¿Perdidos?

Con Perdidos, una de las series estrella de La Primera, me sucede un poco como con Frijolito o Yo soy Bea (todos somos Bea, diría yo en un solidario impulso). Vale, que nadie piense que me he ido del bolo estableciendo comparaciones entre argumentos o interpretaciones, me refiero exclusivamente al “tempo” de la serie.
Y es que te tragas dos capítulos de tirón (con tantas interrupciones publicitarias y tan largas que parecen pensadas para aquejados/as de cistitis) y te quedas como estabas, prácticamente igual que al principio de la tanda, sin apenas avanzar en la trama. A pesar de que parezca lo contrario, que cada capítulo te proporciona un montón de información nueva sobre la vida presente y pasada de los protagonistas, los motivos que han llevado a cada cual a estrellarse en esa suerte de isla misteriosa; pues no, que no avanza la cosa como debería, que gira y gira en torno a la estancia y gira como el derviche de Franco Battiato que gira sin parar. O será una impresión subjetiva, tal vez debida a que no sea yo una persona demasiado dada a las series.





