy seguro de que, ahí dentro –añadió besándole la frente como despedida–, guardas un tesoro que no quieres compartir con nadie. En fin, me tengo que ir al despacho.

En silencio, contemplé cómo unas migajas flotaban en el mar de café con leche que tenía entre las manos. Parecían tan perdidas como yo, intentando inútilmente alcanzar a nado la orilla salvadora del tazón. Las migas buscaban el asidero salvador de la cerámica apta para microondas; yo pretendía encontrar una idea a la que agarrarme, una idea a partir de la que poder vivir en el papel una historia más pasional que la que me había tocado en el sorteo navideño de mi quinta –debo aclarar que mi llegada al mundo se había producido el veintidós de diciembre de cuarenta años atrás–. Con un gesto, que luego consideré pleno de una grosera crueldad y resentimiento, me bebí todo el contenido de la taza poniendo fin a las inocentes esperanzas de aquel inocente banco de migas.

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07/02/2006 09:05. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (25)

Hoy ha sucedido algo para lo que no encuentro explicación, aunque sin duda la tendrá ya que hay pocas cosas que pasen porque sí.
A las doce aproximadamente suelo salir al café de al lado de la tienda, un local que llevan de maravilla un par de chicas argentinas y en el que, los martes por la noche, enseñan a bailar el tango. Las chicas no, una pareja que va exclusivamente a dar las clases.
Como cada mediodía pues, he colgado el chaleco en el primer sitio que he visto (nunca voy al café con el uniforme de la tienda, con ese chaleco y la placa con mi nombre cualquiera me puede confundir con un camarero) y he salido a la calle.
Entre la tienda y el café hay una parada de autobús. Nunca me fijo en si llega o no alguno, pero hoy lo he hecho. Y en la puerta del que acababa de parar, dispuesta ya a salir, estaba Carmen Lázaro.
Ella también me ha visto a mí mientras sacaba su pie derecho del vehículo. Me ha mirado de refilón, ha hecho como que no me veía, ha bajado la cabeza y ha vuelto a meter el pie dentro del autobús, justo antes de que se cerrara la puerta. El autobús ha arrancado con la mujer dentro.
Me he quedado parado, sin saber qué pensar. He dado media vuelta y he regresado a la tienda: ya no me apetecía tomar un café.

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07/02/2006 09:08. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Un poco de publicidad

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Dicen que han descendido las ventas de cava catalán. Hay quien piensa que se debe al boicot al que se ha sometido a producos catalanes con motivo del proyecto de Estatut... No sé , para mí que es porque ya no se hace publicidad como la de antes.

Anuncio de cava de 1959 

07/02/2006 16:13. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: La falsa Hay 1 comentario.

Cariño al contado (4)

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Tenía todo el día a mi entera disposición. Carlos no volvería hasta la noche –quizás, con algo de suerte, recalara en puerto a la hora de la comida–, el pedido del supermercado había llegado la mañana anterior y tampoco esperaba a ninguno de mis alumnos –dos días a la semana dejaba de traducir folletos turísticos, artículos de revistas científicas y alguna que otra novela para impartir clases a muchachos que sólo demostraban sus conocimientos de inglés ante las instrucciones de los videojuegos–. Podía dedicar la mañana al folletín americano que tenía sobre la mesa de mi estudio, pero eso no me ayudaría a olvidar mis carencias imaginativas. No, en lugar de quedarme en casa, bajaría al centro, a mi librero de siempre, y buscaría un buen diccionario de sinónimos con el que mejorar la versión original del yanqui. Al momento, lo pensé mejor: ¿para qué mejorar algo que se vendería como rosquillas gracias, entre otras cosas, a un lenguaje apto para todos los públicos? Seguro que la mayoría de los lectores a los que iba destinado no tendrían un diccionario de bolsillo en casa en el que consultar las dudas que provocarían mis personales aportaciones… En cualquier caso, lo tenía decidido: necesitaba un nuevo diccionario de sinónimos y esa mañana parecía la adecuada para comprarlo.

En veinte minutos estaba en la calle, camino de la librería. Cuando llegué a mi destino, bajé al segundo sótano, donde se almacenaban los libros de historia, filosofía, derecho y los diccionarios –siempre me he preguntado por qué los libros más útiles tienden a esconderse en los rincones más inaccesibles de una librería; quizás sea porque su valor se reserve como premio gordo a los más conspicuos clientes, quedando las pedreas de los folletines para disfrute de la masa en general–. Cuando tras media hora de rastreo encontré lo que buscaba, me dirigí a la caja situada en la planta calle. Estaba tratando de localizar la tarjeta de crédito entre el maremágnum plastificado de la cartera –El Corte Inglés, Cortefiel, Hispamer, La Caixa– cuando un dedo desconocido picoteó con maleducada insistencia en mi hombro.

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08/02/2006 09:54. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

En clave de sol

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¿Cómo imaginar que un tendedero iba a ser el único remedio posible a mi aburrimiento crónico? Porque había probado a entretenerme con algún libro y no surtió efecto. La tele me aburre y también las tertulias con los amigos, pues siempre terminamos hablando de algún programa que yo no he visto. El cine no me gusta, y el teatro me parece un engaño que no engaña ni a un niño. Así que siempre termino apoyado en el alféizar de la ventana, mirando a la calle y a la gente que pasa por ella. Eso, cuando no llueve.

Un día soleado me fijé en la vecina de enfrente. Estaba con medio cuerpo fuera de la casa, recogiendo la ropa que había puesto a secar al sol en un tendedero extensible de cinco barras. En cuanto cerró la ventana, varios gorriones se posaron donde antes había prendas de vestir. Indecisos, saltaban sin cesar de una a otra barra. Fue entonces cuando encontré la solución a mi problema.

Rescaté del trastero un órgano electrónico que compré hace años en otro intento por combatir el tedio. Lo monté sobre sus patas metálicas frente a la ventana y comencé a volcar en el teclado los caprichosos saltos que aquellos gorriones daban entre las cinco líneas de aquel pentagrama de aluminio. Desde ese día, las horas muertas se me pasan volando.

De esto hace ya tres semanas y a punto estoy de completar mi Concierto Nº 1 en clave de Sol. Siempre que el tiempo no cambie y vuelva la temporada de lluvias, claro.

Ricardo Bosque

08/02/2006 11:16. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra Hay 1 comentario.

Trilingüe

Si hay quien defiende que uno de los hechos diferenciales de un territorio, nación, nacionalidad, región o como coño queramos llamarle es la existencia de una lengua propia, por estos lares podemos autodenominarnos, sin temor a equivocarnos, tridimensionales (perdón, quise decir tridiferenciales). En cualquier caso, es una gozada ver cómo en un mismo blog como Una mica de tot conviven tres lenguas distintas (y ninguna el inglés). Y el que no lo quiera entender así, no será por falta de palabras... Encontrado gracias a otro magnífico blog, O Chemeco d'as parolas.

 

08/02/2006 17:26. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Charrando No hay comentarios. Comentar.

