Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.
Fungairiño renuncia a la fiscalía de la Audiencia

Eduardo Fungairiño renunció ayer a su cargo como fiscal jefe de la Audiencia Nacional. Tras 26 años en la Audiencia Nacional y con una gestión fuertemente polémica en algunos periodos, Fungairiño ha adoptado una decisión valiente.
"Con esto de la TDT (Televisión digital terrestre) -declaró Fungairiño-, cada vez me resultaba más complicado compatibilizar mi vida profesional y mi vida privada. Y es que no puede ser: con tanto canal temático me estaba perdiendo un huevo de documentales de bichos, con lo que a mí me gustan... Además, Conde Pumpido me ha hecho la promesa de que, si presentaba la renuncia al cargo, me instalaba un sintonizador digital de última generación en la tele del Supremo."
Le atendió Ramiro B (24)
Chisla se rebela

La oficialmente denominada Fluvi por la Expo Zaragoza 2008 se cabrea. En declaraciones a este somardón ha afirmado indignada: "¡Me llamo Chisla, me cachis lá!"
Y, ni corta ni perezosa, ha abierto su propio blog en el que poder dar su opinión al respecto.
Cariño al contado (1)
Me froté los ojos por quinta o sexta vez en la hora escasa que llevaba frente al ordenador. Apoyé la espalda en el respaldo de la silla, los pies sobre la mesa, y con el mentón perfectamente encajado en la concavidad de la mano derecha contemplé sin interés la última línea que aparecía escrita como un insulto sobre la pantalla. Mis ojos seguían el parpadeo del cursor tras la última letra que había pulsado, la opulsado. de
Mierda –pensé–, llevo semanas tratando de escribir una novela y lo único que consigo es trasladar mis propios pensamientos, mis propias acciones, al ordenador. En un gesto rabioso, escribí la palabra mierda una y otra vez, con una reiteración masoquista que creo pretendía castigar mi manifiesta ineptitud para la creación literaria. Mierda, mierda, mierda, mierda…
La constatación de mi incapacidad para redactar algo original supuso un golpe más en mi decrépito estado de ánimo, así que decidí que lo mejor, lo único que podía hacer era posponer nuevamente mis pueriles e inalcanzables propósitos y retomar lo que realmente me daba de comer: las traducciones de textos que me encargaban las mismas editoriales a las que aspiraba sorprender un día con la calidad de mis propias obras.
Sin demasiada convicción, bajé los pies de la mesa y adopté una postura más adecuada para continuar el trabajo. Encendí un cigarrillo y abrí el archivo que contenía el último encargo que me habían realizado. Se trataba de la segunda novela –como la primera, de carácter histórico– de un autor norteamericano que ya había vendido el primer millón de ejemplares en su país y cuyo editor español estaba convencido de que también aquí iba a ser un éxito de ventas. Aunque se trataba de un encargo que me podía reportar pingües beneficios –no siempre se traducen textos dirigidos a cientos de miles de lectores–, me sentía como si me estuvieran arrancando una muela sin ningún tipo de anestesia previa. No comprendía cómo un tipo podía alcanzar el reconocimiento mundial a partir de cuatro datos históricos sin contrastar, seis o siete escenas de sexo dibujadas con plantilla –todas ellas se parecían como gemelos univitelinos– y un misterio que podría desentrañar un niño de ocho años después de leer quince o veinte páginas –en mi modesta opinión, las quinientas o seiscientas siguientes sobraban–. Y sin embargo, decenas, cientos de autores imaginativos peregrinaban de una editorial a otra con su paquete de folios bajo el brazo en busca de la oportunidad que nunca llegaría. Algo de lo que puedo dar fe, pues ya en su momento traté de publicar una novela sin ningún resultado. O casi sin ningún resultado.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Cariño al contado (2)

Era un encargo fácil pero tedioso. Fácil, porque la riqueza léxica de aquel autor no era su punto fuerte, hasta el punto de que las herramientas del procesador de textos para cortar y pegar fragmentos casi idénticos me facilitaban enormemente la tarea. Tedioso, porque traducir un tocho de seiscientas cuarenta y siete páginas lleno de lugares comunes, frases hechas e incorrecciones sintácticas no era lo que podía considerarse un trabajo dotado del mínimo interés necesario para mantener los sentidos despiertos. Así que, después de traducir treinta páginas –sin tener que recurrir en una sola ocasión al diccionario–, desconecté el ordenador y salí de la habitación que utilizaba como estudio.
En el salón, me tumbé en el sofá y comencé a hojear una revista de las denominadas de interés general y cuyo interés reside en descubrir algún artículo de verdadero interés. El primero de los artículos en el que aterricé pontificaba sobre cómo convertir un trabajo monótono en un paraíso de creatividad. No me jodas, hombre –fue lo único que pude opinar sobre el tema tras exprimir al máximo mis neuronas–. Pasé varias páginas y me detuve en un amplio reportaje sobre las causas del fracaso escolar. No me interesa, no tengo hijos –y seguí pasando páginas–. Y, por fin, el inevitable informe enumerando las razones por las que las parejas se separan al cabo de varios años de convivencia y cuál es el perfil del perfecto separado. Seguro que mi caso no sale; aunque, claro, todavía no he llegado a esa situación, pero todo se andará –pensé con cínica resignación.
Eran las once de la noche y mi marido todavía no había vuelto del trabajo. Hastiada, fui a la cocina, me preparé el Biomanán nuestro de cada día, lo bebí de un solo trago y me di una ducha rápida. Las once y veinte. El marido, sin dar señales de vida. Invertí diez minutos en regar las macetas y arrancar algunas hojas mustias. Las once y media. ¿Llamar a los hospitales de la ciudad? ¿para qué? Carlos no tenía hora fija de llegada. Me acosté con la radio encendida. Atravesé la frontera entre los estados de Vigilia y Sueño a medianoche. Carlos no estaba a mi lado.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Cariño al contado (3)

