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24/01/2006 16:34. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Charrando No hay comentarios. Comentar.

Lentitud administrativa

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Lento e incompetente, decía el hijoputa en su escrito. Que todo el día de cháchara, desayunos de hora y media, compras en horario de trabajo, días festivos por asuntos particulares… Que así iba el país, con tanto funcionario tocándose los cojones siete horas al día. Y que los demás a trabajar y pagar impuestos para mantener a semejante cuadrilla de vagos e incompetentes.

Evidentemente, nunca debió escribir esas líneas en una instancia oficial.

Lento e incompetente, decía. Me llevó menos de un minuto averiguar la matrícula de su coche y si estaba la corriente de pago del impuesto de circulación. ¿Es eso lentitud? En dos minutos más tenía su dirección, su profesión y estudios cursados, dónde tenía el despacho en el que ejercía como asesor fiscal, si tenía vivienda en propiedad o estaba de alquiler… Y los datos correspondientes a su mujer, el nombre de cada uno de sus tres hijos y, recurriendo a las amistades -la necesaria comunicación entre distintas Administraciones-, el nombre del colegio público al que iban.

Me quedé con su careto gracias a la fotocopia compulsada del libro de familia que encontré en el archivo de la oficina. Para que luego digan que siempre andamos perdiendo expedientes. Si no hubiera solicitado en su día bonificaciones por familia numerosa me habría resultado más difícil ponerle cara, pero la gente, por ahorrarse cuatro perras, es capaz de renunciar a sus derechos de imagen. ¡Pues que se joda!

Llegó la hora del desayuno. La bolsa pesaba lo suyo, pero el esfuerzo merecía la pena. Acudí al bar de todas las mañanas, me tomé mi bocadillo de tortilla y mi caña, y un cortado para calentar el cuerpo. Leí los periódicos de la casa, pagué la consumición, invertí los cambios en la tragaperras y salí del local. Al llegar a la esquina de la calle, caí en la cuenta de que había dejado olvidada la bolsa en el bar. ¡Qué cabeza la mía!

Cinco minutos más tarde me encontraba ante el edificio en cuestión. El despacho estaba en la primera planta, toda ella ocupada por oficinas, pero utilicé el ascensor, que tampoco es cuestión de hacer esfuerzos innecesarios. E insisto, la bolsa cada vez pesaba más.

Pase sin llamar, decía el cartel de la puerta. Obedecí. En el recibidor no había nadie y una voz masculina me invitó a llegar hasta el final del pasillo. Que estaba solo, dijo el incauto. Mejor, no me gustan las multitudes.

Saludé nada más entrar en el despacho. Ahí le tenía, igualito al de la foto, pero con menos pelo. El tipo se incorporó levemente de su asiento y me ofreció su mano. Era diestro; un dato que desconocía y que me resultaba imprescindible. Con el pisapapeles le metí una hostia en su cara de gilipollas y el tipo se derrumbó inconsciente en el sillón. Saqué la guillotina de la bolsa, la coloqué sobre la mesa y acepté la mano que el cabrón me acababa de tender.

Ricardo Bosque 

 

24/01/2006 17:02. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra No hay comentarios. Comentar.

Páginas amarillas

Era sábado, y, como todos los sábados, tocaba limpieza general. Antonio había bajado a por la prensa y, seguro, aprovecharía para tomar un café en el bar de la esquina. Mejor, siempre he preferido hacer las cosas de casa sin nadie remoloneando alrededor.

Limpié cristales, quité el polvo a los muebles –incluido el que más pereza me da, el taquillón de la entrada, adornado centímetro a centímetro con mi colección de búhos y elefantes con la trompa alzada, que dicen procuran buena suerte–, hice los baños, barrí y fregué todo el piso. A las once había terminado, me senté en el sofá y me encendí un cigarrillo. Antonio todavía no había vuelto: me dije en voz alta que se habría entretenido más de la cuenta en el bar, aunque no pude evitar el pensamiento de siempre.

A las doce comencé a preocuparme en serio. Encendí otro cigarrillo, busqué las páginas amarillas en el taquillón de la entrada a la vez que pedía mentalmente a búhos y elefantes que nada malo hubiera sucedido, las abrí por la B de Bares, descolgué el teléfono y marqué. En el bar me dijeron que Antonio había salido de allí hacia las nueve y media, justo cuando...

Colgué sin terminar de escuchar la explicación del camarero. Lo primero que imaginé es que Antonio era capaz de haberse dejado atropellar en el único cruce que separaba la casa del bar, tan inútil como era. Y todo por seguir rechazando el pensamiento de siempre.

A la una ya estaba de los nervios. Cogí de nuevo las páginas amarillas, las abrí por la H de Hospitales y comencé la ronda uno por uno. Por supuesto, nadie que respondiera a su nombre y descripción había ingresado en toda la mañana. Descarté llamar a la policía, sé que deben pasar ciertas horas antes de denunciar una desaparición y seguramente sólo provocaría en los agentes una asquerosa sonrisa de complicidad entre ellos.

Con la fuerza de un portazo, la angustia inicial dejó paso libre a la indignación más profunda. No tenía sentido seguir negando la evidencia, lo que siempre había pensado que terminaría sucediendo: el desgraciado de mi marido se había largado con la secretaria.

Reaccioné con inusitada frialdad: lo tenía claro si creía que iba a ir tras él como un perrillo faldero. Jamás en la vida sería capaz de rebajarme hasta el extremo de ir detrás de un hombre. De todos modos, las cuentas corrientes estaban a nombre de los dos, y el lunes a primera hora ya serían historia. Pero debía hacer otra cosa de inmediato: bloquear las tarjetas antes de que ese sinvergüenza pudiera retirar un solo duro. De nuevo páginas amarillas, B de Bancos y gestión realizada.

A medias satisfecha de mi sangre fría, a medias avergonzada por lo que Antonio había sido capaz de hacerme, me serví una cerveza y volví a sentarme en el sofá. Las dos y media. Puse las noticias de Telecinco y la cantinela de los niños de san Ildefonso me recordó por primera vez en todo el día que era 22 de diciembre: nosecuantos miiiil noooosecuantos, un porrón de millones de eeeeurooos.

Corrí a la entrada. Bajo el elefante más grande, donde siempre colocábamos el boleto que comprábamos a medias no había nada de nada.

Saqué por última vez más las páginas amarillas y las abrí por la D de Detectives Privados. Lo tenía claro ese cabrón si pensaba escapar fácilmente de mí.

Ricardo Bosque

Relato publicado en el libro Relatos para Sallent I y II Concurso de Relatos Cortos para leer en tres minutos "Luis del Val"

24/01/2006 18:17. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (1)

Si no hubiera sido porque llevaba tres días alimentándome de los restos de mi estúpido orgullo, ese soberbio sentimiento del que creía haberme desprendido hace mucho tiempo, jamás se me habría ocurrido aceptar la oferta de trabajo de Martín. Pero el orgullo es poco nutritivo y no estaba dispuesto a recurrir de nuevo al bueno de Carlos para satisfacer tan primaria necesidad; tampoco se puede decir que él disponga de una economía saneada, y bastante hace con ser quien garantiza con sus ingresos mensuales el pago del alquiler del piso que compartimos. Impensable pedir socorro a la familia, a ese general de brigada o de división o qué sé yo –jamás he sentido demasiado interés por esas absurdas graduaciones que más que nada me suenan a películas en blanco y negro protagonizadas por actores con bigotillo fino subrayando la nariz– que me tocó en el sorteo de mi promoción. Y tampoco estaba tan desesperado como para acudir a la beneficencia municipal y rodearme de borrachos y vagabundos como en otras ocasiones.