The Raveonettes

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En tiempos, mi animal de compañía fue, indiscutiblemente, el cerdo, del que, como decía aquel "... hasta los andares".

La edad no perdona, el paladar se refina y comienzas a descubrir nuevos animo-sabores. Y el pato se hace el rey (con el maigret y el confit como supremas manifestaciones).

Y, desde hace un tiempo y al margen del ámbito culinario, la mula se ha hecho un inmenso hueco en mi corazón. De acuerdo, no haré proselitismo del pirateo, pero para aquellos que aborrecemos de la manta, para aquellos que padecemos transtornos compulsivos de consumismo musical, para aquellos que necesitamos una dosis mensual de no menos de 15 o 20 discos nuevos, para quienes hacemos del eclecticismo bandera y no hacemos ascos al trance, jazz, étnicas, clásica (incluso la Terremoto de Alcorcón puede llegar a tener su puntito, lo sé, soy un enfermo), para quienes sorbemos decibelios como si fueran sopa, la mula se ha convertido en un aliado insustituible. Porque no hay bolsillo que resista el desembolso que este vicio exige. Vicio para el que no hay metadona ni Nicotinin que valga.

Una de las últimas joyas de la corona viene de Dinamarca (donde las caricaturas mahometanas por si alguien no localiza el país en cuestión). Son The Raveonettes . Su último trabajo, Pretty in black , sencillamente no tiene desperdicio (como el cerdo, volvemos al principio). Lo escucho una y otra vez y a mis oídos llegan Shangrila’s, Ronettes, Supremes... e imágenes dispersas de Twin Picks también, porqué no decirlo.

Una delicia de principio a fin.

08/02/2006 18:41. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: La falsa No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (5)

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–¿Sole? ¿Sole Lambán, de las Ursulinas Descalzas? –inquirió la propietaria del dedo.

Giré la cabeza. Comencé por mirar al responsable de la llamada de atención, un dedo tintado de rojo fuego en su extremo queratinoso. Puse después los ojos a patinar sobre unas falanges perfectas, el dorso de una mano primorosamente cuidada, una muñeca firme, un antebrazo cubierto de azul marino del que asomaba un reloj de medio kilo… Sobre unos hombros anchos, la cabeza de una mujer de mi misma edad, vestida como para una recepción oficial –traje de chaqueta del mismo color que la manga que ya había visto un segundo antes, echarpe gris perla, maquillaje de a veinte mil la sesión– que me miraba con ojos sorprendidos. Le resté veinticinco o treinta años, le sumé unas coletas apelmazadas a ambos lados de la cara y le puse nombre.

–¿Noelia? ¿Noelia Beltrán? –pregunté sin demasiada confianza en la posibilidad de acertar.

Mientras realizaba aquel ejercicio de adivinación, comprobé disgustada que la posible Noelia tenía en la mano izquierda, la que no había utilizado para reclamar la atención de su antigua compañera de pupitre, un ejemplar de la primera novela del mismo autor que me encontraba traduciendo en esos momentos –Thomas Chandler, afortunadamente nada que ver con el ilustre Raymond; Thomas tan sólo utilizaba el apellido de soltera de su madre.

–Premio –exclamó con la misma alocada alegría con que lo habría hecho en sus tiempos de colegiala–. Pero chica, ¿qué es de tu vida? ¿dónde has estado todos estos años que no nos hemos visto?

Dónde has estado tú –pensé–, yo no me he movido de aquí en ningún momento. Desgraciadamente, eché unas raíces demasiado profundas en esta ciudad que me ha negado las oportunidades que habría tenido en cualquier otro lugar.

Pero consideré que era un modo demasiado brusco y lastimero de reiniciar la relación que habíamos suspendido tantos años atrás, por lo que me decanté por una fórmula mucho más convencional.

–Hija, no has cambiado nada en estos… ¿veinticinco años? Te veo hecha una cría.

–Venga, venga, tampoco te pases. He aprendido a convivir con mis arrugas y demás consecuencias de la edad. Pero sí, la verdad es que la vida no me ha tratado mal… no, no puedo quejarme. ¿Y tú? Cuéntame, ¿a qué te dedicas? ¿te casaste? ¿tienes críos?

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09/02/2006 09:39. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (26)

Cerramos a las diez de la noche, que no son horas, pero es que además, entre unas cosas y otras, no salgo antes de y cuarto o y media. Suelo ir paseando a casa aunque estemos en pleno invierno: me encantan las sucias callejuelas estrechas que tengo que atravesar y que tanto contrastan con el luminoso y bullicioso ambiente que caracteriza la céntrica plaza en la que se encuentra la tienda.

Nunca he sentido miedo, ni siquiera una ligera inquietud, al desplazarme por esas calles, sorteando a algún borracho, evitando a los pocos yonkis supervivientes del SIDA y las sobredosis, muchos de ellos enganchados desde los ochenta y todavía aguantando. Bastante tienen con lo que tienen, los pobres desgraciaos.

Pero hoy he sentido algo detrás de mí: una presencia y en absoluto espiritual sino plenamente carnal. He seguido caminando al mismo ritmo, internándome por calles que habitualmente suelo evitar (soy despreocupado pero no irresponsable ni temerario) hasta encontrar, a la vuelta de una esquina, un portal abierto. Me he refugiado en él hasta que he visto pasar de largo a mi perseguidora.

Reconozco que Laura F le ha echado cojones para seguirme hasta aquí, y que ha reaccionado con bastante entereza cuando le he tocado el hombro y le he preguntado si también ella vivía por esa zona: un leve respingo pero ni infarto ni nada.

Lo que no ha tenido es respuesta preparada para la ocasión. Simplemente ha sonreído y ha salido con rapidez por el mismo camino que el empleado para ir tras mis pasos.

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09/02/2006 11:17. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (6)

No sé. Sí. No. Esas eran las tres respuestas telegráficas con las que podía cumplimentarse el cuestionario de Noelia. Sentí una punzada depresiva en el corazón, una congoja opresiva alrededor del cuello, cuando tomé consciencia de la vacuidad que suponía poder resumir media vida con cuatro palabras, una de ellas, repetida. Si esas cuatro palabras se podían pensar en un instante, ¿qué había hecho yo con los otros trillones de instantes transcurridos desde que dejé de ver a Noelia?

–¿Te sucede algo? Te noto rara, como si no me estuvieras escuchando… yo pensé que te alegrarías de verme, pero ya veo que estás en otro sitio. ¿Quieres que nos tomemos un café por aquí cerca?

Cuando logré escapar de las garras de mi letargo mental, acepté la invitación de Noelia. Al menos, un rato de charla insustancial con mi antigua amiga me serviría para romper la rutina y olvidar, momentáneamente, al americano al que tenía que enseñar a hablar en español.

El bar que elegimos como confesionario estaba abarrotado. Salvo un rincón en el que un grupo de hombres y mujeres discutían sobre la represiva política de personal de la empresa en la que parecían trabajar, el resto de la barra y la totalidad de las mesas aparecían ocupadas por un ejército de mujeres emperifolladas que, una vez cargados los niños en el autobús del colegio, hablaban animadamente del programa estrella de la televisión, de las últimas revelaciones que el padre Losantos había desvelado en la Cope y de la cena que, una semana tras otra, posponían para otra fecha en la que todas pudieran estar presentes.