–¿Me pasas la mantequilla, por favor?
–¿A qué hora llegaste anoche? –dije al tiempo que le acercaba la tarrina y el cuchillo al otro comensal.
–A eso de las doce y media… pero no quise despertarte; dormías como un cachorro.
–¿Y qué tal fue la reunión?
–Como siempre: veinte vecinos presentes de ciento diez posibles y, como no podía ser de otro modo, los asistentes eran los más pelmazos de toda la comunidad. Vamos, que a las doce no habíamos conseguido otra cosa que nombrar una comisión encargada de la contratación del mantenimiento de calderas, otra para la instalación de una antena parabólica y una tercera para supervisar el trabajo de las otras dos. ¿Y tu novela?
Fingí no haber oído la pregunta que, invariablemente, me formulaba Carlos cada mañana. Callaba con la esperanza de que mi marido no echara en falta la respuesta que le debía cuando hubiera terminado de mojar la tostada en el tazón de café. Estaba convencida de que lo único que pretendía Carlos era refrotarme el fracaso por la cara en un intento de obviar sus propias decepciones, la realidad incuestionable de que su prometedor futuro como economista en una consultoría internacional se hubiera convertido en un mediocre presente como administrador de fincas urbanas. Pero Carlos, al menos, no es olvidadizo y volvió a pisar en terreno enfangado.
–¿Qué pasa? ¿no se te ha ocurrido nada todavía? Bah, no te preocupes… lo que ocurre es que el trabajo de traducción absorbe todo tu tiempo y buena parte de tu abundante masa gris. Pero estoy seguro de que, ahí dentro –añadió besándole la frente como despedida–, guardas un tesoro que no quieres compartir con nadie. En fin, me tengo que ir al despacho.
En silencio, contemplé cómo unas migajas flotaban en el mar de café con leche que tenía entre las manos. Parecían tan perdidas como yo, intentando inútilmente alcanzar a nado la orilla salvadora del tazón. Las migas buscaban el asidero salvador de la cerámica apta para microondas; yo pretendía encontrar una idea a la que agarrarme, una idea a partir de la que poder vivir en el papel una historia más pasional que la que me había tocado en el sorteo navideño de mi quinta –debo aclarar que mi llegada al mundo se había producido el veintidós de diciembre de cuarenta años atrás–. Con un gesto, que luego consideré pleno de una grosera crueldad y resentimiento, me bebí todo el contenido de la taza poniendo fin a las inocentes esperanzas de aquel inocente banco de migas.
Le atendió Ramiro B (25)
Hoy ha sucedido algo para lo que no encuentro explicación, aunque sin duda la tendrá ya que hay pocas cosas que pasen porque sí.
A las doce aproximadamente suelo salir al café de al lado de la tienda, un local que llevan de maravilla un par de chicas argentinas y en el que, los martes por la noche, enseñan a bailar el tango. Las chicas no, una pareja que va exclusivamente a dar las clases.
Como cada mediodía pues, he colgado el chaleco en el primer sitio que he visto (nunca voy al café con el uniforme de la tienda, con ese chaleco y la placa con mi nombre cualquiera me puede confundir con un camarero) y he salido a la calle.
Entre la tienda y el café hay una parada de autobús. Nunca me fijo en si llega o no alguno, pero hoy lo he hecho. Y en la puerta del que acababa de parar, dispuesta ya a salir, estaba Carmen Lázaro.
Ella también me ha visto a mí mientras sacaba su pie derecho del vehículo. Me ha mirado de refilón, ha hecho como que no me veía, ha bajado la cabeza y ha vuelto a meter el pie dentro del autobús, justo antes de que se cerrara la puerta. El autobús ha arrancado con la mujer dentro.
Me he quedado parado, sin saber qué pensar. He dado media vuelta y he regresado a la tienda: ya no me apetecía tomar un café.
Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B
Un poco de publicidad

Dicen que han descendido las ventas de cava catalán. Hay quien piensa que se debe al boicot al que se ha sometido a producos catalanes con motivo del proyecto de Estatut... No sé , para mí que es porque ya no se hace publicidad como la de antes.
Anuncio de cava de 1959
Cariño al contado (4)

