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Yogures

Salí de la agencia con la cabeza embotada, después de horas devanándome los sesos con la campaña publicitaria que, al día siguiente, debía presentar a nuestros mejores clientes. Porque, ¿qué virtud nueva no se habrá dicho ya en un anuncio sobre los yogures descremados, biológicos, con fibra natural y no sé cuántas cosas más?

El autobús se largó delante de mis narices y sólo entonces fui consciente de que tenía que haber ido al váter antes de dejar la oficina. Miré a mi alrededor buscando un bar en el que dejar mi opinión sobre la dichosa campaña. Nada, todos cerrados, que también el ayuntamiento se ha pasado cuatro pueblos con lo del derecho al sueño de los vecinos…

Veinte metros calle arriba encontré la solución: una especie de cohete metálico de diseño vanguardista me invitaba a penetrar en su interior mediante el reclamo de una luz verde como la de un semáforo. Jamás había utilizado uno de esos ingenios, me daba yuyu la claustrofobia que podría sentir dentro de ese habitáculo hermético, sin ventanas y del que, seguro, no podría salir ni un sonido al exterior; ni un olor, claro. Pero tal como estaban las cosas, no había elección.

Introduje la moneda en la ranura y la puerta se deslizó silenciosa. Entré, la puerta se cerró igual de silenciosa, me senté en el trono y dejé que la naturaleza hiciera el resto. ¡Qué alivio, Dios! Me limpié convenientemente, me subí las bragas, recompuse mi falda y abrí la puerta para salir. Entonces me fijé en que no había tirado de la cadena. Volví a cerrar la puerta. Nunca debí hacerlo.

El proceso de limpieza se puso en marcha. Unos surtidores que no sabía muy bien de dónde venían comenzaron a fumigar sin piedad el diminuto espacio. Chorros de aire caliente como géiseres provenientes del suelo me levantaban las faldas y, en otro momento menos dramático, tal vez me habría sentido como Marilyn, pero en mi cabeza sólo había una idea: escapar como fuera de aquel infierno. Traté de abrir la puerta pero ya se sabe cómo funcionan los automatismos, que no entienden de situaciones excepcionales. Las faldas me cubrían la cabeza y yo trataba de devolverlas a su lugar con las manos, no hacía más que pensar en mi alergia y lo que aquellos productos con que estaba siendo rociada podían hacer en mi piel, gritaba pero estaba segura de que nadie me iba a oír, el cabello comenzaba a pegarse a la cara…

Dos minutos más tarde todo acabó. La puerta se abrió dócil, como si no tuviera la culpa de nada. Afortunadamente, no había nadie en la calle para contemplar cómo había quedado mi permanente después de pasar por aquella peculiar peluquería. A lo lejos llegaba el autobús. Eché a correr, no hice caso de la sonrisa burlona del conductor y me senté al final del vehículo.

Al día siguiente la presentación de la campaña de los yogures fue un éxito rotundo: el anuncio para televisión lo protagonizaría Coronado y el eslogan les encantó.

“Te limpia por dentro, te limpia por fuera”.

Ricardo Bosque

17/05/2006 09:28. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: De mi puño y letra.

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