Conseguimos una mesa en un rincón poco iluminado de la cafetería junto al que se apilaban varias cajas de refrescos y cervezas. Las dos pedimos café y el bote de la sacarina. Saqué del bolso el paquete de cigarrillos. Le tendí uno a Noelia, me puse otro en la boca y comenzamos a fumar mientras esperábamos el regreso del camarero con su cargamento de líquido negro bajo en calorías. Noelia fue la primera en hablar.

–Antes te he hecho tres preguntas y no me has respondido a ninguna de ellas…

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10/02/2006 09:35. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Mar y Sol

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Cinco años después, todavía no me he podido deshacer de su último recuerdo, de su imborrable sombra. Durante todo ese tiempo he ido desprendiéndome de su memoria: arrojé en un contenedor todos los discos que habíamos comprado en común y que representaban algo especial para mí, rompí todas las cartas que me escribió cuando éramos novios, recorté su figura en cada una de las fotos en las que aparecíamos juntos. También fue hace cinco años cuando cancelamos conjuntamente las cuentas corrientes que conjuntamente habíamos abierto al casarnos.

Pero todo eso no era suficiente para olvidarla.

Desde el día en que nos separamos –realmente, desde una semana después–, su nombre no figuraba en la plaquita del buzón. Había roto las antiguas tarjetas de visita y había mandado hacer unas nuevas en las que sólo aparecían mis datos, y ella había tenido el detalle de cambiar la domiciliación bancaria de sus tarjetas de compra.

En cuanto a sus libros, los empaqueté cuidadosamente y los remití a la dirección que ella me facilitó. Otro tipo de enseres domésticos, como el video, el televisor, el equipo de música, los habíamos repartido antes de que ella se fuera definitivamente de casa. Sólo dejó algunas ropas que, al cabo de los meses, llevé a una asociación benéfica y ahora cubrirán otros cuerpos más necesitados.

Pero Silvia seguía presente en mi vida.

Decidí cambiar de agenda de teléfonos pues a veces, buscando el de alguno de mis amigos, tropezaba con el de mis suegros, con el de alguna de las compañeras de estudios de Silvia, con el de la peluquería a la que iba cada quince días... y eso me traía de nuevo a la mente su imagen nítida.

Seguí buscando recuerdos suyos por toda la casa. En una caja que encontré en el baño y que nunca abrí desde que ella se fue todavía había unas cuantas cremas de día, de noche, mascarillas para el pelo, maquillajes, una antiarrugas casi agotada, varias horquillas y un paquete de algodones desmaquillantes. Todo aquello, incluida la caja, acabó en la basura.

Continué el rastreo en el salón. El mueble bar contenía algunos licores que sólo Silvia solía beber: una botella de Cointreau, una de licor de manzana verde y otra de licor de melocotón. Cuando conseguí romper el precinto de azúcar en que se había convertido el tapón, vertí todo su contenido por la fregadera. Veía desaparecer el líquido por el desagüe y con él se iba Silvia un poco más.

Y todavía percibía su presencia a mi alrededor.

El último paso lo di al deshacerme de las corbatas que, a lo largo de los años, me había ido regalando. A razón de una por cada san Valentín y otra por Reyes o por mi cumpleaños, salía una cifra de dos corbatas al año. En total, catorce corbatas alimentaron la pira funeraria que preparé en la terraza.

Eso fue el pasado mes de diciembre, coincidiendo con una de mis clásicas depresiones navideñas. Durante los cuatro meses siguientes no logré encontrar nada que llevara estampado el nombre de Silvia, nada que me hiciera oler su perfume, nada que me trajera su voz canturreando al lado de la mía, nada que grabase su imagen en mi retina. Pero al llegar mayo...

Al llegar mayo, la agencia de viajes Mar y Sol Travels, con la que Silvia y yo habíamos contratado nuestras vacaciones en un par de ocasiones, se encargó de hacerme llegar –como ocurría cada mes de mayo desde hacía diez años– su catálogo veraniego de las costas e islas de España, igual que si se tratase del recordatorio anual de nuestro aniversario de boda. Sin abrir el sobre, lo rasgué y lo arrojé a la basura. Lloré unas lágrimas de rabia, luego sonreí y pensé que, al menos, ahora disponía de todo un año por delante sin toparme con la cara de Silvia. O de toda una vida si me cambiaba de domicilio y me hacía invisible también para Mar y Sol Travels.

Ricardo Bosque

10/02/2006 11:22. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (7)

Noelia sabía de matemáticas y, además, poseía el don de la tenacidad. A punto estuve de contestarle con las cuatro palabras que tenía preparadas, pero mi amiga no tenía ninguna responsabilidad en lo que podía considerarse mi fracaso personal. No, debía ser más diplomática y adornar aquellos veinticinco años con las guirnaldas del éxito: a nadie le importaba lo que yo pensara de mí misma.
–Perdona, pero es que no esperaba encontrarme contigo después de tanto tiempo… la verdad es que ha sido toda una sorpresa.
Durante media hora, y con esporádicas interrupciones por parte de Noelia que buscaban profundizar más en algún detalle que, voluntariamente, había sobrevolado fugazmente, puse al corriente a mi amiga de lo que habían dado de sí todos aquellos años. Le conté cómo al terminar el colegio, momento en el que ambas nos habíamos separado –el padre de Noelia ostentaba un alto cargo en una multinacional y había sido requerido para formar parte del equipo directivo de la sede central en París–, había continuado mis estudios de bachillerato en un instituto público y, años después, tras una infructuosa estancia de dos años en la facultad de Bellas Artes, me había licenciado en filología inglesa. Le referí cómo, cuando estaba cursando el último año de carrera, había conocido a Carlos, un estudiante de primero de económicas que destacaba por su febril actividad como representante de los alumnos de su facultad. Le había conocido en el transcurso de una huelga que, durante tres meses, paralizó las clases en casi toda la universidad. Carlos era uno de los cabecillas de aquella revuelta que parecía revivir tiempos pasados y me sentí atraída de inmediato por la energía y la resolución que desprendía en cada uno de sus actos, por la elocuencia de sus soflamas, por el liderazgo que ejercía sobre cuantos le rodeaban. Tanto era así que la individualista Soledad, poco proclive a participar en actos reivindicativos de cualquier naturaleza, acabó integrándose en uno de los grupos de trabajo que tenían por misión la coordinación de los estudiantes con el único objetivo de poder conocer mejor al que, años después, se convertiría en su marido.
–Y hasta hoy –concluí mi exposición de los hechos.
–Así que tienes a un jovencito por marido… no está mal. Al menos, te evitarás las quejas por los achaques y te garantizas la fogosidad que se supone a ciertas edades; mi marido está rondando ya los cincuenta y no hay día que no descubra una dolencia nueva en su cuerpo.