Tenía todo el día a mi entera disposición. Carlos no volvería hasta la noche –quizás, con algo de suerte, recalara en puerto a la hora de la comida–, el pedido del supermercado había llegado la mañana anterior y tampoco esperaba a ninguno de mis alumnos –dos días a la semana dejaba de traducir folletos turísticos, artículos de revistas científicas y alguna que otra novela para impartir clases a muchachos que sólo demostraban sus conocimientos de inglés ante las instrucciones de los videojuegos–. Podía dedicar la mañana al folletín americano que tenía sobre la mesa de mi estudio, pero eso no me ayudaría a olvidar mis carencias imaginativas. No, en lugar de quedarme en casa, bajaría al centro, a mi librero de siempre, y buscaría un buen diccionario de sinónimos con el que mejorar la versión original del yanqui. Al momento, lo pensé mejor: ¿para qué mejorar algo que se vendería como rosquillas gracias, entre otras cosas, a un lenguaje apto para todos los públicos? Seguro que la mayoría de los lectores a los que iba destinado no tendrían un diccionario de bolsillo en casa en el que consultar las dudas que provocarían mis personales aportaciones… En cualquier caso, lo tenía decidido: necesitaba un nuevo diccionario de sinónimos y esa mañana parecía la adecuada para comprarlo.
En veinte minutos estaba en la calle, camino de la librería. Cuando llegué a mi destino, bajé al segundo sótano, donde se almacenaban los libros de historia, filosofía, derecho y los diccionarios –siempre me he preguntado por qué los libros más útiles tienden a esconderse en los rincones más inaccesibles de una librería; quizás sea porque su valor se reserve como premio gordo a los más conspicuos clientes, quedando las pedreas de los folletines para disfrute de la masa en general–. Cuando tras media hora de rastreo encontré lo que buscaba, me dirigí a la caja situada en la planta calle. Estaba tratando de localizar la tarjeta de crédito entre el maremágnum plastificado de la cartera –El Corte Inglés, Cortefiel, Hispamer, La Caixa– cuando un dedo desconocido picoteó con maleducada insistencia en mi hombro.
En clave de sol

¿Cómo imaginar que un tendedero iba a ser el único remedio posible a mi aburrimiento crónico? Porque había probado a entretenerme con algún libro y no surtió efecto. La tele me aburre y también las tertulias con los amigos, pues siempre terminamos hablando de algún programa que yo no he visto. El cine no me gusta, y el teatro me parece un engaño que no engaña ni a un niño. Así que siempre termino apoyado en el alféizar de la ventana, mirando a la calle y a la gente que pasa por ella. Eso, cuando no llueve.
Un día soleado me fijé en la vecina de enfrente. Estaba con medio cuerpo fuera de la casa, recogiendo la ropa que había puesto a secar al sol en un tendedero extensible de cinco barras. En cuanto cerró la ventana, varios gorriones se posaron donde antes había prendas de vestir. Indecisos, saltaban sin cesar de una a otra barra. Fue entonces cuando encontré la solución a mi problema.
Rescaté del trastero un órgano electrónico que compré hace años en otro intento por combatir el tedio. Lo monté sobre sus patas metálicas frente a la ventana y comencé a volcar en el teclado los caprichosos saltos que aquellos gorriones daban entre las cinco líneas de aquel pentagrama de aluminio. Desde ese día, las horas muertas se me pasan volando.
De esto hace ya tres semanas y a punto estoy de completar mi Concierto Nº 1 en clave de Sol. Siempre que el tiempo no cambie y vuelva la temporada de lluvias, claro.
Ricardo Bosque
Trilingüe
Si hay quien defiende que uno de los hechos diferenciales de un territorio, nación, nacionalidad, región o como coño queramos llamarle es la existencia de una lengua propia, por estos lares podemos autodenominarnos, sin temor a equivocarnos, tridimensionales (perdón, quise decir tridiferenciales). En cualquier caso, es una gozada ver cómo en un mismo blog como Una mica de tot conviven tres lenguas distintas (y ninguna el inglés). Y el que no lo quiera entender así, no será por falta de palabras... Encontrado gracias a otro magnífico blog, O Chemeco d'as parolas.
The Raveonettes

En tiempos, mi animal de compañía fue, indiscutiblemente, el cerdo, del que, como decía aquel "... hasta los andares".
La edad no perdona, el paladar se refina y comienzas a descubrir nuevos animo-sabores. Y el pato se hace el rey (con el maigret y el confit como supremas manifestaciones).
Y, desde hace un tiempo y al margen del ámbito culinario, la mula se ha hecho un inmenso hueco en mi corazón. De acuerdo, no haré proselitismo del pirateo, pero para aquellos que aborrecemos de la manta, para aquellos que padecemos transtornos compulsivos de consumismo musical, para aquellos que necesitamos una dosis mensual de no menos de 15 o 20 discos nuevos, para quienes hacemos del eclecticismo bandera y no hacemos ascos al trance, jazz, étnicas, clásica (incluso la Terremoto de Alcorcón puede llegar a tener su puntito, lo sé, soy un enfermo), para quienes sorbemos decibelios como si fueran sopa, la mula se ha convertido en un aliado insustituible. Porque no hay bolsillo que resista el desembolso que este vicio exige. Vicio para el que no hay metadona ni Nicotinin que valga.
Una de las últimas joyas de la corona viene de Dinamarca (donde las caricaturas mahometanas por si alguien no localiza el país en cuestión). Son The Raveonettes . Su último trabajo, Pretty in black , sencillamente no tiene desperdicio (como el cerdo, volvemos al principio). Lo escucho una y otra vez y a mis oídos llegan Shangrila’s, Ronettes, Supremes... e imágenes dispersas de Twin Picks también, porqué no decirlo.
Una delicia de principio a fin.
Cariño al contado (5)