Había consumido las migajas de paro que me habían correspondido por mi último empleo, unos cuantos meses picando y formateando textos para una editorial, y de paso muriéndome de envidia ante el logro de otros. Lo de agotar el paro no me asusta, es como la gripe que siempre vuelve a por uno, especialmente cuando uno tiene pocas defensas. Incluso he atravesado peores temporadas y sé resistir una mala racha. Así que no se me ocurrió otra cosa que ganar algo de tiempo mientras encontraba algún trabajo apetecible y recurrir a otra de las actividades que desempeño con cierta frecuencia. Y ayer era el cuarto día que llevaba sentado en las escaleras de acceso al Banco de Crédito Agrícola, bien protegido por el capital de los rigores climáticos del mes de diciembre, con aquel estúpido cartel de “Escritor en paro necesita su ayuda. Gracias”.

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24/01/2006 19:07. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (2)

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Yo sólo pretendía recaudar unas monedas para un bocadillo, pero tuvo que aparecer aquel tipo con pintas de moderno a ofrecerme un empleo. Nadie le había dado vela en mi entierro, pero posiblemente se sentía obligado por el espíritu prenavideño a hacer algo por mí. En cualquier caso, me preguntó si estaba dispuesto a aceptar un trabajo. Ya he tenido muchos trabajos, gracias, traté de disuadirle. Probablemente no eran los empleos adecuados, me respondió. Mañana empiezas conmigo.

Mañana es hoy. Hoy es domingo y los grandes comercios han inaugurado el tramo final de la autopista de las compras que conduce a la Navidad. Sospecho que si Martín me ofreció el trabajo no es por mi cara bonita ni por los vastos conocimientos literarios que no me han dado ocasión de acreditar. No; creo que no soy sino un refuerzo de fin de año. Mejor así: no soporto las ocupaciones sin límite temporal; de hecho, jamás he tenido ninguna ni creo que la tenga en mi vida. No sabría cómo hacer para soportar tanta estabilidad.

Lo más sorprendente incluso para mí es que me he levantado a tiempo para llegar a la tienda antes de que abriera al público, como si realmente me interesara el empleo. Martín –que además de ejercer como miembro del comité de contratación cuando el corazón o algún otro músculo se lo sugiere, es el encargado principal del establecimiento–, me ha recibido con una inusitada efusividad, tanta que me ha dado la impresión de que estaba pensando en cómo se las habían apañado hasta entonces en la tienda sin mí. Tras presentarme rápidamente a varios de mis nuevos compañeros, me ha hecho entrega del chaleco oficial de la tienda en una sencilla ceremonia y ha prendido en él una plaquita con mi nombre que sólo le ha llevado unos minutos preparar. “Ramiro B”, se puede leer en caracteres blancos sobre un fondo verde botella, a juego con el chaleco. Le he preguntado que para qué la B, que no creía que hubiera más ramiros en la tienda, pero no me ha hecho ni caso. La verdad es que como interlocutor dispuesto a escuchar no vale gran cosa. Como encargado, no lo sé todavía.

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24/01/2006 19:09. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (3)

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La tienda se distribuye en tres alturas, la planta calle y dos sótanos. En el segundo sótano está la sección de libros, y para llegar a él debes atravesar la planta calle o cielo, dedicada a la informática y otros artilugios electrónicos, y el primer sótano o purgatorio en el que están los discos. Afortunadamente, de algo sirvió mi breve currículo impreso en el cartel que utilizaba en el banco y, como era de esperar, me han mandado al infierno. Como siempre.

La primera orden que Martín me ha dado ha sido la de comenzar a memorizar la ubicación de los libros de bolsillo. Quiere que tenga una idea lo más precisa posible de los libros que reposan en los estantes a la espera de que alguien los escoja para adoptarlos. Me he puesto a ello tratando de dar sensación de diligencia. No sé por qué, pero lo he hecho.

Los libros están separados, los de escritores españoles y latinoamericanos por un lado y los extranjeros por otro; una especie de distribución política del mundo con algunas fronteras menos que las reales. Sin apenas dudarlo, me he plantado frente a los de fuera y he comenzado por la letra A. Y no he tenido que dedicar demasiado tiempo a tan tediosa tarea, pues iba por Auster cuando una de mis compañeras de planta, Laura F, me ha dicho que no haga mucho caso a Martín, que el encargado no es más que un estúpido arrogante y un soberbio irredento. Creo que a Laura F no le cae muy bien Martín, aunque en ocasiones los amores suelen disfrazarse por no se sabe bien qué motivos.

En cualquier caso, he dejado mi recién iniciado trabajo de memorización de títulos cuando Laura F me ha dicho que TODO está guardado en el ordenador, que basta introducir una palabra que esté contenida en el título y el libro aparece en la pantalla como por arte de magia. De hecho, me ha confesado la compañera que si un día el ordenador reventara nadie sería capaz de encontrar ni siquiera la puerta de la calle.

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24/01/2006 19:11. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

El rock de la dulce Jane

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EL ROCK DE LA DULCE JANE
José Luis Gracia Mosteo
EDITORIAL VERBUM. 2005


En 2001, José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957) presentaba en sociedad al inspector Juan Barraqueta. En esa ocasión, y en una novela (El asesino de Zaragoza) narrada en forma de carta de dimisión al Ministro del ramo, Barraqueta debía descubrir al psicópata que estaba detrás de una serie de asesinatos que, por una vez en la historia y sin que sirva de precedente, colocaban a Zaragoza en el mapa mundial, al menos en el criminal, que ya es algo.

El asesino en cuestión era un individuo que la había tomado con los poetas e intelectuales de la ciudad, a los que asesinaba por el curioso procedimiento de hacerles tragar sus propias e infumables (a su juicio) obras literarias. Nadie daba un duro por el mediocre inspector Barraqueta que, sin embargo, resolvía el misterio gracias a sus peculiares modos de investigar y alcanzando un desenlace realmente sorprendente.

Juan Barraqueta no es un gourmet como Carvalho o Montalbano, ni está divorciado como Wallander y tantos otros, ni se metió a policía para vengar el asesinato de ninguna novia o conocido allá por sus tiempos jóvenes como Jan Fabel y otros que no recuerdo... Barraqueta es amante de la cocina “normalita” (huevos, panceta, judías…), vive más o menos felizmente casado (como la mayoría de los mortales) en un tercero sin ascensor y se metió a policía después de licenciarse en Magisterio y descubrirse incapaz de aprobar una oposición de maestro. Como él mismo se define, un prófugo del arado como la mayoría, un fiel servidor del “todo por la nómina”. Quizá su única peculiaridad sea, producto de su pasada formación académica, lo mucho que disfruta leyendo poesía (Virgilio, Iriarte, Samaniego, el Romancero Viejo) encerrado en su retrete, lo que en ocasiones le da las claves para resolver los casos a que debe enfrentarse.

En esta segunda entrega, narrado en forma de carta a la psiquiatra que le atiende, Barraqueta debe investigar un asunto todavía más inquietante que el del asesino de poetas. El cadáver de una joven, virgen, fallecida en accidente de tráfico, ha sido desenterrado por tercera vez en un año. La policía no encuentra motivo alguno que justifique la profanación; la autopsia no desvela nada; la muchacha pertenecía a la clase alta zaragozana, con su padre ex concejal del Régimen, ex diputado en Cortes y consejero delegado de Ibercaja; así que se decide encargar la investigación a un inspector con fama de incompetente en la seguridad de que hará más justificable el fracaso: Juan Barraqueta, claro.

Para el inspector hay tres líneas de investigación posibles: “los ladrones de cadáveres, los necrófilos y carroñeros y los pederastas, pretendientes y otras hierbas”. Esto le llevará a sumergirse en los infiernos de una ciudad tan educada y aburrida como Zaragoza, una ciudad donde todo el mundo se conoce y en la que encontrará la colaboración de lord Joseph Edward Henry Wellington Heredia, gitano apandador que controla el sector de los saltatumbas; o de Abel Ayamonte, ex profesor numerario de la universidad actualmente recluido en el Hospital Psiquiátrico por sus desmesuradas perversiones sexuales; o la de Melitón Morata, picoleto budista y vegetariano, casado con una carnicera y simpatizante abertzale (posteriormente separado, claro) que fue el primero en atender a la joven en el lugar del accidente; y la de Luis Lemóniz, viudo de la mujer responsable de aquel siniestro mortal, motero, ángel del infierno y mensajero en sus ratos libres.

