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Aïcha (3 de 5)

Apenas pasé un par de días en la capital, pues estaba impaciente por comprobar si mi idealización del desierto tenía algún fundamento o si su contemplación podía llegar a superar incluso las expectativas que me había formado. Un nuevo avión me dejó en Tozeur y desde allí, atravesando en autobús la interminable llanura salada del Chott el Jerid, rota tan sólo por un tenderete para que los turistas comprasen alfombras, rosas del desierto y otros recuerdos artesanales fabricados en serie, llegué a Douz.

Como ya temía desde el momento en que tomé la determinación de realizar el viaje, las agencias locales no incluían en sus programas sino visitas de pocas horas a la puerta de entrada al desierto, en caravanas organizadas y endulzadas con Coca Cola que, por los pocos dinares que costaba la entrada, mostraban la puesta del sol sobre las dunas como si se tratase de un cine de verano al aire libre; eran salidas que terminaban antes del anochecer en la piscina de un hotel de cinco estrellas. Nada parecido a lo que yo pretendía, a lo que yo había ido a buscar, a lo que necesitaba encontrar…

Ya llevaba cinco días en Douz y comenzaba a desistir de ver cumplido mi sueño de adentrarme en el desierto auténtico, de viajar hacia el sur sobre la grupa de un dromedario con la única compañía de otros hombres tan solitarios como yo, el manto de arena a nuestros pies y el sol como único testigo de nuestra osadía; así era como imaginaba los pasos de mi padre más de cincuenta años antes y eso era lo que yo buscaba. Pero nadie parecía dispuesto a acceder a mi capricho y empecé a pensar que tal vez sería mejor renunciar a aquel proyecto y regresar con Cécile, olvidando para siempre lo que nunca debería haber oído. Porque tampoco mis pesquisas sobre Aïcha habían dado fruto alguno: los pocos hombres que no se encogían de hombros cuando les preguntaba por ella miraban hacia otro lado o me contestaban con otra pregunta, pidiéndome que concretase a qué Aïcha me refería, pues parecían conocer a varias mujeres con ese nombre. Pero la que iba a ser mi última tarde en Douz –mi mochila me aguardaba en el hotel, con el peso añadido de algunos recuerdos para mi novia y dispuesta para salir a la mañana siguiente– conocí a Jabir.

 


 

Eran las siete de la tarde y las calles de Douz empezaban a llenarse de gentes de todo tipo: nativos ataviados al puro estilo beduino, turistas europeos en pantalón corto, camisetas de colores vivos y la cabeza coronada por gorras o turbantes, alguna mujer con la indumentaria occidental cubierta por un manto negro… Los cafés de fachadas blancas abrían de par en par sus puertas azulonas, en una clara invitación a acceder a su interior y pasar un tiempo difícil de medir con un vaso de té entre las manos. A la entrada de uno de esos cafés, dos hombres permanecían inmóviles como maniquíes cuyo único indicio de vida eran las burbujas que se formaban en las pipas de agua que fumaban. Saludé con un leve gesto de la cabeza y pasé al interior del local.

En una mesa apartada, un hombre de edad indefinida, vestido con chilaba de color crema y tocado con un turbante azul, parecía dormitar entre sorbo y sorbo de té. Junto a la barra, tres hombres jóvenes habían optado por la cerveza y acumulaban varios botellines vacíos frente a sí. Ocupé una mesa contigua a la suya y, aunque nunca he sido curioso, no pude evitar escuchar su conversación.

Hablaban en inglés y, a los pocos minutos, pude deducir que estaban celebrando su inminente partida hacia el desierto. Nuevamente esperanzado por poder cumplir mi propósito inicial, decidí inmiscuirme en su charla.

–Perdón –me disculpé por mi intromisión–, me ha parecido entender que estáis planeando un viaje por el desierto ¿no?

Los tres hombres hicieron converger sus miradas hacia mí. El que parecía más locuaz –de nombre, Norman– me tendió su mano y presentó a sus dos acompañantes, Samuel y Kevin. Alrededor de una nueva ronda de cervezas, comenzaron a explicarme sus proyectos. Eran tres norteamericanos que pretendían viajar hasta el sur de Túnez atravesando la parte más septentrional del Sahara y, curiosamente, siguiendo la misma línea fronteriza con Argelia a lo largo de la que mi padre había conocido a Aïcha. Y además contaban con la ayuda de un beduino que les acompañaría en la aventura desértica. No lo dudé ni un instante y, empujado por la emoción, les pedí permiso para unirme al grupo. Los tres hombres me aceptaron de inmediato, pero primero debería negociar el precio con su guía: Jabir, el hombre del turbante que seguía sentado en un rincón del café.

Continuará...

04/10/2006 11:33. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra.

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