–¿Sole? ¿Sole Lambán, de las Ursulinas Descalzas? –inquirió la propietaria del dedo.
Giré la cabeza. Comencé por mirar al responsable de la llamada de atención, un dedo tintado de rojo fuego en su extremo queratinoso. Puse después los ojos a patinar sobre unas falanges perfectas, el dorso de una mano primorosamente cuidada, una muñeca firme, un antebrazo cubierto de azul marino del que asomaba un reloj de medio kilo… Sobre unos hombros anchos, la cabeza de una mujer de mi misma edad, vestida como para una recepción oficial –traje de chaqueta del mismo color que la manga que ya había visto un segundo antes, echarpe gris perla, maquillaje de a veinte mil la sesión– que me miraba con ojos sorprendidos. Le resté veinticinco o treinta años, le sumé unas coletas apelmazadas a ambos lados de la cara y le puse nombre.
–¿Noelia? ¿Noelia Beltrán? –pregunté sin demasiada confianza en la posibilidad de acertar.
Mientras realizaba aquel ejercicio de adivinación, comprobé disgustada que la posible Noelia tenía en la mano izquierda, la que no había utilizado para reclamar la atención de su antigua compañera de pupitre, un ejemplar de la primera novela del mismo autor que me encontraba traduciendo en esos momentos –Thomas Chandler, afortunadamente nada que ver con el ilustre Raymond; Thomas tan sólo utilizaba el apellido de soltera de su madre.
–Premio –exclamó con la misma alocada alegría con que lo habría hecho en sus tiempos de colegiala–. Pero chica, ¿qué es de tu vida? ¿dónde has estado todos estos años que no nos hemos visto?
Dónde has estado tú –pensé–, yo no me he movido de aquí en ningún momento. Desgraciadamente, eché unas raíces demasiado profundas en esta ciudad que me ha negado las oportunidades que habría tenido en cualquier otro lugar.
Pero consideré que era un modo demasiado brusco y lastimero de reiniciar la relación que habíamos suspendido tantos años atrás, por lo que me decanté por una fórmula mucho más convencional.
–Hija, no has cambiado nada en estos… ¿veinticinco años? Te veo hecha una cría.
–Venga, venga, tampoco te pases. He aprendido a convivir con mis arrugas y demás consecuencias de la edad. Pero sí, la verdad es que la vida no me ha tratado mal… no, no puedo quejarme. ¿Y tú? Cuéntame, ¿a qué te dedicas? ¿te casaste? ¿tienes críos?
Le atendió Ramiro B (26)
Cerramos a las diez de la noche, que no son horas, pero es que además, entre unas cosas y otras, no salgo antes de y cuarto o y media. Suelo ir paseando a casa aunque estemos en pleno invierno: me encantan las sucias callejuelas estrechas que tengo que atravesar y que tanto contrastan con el luminoso y bullicioso ambiente que caracteriza la céntrica plaza en la que se encuentra la tienda.
Nunca he sentido miedo, ni siquiera una ligera inquietud, al desplazarme por esas calles, sorteando a algún borracho, evitando a los pocos yonkis supervivientes del SIDA y las sobredosis, muchos de ellos enganchados desde los ochenta y todavía aguantando. Bastante tienen con lo que tienen, los pobres desgraciaos.
Pero hoy he sentido algo detrás de mí: una presencia y en absoluto espiritual sino plenamente carnal. He seguido caminando al mismo ritmo, internándome por calles que habitualmente suelo evitar (soy despreocupado pero no irresponsable ni temerario) hasta encontrar, a la vuelta de una esquina, un portal abierto. Me he refugiado en él hasta que he visto pasar de largo a mi perseguidora.
Reconozco que Laura F le ha echado cojones para seguirme hasta aquí, y que ha reaccionado con bastante entereza cuando le he tocado el hombro y le he preguntado si también ella vivía por esa zona: un leve respingo pero ni infarto ni nada.
Lo que no ha tenido es respuesta preparada para la ocasión. Simplemente ha sonreído y ha salido con rapidez por el mismo camino que el empleado para ir tras mis pasos.
Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B
Cariño al contado (6)
No sé. Sí. No. Esas eran las tres respuestas telegráficas con las que podía cumplimentarse el cuestionario de Noelia. Sentí una punzada depresiva en el corazón, una congoja opresiva alrededor del cuello, cuando tomé consciencia de la vacuidad que suponía poder resumir media vida con cuatro palabras, una de ellas, repetida. Si esas cuatro palabras se podían pensar en un instante, ¿qué había hecho yo con los otros trillones de instantes transcurridos desde que dejé de ver a Noelia?
–¿Te sucede algo? Te noto rara, como si no me estuvieras escuchando… yo pensé que te alegrarías de verme, pero ya veo que estás en otro sitio. ¿Quieres que nos tomemos un café por aquí cerca?
Cuando logré escapar de las garras de mi letargo mental, acepté la invitación de Noelia. Al menos, un rato de charla insustancial con mi antigua amiga me serviría para romper la rutina y olvidar, momentáneamente, al americano al que tenía que enseñar a hablar en español.
El bar que elegimos como confesionario estaba abarrotado. Salvo un rincón en el que un grupo de hombres y mujeres discutían sobre la represiva política de personal de la empresa en la que parecían trabajar, el resto de la barra y la totalidad de las mesas aparecían ocupadas por un ejército de mujeres emperifolladas que, una vez cargados los niños en el autobús del colegio, hablaban animadamente del programa estrella de la televisión, de las últimas revelaciones que el padre Losantos había desvelado en la Cope y de la cena que, una semana tras otra, posponían para otra fecha en la que todas pudieran estar presentes.
Conseguimos una mesa en un rincón poco iluminado de la cafetería junto al que se apilaban varias cajas de refrescos y cervezas. Las dos pedimos café y el bote de la sacarina. Saqué del bolso el paquete de cigarrillos. Le tendí uno a Noelia, me puse otro en la boca y comenzamos a fumar mientras esperábamos el regreso del camarero con su cargamento de líquido negro bajo en calorías. Noelia fue la primera en hablar.
–Antes te he hecho tres preguntas y no me has respondido a ninguna de ellas…
Mar y Sol