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13/02/2006 10:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (27)

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Carmen Lázaro está peor de lo que yo pensaba. Llevaba días sin aparecer por la tienda (porque no se puede considerar como aparición por la tienda el amago de bajada de autobús de hace unos días) y cuando la he visto hoy he tenido que hacer un titánico esfuerzo para no abofetearla delante de todo el mundo.

Y es que si hay alguien a quien no soporto es a Meryl Streep, esa actriz con cara de estreñida que me produce ganas de llorar (de asco) sin siquiera esperar a ver el contenido de la película que pueda protagonizar en cada ocasión. Por eso, cuando he visto que Carmen Lázaro se acercaba a mí, la cara más melancólica que nunca, cargada con la banda sonora original de Los puentes de Madison y la película en DVD (edición especial para llorones, que incluye paquete de pañuelos de papel de regalo), a punto he estado de arrancarle la mercancía de las manos y tirarla a la papelera más cercana.

Pero me ha dado pena en el último momento, y he pensado que alguien debe estar pasándolo muy mal para autoflagelarse de tal modo. Sin embargo, cuando me ha preguntado si teníamos la novela en que se basaba la película le he dicho que no, que estaba agotada y no la habían reeditado.

Se ha dado la vuelta y ha comenzado a subir las escaleras al Cielo sin una palabra de protesta.

Cuando la he visto desaparecer me he acercado a la literatura anglosajona y he buscado por la W de Waller. Ahí estaba: Los puentes de Madison, de Robert James Waller. Tres ejemplares.

Los he cogido todos y me los he llevado a casa. Me ha dolido tener que pagarlos de mi bolsillo, pero no quiero que nadie más se vea afectado por semejante bazofia. Al menos no en la tienda en la que yo trabajo.

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14/02/2006 09:08. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. Hay 2 comentarios.

Cariño al contado (8)

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Pedimos otros cafés y fue entonces el turno de Noelia; la conclusión que pude extraer de su charla es que la vida le había tratado con generosidad. Curiosamente, ella también había estudiado Bellas Artes y, tras dos años de vida bohemia en una buhardilla del barrio latino de Paris y venta callejera de sus óleos en la plaza de Tertre, en pleno corazón de Montmartre –había cumplido fielmente los preceptos de todo artista que se precie–, decidió regresar al cómodo redil de la burguesía a la que pertenecía por adscripción paterna. Noelie Beltrán –afrancesamiento de su nombre con el que firmaba sus cuadros– conoció a uno de los directivos de segundo rango de la empresa para la que trabajaba papá. Su nombre, Maurice; su apellido, Subdirector General de Relaciones Internacionales, apellido de soltero que cambió al casarse con Noelia por el de Director Gerente de Pharmafrance España S.A., filial española que la compañía había abierto en Madrid hacía un año.

A mediodía ya teníamos una visión de conjunto de lo que habían sido nuestras vidas por separado. Y, de paso, habíamos quedado emplazadas para mantener encuentros frecuentes en los que revivir el pasado y aventurar el futuro; Noelia tenía previsto permanecer durante varios meses, quizás algunos años, en la ciudad y, después de una ausencia tan prolongada, se sentía como una extraña. Así que le sería de mucha ayuda contar con mi compañía para volver a ocupar un sitio en el lugar en el que había vivido sus primeros años.

Nos despedimos después de intercambiar nuestros teléfonos y besarnos profusamente las mejillas. De inmediato noté que Noelia se había mantenido fiel a lo largo de tanto tiempo a la misma fragancia que la acompañaba de niña, un sugerente preparado de esencia de rosas y claveles adornado con la nota casi imperceptible del romero, una fragancia muy alejada del artificial empalago que solían utilizar otras mujeres de su misma edad y posición. No, la piel de Noelia seguía emitiendo la misma frescura, el idéntico descaro que tanto desquiciaba a las monjas que regentaban nuestro colegio.

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14/02/2006 10:57. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

PULSACIONES

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Suena el despertador. En realidad se trata de una radio despertador, lo que me permite ponerme al corriente de la actualidad nada más abrir un ojo. Incluso sin abrirlo, si me apuran.
 
Pasan unos minutos, oigo la temperatura del día, pienso en la ropa apropiada para los tres grados que anuncian y me armo de valor: debo cometer mi primera pulsación del día.
 
Pulso el botón para desconectar la radio. Pulso el interruptor de la lámpara de la mesilla y me dirijo al baño. No pienso mear a oscuras, así que pulso el correspondiente interruptor. Tras las aguas menores, pulso el botón de la cisterna y pulso de nuevo el interruptor de la luz.
 
La ropa está en un armario de otra habitación. Enciendo la luz (pulsando, claro), elijo la camisa, pantalón y zapatos y apago (pulsando de nuevo). La habitación queda otra vez a oscuras.
 
Vuelvo al dormitorio y procedo a vestirme. Ventilo la habitación. Dejo la luz de la mesilla encendida. Atravieso el pasillo a oscuras y en la entrada doy la luz con una nueva pulsación. Entro en la cocina, pulso el interruptor de la luz y pulso también el botón de la cafetera para que se vaya calentando el agua mientras paseo al perro. Saco la correa y las bolsas de plástico para mantener limpio el parque. Salimos (el perro y yo) al rellano. Con una primorosa apertura lateral de brazos pulso, simultáneamente, el botón de la luz y el de llamada del ascensor (dos pulsaciones, entonces). Nos introducimos en la cabina y pulso el cero. Salimos a la calle, paseo breve y para casa. No he olvidado las llaves, así que no necesito pulsar el botón del portero automático.
 
El ascensor sigue en su sitio. Pulso el seis, llegamos a mi rellano, abro la puerta y a la cocina.
 
Mientras el perro desayuna en la terraza, pongo el café y caliento leche en el microondas. Pulso el botón de apertura de la puerta cuando suena la campanita. Me sirvo un tazón de café con leche, mojo un par de galletas y, tras desayunar, dejo las cosas en la fregadera.
 
Entra el perro y apago (pulsando) la luz de la cocina. Voy al dormitorio, cierro la ventana una vez ventilada la habitación, apago (pulsando) la luz de la mesilla. Apago (también pulsando) la luz de la entrada. Me despido del perro y cierro con llave. Otra vez debo pulsar simultáneamente (dos pulsaciones)el interruptor de la luz del rellano y el botón de llamada del ascensor. Pulso el cero y de nuevo a la calle.
 
Llega el autobús. Subo. Se acerca mi parada y aviso al conductor mediante el pulsador dispuesto al efecto. Me bajo.
 
Llego a la oficina, me siento ante el ordenador y repaso mentalmente las pulsaciones cometidas en menos de una hora: creo que me salen veintidós y todavía no he contado las necesarias para redactar esta tontería en el teclado que me espera, como cada mañana, tumbado panza arriba en la mesa que será mía durante siete horas.

Pienso, por pensar en algo, que no estaría mal poner en marcha un campeonato mundial de pulsaciones matinales. Aunque fuera sólo entre blogeros/as ¿Cuántas has cometido tú antes de comenzar a leer esta chorrada?