Con un lenguaje entre barroco y escatológico (el gusto del autor por Quevedo o Mendoza resulta evidente), Gracia Mosteo nos reboza en el barro de una ciudad gris como pocas, una ciudad que se hace visible únicamente un día de la segunda semana de octubre, una ciudad mediocre que, sin embargo, no renuncia a tener su cuota de desequilibrados, mangantes, drogatas, especuladores de los de toda la vida, miembros de sectas satánicas, jevimetaleros anclados en los tiempos del Barón Rojo y todo aquello que caracteriza a una ciudad como Dios manda.

Una novela divertidísima, que hace uso de un humor tremendamente inteligente muy alejado de lo que pueda parecer a simple vista (algunas comparaciones que he leído entre Barraqueta y Torrente son, sencillamente, absurdas; como dice el autor, Torrente es un fascista y Barraqueta un buen hombre), con frecuentes e impagables digresiones filosóficas y con un sorprendente desenlace que encaja a la perfección con el conjunto de la trama, que no desentona en absoluto y que demuestra que, la mayor parte de las veces, la solución es mucho más sencilla de lo que parece y suele estar delante de nuestras propias narices. O al menos de las del inspector Barraqueta, al que deseo, por el bien de los aficionados a la buena literatura, una larga vida. Y un nuevo caso con el que reírnos a gusto.

Ricardo Bosque

25/01/2006 12:01. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Negro como el tizón No hay comentarios. Comentar.

Muerte en Hamburgo

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MUERTE EN HAMBURGO
Craig Russell
ROCAEDITORIAL. 2005


Vaya por delante que las historias de psicópatas no consiguen volverme loco, pues a la tercera carnicería descrita al detalle pueden llegar a aburrirme profundamente, incluso a desagradarme.

Vaya por delante igualmente que considero un despilfarro injustificable el exceso de sangre derramada en muchas novelas, máxime a la vista de cómo la Cruz Roja busca desesperadamente donantes que palien la escasez de plasma de nuestros hospitales.

Y vaya también por delante que un asesino en serie no deja de recordarme a una cadena de montaje, cuando uno siempre ha preferido los productos hechos a mano y con cierta dosis de cariño en su elaboración.

¿Por qué entonces me ha enganchado de tal modo esta primera novela de Craig Russell? Porque, evidentemente, cuando un tipo se dedica a asesinar mujeres, y a todas ellas del mismo modo; cuando no sólo las mata, sino que además lo hace imitando un antiguo ritual vikingo que incluye la extracción de los pulmones y su colocación junto a la víctima a modo de alas; y cuando el asesino, desde luego, no muestra ningún espíritu cívico a la hora de proveer al Insalud de sangre de cualquier tipo, sino que deja que fluya sin parar en escenas que recuerdan a la matacía del tocino que se celebra en mi pueblo cada invierno… Si esto no es un asesino psicópata en serie, que venga Dios y lo vea.

El escocés Craig Russell nos presenta en esta su primera novela a Jan Fabel, un comisario alemán de la policía de Hamburgo que, de entrada, responde a uno de los patrones ya clásicos en el género: divorciado, una hija, escaso éxito con las mujeres, pasado que no desea recordar… Pero también con gusto por la historia, con la mitad de su sangre de origen escocés y educado a la inglesa, lo que le justifica que muchos le llamen “el comisario inglés”.

La novela arranca con el envío de un mensaje de correo electrónico a Fabel. En el mensaje, el asesino le comunica la muerte de su segunda víctima y aprovecha la ocasión para desafiar abiertamente al comisario: “Podrás atraparme, pero no detenerme”. La víctima, de la que sólo se conoce su nombre de guerra, parece ser una prostituta de lujo. Todo apunta a que nos encontramos ante un psicópata sanguinario con deseos de notoriedad y sin escrúpulo alguno, uno más a engrosar la nómina de desequilibrados que acostumbramos a ver en novelas parecidas.

Al menos eso es lo que parece que el autor quiere que creamos tras la lectura de las primeras páginas de “Muerte en Hamburgo”, aunque enseguida vemos que detrás de crímenes tan truculentos debe esconderse algo mucho más elaborado, que no estamos ante otra novela de tipos que deberían vestir camisa de fuerza hasta para dormir en lugar de dedicarse a retar al policía de turno a que se tome el asunto como algo personal y no pueda descansar hasta que termine la caza.

Y por supuesto que hay mucho más. Hay un montón de cuerpos policiales y militares –de nombres excesivamente largos e impronunciables para alguien que no sabe alemán– enfrentados entre sí, varios grupos mafiosos turcos y ucranianos disputándose los negocios sucios que surgen cada día en las calles de Hamburgo, políticos vinculados al pasado nazi de Alemania, especulación inmobiliaria y blanqueo de dinero a la vuelta de cada esquina de la ciudad… Y la propia ciudad, Hamburgo, como escenario de todo tipo de tropelías.

Ricardo Bosque

25/01/2006 12:26. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Negro como el tizón No hay comentarios. Comentar.

Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes

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Autor: Javier Tomeo
Editorial: Cahoba Ediciones

Javier Tomeo introduce a dos viejos tertulianos en el mundo de las hadas en esta novela ácida y tierna, desencantada y optimista. La propuesta es que ambos se cuenten cuentos de Andersen para rejuvenecer, pero la realidad pronto hace su aparición...

Empiezan con Los cisnes salvajes, un canto a la esperanza y a la fuerza del amor y poco a poco van entrando en el juego con El gran Klaus y el pequeño Klaus y El elfo de las rosas que, sin embargo, introducen algunos temas inquietantes. Alcanzan su máximo momento de gloria cuando leen ¡Es Cierto! sobre cómo se extienden los rumores, y empiezan a decaer irremisiblemente con El abeto que les lleva a evocar el destino final de todo lo que está vivo. Parecen revivir e ilusionarse de nuevo con El patito feo, hasta que, inevitablemente, surge el tema de la nostalgia, del tiempo perdido, sobre todo hablando de política, y de la imposibilidad de recuperarlo. Cada vez menos convencidos de la efectividad de su terapia, reflexionan sobre la soledad y lo efímero de las relaciones en El hombre de nieve y sobre el egoísmo y lo que han dado al mundo en El caracol y el rosal. Y es que los cuentos de hadas pueden ser más duros que la propia realidad.

Una entrañable y lúcida novela sobre el inevitable devenir del paso de los años y el valor de la amistad, que conjuga los cuentos de Andersen, algunos muy populares otros menos conocidos, con los comentarios de los dos ancianos: entrañables, divertidos, irónicos, picantes o pesimistas, pero en todo caso, siempre certeros. En definitiva, Javier Tomeo en estado puro.

(Texto de contraportada)

25/01/2006 13:02. Enlace permanente. Tema: Culturetas No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (4)

He tenido que confesarle a mi compañera que, a mis años, todavía no sé nada de ordenadores. Ella me ha dicho que siempre hay una primera vez, que no le importa ser mi iniciadora y que podíamos empezar de inmediato las clases. He decidido aprender informática. Sobre todo si Laura F sigue ayudándome a jugar con el ratón por la alfombra colocando su mano sobre la mía.

No sé si por pereza, por timidez, por incapacidad o porque no tenía ganas de trabajar, durante mi primer día en la tienda me he especializado en la complicada tarea –dada la nutrida afluencia de potenciales compradores– de evitar clientes: cada vez que alguien me preguntaba por un libro mi respuesta era permanecer absolutamente inmóvil, como los bichos de los documentales cuando tratan de ocultarse de sus depredadores, contemplando al interlocutor de turno como quien oye por primera vez esa extraña palabra. Mi representación del lerdo irrecuperable para la sociedad ha resultado bastante convincente.

Si tengo que hacer balance de mi primer día de trabajo, si quiero colocar algo en el haber de mi cuenta, destacaré que en la tienda hace menos frío que en la calle. Y que las manos de Laura F son más cálidas que el cartel que sostenía entre las mías hasta ayer mismo. Mañana volveré a verla porque, a pesar de mi demostrada ineptitud, todavía conservo el empleo después de doce horas de jornada.

