Cataratas
Ya está aquí de nuevo.
Como cada mañana, como cada tarde, como cada noche que nos quedamos solos en casa, Fermín da rienda suelta a sus instintos y empieza a soltar esos asquerosos gemidos con los que se cree que puede excitarme. Supongo que es su manera de manifestar algo parecido a una especie de cariño, aunque yo no puedo dejar de verle como lo que es: un auténtico baboso.
Llevamos así varios años, desde el mismo día que nos conocimos, pero estoy segura de que jamás terminaré de acostumbrarme. Cada día le soporto menos y, si pudiera, hace tiempo que le habría puesto los puntos sobre las íes. Pero así están las cosas y nadie puede cambiarlas por mucho que se empeñe.
Siempre comienza del mismo modo. Yo estoy quieta, a menudo dejando pasar el tiempo sin más, absorta en mis pensamientos; otras veces me sorprende viendo sin ganas la televisión. Pero, en cualquier caso, el proceso siempre es el mismo, que Fermín de original tiene bien poco.
Inicia el acercamiento sigilosamente, pretendiendo mantener la agilidad de cuando era más joven, pero no pudiendo evitar que la torpeza propia de los años quede patente en sus lentos e imprecisos movimientos. A veces se empeña en sacar pecho, y lo único que consigue es un acceso de tos que tarda minutos en desaparecer.
No suele ser demasiado hablador, simplemente se limita a colocarse a mi lado, en ocasiones llega a dar un par de vueltas a mi alrededor, supongo que para verme bien, por delante y por detrás. Tal vez eso le ponga cachondo, a mí no deja de provocarme cierta sensación de repulsa.
Invariablemente termina acercando su cara a la mía, echándome su asqueroso aliento producto de años sin lavarse los dientes como nueve de cada diez odontólogos aconsejan por televisión. Y cuando estoy desprevenida, ¡zas!, ya tengo su mano sobre mi cabeza, en una torpe y brusca caricia que a veces me ha hecho incluso caer al suelo de la sorpresa.
Soba mi cuerpo hasta que se cansa de hacerlo, yo trato de separarme de él pero me resulta imposible, tal vez por su fuerza física –aunque viejo todavía conserva buena parte de su musculatura y no duda en hacer uso de ella– o por el miedo innato que siempre he sentido por los individuos de su especie. Como máximo logro separarme unos centímetros, pero creo que más se debe a sus empujones que a mi escasa capacidad de reacción.
Lo peor llega cuando termina con sus bastas caricias y vuelve al ataque con la boca. Sus besos son torpes, apenas sabe utilizar la lengua del modo correcto y, cuando lo hace, es para lamerme la cara y ponerme perdida de babas. Y cuando termina con la cara, sigue por el cuello, el pecho, la espalda, las piernas, los pies… Una lascivia sin límite, eso es lo que demuestra.
No, por Dios, eso no. Fermín ha terminado de lamer mi cuerpo, levanta la pata trasera y me rocía con un chorro caliente y apestoso. Como cada mañana, como cada tarde, como cada noche que nos quedamos solos en casa.
Y luego hay quien utiliza alegremente la expresión “ver menos que un gato de escayola”. Pues bien, yo soy uno de ellos –gata, para ser más exactos, y de porcelana, que siempre ha habido clases– y si no fuera por eso y por la exquisita educación que recibí de pequeña, hace tiempo que le habría dado un par de leches al guarro de Fermín, que por su edad necesitará una operación de cataratas, pero al menos podía dejarse llevar por su olfato y darse cuenta de que ni el salón es un jardín ni yo soy un árbol.
Comentarios > Ir a formulario
Autor: Dammy
Un blogsaludo.
Fecha: 25/07/2006 18:21.