Pero todo eso no era suficiente para olvidarla.
Desde el día en que nos separamos –realmente, desde una semana después–, su nombre no figuraba en la plaquita del buzón. Había roto las antiguas tarjetas de visita y había mandado hacer unas nuevas en las que sólo aparecían mis datos, y ella había tenido el detalle de cambiar la domiciliación bancaria de sus tarjetas de compra.
En cuanto a sus libros, los empaqueté cuidadosamente y los remití a la dirección que ella me facilitó. Otro tipo de enseres domésticos, como el video, el televisor, el equipo de música, los habíamos repartido antes de que ella se fuera definitivamente de casa. Sólo dejó algunas ropas que, al cabo de los meses, llevé a una asociación benéfica y ahora cubrirán otros cuerpos más necesitados.
Pero Silvia seguía presente en mi vida.
Decidí cambiar de agenda de teléfonos pues a veces, buscando el de alguno de mis amigos, tropezaba con el de mis suegros, con el de alguna de las compañeras de estudios de Silvia, con el de la peluquería a la que iba cada quince días... y eso me traía de nuevo a la mente su imagen nítida.
Seguí buscando recuerdos suyos por toda la casa. En una caja que encontré en el baño y que nunca abrí desde que ella se fue todavía había unas cuantas cremas de día, de noche, mascarillas para el pelo, maquillajes, una antiarrugas casi agotada, varias horquillas y un paquete de algodones desmaquillantes. Todo aquello, incluida la caja, acabó en la basura.
Continué el rastreo en el salón. El mueble bar contenía algunos licores que sólo Silvia solía beber: una botella de Cointreau, una de licor de manzana verde y otra de licor de melocotón. Cuando conseguí romper el precinto de azúcar en que se había convertido el tapón, vertí todo su contenido por la fregadera. Veía desaparecer el líquido por el desagüe y con él se iba Silvia un poco más.
Y todavía percibía su presencia a mi alrededor.
El último paso lo di al deshacerme de las corbatas que, a lo largo de los años, me había ido regalando. A razón de una por cada san Valentín y otra por Reyes o por mi cumpleaños, salía una cifra de dos corbatas al año. En total, catorce corbatas alimentaron la pira funeraria que preparé en la terraza.
Eso fue el pasado mes de diciembre, coincidiendo con una de mis clásicas depresiones navideñas. Durante los cuatro meses siguientes no logré encontrar nada que llevara estampado el nombre de Silvia, nada que me hiciera oler su perfume, nada que me trajera su voz canturreando al lado de la mía, nada que grabase su imagen en mi retina. Pero al llegar mayo...
Al llegar mayo, la agencia de viajes Mar y Sol Travels, con la que Silvia y yo habíamos contratado nuestras vacaciones en un par de ocasiones, se encargó de hacerme llegar –como ocurría cada mes de mayo desde hacía diez años– su catálogo veraniego de las costas e islas de España, igual que si se tratase del recordatorio anual de nuestro aniversario de boda. Sin abrir el sobre, lo rasgué y lo arrojé a la basura. Lloré unas lágrimas de rabia, luego sonreí y pensé que, al menos, ahora disponía de todo un año por delante sin toparme con la cara de Silvia. O de toda una vida si me cambiaba de domicilio y me hacía invisible también para Mar y Sol Travels.
Ricardo Bosque
Cariño al contado (7)
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Le atendió Ramiro B (27)

Carmen Lázaro está peor de lo que yo pensaba. Llevaba días sin aparecer por la tienda (porque no se puede considerar como aparición por la tienda el amago de bajada de autobús de hace unos días) y cuando la he visto hoy he tenido que hacer un titánico esfuerzo para no abofetearla delante de todo el mundo.
Y es que si hay alguien a quien no soporto es a Meryl Streep, esa actriz con cara de estreñida que me produce ganas de llorar (de asco) sin siquiera esperar a ver el contenido de la película que pueda protagonizar en cada ocasión. Por eso, cuando he visto que Carmen Lázaro se acercaba a mí, la cara más melancólica que nunca, cargada con la banda sonora original de Los puentes de Madison y la película en DVD (edición especial para llorones, que incluye paquete de pañuelos de papel de regalo), a punto he estado de arrancarle la mercancía de las manos y tirarla a la papelera más cercana.
Pero me ha dado pena en el último momento, y he pensado que alguien debe estar pasándolo muy mal para autoflagelarse de tal modo. Sin embargo, cuando me ha preguntado si teníamos la novela en que se basaba la película le he dicho que no, que estaba agotada y no la habían reeditado.
Se ha dado la vuelta y ha comenzado a subir las escaleras al Cielo sin una palabra de protesta.
Cuando la he visto desaparecer me he acercado a la literatura anglosajona y he buscado por la W de Waller. Ahí estaba: Los puentes de Madison, de Robert James Waller. Tres ejemplares.
Los he cogido todos y me los he llevado a casa. Me ha dolido tener que pagarlos de mi bolsillo, pero no quiero que nadie más se vea afectado por semejante bazofia. Al menos no en la tienda en la que yo trabajo.
Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B
Cariño al contado (8)