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25/01/2006 17:23. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (5)

Carlos se ha extrañado al verme sentado a la mesa de la cocina y dispuesto a desayunar con él. Habitualmente nuestra hora de saludar al mundo por la mañana es diferente: el suele madrugar más que yo y, sobre todo, lo hace con mayor regularidad dado el carácter más estable de su empleo. Por eso, al encontrarme despierto y vestido a una hora tan inusual me ha preguntado si había pasado mala noche y tenía que llevarme al hospital o algo por el estilo. Es un encanto de muchacho, lo ha dicho sin ninguna malicia, convencido de que si había madrugado tanto debía ser por algo grave. Le he contestado simplemente que había pensado acudir a la puerta del banco un poco antes, que ayer había tenido problemas con otro mendigo que quería levantarme el puesto y eso no podía permitirlo. No le he querido contar nada de mi nuevo trabajo: el pobre podría preocuparse de veras.

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25/01/2006 17:24. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (6)

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Mi ascenso en la empresa está siendo imparable: Martín, el encargado, me ha asignado ya número de vendedor. Es un código que debo teclear en la caja registradora cada vez que hago una venta y una frase delatora aparece impresa en el tique que escupe la maquinita: “Le atendió Ramiro B”. Otra vez la innecesaria B. Ahora los clientes ya saben a quien deben dirigirse cuando quieren reclamar algo sobre una venta que haya hecho yo. La solución para evitar problemas es sencilla, basta con tratar de no vender demasiado. O teclear el código de algún compañero. En cuanto a las posibles reclamaciones, espero que se refieran a cambios de libros que ya tienen los destinatarios a quienes se pretendía regalarlos, porque como alguien me diga que no le gusta el libro que ha comprado para su propio consumo... A mi tampoco me gusta venderlos y no le voy a dar la murga a nadie.

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25/01/2006 17:26. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (7)

Laura F, sin embargo, parece disfrutar en cada venta. Incluso cuando después de atender a un cliente no consigue colocarle algún libro, ella se muestra satisfecha y le despide con una amplia sonrisa. También tengo la impresión de que me mira más de lo habitual entre compañeros. Yo no estoy acostumbrado a sentir sobre mí los ojos de nadie, mucho menos los de una mujer, pero no me disgusta que lo haga. Y tampoco que me ayude a aprender cómo se maneja el ordenador para hacer consultas: me gusta notar su mano sobre la mía mientras paseamos juntos el ratón por la alfombrilla, me gusta el roce de sus pechos sobre mi hombro derecho –creo que fuerza algo la posición para que ese contacto sea posible–, me gusta como huele su cuello junto al mío... Creo que terminaré aprendiendo a manejar la base de datos de la tienda.

He tenido ocasión de escaparme un rato del Infierno y he subido a echar un vistazo por el Purgatorio musical. Allí he conocido a Clara. Clara a secas, sin letra que la persiga a todas partes. En cuanto me he topado con Martín, le he preguntado por las razones de esa distinción, por qué yo llevo una B tras mi nombre, Laura una F y Clara nada. El encargado me ha dicho que porque no hay más claras en la tienda. No he podido callarme: le he replicado que tampoco hay más ramiros, ni más lauras, pero Martín se ha dado la vuelta ignorando mis palabras. Poco después, me he percatado de que Martín tampoco tiene letra que haga sombra a su nombre.

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26/01/2006 11:51. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (8)

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Me gusta esto del pago con tarjeta de crédito o con la de la tienda, pues es una buena manera de poner nombre y apellidos a clientes a los que antes sólo podía referirme con vaguedades como “el tipo de la camisa de cuadros”, “la mujer de pelo corto y gafas con montura de pasta”, “el hombre que suele llevar un abrigo negro”... ¿Y si el tipo de la camisa de cuadros se compra una de rayas? ¿o si la mujer de pelo corto se deja crecer el cabello y comienza a utilizar lentillas? ¿y qué pasará en verano, cuando el hombre se quite le abrigo negro? No, es mucho mejor así, con nombre y apellidos que les identifique sin lugar a errores. Pero con apellidos completos, no como la B que se ha convertido en mi sombra.

Por supuesto, hay más cosas que se pueden conocer de cada cliente: con sólo pulsar un par de teclas te pones al corriente de sus gustos literarios o musicales mediante una ficha que detalla las compras realizadas a lo largo de los últimos años; la ficha también dice si suelen pagar a crédito o disponen de efectivo (aunque paguen en metálico, muchos te hacen pasar por el lector la tarjeta que les acredita como clientes: para acumular puntos, parece ser, que luego gastan en la propia tienda, dónde si no); la entidad bancaria con la que trabajan en la actualidad y las que utilizaban anteriormente; si hacen uso de las promociones especiales... y su dirección completa, evidentemente. En principio, de sus familias no solemos saber demasiado. Salvo que investiguemos en nuestro tiempo libre, claro.

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26/01/2006 12:00. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (9)

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Hoy me ha tocado envolver mi primer libro para regalo. No lo sabía, pensaba que había compañeros con ese cometido en exclusiva, y sin embargo esa es otra de las funciones de los empleados a los que Martín recluta.

Hasta la fecha, jamás había envuelto nada más complicado que un bocadillo de chorizo en una hoja de periódico, pero todo es cuestión de poner algo de voluntad. Con los pliegues del papel no he tenido muchos problemas, lo peor ha sido cuando me ha tocado pegar el celofán: he comenzado a odiar a Martín por los trabajos que nos obliga a hacer, y si hubiera dispuesto de un rollo interminable de papel adhesivo, no habría dudado en forrar al encargado hasta que no pudiera respirar por uno solo de sus poros. Lo único bueno de todo lo sucedido es que Laura F se ha ofrecido a ayudarme, ha terminado de preparar el paquete, le ha colocado el lazo y ha pegado un enorme Felicidades en una de las esquinas. Cuando le he querido dar las gracias, ella me ha tapado la boca con un trocito de celo que llevaba pegado en el dorso de la mano. Y el roce de su dedo sobre mis labios... han pasado varias horas y todavía llevo el celo cruzado sobre la boca. Algunos clientes comprometidos con cualquier causa imaginable me han preguntado si estaba manifestándome a favor de la libertad de expresión; otros, más astutos, me han mirado como se mira a un gilipollas.

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26/01/2006 12:02. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

El leopardo de la medianoche

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EL LEOPARDO DE LA MEDIANOCHE
James McClure
EDITORIAL FUNAMBULISTA. 2005

Desde que, a finales de los ochenta, la editorial Júcar publicara en su colección Etiqueta Negra dos excepcionales títulos de este autor (“El cerdo de vapor” y “El huevo ingenioso”), no habíamos tenido ocasión de ver por estos lares una nueva traducción de los casos protagonizados por una de las parejas más atípicas del género: el teniente (blanco) Kramer y el sargento (bantú y, por supuesto, negro) Zondi, miembros los dos de la Brigada de Homicidios de Trekkesburg, Sudáfrica.

Desgraciadamente, han tenido que pasar más de quince años hasta que una nueva editorial ponga en nuestras manos otra joya del autor sudafricano, novela publicada originalmente en 1972 y que, cronológicamente, se sitúa a continuación de “El cerdo de vapor”, la primera de la serie y por la que obtuvo en 1971 el premio Gold Dagger de la Asociación Británica de Escritores de Novela Negra.

James McClure, nacido en 1939 en Pietermaritzburg, inició su carrera profesional como fotógrafo, compartiendo estudio con Tom Sharpe. En 1965 se exilió voluntariamente a Inglaterra pues, según sus propias palabras, “el apartheid me parecía absolutamente repugnante, y no sabía cómo quedarme sin formar parte de él”. Y es esa repugnancia por tan denigrante régimen político el que le lleva a descargar su ira mediante el género negro, porque, como dice el autor, “La novela negra se filtra por otro canal. La gente la lee en principio para evadirse, para pasar un buen rato. Y ese era el terreno en que yo pensaba que realmente podía golpear con más eficacia a un público conservador”.