15/02/2006 09:08. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: La falsa No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (9)

Cuando llegué a casa, el piloto rojo del contestador parpadeaba sin descanso. Carlos había grabado un mensaje: las cuentas de una comunidad le habían dado más problemas de los previstos y no volvería a casa hasta la noche. Calenté un filete de pescado del día anterior, lo acompañe con unas patatas fritas de bolsa y comí en el salón mientras seguía las noticias del Telediario. Fregué los cacharros en un par de minutos, puse una lavadora de color y me tumbé en el sofá con la intención de dormir una siesta mecida por el murmullo monocorde de la voz que narraba las peripecias de la foca monje en el documental que emitía la televisión durante la sobremesa. Imposible: en la calle, una cuadrilla de obreros abría el asfalto a golpe de excavadora en busca de la tubería que debían sustituir, y el bramar de las máquinas, el temblor de los cristales de puertas y ventanas impedían mi paso a la inconsciencia del sueño.

Eran las cuatro de la tarde. Refunfuñando, regresé a mi mesa de trabajo. Encendí el ordenador, abrí el archivo donde guardaba la novela del señor Chandler y retomé la traducción en el punto en que la había dejado la víspera. Lo que me faltaba –pensé al observar que se trataba de la escena amorosa de turno–. La protagonista, Rose, una arqueóloga de treinta y cinco años, piernas interminables, piel sedosa, senos turgentes, cuello de cisne y cuya única anomalía eran las gafas bifocales que sostenía sobre la nariz protegiendo unos ojos color verde mar de mirada penetrante –la descripción es responsabilidad exclusiva de Thomas Chandler, no mía–, se resistía a los envites de un atractivo guía turístico al que había conocido dos días antes, de nombre Bruce. Tengo que aclarar que la mujer no se resistía demasiado, pues al segundo párrafo ya estaba el guía turístico saboreando sus afrutados pezones al tiempo que le arañaba la espalda con una pasión nunca antes conocida. Ella sentía un escalofrío de placer que le recorría todo el cuerpo, desde las uñas de los pies hasta el extremo de los cabellos esparcidos sobre la almohada.

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15/02/2006 11:28. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (10)

Asqueada por lo que consideraba una escena irreal, llegué a la conclusión de que el tal Chandler, del que conocía más bien poca cosa, estaba casado y volcaba en sus escritos toda su frustración sexual. O sus recuerdos de tiempos pasados. O yo era tonta, porque no recuerdo haber vivido jamás algo parecido con mi Carlos. Tal vez muchos años atrás, cuando la universidad… pero de eso hacía mucho tiempo y no me quedaba otra cosa que una imagen difusa, como dibujada al carboncillo.

Oí cómo unas llaves jugaban con la cerradura de la puerta. Al momento, la voz de Carlos anunció su llegada. Yo me sobresalté por lo inesperado de su aparición, como si me hubiera pillado en falta siéndole infiel con el vecino del tercero, cuando mi único pecado era el exceso de crueldad al pensar en nuestra escasa actividad sexual. Carlos asomó la cabeza por la puerta del estudio.

–¡Sorpresa! ¿A que no me esperabas a estas horas? –cantó todavía desde el pasillo. Aún no me había girado y ya tenía sus manos sobre mis hombros y sus labios en mi cuello en lo que fue un beso más fraternal que pasional, muy diferente de los que Bruce hacía aterrizar continuamente en la epidermis de Rose.

–Pues no, pensaba que no volverías hasta la hora de la cena; como me has dejado ese mensaje en el contestador…

–Es que no te he dicho la verdad: no se me ha resistido ninguna contabilidad. Verás, en realidad he estado comiendo con un colega con el que me encontré hace un par de semanas. Se dedica a asesorar empresas y no puede atender a todos sus clientes. Así que, después de pensarlo bien, le llamé el otro día y le propuse colaborar con él, lo que me permitiría ir dejando poco a poco el asunto de las comunidades. ¿Sabes lo que eso significaría? Que no tendría que trabajar hasta tan tarde todos los días y podríamos pasar más tiempo juntos –añadió antes de que yo pudiera aventurar alguna respuesta plausible.

–Estupendo –exclamé quizás demasiado alborozada abrazándome a su cuello–. ¿Y cuándo empiezas tu nueva faceta profesional?

–Bueno, bueno, no seas impaciente… sólo le he hecho una sugerencia. Ahora hace falta que él la acepte.

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16/02/2006 09:23. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (28)

Creo que lo de Carmen Lázaro requiere una intervención urgente por parte de alguien. Y es que tanta melancolía, tanta soledad como acumula esta mujer no puede desembocar en nada bueno. Por mucho menos se han dado casos de depresiones agudas.

Desde la primera vez que la vi aparecer por la tienda me dio la sensación de que su único motivo para venir por aquí era el deseo de vivir en el papel impreso lo que le gustaría haber vivido en su realidad cotidiana: algo de comprensión, de amor, de aventura pasional… Vivir ALGO, sin más, porque lo suyo no parece vida.

Afortunadamente, en lugar de por el papel couché se decantó por la literatura, aunque se trate de esa “literatura” que a ella parece gustarle. Peor sería sin duda que pasase las tardes a tu lado, entre tomates o en casas ajenas rodeadas de supuestos hermanos.

Algo hay que hacer al respecto, desde luego.

Me he ido al ordenador, que ya manejo con cierta soltura, y he tomado nota de lo que creo necesitar. Ahora sólo debo esperar a que un viejo amigo me visite. Que no sea rencoroso y se deje aconsejar por mí. Y que Carmen Lázaro vuelva un día de estos por la tienda.

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16/02/2006 10:47. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (11)

Una vez más, mi marido tenía razón. La precipitación siempre ha sido uno de mis puntos fuertes y, en esa ocasión, mi deseo de tener a Carlos más a menudo a mi lado vencía a la prudencia de recibir aquella posibilidad exactamente como lo que era: una mera posibilidad. Nada más que una posibilidad más entre otras muchas. Pero mejor era eso que resignarme a cenar sola todas las noches de mi vida junto a él, a acostarme sin un torso que rodear, sin unos dedos en los que entrelazar los míos, sin un cuerpo al que hacer llegar mi olor.

Seguíamos abrazados, de pie en el centro de la habitación, mis ojos buscando los suyos. Incomprensiblemente, la poco imaginativa descripción de la escena entre la antropóloga y el guía turístico había despertado mi libido e intenté insinuarle algo a Carlos. Pero él tenía que volver deprisa al despacho –todavía debía aferrarse a la realidad de sus comunidades de propietarios antes de lanzarse a la aventura de la gestión de altos vuelos– y no pudo ser. Sólo pudimos unir brevemente nuestras bocas y entablar una débil lucha entre nuestras lenguas mientras notaba cómo Carlos consultaba nervioso la hora en su reloj. Esta noche, me prometió tomándome por las muñecas.

Cuando me quedé sola, volví a mi trabajo con la seguridad de que esa noche tampoco podría ser.

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17/02/2006 10:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (12)

Tres días después de nuestro tropiezo en la librería, recibí la llamada de Noelia. Esa tarde tenía previsto salir de compras al centro y me propuso quedar con ella para tomar café en alguna terraza.
 
