Aïcha (1 de 5)
Relato ganador del 2º premio del Concurso de Relatos Cortos Juan Martín Sauras 2001
J'irai ou ton souffle nous mene,
dans les pays d'ivoire et d'ébène
J'effacerai tes larmes, tes peines,
rien n'est trop beau pour une si belle
Aïcha (Cheb Khaled)
Mi nombre es Zeid y ya sólo espero que el viento no consiga arrastrar estas líneas, que la arena que debe acabar conmigo no oculte para siempre estas páginas que escribo en la que imagino será una de mis últimas noches de vida. Ahora sé que fue una temeridad por mi parte no obedecer al jefe de la caravana que me trajo hasta aquí, que nunca debí abandonar al grupo, que él tenía razón cuando decía que jamás podría alcanzarles de nuevo si me quedaba solo –incluso pronosticó que ni siquiera lo intentaría–, que la locura se enquistaría en mi cerebro cuando llevase varias jornadas a merced de los vientos del desierto. Pero todavía albergo la esperanza de contemplar, aunque tan sólo sea una vez más, a Aïcha. Anhelo constatar que lo que viví hace ya casi dos semanas no fue un delirio, comprobar que llegué a ver realmente a Aïcha. Sólo entonces podré morir sin temor.
La luna es mi única compañera en estos momentos, pues hace horas que incluso he dejado de escuchar el silencio de la vida nocturna que se desliza por las arenas del Sahara. Sólo la luna, mi cuaderno, mi bolígrafo y mi linterna, a la que le quedan las mismas horas de aliento que a mí. Por eso debo comenzar cuanto antes mi relato último. Quizás sea eso lo que espere Aïcha para manifestarse una vez más.
No sé exactamente cuantos días hace que abandoné a mi grupo; el tiempo no existe en lugares como éste. Pero sé que fue al atardecer cuando me quedé solo. Habíamos cabalgado durante toda la noche, desde que el sol se puso la tarde anterior hasta que la luz del amanecer comenzó a trazar nuestras sombras, todavía tímidamente, sobre una arena que iba adquiriendo unos tintes progresivamente amarillentos. Aún debíamos realizar varias horas de marcha hasta el siguiente pozo y Jabir, nuestro guía, decidió detener la caravana y establecer el campamento junto a unos roquedales que se alzaban a doscientos metros del lugar en el que nos hallábamos. Pero realmente todo esto comenzó varios meses antes de mi llegada a Douz, a este desierto del que ya no podré escapar; incluso podría decir que debería remontarme a treinta y dos años atrás, treinta y dos décadas atrás, treinta y dos siglos atrás…

Todavía no sé cuál fue la razón que me impulsó a abandonar la vida tranquila de Créteil, en las cercanías de París, para ir en busca de lo que parecía un mito, un cuento de viejas apropiado para contarse a la caída del sol. Toda mi familia había emigrado de Argelia a finales de los años cincuenta –yo nací ya con pasaporte francés– y habíamos conseguido alcanzar una vida relativamente cómoda tras unos duros inicios como metecos. Cuando yo no era más que un niño, mi padre se pasaba horas junto a mi cama contándome historias increíbles que casi nunca lograba terminar. Apenas utilizaba el francés en sus relatos, pues solía reservar el árabe para las noches y, aun sin entender muchas de aquellas palabras, los sonidos cadenciosos y bailarines que brotaban de sus labios me arrullaban y me trasladaban a latitudes que jamás había pisado. Además, esos sonidos que se arrastraban como serpientes por el aire iban formando un recio poso en mi espíritu. Pero nunca nombró a Aïcha –ahora pienso que quizás pretendía evitar que me pudiera sentir atraído por su misterio–. Fue uno de sus hermanos quien, en una reunión familiar algún tiempo después de morir mi padre, me nombró a aquella enigmática mujer. Según él, mi padre había sido uno de los pocos hombres que no habían sucumbido a su embrujo, pues se decía que muchos otros habían dado la vida por ella. Aïcha, la inmortal: así era como se refería a ella mi padre.
Al principio no hice demasiado caso de lo que mi tío me contaba, pero poco a poco comencé a sentir la necesidad de conocer algo más sobre Aïcha. Aquel repentino interés coincidió con una de esas épocas en las que todos nos vemos obligados a volver la mirada hacia nuestro interior. Hay quien lo llama melancolía; otros, nostalgia, espiritualidad, depresión incluso.
En cualquier caso, poco pude sonsacarle sobre la tal Aïcha. No empleaba sino términos vagos, imprecisos, pero siempre te sugerían la figura de una mujer extraña, fría y cálida a un tiempo, distante pero capaz de filtrarse a través de tu cuerpo como la frialdad de la niebla. El único dato objetivo que pude obtener sobre Aïcha fue el lugar donde mi padre se tropezó con ella: la había conocido en algún punto de la frontera entre Túnez y Argelia, al sur del país. Mi padre tenía entonces alrededor de veinte años y era uno de los pocos pastores nómadas que quedaban en la zona y, en una travesía entre Douz y Bordj el-Hattaba, en el extremo sur de Túnez, se topó con Aïcha.
Continuará...