Así es como crea a la curiosa pareja protagonista, que aunque pueda parecer ilógica en principio (un policía blanco y otro negro como compañeros en un régimen racista) debía ser habitual en la realidad, pues cada uno cumple su cometido en la resolución de los casos que investigan: Kramer interroga a los dominantes blancos y Zondi a los siervos negros, y así nadie se siente ofendido.

En “El Leopardo de la medianoche”, Kramer y Zondi deben resolver un enigma que comienza con la aparición del cadáver de un muchacho afrikáner (los descendientes de los holandeses colonizadores del país), mutilado en lo que parece la obra de un pervertido sexual. Pero el hallazgo de una oruga seccionada longitudinalmente y la averiguación de que el muchacho era miembro del Club de los Detectives, una especie de asociación cuya misión es alentar la colaboración de los niños en el mantenimiento del orden establecido y de paso perpetuar la visión racista de la sociedad, hace que los investigadores se inclinen por la posibilidad de encontrarse ante un crimen premeditado. Una extraña clave escrita en envoltorios de chicle, una Reina enterrada en el jardín de una mansión residencial de las afueras de la ciudad, o las clases de baile que el afrikaner muerto ha tomado en un club inglés conducen la trama hacia un desenlace del que no adivinaremos todo hasta casi volver la última página de la novela.

Como es habitual en McClure, la trama se desarrolla entre continuas muestras de ironía, situaciones surrealistas (la forma en que se produce la detención de uno de los colaboradores de Kramer por parte de la propia policía es absolutamente demencial) y un auténtico rosario de personajes secundarios con un carácter tan bien definido como el de los propios protagonistas: la viuda Fourie, madre de cuatro hijos y con la que Kramer mantiene una larga e inestable relación; Lisbet Louw, profesora del muchacho asesinado y decisiva a la hora de interpretar hechos que el teniente no termina de comprender; el agente Hendriks y sus permanentes granos adolescentes; el sargento Kritzinger, que nunca necesitará un pañuelo si tiene una corbata anudada al cuello; el capitán inglés Jarvis y su extraña familia; Nielsen, un naturalista que pasa las noches recolectando cagadas de musaraña; o Pembrook, el nuevo ayudante del teniente, sagaz en ocasiones pero infinitamente torpe la mayor parte del tiempo.

A través de estos y otros muchos personajes, McClure nos muestra cómo es la compleja sociedad sudafricana de los años setenta, utilizando el humor como mejor modo de denunciar las aberraciones de una sociedad clasista y racista, caracterizada por la presencia de multitud de grupos enfrentados entre sí, ingleses contra boers (ambos de acuerdo en un solo aspecto: la supremacía de los blancos sobre los negros) y bantús mirando por encima del hombro a zulúes, pues siempre ha habido clases y dentro de las clases, categorías.

Si no me equivoco, todavía quedan varios títulos protagonizados por Kramer y Zondi inéditos en España. Esperemos que no tengan que pasar otros quince años antes de poder disfrutar de nuevo de la voz diferente de James McClure.

Ricardo Bosque

26/01/2006 12:53. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Negro como el tizón No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (10)

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Me encanta observar a la gente. Es algo que ya hacía de pequeño, pero en lugar de gente observaba peces, los del acuario de mi padre, ese general de brigada o de división, o qué sé yo, que trataba de ponernos firmes a todos cada dos por tres.

En casi todas las casas, la tele es el centro neurálgico del salón. En mis tiempos, las casas no tenían salón o, si lo tenían, sólo abrían sus puertas cuando los padres querían impresionar a alguna visita. El resto del año, cerrados por motivos desconocidos, aunque se convirtieran así en habitaciones inutilizadas que te obligaban a compartir dormitorio y cama con algunos de tus hermanos. No, las casas no tenían salón, tenían cuarto de estar y, como motivo principal de atracción, la tele. En blanco y negro, claro.

Nuestro cuarto de estar tenía tele, claro. Y en blanco y negro, claro. Pero el centro de atención era, al menos para mí, el gran acuario que mi padre cuidaba personalmente, sin permitir que nadie metiera mano en él, ni figurada ni literalmente.

El acuario era en color, por eso me gustaba a mí más que la tele. Mi padre, como buen militar, se podía pasar horas viendo desfilar a los peces de un extremo a otro del recipiente que los retenía. Casi dos metros de longitud de pecera. Ahora me atrevo a llamarla pecera o acuario indistintamente, pero la primera vez que llamé a aquel acuario pecera mi padre me pegó una hostia con el revés de la mano, y no me hizo una aguadilla dentro de la pecera (perdón, acuario) por no incordiar a sus legítimos inquilinos.

Sólo él se ocupaba de sus peces, del tiburón bala, de los barrefondos, de aquellos redondos, planos y con el cuerdo rayado que nunca he sabido cómo coño se llamaban, de otros chiquitines y con una raya fluorescente en el costado que siempre se movían a una, como turistas japoneses. Su preferido, evidentemente, era el que mi padre denominaba “guerrero de Siam”, un pez pequeñajo y con cara de mala leche que no paraba de incordiar a todos los demás. El macarra de las profundidades, vaya.

El resto de la familia tenía prohibido hacer otra cosa que no fuera contemplar las marchas militares de aquellos estúpidos bichos. Por eso, cuando mi padre estaba en casa, yo no prestaba demasiada atención al tema. Pero aprovechaba sus ausencias, cuando se iba al cuartel dejando indefensos a sus estúpidos reclutas con escamas, para meter mano en el interior del acuario y agitar las aguas para ver qué pasaba con los peces. El que más se acojonaba era, invariablemente, el “guerrero de Siam”.

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27/01/2006 09:25. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (11)

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Ya son las once y media y sigue helando en la calle. Y no lo sé porque haya salido a comprobarlo, sino porque me lo ha contado Laura F. Pero es que ella tampoco ha salido todavía.

Cuando le he preguntado cómo lo sabía me ha llevado de la mano hasta una zona de la tienda en la que tenemos los libros infantiles. Es una salita en la que hay distribuidas unas mesas y sillas de tamaño adecuado para sus potenciales usuarios; con ellas se pretende fomentar el hábito de la lectura entre nuestros clientes más pequeños y, sin embargo, quienes ocupaban hoy dos de las sillitas eran dos caballeros de más de sesenta y cinco años.

Ambos llevan la cabeza cubierta, uno de ellos con una gorra de color marrón y de corte proletario, el otro con un gorro de lana de color rojo. Será por ese tocado, por la prominente barriga que intenta encajar entre la silla y la mesa y por la barba blanca que luce que me ha recordado a Papa Noel. ¡A punto he estado de pedirle algo para Nochebuena!

Le he preguntado a Laura F si se trata de dos inspectores del “Control de calidad literaria infantil y juvenil”, si es que existe semejante organismo. No ha comprendido mi ironía. “Si existiera, las tres cuartas partes de las estanterías estarían vacías”, me ha contestado muy seria.

Dice que son dos niños que, siempre que hace demasiado frío en la calle, entran en la tienda y pasan varias horas bebiendo ron con Long John Silver, combatiendo al lado de Yáñez y Sandokan, admirando los tesoros de Nemo, sudando la gota gorda con el profesor Otto Liddenbrock… y que ahí están hasta la una y media, hora en que regresan a sus casas para comer.

Cuando Laura F ha ido a atender a una cliente, he rebuscado en un estante y he encontrado una reedición de “El pequeño Nicolás” de Goscinny. Yo la leí de crío como “Le petit Nicolas”, pero el efecto ha sido casi el mismo en cuanto le he echado un vistazo: una sonrisa de oreja a oreja que ha terminado en abierta carcajada.

Me he acercado a los abuelos. Noel me ha invitado a sentarme junto a ellos: hemos pasado un rato estupendo los tres juntos.