Aquel fue el primero de los muchos cafés que Noelia y yo compartimos durante las siguientes semanas. Solíamos quedar citadas en bares tranquilos en los que poder charlar de nuestras cosas, de qué habíamos hecho los años en los que vivimos separadas y lo que podríamos hacer juntas en el futuro. Fueron semanas de confesiones mutuas, de sinceras conversaciones en las que se podía apreciar lo unidas que habíamos estado en el pasado. Sin embargo, había en nuestras palabras menos espontaneidad, menos candidez –ese sería el término más adecuado– que cuando nos contábamos nuestros secretos infantiles: lo mucho que odiábamos a nuestros padres por obligarnos a recoger nuestra habitación bajo amenaza de castigo, las averiguaciones que hacíamos sobre el último chico en el que nos habíamos fijado… Se diría que, con los años, habíamos aprendido a no poner todo en el escaparate, a guardar algo en la trastienda hasta saber si podíamos confiar plenamente en la otra. Aprendizaje propio de la madurez, supongo.
 
Mis particulares veintisiete años los pude resumir –al menos en lo que accedí a contarle– en dos tardes. Le conté cómo, al acabar la carrera, me lancé a la vorágine de las oposiciones, escoltada por decenas de compañeros de estudios que pretendían una de las pocas salidas posibles a nuestros estudios. Pero mi precipitación –otra vez la precipitación– me hacía ir picoteando temarios de todas las administraciones posibles, sin ser capaz de centrar mis esfuerzos en una concreta. Así me encontré con treinta años en mi carné de identidad y sin una nómina fija que llevarme a la boca. Eso sí, las múltiples clases particulares de inglés que impartía a todas horas –en lugar de volcarme en lo que debía ser mi objetivo fundamental: conseguir un trabajo digno con seguridad social incluida– me procuraban los ingresos suficientes para no tener que depender de mis padres, con la salvedad del alojamiento, que corría de su cuenta. Mientras, lo que había comenzado como unas salidas esporádicas con Carlos, se convirtió, con el paso de los años, en un noviazgo en toda regla. Y finalmente nos casamos, eso sí, cuando él consiguió su primer empleo en una gestoría y la sinergia de nuestros sueldos nos permitió hacer frente a un piso de alquiler y todas sus consecuencias.

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20/02/2006 08:52. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (29)

Ayer, al llegar a casa por la noche, Carlos me dio una noticia absolutamente inesperada: mi madre había llamado por teléfono y me esperaba hoy en el domicilio paterno para comer. Invitado, claro.

Al principio me negué a considerar la invitación como algo aceptable. Poco a poco fui cambiando de opinión: tal vez fuera el momento adecuado para arreglar cuentas con el pasado. Además la fecha en que iba a tener lugar la comida me parecía un presagio de lo que podía suceder. Así que hoy, antes de ir al trabajo, he cogido la fotografía que un día apareció entre las hojas de un libro cualquiera (sí, aquella en la que parezco un niño abandonado a su destino) y la he guardado en la cartera. También he visitado el bien abastecido botiquín que Carlos guarda en el cuarto de baño (nunca lo he contado, pero el chaval es un hipocondríaco de mucho cuidado).

La mañana ha pasado sin pena ni gloria, aunque debo reconocer que he estado impaciente porque llegara el momento del reencuentro. A la hora de la verdad, no ha sido para tanto: esperaba que me abriera la puerta una madre de ojos llorosos y no ha sido así; y esperaba que mi padre me diera un abrazo fraterno y sin embargo le ha salido algo parecido a un saludo militar. Y es que, aunque en la reserva, el hombre no ha perdido sus hábitos de siempre. Como el de mantener en perfecto estado de revista su querido acuario, su entretenimiento de toda la vida y al que yo siempre llamaba pecera en la intimidad.

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21/02/2006 09:02. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (13)

Yo pasaba muchas horas en casa y, entre clase y clase, comenzaba a dar forma al sueño de todo filólogo en paro: la creación de su propia novela. Al cabo de un año y medio había llenado casi doscientos folios con cerca de setenta mil palabras, las palabras que constituían mi primer y único intento hasta la fecha de alcanzar la fama y salir en los papeles.
Carlos fue el único que leyó aquella historia y, sin dudarlo un instante, me animó a presentar el original en cuantas editoriales fuera necesario. Según él poseía originalidad, interés y un estilo propio, factores fundamentales para alcanzar el éxito. Pero todo fueron negativas o palabras esperanzadoras: quizás en otro momento, su obra está bien pero es poco comercial… de todo, menos editarla. Pero, al menos, uno de los editores, enterado de mis conocimientos de inglés, me propuso realizar colaboraciones a través de las traducciones de textos ingleses. Y así comencé con lo que hoy constituye el grueso de mi sustento, lo que me ha permitido reducir el número de horas que dedico a las clases particulares.
Por su parte, y como ya he comentado antes, Noelia terminó la carrera de Bellas Artes y, durante dos años, se permitió el lujo de llevar una vida bohemia. Sí, digo lujo bohemio aunque parezca un contrasentido porque, en su caso, aquella vida precaria no era ninguna necesidad, amparada como estaba por unos progenitores que se podían permitir el capricho de abrir una galería en la que exponer los mamarrachos que pudiera trazar su hija.
El caso es que, tras dos años en los que logró vender dos o tres cuadros, llegó a la conclusión de que no merecía la pena compartir sus años de juventud con tres tipos que no apreciaban el placer de la ducha diaria, que no parecía sensato limitarse a cincuenta metros cuadrados para cuatro personas cuando, en su propia casa, podía disponer de varias habitaciones para ella sola.

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21/02/2006 11:40. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (14)

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Lo suyo fue como una revelación, como ver la luz de la que habla la Biblia. De la noche a la mañana, pasó de vestirse con amplias túnicas descoloridas y atar sus cabellos en una simple coleta a enfundarse en lujosos vestidos, en informales atuendos de diseño y lucir los peinados de las peluquerías más afamadas de París.
 
Era inevitable que, tras el radical cambio de imagen, su padre considerase que Noelia ya estaba preparada para ser presentada en sociedad y sentar cabeza. Estaba bien tener una hija intelectual, pero no era eso por lo que él había pisado tantos cuellos para llegar al lugar que había logrado ocupar.
 
Y en una de las aburridas reuniones de fin de semana que solía preparar la familia, conoció a Maurice. Al principio lo miró con el único interés que despierta un individuo desparejado en un salón lleno de dualidades. Se acercó a él, solo frente a la gran chimenea familiar, la mirada concentrada en los fluidos y coloristas trazos del Rubens que constituía el máximo alarde de la solvente posición económica de la familia Beltrán. Le ofreció la copa de champán que portaba en la mano derecha.
 
–¿Te interesa Rubens? –le preguntó por iniciar una conversación que presagiaba corta.
 
