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Día del Libro y San Jorge en Zaragoza

Regresa la primavera con más horas de luz y manga corta. Y con la primavera el Día del Libro y de Aragón, que por aquí nos gustan a pares.
Cálamo abre el domingo 23 de abril, pone sucursal en el Paseo de Independencia, se llena de escritores y regala borraja para tu despensa.
Siguiendo nuestra particular tradición, por la compra de un libro te obsequiamos con una deliciosa mata de borrajas, nuestra particular flor de San Jorge.
A este manjar ni Cervantes, ni Shakespeare, ni Molière se resistirían: tú seguro que tampoco.
Por la mañana pásate por la librería a tomar un vino de Bodegas Guelbenzu y a saludar a tus escritores favoritos. Por la tarde, a partir de las 18 horas, doble y europea sesión dedicada a los más pequeños: Catherine Albertini, directora del Institut Français de Zaragoza, leerá cuentos franceses (en francés, bien sûr) y Paco Goyanes los inventará (en español, claro). Habrá otras sorpresas.
Mario Precipitado (9)
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Le atendió Ramiro B (41)
Supongo que estaba esperando cerca de la tienda, agazapado en algún rincón lejos de los ojos de Carmen Lázaro. Sólo así se puede explicar que prácticamente se hayan debido cruzar sin verse en las escaleras que conducen a mi planta.
Al principio no era capaz de reconocerle, aunque su cara me sonaba. No era cliente de la tienda –jamás le había visto por aquí–, pero me resultaba familiar. Y es que, si algo tengo, es memoria fotográfica. Con los nombres, sin embargo, soy un desastre: nunca recuerdo como se llama una persona minutos después de que me la hayan presentado. Aunque tal vez no se trate de mala memoria sino de memoria selectiva, que en algún libro leí en una ocasión que el olvido de los nombres de las personas se debe a que, simplemente, la persona propietaria del nombre no te interesa en absoluto.
Lo que no recuerdo es en qué libro lo leí.
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Mario Precipitado (10)
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Mario Precipitado (11)
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Le atendió Ramiro B (42)
Mario Precipitado (12)
Le atendió Ramiro B (43)
El marido de Carmen Lázaro ha seguido una pauta de comportamiento similar a la de su mujer: deambular sin rumbo por toda la planta. Pero en su caso no parecía buscar un libro sino a una persona, pues no ha dirigido una sola mirada a nuestras bien alimentadas estanterías.
De inmediato he comprendido que mi nota llegó al destinatario equivocado, que este hombre sí tiene la fuerza suficiente como para golpear una mesa como dios manda y que su primera visita a la tienda no tiene otro objetivo que el de buscar a un tipo llamado Manuel. Vamos, que la he liado bien.
Después de recorrer toda la planta sin encontrar a nadie que respondiera al perfil que se había creado para el Manuel a cuyo contestador había llamado, se ha acercado a mí, me ha mirado de arriba abajo, ha detenido los ojos a la altura de mi pecho y he dado gracias mentalmente a Martín por haberme obligado a lucir una placa con mi nombre. Al menos ha servido para que al marido de Carmen Lázaro le quede claro que me llamo Ramiro B y no Manuel.
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Le atendió Ramiro B (44)
Nunca me han gustado los refranes, esas sentencias populares que lo mismo explican algo que su contrario. Pero tras lo sucedido hoy me ha venido a la cabeza eso de que “el hombre propone y Dios dispone”. No sé si habrá sido Dios o el puto azar, pero mi plan, evidentemente, ha fracasado.
Al menos en este primer intento, porque también hay un refrán que dice que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Así que, sin capacidad ni ganas de inventar algo más original, creo que el plan trazado inicialmente es perfectamente válido, siempre y cuando me asegure de que el mensaje llegue a la persona adecuada y no al marido de la persona adecuada. Si con Fabra funcionó (metiendo una nota en el libro que acababa de comprar), ¿por qué no intentarlo con Carmen Lázaro empleando un sistema parecido?
Y hablando de Fabra, otra expresión popular apropiada para la ocasión: “éramos pocos y parió la abuela”. Y es que, apenas habían salido primero Carmen y luego el marido, el cobarde, asustadizo, perseverante, indeciso, inseguro, apocado, obediente y ahora impuntual Manuel Fabra ha aparecido en la tienda. Esto, más que una librería, parece ya el escenario de un vodevil.
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Donde hay patrón...

¿Y qué pretendía la derecha económica de Cazurrolandia? Pues, evidentemente, la jugada perfecta, la triangulación al primer toque propia de futboleros brasileiros: nos llevamos el campo de fútbol a tomar pol saco de la ciudad (pagado con fondos municipales, claro, que no vamos a poner la idea y también la pasta), guste o no a los ciudadanos y aficionados que tal vez tengan dificultades para desplazarse o deban hacerlo obligatoriamente en coche (¡viva el desarrollo sostenible y la puta movilidad urbana!). Lo llevamos, evidentemente también, allí donde tenemos esos terrenos rústicos (como casi todo en la Inmortal) que tan poco nos costaron y tanto aumentarán de valor con un estadio y algún que otro centro comercial que nos saquemos de la manga. Y, de paso, y ya que queda libre el cacho de hierba frente al Miguel Servet, aprovechamos para construir allí mismo unos cientos de pisos para redondear las cuentas. Cacho de hierba que, gracias a otro centro comercial en construcción (Aragonia o así), se habrá revalorizado todavía más.
¿Y que pretende, a todo esto, la derecha política de Cazurrolandia? Me refiero al PP y al PAR, claro, ese otro PP tocado con boina que siendo una fuerza minoritaria lleva toda la vida (desde antes de la existencia de partidos democráticos incluso) chupando de la borrega y aferrado al sillón, repartiendo prebendas entre sus alcaldes y presidentes de comarcas. Pues qué va a pretender, cumplir y hacer cumplir los mandatos de la derecha económica, como siempre. Como cuando el tonto de Cella (así me dijeron en una ocasión que le llamaban) animó a todos los aragoneses a poner el culo con aquel rotundo y sumiso “utilízanos, Josemari” cuando era presidente de “Aragonesasín”.
Y si con la decisión judicial de paralización de las obras de la Romareda, Biel I el Inamovible se ha quedado con las ganas de utilizar la piqueta prometida, le recuerdo que, al lado del campo de fútbol tiene un auditorio por derribar y trasladar a otro sitio, a La Muela por ejemplo. Allí también daría para unas cuantas viviendas, vive Dios. Si total, para los cuatro aficionados a la cultura que semos aquí, y para un rastrillo benéfico que utiliza una vez al año las instalaciones...
Y de postre, una idea que les regalo, que hoy me siento generoso y mira que no sé por qué. Si el campo de fútbol se hace en las afueras, alguien tendrá que llevar allí cada domingo a treinta mil aficionados, digo yo, que no van a ir andando como en la actualidad, aunque no sería mala penitencia ahora que lo pienso. ¿Por qué no crean al efecto una empresa de transportes, TransBuesa, por ejemplo? Con billetes subvencionados por el municipio, claro, que tampoco es cuestión de que lo pongan todo ellos.
Le atendió Ramiro B (45)
Carmen Lázaro siempre ha sabido que si por algo no se caracteriza es por un comportamiento impulsivo. Lo de tardar horas (o días, dependiendo de la gravedad del asunto) para tomar una decisión es su marca de fábrica. Por eso es por lo que pasa tanto tiempo vagando por la librería sin saber bien qué libro comprar. Por eso a veces termina llevándose a casa un libro que ya tiene, tal vez sea el miedo a lo desconocido lo que le impulsa a leer casi siempre la misma historia, a vivir cada día la misma vida.
Por eso lleva más de una hora con el libro que acaba de comprar entre las manos, sentada en el borde de la cama, tratando de convencerse de que, efectivamente, en la esquina superior de la primera página, escrito a lápiz, lo que está viendo es un nombre y un número de teléfono. Un número de teléfono que corresponde a su misma ciudad.
Por eso lleva más de una hora preguntándose quién ha podido escribir ese nombre y ese teléfono en su libro. Por eso se pregunta una y otra vez quién es Manuel y si ese libro tenía que acabar precisamente entre sus manos o ha caído en ellas por puro azar. Por eso no es capaz de decidir si se trata de una cita para ella o para cualquier persona que hubiera podido comprar el libro.
Por eso no sabe si llamar, coge el teléfono de la mesilla y lo cuelga de inmediato. Vuele a cogerlo y lo cuelga de nuevo. Finalmente se decide, pero piensa en Luis y teme que, si comprueba las llamadas salientes (que nunca ha sabido cómo se borran de la memoria) pueda sospechar que tiene una aventura.
Saca el móvil del bolso y entra en el baño, el rincón de la casa en el que se siente más escondida. Porque nunca se sabe a qué hora puede llegar Luis a casa.
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Le atendió Ramiro B (46)
Carlos tiene la insana costumbre de no faltar al trabajo ni con fiebre, así reparta generosamente por la oficina miles de virus griposos. Pero hoy, al tercer estornudo, a la cuarta gota de moquita resbalando por su bigote, al quinto solo de trompeta tocado a pañuelo y nariz, los compañeros se han plantado, han apagado su ordenador, le han colocado la cazadora y le han invitado a marcharse cerrando cuidadosamente la puerta tras él.
Se encontraba tan mal que ha decidido tomar un taxi. El taxista se ha apresurado a ventilar el vehículo llevando todo el trayecto las ventanillas abiertas, lo que no ha contribuído precisamente a mejorar su estado de salud.
Al llegar a casa, se ha ido directo al botiquín, ha sacado el bote de los antigripales y se los ha llevado a la cocina. Un par de pildorones después estaba listo para acostarse. Pijama, manta adicional que ha sacado del altillo del armario y a la piltra.
Cubierto hasta las cejas como estaba, casi no escucha el timbre del teléfono reclamándole desde el salón. Se ha acordado del contestador y ha pensado que no era conveniente levantarse en su estado.
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Le atendió Ramiro B (47)
Carmen Lázaro sigue dudando. Finalmente decide que nada pierde por llamar y, según lo que oiga al otro lado de la línea telefónica, colgar y olvidar ese número. Incluso arrojar el libro en el que lo ha encontrado a un contenedor si es preciso.
Marca y espera. Un tono, dos, tres. A punto está de colgar. Cuatro, cinco. Suena una voz metálica.
“Soy Manuel y en este momento no puedo atenderte. Por favor, deja tu mensaje después de escuchar la señal. Ah, y si eres Carmen, no olvides decirme cuándo quieres que nos veamos en la librería”.
Al oír su nombre, Carmen no tiene tiempo de colgar como es debido. Simplemente el teléfono se le escapa de las manos por la sorpresa, choca contra el suelo y se le sale la tapa posterior.
Cuando quiere reaccionar, agacharse y recoger el móvil, comprueba que se ha desconectado con el golpe. Lo deja sobre un estante, se lava la cara, vuelve a sentarse sobre el inodoro y trata de montar de nuevo el aparato. Cuando lo consigue, enciende el aparato. Introduce el PIN y vuelve a marcar.
Ha decidido dejar grabado un mensaje.
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