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27/01/2006 09:27. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (12)

Desde que descubrí lo del pago con tarjeta, pienso que mi trabajo aquí va adquiriendo otro sentido. No creo que nunca llegue a ser empleado del mes (si lo consigo será por algún error del sistema que controla las ventas de cada cual, desde luego), pero sí pongo algún empeño en vender a quien yo elijo, pues no veo otro modo de conseguir información que a través de la venta.

Le había visto ya en varias ocasiones y desde el primer momento le clasifiqué en la categoría de “los indecisos”. A ello contribuyó su manera errática de moverse por la tienda, su continuo movimiento de cabeza a derecha e izquierda tratando de averiguar si alguien le mira (al principio pensé en la posibilidad de que se tratara del típico robalibros), su costumbre de bajar la mirada al suelo cada vez que intuye que otro cliente le está observando… y, cómo no, su afición por esos horribles libros de autoyuda que sólo ayudan a quien los escribe (a ganar dinero a costa de bobos indecisos como mi cliente, claro).

Hoy no lo he podido evitar, y cuando he visto que hojeaba y ojeaba sin parar un ejemplar de la última estupidez que ha llegado a la tienda me he visto obligado a arrebatarle el libro de las manos. Al leer el título, he pensado que, por una vez, la editorial se había dejado de diplomacias y había decidido llamar a las cosas por su nombre, calificando a sus potenciales lectores como se merecen. “Abre el melón ”, se titula la cosa. “Cómo te puede ayudar el Coaching a conseguir tus metas”, aclara la portada. ¿Coaching? ¿Quién coño se ha inventado semejante palabro?

Al arrancarle el libro de las manos, el cliente me ha mirado con ojos temblorosos, disculpándose por no sabía bien qué delito. Le he explicado que ese libro no era para él, que sin duda le gustaría más “Psicopatología de la vida cotidiana”, de Freud. Me ha seguido hasta la caja como un corderito, ha sacado la tarjeta de cliente y se ha marchado con el tocho bajo el brazo.

Se llama Manuel Fabra y no sé si volveré a verle por aquí.

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27/01/2006 09:29. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Nos vamos a publicidad

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Se empieza persiguiendo a los fumadores y luego pasa lo que pasa...
27/01/2006 16:21. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: La falsa No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (13)

No sé cómo lo ha hecho, pero Carlos se ha enterado de lo de mi trabajo. Tal vez me haya seguido al salir de casa. Sí, eso debe ser, porque él es más madrugador que yo y, sin embargo, ayer se quedó en casa después de que yo saliera para la tienda. Si es así, debió quedarse de piedra al verme acudir a un sitio distinto de mis escaleras del Banco de Crédito Agrícola, último trabajo del que Carlos tenía conocimiento.

No me gusta que me sigan, que los demás se interesen por lo que hago o dejo de hacer. Para eso ya estoy yo. Me basto y me sobro. Con Carlos puedo ser algo más condescendiente, ya que se trata de un alma cándida incapaz de la menor maldad, pero me preocupa que se preocupe por mí. Lo de menos es que, a partir de ahora, deba colaborar en el pago del alquiler (él ni siquiera me lo ha insinuado, pero creo que es de recibo) o poner dinero para el fondo común de comida, bebida y productos de limpieza. Lo verdaderamente sangrante es que uno no pueda disponer de un mínimo de intimidad, de vida privada al abrigo de las miradas curiosas de quienes te rodean.

Si sigo en la tienda un tiempo, tal vez deba plantearme buscar un apartamento propio y pasar de Carlos aunque le duela. Y es que a veces se comporta como la típica esposa celosa que tanto me fastidia.

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28/01/2006 12:39. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (14)

Hoy ha vuelto a estar en la tienda, rebuscando entre los libros de bolsillo como hace siempre, sin orden aparente, pasando de los autores que comienzan por C a los que lo hacen por H, como si le diera igual qué comprar, como si sólo pretendiera pasar un rato caliente. O como si buscase en los personajes de papel la compañía que no encuentra entre los de carne y hueso.

Sus dedos caminan sobre el lomo de los libros como si estuvieran tocando un arpa. Sin embargo, su mirada no sigue la trayectoria de los dedos, su mirada está siempre en otra estantería diferente de la que utiliza para componer. Porque todo en ella me sugiere música. Sus dedos tocan el arpa; sus pies, cuando desciende por las escaleras, no pisan peldaños sino las teclas de un piano. Suaves y firmes.

Lleva el pelo corto, demasiado para mi gusto. Y usa unas gafas de pasta que no le sientan muy bien, aunque le dan un toque intelectual que supongo es lo que busca.

Suele venir un par de veces a la semana. Todavía no sé si es madre pero, en caso de serlo, seguro que viene por aquí después de dejar a los niños en el autobús del colegio. Va recorriendo con su arpa toda la tienda, pero siempre termina donde la novela romántica, y allí pasa un buen rato. Eso sí, desde que trabajo aquí todavía no ha comprado nada.

Algún día preguntaré a Clara si en su planta se comporta del mismo modo: los que vivimos en el Infierno poco sabemos del Purgatorio y nada del Cielo.

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28/01/2006 12:40. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (15)

El cliente siempre tiene la razón, dice Martín. Mi opinión es que ni Martín ni el cliente tienen ni puta idea de lo que hablan.

En cuanto he llegado a la tienda, el encargado me ha cogido del brazo sin apenas darme tiempo a ponerme el chaleco de vendedor y me ha obligado a entrar en uno de los cuartos que utilizamos como almacén. Bien, al menos ha tenido el tacto de no abroncarme delante de Laura F y el resto de compañeros.

Dice que se ha recibido en el buzón de sugerencias una queja contra un vendedor de la planta de libros. La queja no llevaba firma, pero sí identificaba al sujeto objeto de la reclamación, un tal Ramiro B, como dice Martín que rezaba literalmente el anónimo. Y se refería al tal Ramiro B como un tipo un tanto brusco en su modo de relacionarse con la clientela del establecimiento. Martín me ha soltado el brazo después de asegurarse, mediante una mirada fija al estilo película del oeste, de que cosas así no volverán a repetirse en el futuro.

Anónimo pero imprudente y precipitado, he pensado de inmediato. Y es que, de acuerdo con el paupérrimo volumen de ventas que llevo acumulado desde que entré a trabajar, el anónimo cliente que me ha tachado de “un tanto brusco” sólo puede responder al nombre de Manuel Fabra. Sin dudarlo, le he borrado de mi lista de indecisos y he añadido su nombre en la de imbéciles.

Cuando venga por aquí (hace unos días que no aparece, el muy cobarde) tal vez le aclare lo que es ser brusco. Aunque quizás simplemente su reclamación ha sido consecuencia de que no le gustó el libro que le recomendé. Si le hubiera dejado llevarse el del melón…

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28/01/2006 12:41. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (16)

Esta mañana he extraído un libro de uno de los estantes de la librería de casa. Da igual de qué libro se trata, es un detalle sin importancia. Lo trascendente es que al abrir el libro, una fotografía se ha deslizado de su interior cayendo al suelo. La he recogido y, al contemplarla, he entendido por qué he terminado pidiendo a veces en la calle: el tema de la fotografía soy yo, con ocho o nueve meses de edad, tendido sobre una acera junta a la persiana metálica de un taller. Al parecer, mis padres no tenían otro lugar mejor para inmortalizarme, depositado en la calle como un niño abandonado en Navidad. Si ante mí hubieran colocado un pedazo de cartón con alguna petición expresa (amor, comida, dinero, una familia adoptiva...) el efecto hubiera sido definitivo. Ahora sé que mi destino estaba marcado, al menos, desde los ocho o nueve meses de edad. Y contra el destino poca resistencia se puede oponer.

Otro pensamiento me ha asaltado de pronto: ¿y si efectivamente yo hubiera sido un niño abandonado? ¿y si el sargento chusquero que he tenido como padre no fuera sino un tipo que pasaba por allí poco después de que alguien me dejara tirado?