–¿Cómo? Sí, sí –respondió azorado. Noelia seguía como una dama oferente, el cabello recogido sobre la nuca, el cuerpo cubierto por un vestido largo de finos tirantes, los brazos desnudos, la mano y su cristalina prolongación extendida hacia un dios indeciso y deliciosamente torpe–. Oh, pardon –se excusó Maurice tomando la copa de manos de Noelia–. Es usted mademoiselle Beltrán, ¿n’est pas? –añadió en una curiosa y cortés mezcla de español y francés con la que pretendía agradar a su anfitriona.
 
–Noelia; puedes llamarme Noelia. O Noelie, si te resulta más fácil. Te preguntaba si te gusta la pintura de Rubens…

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22/02/2006 11:12. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Bar de anarquistas

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Autor: José María Conget
Editorial: Pre-Textos

Año de publicación: 2005
Número de páginas: 156
Precio Aproximado: 12€
Genero: Novela
Valoración media usuarios: Sin valorar

La mayoría de los ocho relatos que componen Bar de anarquistas se desarrolla en una capital de provincias española, innominada y gris, donde unos niños exploran los rincones misteriosos de su colegio, un individuo feliz es devastado por el invencible aburrimiento, un profesor universitario hipoteca su vida por una mujer a la que apenas conoce, un funcionario municipal escribe obras maestras ignoradas, una pareja de amantes descubre que necesita el secreto para sobrevivir y un grupo de empleados intenta desesperadamente deshacerse de un jefe gandul e hipócrita. El recuerdo conmovido de algunas tardes de verano y la recuperación de un año ingenuo y lluvioso en la ciudad de Glasgow completan un volumen que no es ajeno al humor, a la imperceptible hostilidad del tiempo, a ciertas perplejidades del erotismo.

Bar de anarquistas ha sido premiado como "Libro del año 2005" por la Librería Cálamo.

22/02/2006 12:00. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Culturetas No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (30)

Hoy es 23 de febrero de 2006, 25 años después de lo que afortunadamente no triunfó para tristeza del general de brigada o de división o qué sé yo que dice ser mi padre. Buen día para una venganza familiar demasiado tiempo pospuesta.

Comida en silencio, más propia de monasterio que de cuartel. Nadie ha abierto la boca salvo para comer, lo que me ha hecho pensar de nuevo por los motivos de la invitación. En cualquier caso, el convite resultó providencial.

Después de comer mi madre se ha ido a fregar los cacharros y mi padre se ha encerrado en el dormitorio a echar una cabezadita. En realidad, sus cabezaditas nunca duran menos de hora y media, tiempo suficiente para llevar a cabo mi venganza.

Tras vaciar en el acuario el contenido de un par de botes de pastillas efervescentes que cogí del botiquín de Carlos, unos pildorones que supongo acabarán con toda la población acuática en cuestión de poco tiempo, he dejado una nota de suicidio colectivo firmada por aquel pez que mi padre llamaba “guerrero de Siam”. La nota estaba escrita al dorso de la fotografía en la que siempre he parecido un niño abandonado por sus padres ante la puerta de un taller.

Creo que mis supuestos padres no volverán a invitarme a comer hasta dentro de bastantes años.

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23/02/2006 08:36. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (15)

Desde el primer momento, Maurice, casi diez años mayor que ella, ofreció a Noelia la estampa de un hermano mayor deliberadamente atento y protector. Era la figura que tanto había echado de menos siempre, la persona que podía intercalarse entre su padre y ella, cronológica y afectivamente. Y poco a poco se fue encariñando de él –creo, por lo que pude deducir de las palabras de Noelia, que en ningún caso se podría hablar de amor hacia él, ya fuera amor con sexo o platónico–. Le atraían sus maneras levemente arcaicas, las atenciones continuas que la hacían sentirse el astro alrededor del cual debían girar naturalmente el resto de los cuerpos celestes, el modo en que parecía venerarla… Y, tras la boda plena de pompa y boato que celebraron en el caleidoscopio multicolor de la Sainte-Chapelle, comenzó a apreciar también la libertad que le otorgaban los múltiples viajes de Maurice; Noelia solía acompañarle en todos los desplazamientos y, mientras él cumplía con sus obligaciones empresariales, ella se deleitaba visitando los mejores museos del mundo.
 
Debo reconocer que la comezón de la envidia empezaba a apoderarse de mí. Y comencé a ver a Noelia como una insufrible señorona a la que todo le salía bien sin haber hecho mérito alguno para ello, aunque quizás se tratase de una nueva manifestación de mis habituales paranoias. Pero me daba cien patadas verla tan feliz, tan despreocupada, frente a la insatisfacción continua en que se había convertido mi existencia…

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23/02/2006 10:53. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (16)

Creo que fue a mediados de junio cuando reventé y Noelia puso de manifiesto sus insospechadas carencias y su inusual manera de subsanarlas. Sí, ahora lo recuerdo: era precisamente en junio, cuando Carlos estaba más ausente que nunca, dedicado de lleno a sus declaraciones de renta.
 
Mi marido, como era de esperar, no había logrado dar cuerpo a sus ilusorios proyectos empresariales. Tan sólo había logrado ser la válvula de escape del exceso de clientela de que gozaba su colega, quien no había dudado en traspasarle temporalmente a sus clientes menores a los efectos de cumplir con el fisco. Por mi parte, yo me empleaba a fondo en la preparación de ejercicios de repaso de cara a los exámenes finales de mis alumnos más lerdos. Y aprovechaba el silencio y la soledad nocturna –Carlos llegaba a casa cada día más tarde– para seguir con la traducción de la novela de Chandler.
 
Una mañana, Noelia me llamó después de un par de semanas sin saber de ella. Según me dijo, había estado muy ocupada con su último capricho: la apertura de una sala de exposiciones financiada por su padre y su viajero esposo. Quedamos para tomar café en el mismo lugar en el que nos habíamos reencontrado con nuestros recuerdos cuatro meses atrás.
 
Lo reconozco: acudí a aquella cita dispuesta a amargar en lo posible su insultante dicha trasladándole alguna de mis frustraciones. Pero nunca sospeché las consecuencias que mi perversa conducta iba a provocar.
 
Noelia apareció como acostumbraba: simplemente radiante, vestida con unos vaqueros italianos, una sencilla blusa blanca y unos botines de cuero que sólo recuerdo haberlos visto en alguna revista de moda internacional. Y el mismo perfume de siempre. Y exhalando la misma seguridad que la acompañaba a todas partes…
 
Sin que viniera a cuento, y antes de que me bombardease con sus estúpidos logros de niña consentida, descargué sobre ella mi artillería.

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24/02/2006 08:37. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.

El cierre de Casa Amadeo

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Que, a pesar de lo que pueda sugerir el nombre, no es una taberna; se trata de una de las últimas (tal vez la última) librerías de lance zaragozanas, donde todavía es posible cambiar una novela de Marcial Lafuente Estefanía o Corín Tellado por sólo veinte céntimos.

Tras ochenta años atendiendo a sus clientes en el Coso Bajo, junto a la iglesia mudéjar de la Magdalena, entre payos y gitanos, ahora vende sus fondos no por cansancio sino porque, simplemente, se jubila. Y deja otro vacío más, que pronto llenará una tienda de ropa.

