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El hombre invisible

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A Salvador le había llegado un nuevo encargo y esta vez tenía las ideas claras. Entró al trastero donde guarda sus herramientas de trabajo, se vistió con unos vaqueros sucios y una camiseta de las muchas que tiene con el pecho decorado con algún motivo publicitario. Se calzó unas alpargatas de las que asomaba ufano el pulgar de cada pie y se cubrió la cabeza con una gorra de Pinturas Bruguer. Salió del cuarto equipado con un cubo, una esponja, un paño, un bote de lavavajillas corriente y una bolsa de Mercadona con unos cuantos paquetes de pañuelos de papel.

Se fue caminando, disfrutando del sol de la mañana, hasta el semáforo que había elegido tras meditarlo largamente: situado a la salida de un puente sobre el río, le permitía vigilar la llegada de los vehículos a una distancia de unos doscientos metros, espacio suficiente para identificar a su objetivo.

A la una y cuarto comenzó la faena. Cada vez que un coche paraba a su lado, ofrecía al conductor sus servicios de limpieza rápida de cristales. El conductor, invariablemente, mantenía la mirada al frente, tamborileaba con los dedos sobre el salpicadero, giraba la cara hacia el asiento del acompañante –aunque estuviera vacío–, pero jamás le miraba a la cara. Precisamente eso era lo que más gustaba a Salvador de la caracterización elegida.

A continuación lo intentaba con los pañuelos. Golpeaba suavemente con los nudillos en la ventanilla del conductor y le ofrecía su mercancía, consiguiendo el mismo resultado que con la limpieza de cristales.

Un semáforo en rojo tras otro, un coche tras otro, invisible por completo a los conductores que regresaban a casa tras una mañana en la oficina.

Poco más tarde de la una y media, vio llegar a su cliente. Lo distinguió desde lejos porque no es muy frecuente ver descapotables rojos como el que acostumbraba a conducir el conocido empresario de la noche, y esa era la peculiaridad que había hecho que Salvador se decidiera por ese disfraz y no otro de los muchos que tiene de ciudadano invisible.

El coche llegó a su altura. Salvador apoyó la esponja sobre el parabrisas al tiempo que hacía la pregunta de rigor.

–¿Limpio, señor?

El señor no contestó, ni Salvador pudo ver la expresión de sus ojos tras los cristales de las gafas de sol. Dicen que quien calla otorga, pero Salvador sabe que en estos casos no sirve de mucho el refranero popular. Probó con los pañuelos.

–¿Pañuelos, señor?

Esta vez creyó obtener un gruñido por respuesta. Salvador miró el semáforo de los peatones: estaba en ámbar. Eligió el paquete con premio, contó mentalmente hasta tres y lo dejó caer en el interior del coche, justo detrás del asiento del conductor. Éste, pendiente en exclusiva del acelerador, ni se enteró. Arrancó casi al mismo tiempo que recibía la carga mortal.

Salvador escuchó la explosión cuando recogía sus trastos. Cruzó la calle y regresó hacia su casa, seguro de que, en el supuesto de que alguien relacionase su presencia en aquel semáforo con la explosión del vehículo, nadie sería capaz de dar de él una descripción mínimamente detallada. Es lo bueno que tienen los muchos disfraces de hombre invisible que guarda en el trastero y que utiliza para su trabajo: el de punkarra con sus mallas negras, camiseta amplia de tirantes, botas altas de cordones, cinturón claveteado y una flauta (el perro se lo deja un vecino); el de vendedor de La Farola con pantalón gris, mocasines negros, calcetines blancos, jersey de pico color azul marino y pequeño bigote postizo; el de malabarista callejero que incluye peluca de rastas, pantalón amplio a rayas negras y grises, camiseta, sandalias de cuero marrón, gorra modelo “Bob Marley” y diábolo. O el de gitana vendedora de romero, que utiliza menos porque le hace parecer un travesti. Y, ante todo, Salvador siempre ha sido una persona seria y responsable.

26/07/2006 09:54. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra.

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