Pedimos otros cafés y fue entonces el turno de Noelia; la conclusión que pude extraer de su charla es que la vida le había tratado con generosidad. Curiosamente, ella también había estudiado Bellas Artes y, tras dos años de vida bohemia en una buhardilla del barrio latino de Paris y venta callejera de sus óleos en la plaza de Tertre, en pleno corazón de Montmartre –había cumplido fielmente los preceptos de todo artista que se precie–, decidió regresar al cómodo redil de la burguesía a la que pertenecía por adscripción paterna. Noelie Beltrán –afrancesamiento de su nombre con el que firmaba sus cuadros– conoció a uno de los directivos de segundo rango de la empresa para la que trabajaba papá. Su nombre, Maurice; su apellido, Subdirector General de Relaciones Internacionales, apellido de soltero que cambió al casarse con Noelia por el de Director Gerente de Pharmafrance España S.A., filial española que la compañía había abierto en Madrid hacía un año.
A mediodía ya teníamos una visión de conjunto de lo que habían sido nuestras vidas por separado. Y, de paso, habíamos quedado emplazadas para mantener encuentros frecuentes en los que revivir el pasado y aventurar el futuro; Noelia tenía previsto permanecer durante varios meses, quizás algunos años, en la ciudad y, después de una ausencia tan prolongada, se sentía como una extraña. Así que le sería de mucha ayuda contar con mi compañía para volver a ocupar un sitio en el lugar en el que había vivido sus primeros años.
Nos despedimos después de intercambiar nuestros teléfonos y besarnos profusamente las mejillas. De inmediato noté que Noelia se había mantenido fiel a lo largo de tanto tiempo a la misma fragancia que la acompañaba de niña, un sugerente preparado de esencia de rosas y claveles adornado con la nota casi imperceptible del romero, una fragancia muy alejada del artificial empalago que solían utilizar otras mujeres de su misma edad y posición. No, la piel de Noelia seguía emitiendo la misma frescura, el idéntico descaro que tanto desquiciaba a las monjas que regentaban nuestro colegio.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
PULSACIONES

