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Aïcha (2 de 5)

Yo tenía dieciocho años cuando mi tío me habló de Aïcha, acababa de ingresar en la universidad y estaba más preocupado por mis estudios y por los aspectos más tangibles de la vida que por esas historias llenas de romanticismo que no terminaba de creer. Tras licenciarme en Derecho comencé a trabajar en el departamento de personal de una importante cadena de distribución. Debo reconocer que al principio encontraba un gran placer poniendo mis conocimientos a disposición de la compañía, incluso agradecía las palmaditas en la espalda que recibía como recompensa por la calidad de mi trabajo, pero pronto comprendí que me estaba convirtiendo en una especie de perro de presa que los directivos azuzaban contra mis propios compañeros en cada programa de reducción de plantilla que planeaban. Ya sé que una empresa no tiene alma, pero cuando también la pierden sus empleados es un claro indicio de que algo no va demasiado bien.

Mi trabajo me resultaba cada día más desagradable, pero no era capaz de abandonarlo por mucho que tuviera más de destructivo que de creativo. Sin embargo, fue la propia compañía quien tomó la decisión por mí y, después de diez años de trabajo sin horario, la dirección decidió prescindir de mis servicios. Nadie me dio explicación alguna –supongo que con treinta y dos años ya me consideraban demasiado viejo para la compañía o que, simplemente, pretendían sustituirme por alguien todavía más dócil que yo– y tampoco yo la pedí.

Así fue como me encontré en la calle, con doscientos mil francos en la cuenta corriente y un vacío interior que no encontraba modo de llenar. Sentía remordimientos por tanta gente a la que había ayudado a perder su empleo –quizás simplemente porque yo también había recibido una dosis de mi propia medicina– y pensé que lo mejor que podía hacer era tomarme un breve periodo de descanso antes de buscar un nuevo trabajo. Y sin motivo aparente me vinieron a la cabeza los recuerdos de la infancia, la imagen difuminada de mi padre y sus cuentos interminables, la dulzura de su voz –me entristeció comprobar que había olvidado las pocas palabras que aprendí en árabe– y, por supuesto, la historia de Aïcha.

En ningún momento pensé que aquella mujer pudiera vivir todavía. Ni siquiera me planteé la posibilidad de poder dar con ella, una idea que consideraba absurda pues nunca me habían dicho exactamente dónde la conoció mi padre y, aun en el caso de que siguiera viva, tal vez ya no se encontrará en Argelia, en Túnez o dondequiera que hubiera vivido algún día. No, simplemente quería averiguar por qué mi padre se había sentido atraído de tal modo por Aïcha –tal vez alguien de la zona pudiera darme información sobre ella; quién sabe si incluso se conservaba alguna fotografía suya–, sólo deseaba contemplar el paisaje en el que se había producido el encuentro y al que yo imputaba parte de la responsabilidad en aquella inusual atracción, pues siempre había relacionado la inhospitalidad del desierto con una sensualidad sin límites, la infinita curva de las dunas y sus juegos de luces y sombras con la silueta de una mujer recostada al sol, el horizonte inabarcable con la libertad absoluta…

 


 

Si yo mismo no podía encontrar las razones de aquella huida, ¿cómo podía pretender la comprensión de Cécile, mi novia? Le expliqué una y otra vez que se trataba de un viaje que debía realizar solo, pero ella no parecía dispuesta a escucharme. Espero que si algún día lee este relato, al menos me perdone y sea capaz de vislumbrar los motivos de mi sumisión a Aïcha.

A finales de octubre conseguí un nuevo empleo al que debía incorporarme dos meses más tarde, con el comienzo del año, así que pensé que había llegado el momento de realizar el viaje. Cuatro o cinco semanas serían suficientes para conocer algo de mi pasado y ordenar mis ideas sobre mi trabajo, mi vida, mi pareja… Y sin dar más explicaciones a Cécile que una simple llamada telefónica el día anterior a mi marcha, preparé una mochila con lo imprescindible y tomé un avión a Túnez.

Continuará...

03/10/2006 11:14. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra.

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