Leo la noticia en el Heraldo y me viene a la mente la librería del Tubo a la que me llevaba mi tía cada sábado cuando yo tenía diez o doce años. Allí conocí a Spiderman y Batman, a Nemo, a Yáñez y Sandokan… Y de allí son esas “Narraciones extraordinarias” de Poe o los “15 casos policiacos” (Editorial Fher) que ahora mismo tengo sobre la mesa de estudio.

Tal vez en una última visita (supongo que el cierre se producirá en cuanto agote las existencias) nos llevamos “Falso perfume” de Ngaio Marsh, “Sangre en la Luna” de Leslie Ford y “No estaba bastante muerta” de Rex Scout.

Cruzamos el Coso y nos dirigimos al Millán, una de las últimas (seguro que no es la última) bodega de Zaragoza, en la que puedes cambiar un sifón vacío por otro lleno o llevarte a casa tu vermú favorito. Entre payos y gitanos nos tomamos unos quintos de cerveza Ámbar de La Zaragozana, unos huevos como sólo allí los saben preparar y una de berberechos. El sábado próximo quizás volvamos. Quizás no podamos ya comprar libros pero, eso sí, el vermú no lo perdonaremos.
25/02/2006 18:31. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Culturetas No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (17)

–¿Dónde crees que reside la felicidad de una persona? –solté a bocajarro.
 
Noelia me miró fijamente a los ojos. Los suyos adoptaron un brillo característico con el que demostraba su disposición a aceptar el desafío, como si llevara tiempo esperando la pregunta y, por tanto, era una mirada que hacía presagiar que tenía una respuesta preparada.
 
–Supongo que en tener cubiertas las necesidades básicas –que serán diferentes para cada persona, aclaró–, dar a cada cosa la importancia justa y no preocuparse nunca por lo que pueda ocurrir en el futuro. ¿Sabes? No sé quién dijo que sólo existía el presente: el pasado ya no está y el futuro está por ver si llega algún día y, cuando llegue, ya se habrá convertido en un nuevo presente.
 
Comprendí que aquella no era una respuesta comprometida y decidí personalizar la cuestión.
 
–Pero, tú ¿eres feliz? –insistí con el mismo tema. Esta vez pareció meditar un poco más su contestación.
 
–Mujer, una filóloga como tú deberías saber que el castellano es uno de los pocos idiomas, quizás el único, que dispone de dos verbos, ser y estar, para designar lo que en otros países se resuelve con una sola palabra. Cuando dices si soy feliz, lo tengo que interpretar con la carga de permanencia que supone esa palabra, como si fuera una situación irreversible; sin embargo, la felicidad, como cualquier sentimiento, sólo puede ser circunstancial. Vamos, que únicamente pueden ser felices aquellos que son incapaces de experimentar sentimiento alguno; los "normales" sólo podemos estar felices. Y sí, en este momento, yo estoy feliz.

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27/02/2006 12:55. Autor: elsomardon. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (31)

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Hoy se ha puesto en marcha la primera parte del plan Carmen Lázaro. Bueno, decir “se ha puesto en marcha” sería eludir mi responsabilidad, supondría insinuar que las cosas toman un rumbo determinado porque sí, sin que nadie les pegue un buen empujón. Y en este caso, el empujón se lo tenía que dar yo, claro.
Me ha llevado un buen rato encontrar las palabras adecuadas que Carmen Lázaro habría utilizado en una situación como la que quiero que protagonice: no podía quedarme corto pero, por supuesto, tampoco excederme en las insinuaciones. En cualquier caso, he terminado la carta momentos antes de que Fabra hiciera su habitual entrada insegura en mi planta.
Tal vez haya sospechado algo por mi repentino cambio de actitud hacia él. Desde luego, no ha podido recibir mayor sorpresa que la de mi mano tendida hacia la suya en un intento por mi parte de limar asperezas, de superar problemas pasados y encauzar nuestra relación cliente-dependiente hacia una cordialidad al menos aséptica.
Me ha mirado con una cierta y justificada desconfianza, como esperando recibir un desaire en cualquier momento. Poco a poco, mi charla envolvente, la que puedo desarrollar cuando me apetece, le han convencido de mis buenas intenciones, de que yo sólo quiero lo mejor para él. Se ha dejado aconsejar como yo pretendía y se ha llevado un ejemplar de La senda del bienestar. No es que considere que esta mierda sea mejor que otras, es que simplemente me ha hecho gracia el texto de reclamo publicado por el editor:

“Para sustraer la espina, primero hay que localizarla”. En esta obra hemos ido examinando y explorando las espinas o estados mentales aflictivos para indagar después, eficientemente, sobre esos antídotos maravillosos y eficaces que son sus opuestos: los estados mentales positivos, los verdaderamente saludables y constructivos, aquellos que nos aportan todos los recursos necesarios para poder sanar y culminar la senda del bienestar total."

La nota suelta que lleva entre sus páginas no la incluyó la editorial: es una de las dos claves del plan Carmen Lázaro.
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28/02/2006 08:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Cariño al contado (18)

Touché. La afrancesada me acababa de impartir una lección básica sobre semántica aplicada y la verdad es que me estaba bien empleado por mi puñetera costumbre de sacar consecuencias cuando todavía no dispongo de todos los datos: había catalogado a Noelia como una estúpida que sólo se preocupaba por el modelito que debía lucir para el aperitivo, por la sonrisa que debía mostrar en cada ocasión y ella me había asestado un golpe mortal con lo que, en teoría, era mi especialidad. Pero no quise dar marcha atrás.
 
–Claro, para ti es muy fácil no preocuparse por el futuro y considerar que tienes tus necesidades cubiertas. Es curioso que todos los que no le dan importancia al dinero, y sólo ellos, tienen pasta hasta por castigo…
 
–Venga, venga, no vayas de víctima por la vida… reconozco que a mí nunca me ha faltado de nada, pero tú tampoco te puedes quejar: por lo que dices, trabajo no te falta, tienes un marido que te quiere –aunque todavía no me lo hayas querido presentar, le supongo una buena persona– y dispones de la libertad de acción necesaria para hacer lo que se te antoje. ¿Qué más quieres?
 
Noelia tenía razón en, al menos, un noventa por ciento de lo que decía. Pero sus palabras me hacían pensar en que quizás en parte del diez por ciento de lo que callaba se encontraba la causa de mi falta de plenitud personal. Ya sé que puede resultar prosaico, pero desde ese momento comencé a reconocer –creo que lo sabía con certeza desde tiempo atrás– que en la inapetencia sexual de Carlos residía buena parte de mi problema. Noelia, una vez más, pareció leer mis pensamientos.
 
–¿Qué sucede? ¿Hay algo que no termina de encajar en tu vida de pareja? ¿El sexo, quizás? Pues no sé de qué te preocupas: el amor no se puede comprar; el sexo lo tienes a partir de diez mil la sesión, menos todavía si no eres demasiado exigente con las condiciones higiénicas…

Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado


28/02/2006 11:05. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado No hay comentarios. Comentar.





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