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Aïcha (5 de 5)

Arrodillado, barrí la superficie con las palmas de las manos, suavemente al principio, con frenesí después, braceando como si quisiera evitar sumergirme en el agua. No quedaba ni rastro de la flor. Miré a mi alrededor: mis acompañantes me contemplaban incrédulos, tal vez pensaban que me había vuelto loco. Traté de explicarles lo que había tenido ocasión de ver, pero no parecían dispuestos a creerme. Además, las palabras me salían a borbotones y no hallaba los términos precisos para describir lo que había presenciado.

De inmediato supe que no me movería de allí hasta poder ver una vez más a mi flor, pues la exclusividad con que se había manifestado la hacía mía. Aunque más bien se podía decir que yo me había convertido en algo de su propiedad. Les expuse lo que había decidido: permanecería todo el día allí, esperando una nueva caída del sol y luego les alcanzaría forzando la marcha de mi dromedario. Los norteamericanos trataron de convencerme de que no podía quedarme solo en aquel infierno, que debía continuar con ellos como había hecho desde el principio. Jabir callaba. Yo no cedí a sus consejos, a sus ruegos casi suplicantes y el guía sólo habló cuando ya habían iniciado la marcha sin mí: “nunca nos alcanzarás, ni siquiera intentarás salir de aquí”. Esas fueron las últimas palabras que escuché.

 


 

Me quedé solo. Todo mi mundo se redujo a una superficie ilimitada de arena, un sol omnipresente del que me protegía la lona de una de las jaimas y la esperanza de ver un nuevo nacimiento de aquella flor, una flor de una belleza extremada, de unos rasgos duros como tallados a cincel pero delicada como si estuviera a punto de quebrarse a cada instante con mi sola mirada.

Durante los días siguientes, nada cambió aunque nada permanecía igual: la arena modificaba sus líneas sin descanso, el sol me mostró más tonalidades de las que había podido ver en toda mi vida, la luna tatuada en el cielo me enseñaba una mancha nueva cada noche… pero la flor seguía si aparecer. Parecía querer poner a prueba mi capacidad de sufrimiento, saber hasta qué punto estaba dispuesto a sacrificarme por ella.

Todo ese tiempo mi mente permaneció ocupada por los más variados pensamientos: el rostro de Cécile se fundía sobre la única imagen que conservaba de la flor y, un segundo después, ambas eran desplazadas por el rostro de mi padre en sus últimos días de vida; contemplaba la arena sin fin y la imaginaba cayendo por el borde del horizonte como si escapara lentamente entre mis dedos; miraba esa superficie ocre y recordaba un verano que pasé en la costa atlántica cuando era un niño, el año en que uno de mis hermanos mayores me enseño a nadar arrojándome contra las olas...

Mis reservas de agua comenzaban a escasear, mis provisiones se agotaban y yo seguía allí, cada hora que pasaba un poco más lejos de la posibilidad de alcanzar a los que habían sido mis compañeros de viaje. Entonces llegó la tormenta. La detecté porque las estrellas comenzaron a borrarse del cielo. Asustado, me acurruqué buscando la protección de las rocas y cubrí mi cuerpo con la lona, tratando de evitar lo ineludible.

Tras varias horas de angustia, de pensar que iba a morir allí, ahogado en una nube de arena, la tormenta comenzó a calmarse y en el cielo aparecieron de nuevo las estrellas. Había pasado todo ese tiempo agazapado entre las grietas de la roca, con la cabeza escondida entre las piernas y tenía todo mi cuerpo adormecido. Me incorporé lentamente, temeroso de que el viento lanzase una nueva acometida contra quien había despreciado los consejos de un guía experimentado y se había atrevido a desafiar la violencia desmedida del desierto. La luna volvía a brillar con fuerza y arrojaba algo de luz sobre el paisaje de dunas, que había cambiado por completo su fisionomía demostrando la vitalidad de la que gozaba aquel paraje que otros consideraban muerto.

Confieso que nunca imaginé que mi flor seguiría a mi lado, que habría conseguido asomar su cabeza entre la furia de la tormenta; incluso me olvidé de ella mientras pensaba en el peligro que yo mismo corría, mientras recordaba a mi padre, mientras veía por última vez el rostro de Cécile… Pero allí estaba, altiva y orgullosa como nunca… y abierta como la primera vez que la vi, como la vez que me enamoré de ella.

Pero todavía me sorprendí más cuando descubrí lo que la tormenta había rescatado de la arena. Alrededor de la flor, esparcidos por el suelo y convergiendo hacia ella como si fueran sus propios pétalos, decenas de esqueletos humanos alargaban sus brazos intentando una última caricia. Durante unos minutos escarbé con rabia, con desesperación, y encontré horrorizado nuevos huesos que todavía permanecían enterrados bajo la arena.

No pude contener las lágrimas por más tiempo, lágrimas de amargura y alegría, de pánico y firmeza a un tiempo al comprender que aquella flor era Aïcha, la inmortal. Y supe también que todos aquellos huesos esparcidos por la arena pertenecían a los hombres que, a lo largo de los siglos, habían dado su último aliento por ella, edificando a su alrededor el cementerio de vida al que yo debía incorporarme.

Han pasado varias horas, veinticuatro, quizás treinta, no sé, desde que la tormenta me devolvió a Aïcha, y al verter sobre un papel mis últimos miedos, al acariciar estas hojas con la tinta de mis últimas ilusiones, he conseguido que mi espíritu se calme, que se libere de todo temor. Sólo ahora sé que estaba en lo cierto cuando creí detectar el rostro del terror en las pupilas de Jabir mientras negaba una y otra vez la existencia de Aïcha, el nombre mismo de Aïcha. Y ahora sé también que ha llegado mi turno y espero no ser el último en ayudar a mantener viva la inmortal belleza de Aïcha.

Para Anabel, a quien debo una canción

Ricardo Bosque, 2001
 
 
Relato ganador del 2º premio del Concurso de Relatos Cortos Juan Martín Sauras 2001
06/10/2006 11:02. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra.

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