Pienso, por pensar en algo, que no estaría mal poner en marcha un campeonato mundial de pulsaciones matinales. Aunque fuera sólo entre blogeros/as ¿Cuántas has cometido tú antes de comenzar a leer esta chorrada?
Cariño al contado (9)
Cuando llegué a casa, el piloto rojo del contestador parpadeaba sin descanso. Carlos había grabado un mensaje: las cuentas de una comunidad le habían dado más problemas de los previstos y no volvería a casa hasta la noche. Calenté un filete de pescado del día anterior, lo acompañe con unas patatas fritas de bolsa y comí en el salón mientras seguía las noticias del Telediario. Fregué los cacharros en un par de minutos, puse una lavadora de color y me tumbé en el sofá con la intención de dormir una siesta mecida por el murmullo monocorde de la voz que narraba las peripecias de la foca monje en el documental que emitía la televisión durante la sobremesa. Imposible: en la calle, una cuadrilla de obreros abría el asfalto a golpe de excavadora en busca de la tubería que debían sustituir, y el bramar de las máquinas, el temblor de los cristales de puertas y ventanas impedían mi paso a la inconsciencia del sueño.
Eran las cuatro de la tarde. Refunfuñando, regresé a mi mesa de trabajo. Encendí el ordenador, abrí el archivo donde guardaba la novela del señor Chandler y retomé la traducción en el punto en que la había dejado la víspera. Lo que me faltaba –pensé al observar que se trataba de la escena amorosa de turno–. La protagonista, Rose, una arqueóloga de treinta y cinco años, piernas interminables, piel sedosa, senos turgentes, cuello de cisne y cuya única anomalía eran las gafas bifocales que sostenía sobre la nariz protegiendo unos ojos color verde mar de mirada penetrante –la descripción es responsabilidad exclusiva de Thomas Chandler, no mía–, se resistía a los envites de un atractivo guía turístico al que había conocido dos días antes, de nombre Bruce. Tengo que aclarar que la mujer no se resistía demasiado, pues al segundo párrafo ya estaba el guía turístico saboreando sus afrutados pezones al tiempo que le arañaba la espalda con una pasión nunca antes conocida. Ella sentía un escalofrío de placer que le recorría todo el cuerpo, desde las uñas de los pies hasta el extremo de los cabellos esparcidos sobre la almohada.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Cariño al contado (10)
Asqueada por lo que consideraba una escena irreal, llegué a la conclusión de que el tal Chandler, del que conocía más bien poca cosa, estaba casado y volcaba en sus escritos toda su frustración sexual. O sus recuerdos de tiempos pasados. O yo era tonta, porque no recuerdo haber vivido jamás algo parecido con mi Carlos. Tal vez muchos años atrás, cuando la universidad… pero de eso hacía mucho tiempo y no me quedaba otra cosa que una imagen difusa, como dibujada al carboncillo.
Oí cómo unas llaves jugaban con la cerradura de la puerta. Al momento, la voz de Carlos anunció su llegada. Yo me sobresalté por lo inesperado de su aparición, como si me hubiera pillado en falta siéndole infiel con el vecino del tercero, cuando mi único pecado era el exceso de crueldad al pensar en nuestra escasa actividad sexual. Carlos asomó la cabeza por la puerta del estudio.
–¡Sorpresa! ¿A que no me esperabas a estas horas? –cantó todavía desde el pasillo. Aún no me había girado y ya tenía sus manos sobre mis hombros y sus labios en mi cuello en lo que fue un beso más fraternal que pasional, muy diferente de los que Bruce hacía aterrizar continuamente en la epidermis de Rose.
–Pues no, pensaba que no volverías hasta la hora de la cena; como me has dejado ese mensaje en el contestador…
–Es que no te he dicho la verdad: no se me ha resistido ninguna contabilidad. Verás, en realidad he estado comiendo con un colega con el que me encontré hace un par de semanas. Se dedica a asesorar empresas y no puede atender a todos sus clientes. Así que, después de pensarlo bien, le llamé el otro día y le propuse colaborar con él, lo que me permitiría ir dejando poco a poco el asunto de las comunidades. ¿Sabes lo que eso significaría? Que no tendría que trabajar hasta tan tarde todos los días y podríamos pasar más tiempo juntos –añadió antes de que yo pudiera aventurar alguna respuesta plausible.
–Estupendo –exclamé quizás demasiado alborozada abrazándome a su cuello–. ¿Y cuándo empiezas tu nueva faceta profesional?
–Bueno, bueno, no seas impaciente… sólo le he hecho una sugerencia. Ahora hace falta que él la acepte.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Le atendió Ramiro B (28)
Creo que lo de Carmen Lázaro requiere una intervención urgente por parte de alguien. Y es que tanta melancolía, tanta soledad como acumula esta mujer no puede desembocar en nada bueno. Por mucho menos se han dado casos de depresiones agudas.
Desde la primera vez que la vi aparecer por la tienda me dio la sensación de que su único motivo para venir por aquí era el deseo de vivir en el papel impreso lo que le gustaría haber vivido en su realidad cotidiana: algo de comprensión, de amor, de aventura pasional… Vivir ALGO, sin más, porque lo suyo no parece vida.
Afortunadamente, en lugar de por el papel couché se decantó por la literatura, aunque se trate de esa “literatura” que a ella parece gustarle. Peor sería sin duda que pasase las tardes a tu lado, entre tomates o en casas ajenas rodeadas de supuestos hermanos.
Algo hay que hacer al respecto, desde luego.
Me he ido al ordenador, que ya manejo con cierta soltura, y he tomado nota de lo que creo necesitar. Ahora sólo debo esperar a que un viejo amigo me visite. Que no sea rencoroso y se deje aconsejar por mí. Y que Carmen Lázaro vuelva un día de estos por la tienda.
Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B
Cariño al contado (11)
Una vez más, mi marido tenía razón. La precipitación siempre ha sido uno de mis puntos fuertes y, en esa ocasión, mi deseo de tener a Carlos más a menudo a mi lado vencía a la prudencia de recibir aquella posibilidad exactamente como lo que era: una mera posibilidad. Nada más que una posibilidad más entre otras muchas. Pero mejor era eso que resignarme a cenar sola todas las noches de mi vida junto a él, a acostarme sin un torso que rodear, sin unos dedos en los que entrelazar los míos, sin un cuerpo al que hacer llegar mi olor.
Seguíamos abrazados, de pie en el centro de la habitación, mis ojos buscando los suyos. Incomprensiblemente, la poco imaginativa descripción de la escena entre la antropóloga y el guía turístico había despertado mi libido e intenté insinuarle algo a Carlos. Pero él tenía que volver deprisa al despacho –todavía debía aferrarse a la realidad de sus comunidades de propietarios antes de lanzarse a la aventura de la gestión de altos vuelos– y no pudo ser. Sólo pudimos unir brevemente nuestras bocas y entablar una débil lucha entre nuestras lenguas mientras notaba cómo Carlos consultaba nervioso la hora en su reloj. Esta noche, me prometió tomándome por las muñecas.
Cuando me quedé sola, volví a mi trabajo con la seguridad de que esa noche tampoco podría ser.
Cariño al contado (12)
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Le atendió Ramiro B (29)
Ayer, al llegar a casa por la noche, Carlos me dio una noticia absolutamente inesperada: mi madre había llamado por teléfono y me esperaba hoy en el domicilio paterno para comer. Invitado, claro.
Al principio me negué a considerar la invitación como algo aceptable. Poco a poco fui cambiando de opinión: tal vez fuera el momento adecuado para arreglar cuentas con el pasado. Además la fecha en que iba a tener lugar la comida me parecía un presagio de lo que podía suceder. Así que hoy, antes de ir al trabajo, he cogido la fotografía que un día apareció entre las hojas de un libro cualquiera (sí, aquella en la que parezco un niño abandonado a su destino) y la he guardado en la cartera. También he visitado el bien abastecido botiquín que Carlos guarda en el cuarto de baño (nunca lo he contado, pero el chaval es un hipocondríaco de mucho cuidado).
La mañana ha pasado sin pena ni gloria, aunque debo reconocer que he estado impaciente porque llegara el momento del reencuentro. A la hora de la verdad, no ha sido para tanto: esperaba que me abriera la puerta una madre de ojos llorosos y no ha sido así; y esperaba que mi padre me diera un abrazo fraterno y sin embargo le ha salido algo parecido a un saludo militar. Y es que, aunque en la reserva, el hombre no ha perdido sus hábitos de siempre. Como el de mantener en perfecto estado de revista su querido acuario, su entretenimiento de toda la vida y al que yo siempre llamaba pecera en la intimidad.
Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B
Cariño al contado (13)
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Cariño al contado (14)

Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Bar de anarquistas

Editorial: Pre-Textos
Año de publicación: 2005
Número de páginas: 156
Precio Aproximado: 12€
Genero: Novela
Valoración media usuarios: Sin valorar
La mayoría de los ocho relatos que componen Bar de anarquistas se desarrolla en una capital de provincias española, innominada y gris, donde unos niños exploran los rincones misteriosos de su colegio, un individuo feliz es devastado por el invencible aburrimiento, un profesor universitario hipoteca su vida por una mujer a la que apenas conoce, un funcionario municipal escribe obras maestras ignoradas, una pareja de amantes descubre que necesita el secreto para sobrevivir y un grupo de empleados intenta desesperadamente deshacerse de un jefe gandul e hipócrita. El recuerdo conmovido de algunas tardes de verano y la recuperación de un año ingenuo y lluvioso en la ciudad de Glasgow completan un volumen que no es ajeno al humor, a la imperceptible hostilidad del tiempo, a ciertas perplejidades del erotismo.
Bar de anarquistas ha sido premiado como "Libro del año 2005" por la Librería Cálamo.
Le atendió Ramiro B (30)
Hoy es 23 de febrero de 2006, 25 años después de lo que afortunadamente no triunfó para tristeza del general de brigada o de división o qué sé yo que dice ser mi padre. Buen día para una venganza familiar demasiado tiempo pospuesta.
Comida en silencio, más propia de monasterio que de cuartel. Nadie ha abierto la boca salvo para comer, lo que me ha hecho pensar de nuevo por los motivos de la invitación. En cualquier caso, el convite resultó providencial.
Después de comer mi madre se ha ido a fregar los cacharros y mi padre se ha encerrado en el dormitorio a echar una cabezadita. En realidad, sus cabezaditas nunca duran menos de hora y media, tiempo suficiente para llevar a cabo mi venganza.
Tras vaciar en el acuario el contenido de un par de botes de pastillas efervescentes que cogí del botiquín de Carlos, unos pildorones que supongo acabarán con toda la población acuática en cuestión de poco tiempo, he dejado una nota de suicidio colectivo firmada por aquel pez que mi padre llamaba “guerrero de Siam”. La nota estaba escrita al dorso de la fotografía en la que siempre he parecido un niño abandonado por sus padres ante la puerta de un taller.
Creo que mis supuestos padres no volverán a invitarme a comer hasta dentro de bastantes años.
Lee esta historia desde el principio en la categoría Le atendió Ramiro B
Cariño al contado (15)
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Cariño al contado (16)
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
El cierre de Casa Amadeo

Que, a pesar de lo que pueda sugerir el nombre, no es una taberna; se trata de una de las últimas (tal vez la última) librerías de lance zaragozanas, donde todavía es posible cambiar una novela de Marcial Lafuente Estefanía o Corín Tellado por sólo veinte céntimos.
Tras ochenta años atendiendo a sus clientes en el Coso Bajo, junto a la iglesia mudéjar de la Magdalena, entre payos y gitanos, ahora vende sus fondos no por cansancio sino porque, simplemente, se jubila. Y deja otro vacío más, que pronto llenará una tienda de ropa.
Leo la noticia en el Heraldo y me viene a la mente la librería del Tubo a la que me llevaba mi tía cada sábado cuando yo tenía diez o doce años. Allí conocí a Spiderman y Batman, a Nemo, a Yáñez y Sandokan… Y de allí son esas “Narraciones extraordinarias” de Poe o los “15 casos policiacos” (Editorial Fher) que ahora mismo tengo sobre la mesa de estudio.
Tal vez en una última visita (supongo que el cierre se producirá en cuanto agote las existencias) nos llevamos “Falso perfume” de Ngaio Marsh, “Sangre en la Luna” de Leslie Ford y “No estaba bastante muerta” de Rex Scout.
Cariño al contado (17)
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado
Le atendió Ramiro B (31)

“Para sustraer la espina, primero hay que localizarla”. En esta obra hemos ido examinando y explorando las espinas o estados mentales aflictivos para indagar después, eficientemente, sobre esos antídotos maravillosos y eficaces que son sus opuestos: los estados mentales positivos, los verdaderamente saludables y constructivos, aquellos que nos aportan todos los recursos necesarios para poder sanar y culminar la senda del bienestar total."
La nota suelta que lleva entre sus páginas no la incluyó la editorial: es una de las dos claves del plan Carmen Lázaro.
Cariño al contado (18)
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado





