La Sevilla más monstruosa jamás imaginada

Sin duda alguna, una de las propuestas literarias más originales de los últimos años es la que nos llega de la mano de Juan Ramón Biedma y sus dos novelas ambientadas en una Sevilla que, desde luego, tiene un color especial: “El manuscrito de Dios” (Mención Especial del Jurado en el II Premio Umbriel fallado en la Semana Negra de Gijón de 2004) y “El espejo del monstruo”. Una Sevilla en la que siempre llueve, con una catedral inquietante y plagada de seres abominables que se mueven por sus calles en coreografías que recuerdan a las películas más auténticas del cine de zombies (léase La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero).
Ambas novelas responden al evidente gusto del autor por lo esperpéntico, por el retrato de una sociedad marginal por su fealdad y por lo apocalíptico en grado extremo. En la primera, y tras un título que sugiere “otra novela más de templarios y similares”, nos encontramos con un trío de protagonistas a la búsqueda de unos manuscritos que son igualmente codiciados por extrañas hermandades católicas ultramegaintegristas. Visto así uno puede pensar que ya ha leído miles de novelas iguales, pero se equivocará de cabo a rabo. Porque, a ver, ¿cuándo se ha visto a un ejército de mendigos residiendo en los subterráneos de una ciudad a punto de entrar en el tercer milenio? ¿a una tripulación de jesuitas degollada en su buque escuela amarrado en el Guadalquivir? ¿a un coro de niños enterrado bajo el rosetón derruido de una iglesia?
El esperpento continúa en la segunda de sus novelas, “El espejo del monstruo”, en la que el inspector Vendimia (un tipo con la cara abrasada que sabe que jamás llegará a comisario debido a su deformidad) y el abogado Set Santiago (que acaba de cumplir condena por el asesinato de su hija pequeña) deberán resolver una serie de espeluznates asesinatos cometidos contra monstruos que residen en Sevilla, tales como una mujer hermafrodita, un médico que aloja en su vientre a otro hombre diminuto a modo de parásito, una mujer con piel de lagarto, otra con un tercer ojo en medio de la frente… Y no son asesinatos de los de andar por casa, sino cometidos siguiendo el patrón de antiguos martirios padecidos por ilustres santos católicos: cocimiento en un puchero gigantesco, aserrado longitudinal en dos mitades simétricas…
Ambas publicadas por Ediciones B y la primera ya en bolsillo, las dos respondiendo al estilo literario peculiar de Biedma, la primera de las cuales describió Paco Ignacio Taibo II como “el resultado del apareamiento entre Neil Gaiman y Valle-Inclán”. Y de las dos se puede leer (se debe leer, más bien) este magnífico artículo de David G. Panadero publicado en La Gangsterera .
Ambas novelas responden al evidente gusto del autor por lo esperpéntico, por el retrato de una sociedad marginal por su fealdad y por lo apocalíptico en grado extremo. En la primera, y tras un título que sugiere “otra novela más de templarios y similares”, nos encontramos con un trío de protagonistas a la búsqueda de unos manuscritos que son igualmente codiciados por extrañas hermandades católicas ultramegaintegristas. Visto así uno puede pensar que ya ha leído miles de novelas iguales, pero se equivocará de cabo a rabo. Porque, a ver, ¿cuándo se ha visto a un ejército de mendigos residiendo en los subterráneos de una ciudad a punto de entrar en el tercer milenio? ¿a una tripulación de jesuitas degollada en su buque escuela amarrado en el Guadalquivir? ¿a un coro de niños enterrado bajo el rosetón derruido de una iglesia?
El esperpento continúa en la segunda de sus novelas, “El espejo del monstruo”, en la que el inspector Vendimia (un tipo con la cara abrasada que sabe que jamás llegará a comisario debido a su deformidad) y el abogado Set Santiago (que acaba de cumplir condena por el asesinato de su hija pequeña) deberán resolver una serie de espeluznates asesinatos cometidos contra monstruos que residen en Sevilla, tales como una mujer hermafrodita, un médico que aloja en su vientre a otro hombre diminuto a modo de parásito, una mujer con piel de lagarto, otra con un tercer ojo en medio de la frente… Y no son asesinatos de los de andar por casa, sino cometidos siguiendo el patrón de antiguos martirios padecidos por ilustres santos católicos: cocimiento en un puchero gigantesco, aserrado longitudinal en dos mitades simétricas…
Ambas publicadas por Ediciones B y la primera ya en bolsillo, las dos respondiendo al estilo literario peculiar de Biedma, la primera de las cuales describió Paco Ignacio Taibo II como “el resultado del apareamiento entre Neil Gaiman y Valle-Inclán”. Y de las dos se puede leer (se debe leer, más bien) este magnífico artículo de David G. Panadero publicado en La Gangsterera .
Avisado queda el personal.