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29/01/2006 19:52. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (17)

El muy cobarde ha regresado y no le he quitado ojo de encima desde que ha entrado en mi planta. Ha dado un rodeo innecesario para llegar a donde siempre, supongo que para no cruzarse conmigo. Se le ve la culpabilidad en los ojos, en esos ojos de carnero “degollao” que decía mi abuela lucen los tristes y cobardes.

Estaba consultando los habituales libros de autoayuda que suele comprar cuando me he acercado por la espalda y le he picoteado el hombro con un dedo índice afilado como el pico de un cuervo. Ha dado un respingo –cobarde y asustadizo, el hombre– y al volverse le he preguntado si podía ayudarle en algo. Al mirar su cara de infarto, se me ha ocurrido de pronto que tal vez le vendría bien algún libro sobre cómo prevenir paros cardiacos.

Con una desagradable voz ronca, que suena como un eructo interminable que es capaz de modular con los labios, me ha respondido que sólo estaba echando un vistazo. He dejado que siguiera con su vistazo y yo tampoco le he perdido de vista a él.

Cuando Manuel Fabra pensaba que no le miraba, ha sacado un ejemplar de una estantería y se ha dirigido rápidamente hacia Laura F, esquivando mi probable placaje como si estuviera disputando un partido de rugby. Ha abonado la compra y ha salido sin despedirse de mí. Aunque no era necesario, he ido a comprobar a qué libro podía corresponder el hueco que ha dejado en la estantería: “Abre el melón”, claro. Cobarde, asustadizo y perseverante, Manuel Fabra.

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29/01/2006 19:53. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (18)

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La mujer de pelo corto y gafas con montura de pasta, la que acostumbra a tocar el arpa con los libros de las diferentes estanterías mientras mira al tendido, se llama Carmen Lázaro. Lo sé porque hoy ha pagado con tarjeta. El importe de su compra ha sido ridículo, así que tal vez haya pagado con tarjeta para que yo sepa su nombre.

Ha venido a la misma hora de siempre, casi nada más abrir la tienda. No ha variado su recorrido en absoluto, un paseo anárquico por toda la tienda para terminar en su zona preferida. Desde allí, semioculta por esas estanterías repletas de lo que algunos llaman “novela testimonial”, me ha lanzado algunas miradas fugaces, como sin querer, mientras yo fingía estar ocupado ordenando lo que otros revuelven. Ha tenido varios libros en sus manos, los hojeaba y volvía a dejar en su lugar, hasta que se ha detenido un tiempo extra en uno concreto.

Cuando me ha visto lo suficientemente desocupado como para no molestarme, se ha venido hacia mí con la novela en la mano: un ejemplar de bolsillo de Marcela Serrano, no sé qué de unas mujercitas. Juntos hemos ido hasta la caja, lo he pasado por el lector de códigos de barras y ha marcado poco más de cinco euros. Cuando me ha dado la tarjeta, la manga de la cazadora se le ha subido unos centímetros dejando a la vista un vendaje blanco de aspecto casero. Una caída tonta, ya ves, me ha explicado antes de que yo pudiera preguntarle nada.

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29/01/2006 19:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (19)

Desde que una foto de cuando era un bebé salió como por arte de magia de un libro que hacía años que no abría no he dejado de pensar en mis orígenes reales. No en mis Reales Orígenes, que no aspiro a tal cosa, sino a la identidad real de mis progenitores. Porque, claro, cuando la única foto que conservas de tu infancia te muestra tirado en la calle ante la puerta metálica de un taller, te formulas muchas preguntas.

La más evidente, desde luego, es si no serás realmente un bebé abandonado. Y de esta pregunta surge la siguiente: ¿son mis padres genéticos quienes me han criado o se trata de unos padres adoptivos?

Llevo horas con una foto mía en la mano derecha. Una foto reciente, quiero decir. De fotomatón, pero sirve para lo que pretendo. Con el dedo índice de la izquierda simulo un bigotillo como el que luce el que dice ser mi padre en su foto de boda con la que dice ser mi madre. Miro y remiro, y llego a la conclusión de que, afortunadamente, no me parezco en nada al general de brigada o de división o qué sé yo que pretende ser mi padre.

Me quito el bigote y veo que tampoco me parezco mucho a mi supuesta madre. Pero eso no quiere decir nada: cantidad de críos no se parecen a sus padres y no se cuestionan su origen. Claro, seguro que ellos no habrán encontrado nunca una foto en la aparezcan abandonados ante la puerta de un taller.

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30/01/2006 10:50. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (20)

El ordenador de la tienda lo sabe todo acerca de nuestros clientes: sus datos personales, la entidad bancaria con la que trabajan, si compran a crédito o en efectivo, a qué hora suelen realizar sus compras y qué es lo que compran.

Así he accedido a los gustos literarios de Carmen Lázaro, de los que hasta ahora tenía una ligera idea que hoy he podido confirmar. Entre las compras de los últimos cinco años hay varios nombres que destacan: Grandes, Serrano, Chevalier, Allende, Montero, Vreeland… Movido por la curiosidad, he indagado en las novelas que ha ido comprando de cada una de las escritoras, y he comprobado incrédulo que de casi todas ellas tiene la edición en tapa dura y la posterior en bolsillo.

“Hasta siempre, mujercitas” ha sido el último que ha adoptado para su librería particular. ¿Una despedida? ¿significa esto que no volveré a verla por la tienda?

He cerrado su ficha cuando me he dado cuenta de que Laura F estaba mirando por encima de mi hombro, algo que no soporto. Le he dejado el ordenador todo para ella y me he alejado pensando que, en caso de que Carmen Lázaro disponga en su casa de un estudio que haga las veces de biblioteca, en la puerta de acceso un cartel debería advertir: “Sólo para mujeres (melancólicas)”.

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30/01/2006 10:51. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (21)

Clara puede resultar mona, aunque me da la impresión de que está atravesando una crisis de ubicación cronológica. O tal vez siempre haya sido así, yo llevo poco tiempo en la casa para poder afirmarlo con total certeza.

Porque Clara se acerca peligrosamente a los cuarenta años, y a esa edad una no puede vestir como si fuera la presidenta del club de fans de Britney Spears, con minifaldas de colegiala y botas altas, blusa blanca y chaqueta azul marino de corte juvenil, ni peinarse con dos principios de coleta naciendo por encima de las orejas… He visto niñas en los comics manga mucho más moderadas que Clara.

Esta tarde, un poco antes de cerrar, me he escapado de mi planta y he subido a la de los discos, en la que trabaja nuestra adolescente cuarentona. Claro que tal vez no sea culpa suya, porque si te hacen vender diariamente los cedés estrella de los cuarenta principales alguna transformación debe producirse en tu cerebro… véase si no el modo peculiar de expresarse de Fernandisco y otros pinchadiscos como él.

Mi intención era preguntar a Clara por su impresión sobre Carmen Lázaro, sobre si también cuando visita su planta recorre las distintas zonas sin apenas prestar atención a su contenido para terminar inevitablemente en una sección determinada. La de música romanticona, tipo Julio Iglesias, Luis Miguel, Céline Dion y cantantes por el estilo.

He recorrido la planta hasta que la he visto, en un rincón más bien discreto, con la espalda apoyada en la pared y Martín frente a ella, un brazo sobre el hombro de la mujer y la boca junto a su oído, más cerca de lo que resulta necesario para hacerse escuchar. Martín, de espaldas a mí, no me ha visto. Clara, mirando en mi dirección con los ojos entreabiertos, sí. Ha susurrado algo a Martín y se lo ha quitado de encima con un gesto un tanto brusco. Me ha parecido ver el brillo de una lágrima resbalando por su mejilla.

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30/01/2006 10:52. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

La verdad del Caimán

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LA VERDAD DEL CAIMÁN

Massimo Carlotto

EDICIONES BARATARIA. 2005

Corren buenos tiempos para las traducciones al castellano de autores italianos de novela negra. Tras las recientes novelas de Marco Vichi, Giorgio Todde o Valerio Varesi entre otros, llega a mis manos la obra de quien, cronológicamente, debería ser uno de pioneros por estas tierras, pues su primera novela negra data de 1995. Hablo de La verdad del Caimán, de Massimo Carlotto, que con este título inició una serie de cinco novelas que espero sean traducidas a lo largo de los próximos años.

