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Aïcha (4 de 5)

Jabir debía tener unos cincuenta años, pero los rigores del clima le habían proporcionado una piel ajada que le hacía aparentar quince o veinte más. Sus ojos, de un inusual color azul desgastado por el mucho sol recibido, demostraban una sabiduría natural adquirida a golpe de experiencias, la sabiduría que aporta la supervivencia en condiciones extremas. Apenas hablaba francés aunque lo entendía lo suficiente como para responder con monosílabos y gestos de las manos. Tras pocas palabras, algunos silencios calculadores y un apretón de manos, acordamos el precio: cuatrocientos dinares por una travesía que debía durar doce o catorce días; el alquiler del dromedario y la compra de provisiones correrían por mi cuenta y el regreso lo debería realizar en coche con los tres norteamericanos. La salida estaba prevista para el atardecer del día siguiente.

Por la mañana, Norman me ayudó en la tarea de aprovisionamiento: conocía a la perfección las técnicas del juego del regateo y conseguimos todo lo necesario por bastante menos dinero de lo que me pedían inicialmente. Liquidé la cuenta de mi hotel y, a las seis de la tarde, regresé al café en el que había conocido a los que iban a ser mis compañeros de viaje. Todo estaba listo para comenzar la travesía hacia el sur, hacia la región en la que, quizás, podría averiguar algo sobre Aïcha.

La caravana estaba integrada por Jabir –siempre viajando quince o veinte metros por delante del grupo, como renunciando a nuestra extraña compañía–, los tres norteamericanos y yo, todos a lomos de dromedarios. Un par de animales más, cuyas riendas estaban unidas al dromedario de Jabir, transportaban todo el equipo. Partimos en silencio cuando el sol comenzaba a ser engullido por las dunas más lejanas, como si fuera una moneda introduciéndose por la ranura de una hucha de arena. Premonitoriamente, dirigí una mirada a las casas que dejábamos atrás, los últimos signos de una vida humana que ya nunca volveré a contemplar.

Viajamos durante toda la noche. En seguida, Norman rompió el silencio de la noche con su verborrea inagotable. Yo me sentía incómodo con tanta palabrería, pues me daba la sensación de que con su charla violábamos la paz de una catedral que decoraba su cúpula negra con estrellas en lugar de representar las manidas escenas religiosas. Aceleré un poco la marcha y me acerqué a Jabir. El guía me dirigió una mirada con la que demostraba estar de acuerdo con mis pensamientos: el desierto era silencio y resultaba sacrílego ensuciarlo con palabras innecesarias.

 


Cada jornada de marcha era una prolongación natural de la anterior: un paisaje siempre idéntico pero en continua transformación, con las dunas reptando por delante de nosotros como si no quisieran ser alcanzadas; el sol siempre presente pero mostrando una amplia gama de matices a medida que transcurrían las horas; el aire extremadamente seco quemando nuestros pulmones a cada inspiración.

Nos desplazábamos en silencio durante toda la noche –los norteamericanos eran menos pródigos en palabras conforme pasaban los días, posiblemente como consecuencia de la fatiga o del aburrimiento por una aventura diferente de la que esperaban– y acampábamos al amanecer. Al tercer día de marcha le pregunte a Jabir si sabía algo de la Aïcha que yo buscaba. Su respuesta, si se pueden considerar aquellas palabras como una respuesta, me desconcertó.

–No, Aïcha no; no, Aïcha no –repetía meneando la cabeza como sacudiéndose aquel nombre que para él sí parecía significar algo. Y después se hundía en su silencio inmutable, encerrando en su chilaba cualquier intento de explicación que pudiera querer darme.

Durante los dos días siguientes no tuve ocasión de hablar con el guía, ni de Aïcha ni de ninguna otra cosa. Jabir me rehuía cada vez que me acercaba a él y prefería la compañía de Norman y sus amigos antes que quedarse a solas conmigo. No me dirigió la palabra hasta la noche que nos separamos definitivamente.

Era el séptimo día de marcha y nuestras fuerzas comenzaban a fallar. Empezábamos a sentir el declive progresivo de nuestros cuerpos, pero todavía era más terrible la derrota mental que experimentábamos: la soledad que nos rodeaba, la monotonía de un horizonte inalcanzable hacía que no acertásemos a ver el final del viaje.

Estábamos terminando de cargar nuestros enseres, dispuestos a iniciar una nueva noche de caminar bajo las estrellas tan pronto el sol fuera devorado por el desierto. Entonces miré hacia el suelo, al lado de donde había estado plantada una de las jaimas, y quedé sobrecogido, paralizado, al ver la flor más hermosa que nunca pude contemplar. Una flor que, podía jurarlo por lo más sagrado, no estaba allí un minuto antes. Su tallo espinoso no mediría más de diez o doce centímetros, pero emergía de la arena con la altivez de una diosa en un océano ocre. Me agaché para verla más de cerca y como si hubiera estado esperando la genuflexión de su siervo se abrió mostrando unos pétalos rojos que parecían surgir de la nada. Fue una visión fugaz, pues no bien sintió el último rayo de sol en su delicada cabeza volvió a esconderse en el inaccesible refugio de su mar de arena.

Continuará...

05/10/2006 11:09. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra.

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