Carlotto es un tipo con una biografía ciertamente curiosa. Nacido en Padua en 1956 y actualmente residente en Cagliari, fue acusado en 1976 del asesinato de una mujer del que él fue el único testigo. Tras pasar seis años en la cárcel, estuvo otros cinco fugado por distintos países europeos, entre ellos España. Y fue en 1993 cuando el Presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro le concedió el indulto. Su fuga quedó reflejada en una novela autobiográfica publicada en 1995, "Il fuggiasco", llevada al cine en 2003 por Andrea Manni.

La verdad del Caimán también cuenta con evidentes tintes biográficos. De hecho, en la contracubierta podemos leer: "La verdad del Caimán es ciertamente mi historia. Tanto es así que en Padua, cuando salió el libro, se armó un escándalo porque la gente reconocía por la calle a los personajes y los señalaba".

El protagonista de la novela es Marco Buratti, conocido como el Caimán por su pasado como cantante de un grupo de blues, los Old Red Alligators. Tras una estancia de siete años en prisión, que podían haberse visto reducidos en caso de firmar ciertas actas y reconocer algunas caras, algo que prefirió no hacer, trabaja actualmente como detective, realizando investigaciones para toda la gente legal que necesita entrar en contacto con los bajos fondos. Bebe calvados, el único recuerdo que le queda de una novia francesa que tuvo, y nadie sabe dónde vive aunque cualquiera que haya oído hablar de él sabe cómo encontrarle: en cualquier club en el que toque una buena banda de blues.

Una abogada, Barbara Foscarini, le encarga la búsqueda de un hombre que ha aprovechado el tercer grado del que disfrutaba para no regresar a prisión, a pesar de que sólo le quedaba un año de condena por cumplir. Se trata de Alberto Magagnin, que dieciocho años atrás fue enviado a prisión acusado del homicidio de una mujer, aunque él siempre dijo que se la había encontrado muerta cuando entró a robar en su casa. Siguiendo su rastro, el Caimán llega a la casa de Piera Belli, una profesora a la que se ha visto últimamente en compañía del prófugo. El Caimán se la encuentra muerta, apuñalada, en lo que parece una repetición del pasado de Magagnin y del propio Massimo Carlotto.

El Caimán se plantea dos posibilidades: o Magagnin es nuevamente culpable o nuevamente inocente, y al ver que puede ser acusado otra vez de forma injusta, ha decidido huir. Pero un reloj manipulado deja las cosas más claras y el Caimán decide pedir ayuda a Beniamino Rossini, un cincuentón representante del hampa milanés a quien conoció en la cárcel y que, actualmente, se dedica al contrabando de todo tipo de mercancías (incluidas mujeres que terminarán dedicándose a la prostitución) entre Italia y Dalmacia. Se constituye así la curiosa pareja protagonista que deberá remontarse a aquel primer asesinato cometido dieciocho años atrás, enfrentándose a mafiosos, burgueses con tendencias sadomasoquistas, abogados, empresarios...

La novela discurre a un ritmo trepidante, casi vertiginoso, sin tiempo para innecesarias descripciones pues el mundo del Caimán queda perfectamente definido mediante sutiles pinceladas que bosquejan los bares que frecuenta, sus fieles amigos y aquellos de quienes mejor es mantenerse alejado. Estamos ante una historia que parece transcurrir siempre de noche si se entiende a qué quiero referirme con ello, a los ambientes oscuros a que nos acostumbró Hammett desde los primeros tiempos de la novela negra. Y es que el Caimán bien podría ser un personaje que se desenvolviese en cualquier historia criminal ambientada en los bajos fondos de Nueva York, Poisonville, Nueva Orleans o cualquier otra ciudad grande, mediana o pequeña de los Estados Unidos. Será por los implacables métodos que los protagonistas emplean para obtener información, por su afición hacia el alcohol, por su pasado al margen de la legalidad... o por el sonido melancólico del blues que pone música a muchos de los pasajes de la historia.

Supongo que la editorial tendrá en el tintero las siguientes entregas todavía sin publicar en España: Il mistero di Mangiabarche (1997), Nessuna cortesia all’uscita (1999), Il corriere colombiano (2000) y Il maestro di nodi (2002). Lo de menos es el título que les quieran dar en castellano; lo verdaderamente importante es que no pase demasiado tiempo hasta que podamos disfrutar del siguiente caso del Caimán que, como su autor, tuvo que trasladarse a Cagliari tras la publicación de su primera aventura.

Ricardo Bosque
30/01/2006 11:14. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Negro como el tizón Hay 1 comentario.

Le atendió Ramiro B (22)

Vale, reconozco que me está volviendo a suceder y que mi psiquiatra tiene razón: padezco el llamado T.O.C. ¿Qué significa T.O.C.? Trastorno Obsesivo Compulsivo, lo que hace que, de vez en cuando, deba poner a alguien en mi punto de mira hasta saberlo todo sobre él. Ella, en esta ocasión.

Hoy es fiesta pero me he levantado, poco más o menos, a la hora de siempre. Aunque sé dónde vive Carmen Lázaro, todavía no conozco sus horarios de fin de semana y no quiero perder la ocasión de verla en una mañana de domingo.

No podía correr el riesgo de llegar tarde, así que apenas he hojeado el periódico en el bar mientras tomaba un café con leche; un retraso, y el madrugón dominical no me habría servido de nada.

He llegado a su calle sobre las once y media. Frente a su casa hay un bar, y he pensado que era un buen sitio desde el que controlar el portal de Carmen. No me apetecía otro café, y me he decidido por una cerveza de barril. Dos cañas más tarde, Carmen Lázaro, su marido y su hijo han salido a la calle.

He pagado mis consumiciones al camarero y he salido tras ellos. Les he seguido por el barrio, manteniendo una distancia más que prudente para evitar ser descubierto, pues no habría sabido cómo explicar mi presencia allí.

A varias manzanas de su casa han entrado en una cafetería que hace chaflán. Carmen Lázaro y su hijo se han ido a sentar a una mesa junto al ventanal que se asoma a la calle mientras el marido se acercaba a la barra a pedir las bebidas y algo para picar. Carmen Lázaro miraba hacia el exterior del bar. Parecía aburrida, ausente, y así se ha mantenido incluso cuando el marido ha ido a sentarse junto a ella y el hijo. Él ha centrado la atención en su cerveza y en las patatas fritas que, aparentemente, había comprado para el niño; el muchacho sólo ha separado los ojos de la Game Boy salvo para dar algún trago a la cocacola; Carmen ha permanecido todo el tiempo con una tónica entre las manos y la mirada fuera del establecimiento.

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31/01/2006 09:07. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.

Le atendió Ramiro B (23)

No he comenzado la semana con buen pie precisamente.

Nada más llegar a la tienda, otra vez lo mismo de hace unos días. Pero esta vez Martín no ha tenido la delicadeza de llevarme fuera de la vista de los demás compañeros. Hoy, desde luego, le ha costado lo suyo reprimir esa violencia que detecté casi desde el primer momento. Se conoce que, esta vez, el asunto le afectaba de un modo más personal (y emocional) que cuando llegó la queja de Fabra al buzón de reclamaciones.

Me ha arrinconado como hizo con Clara, pero por fortuna no se ha mostrado tan cariñoso conmigo. Y no es que tenga nada contra el sexo con hombres, que nunca lo he probado; es simplemente que Martín no es mi tipo.

Casi no le han hecho falta palabras, pues por su mirada asesina he comprendido que será mejor que nadie sepa por mí lo de su relación con la Britney cuarentona que tenemos en la tienda. Y también él ha entendido, por mi mirada, que haré lo que me salga de los huevos. Porque es evidente que si todavía no me ha echado a la calle se debe a que me teme más que me odia por lo que he visto de sus carantoñas con Clara.

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31/01/2006 09:08. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Le atendió Ramiro B. No hay comentarios. Comentar.





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