Sendero sombrío

SENDERO SOMBRÍO
Dominique Manotti
Traducción de Cristina Zelich
TROPISMOS. 2006
Ya sé dónde se encuentran los signos de puntuación que puede echar en falta un hipotético lector de "Cristo versus Arizona", aquella novela experimental de Camilo José Cela que constaba de una sola oración de cien páginas: en la primera novela de la francesa Dominique Manotti, publicada en su país en 1995 y que ahora trae a España la editorial salmantina Tropismos.
Porque éste es, sin duda, uno de los rasgos distintivos de "Sendero sombrío": la abundante proliferación de puntos, comas y puntos y comas a lo largo de las trescientas sesenta y cinco páginas de la novela. O al menos es lo primero que salta a la vista cuando comienzas su lectura, la escritura casi telegráfica por la que opta la autora, con oraciones breves que se encadenan rápidamente y que, pese a que una de las funciones teóricas de los signos ortográficos sea la de ralentizar, pausar o ayudar a tomar aire a lo largo de la lectura, lo que consiguen es el efecto contrario, que las páginas transcurran a una velocidad de vértigo. Frases cortas como golpes de fusta, que también los hay en la historia.
Pero claro, pobre novela sería aquella de la que lo único reseñable fuera la ausencia o abundancia de signos de puntuación. Sin embargo, en "Sendero sombrío" hay más, mucho más. Empecemos por el equipo protagonista.
Y digo equipo, porque contra lo usual de policías sagaces que resuelven los casos sin apenas colaboración, aquí nos encontramos a un comisario y varios inspectores, de diferentes departamentos: homicidios, delitos fiscales, narcóticos… todos ellos necesarios para resolver un caso que contiene un poco de todo eso.Al frente del equipo, el comisario Théo Daquin. Jugador aficionado de rugby, poco ortodoxo en sus métodos policiales, más bien violento y homosexual declarado aunque a veces se pueda sentir atraído por mujeres muy concretas. Por no utilizar una conocida expresión un tanto grosera que contiene la palabra olla, diré simplemente que no duda en mezclar trabajo y sexo, manteniendo a lo largo de la novela una apasionada relación -a menudo tal vez excesivamente dominante- con Soleiman, representante del Comité para la Defensa de los Turcos y confidente en sus ratos libres.
Le acompañan Romero y Attali, dos inspectores a los que ni siquiera un honrado ciudadano quisiera tener cerca. De unos veinticinco años, nacidos y criados los dos en los suburbios de Marsella, Attali era el niño bueno de la clase, que aprobó la oposición de inspector para poder llevar pronto dinero a sus padres. Romero, por el contrario, flirteó a menudo con la delincuencia y no sabe muy bien por qué razón se hizo policía. Junto a ellos -en ocasiones frente a ellos-, Thomas y Santoni, dos inspectores que les doblan la edad, que se conocen desde hace más de treinta años y pertenecientes a la Brigada Territorial. Aunque asignados temporalmente a la unidad de Daquin, muestran una mayor fidelidad hacia su propio comisario, Meillant, del distrito X.
Y cierra el equipo Lavorel, policía de los denominados despectivamente de "traje y corbata" por su pertenencia a la Brigada de Delitos Fiscales y que ingresó en ella a causa de su odio precisamente hacia los delincuentes de "traje y corbata". Por eso y por no querer pasar su vida machacando a los pequeños gamberros de periferia.
Tras el equipo protagonista, el escenario. París, 1980. Una ciudad por casi todo el mundo conocida, ya sea por haberla visitado o por las muchas ocasiones en que aparece en la televisión o el cine. Eso sí, en la novela no se ve por ninguna parte el Arco del Triunfo, el Obelisco, la Torre Eiffel, los nosecuantos escalones que hay que trepar para casi tocar las gárgolas de Notre Dame, los eternos cuadritos siempre con los mismos motivos que los turistas pueden comprar en la plaza de Tertre... El París que visitaremos será el que se limita al Sentier, el barrio actualmente conocido como el del Cairo, rodeado por los grandes bulevares haussmannianos de la orilla derecha del Sena. Barrio tradicionalmente ocupado por los mayoristas de la confección (ahora desplazados al barrio chino o a la perifería), por los talleres clandestinos abarrotados de turcos, por putas de bajo standing, sex-shops y locales de peep-show últimamente en declive.
Y la trama, claro, que en un barrio así debía girar, inevitablemente, alrededor del mundo de la confección. Pero no veremos el glamour de la alta costura, las pasarelas, las revistas de moda o los establecimientos de afamados modistos, sino que deberemos entrar en los locales y buhardillas en que se turnan un montón de trabajadores sin papeles para abastecer a los comercios de, entre otras cosas, prendas falsificadas. Y en uno de esos talleres, nada más empezar, nos encontraremos con el cadáver de una niña tailandesa de doce años, una niña que había llegado a Francia con pasaporte falso para trabajar en una compañía de baile. Como tantas otras de su misma edad.
Y cerca del cadáver, un par de bolsas que han contenido heroína. Y en las calles contiguas, locales en los que se ejerce la prostitución mediante un sistema pocas veces imaginado. Y políticos, "agregados culturales" en embajadas, valijas diplomáticas, corruptos funcionarios franceses y unas relaciones internacionales ciertamente tensas en el momento en que en Teherán está teniendo lugar una revolución islámica. Y un comité que lucha por la regularización de la situación laboral de los trabajadores turcos como telón de fondo.Y como curioso toque histórico, la ocurrente presencia de un conocido magnicida al que la Justicia Divina -a través del Papa- perdonó en su momento y que, creo, la Justicia Humana está a punto de poner en libertad tras varios años en prisión. Si no lo ha hecho ya un día de estos, que últimamente leo muchas novelas y pocos periódicos.
Una buena novela, una estupenda manera de comenzar una nueva saga y un acierto más de una editorial que no deja de traernos magníficos autores de novela negra inéditos en nuestro país. Que no decaiga.
Dominique Manotti
Traducción de Cristina Zelich
TROPISMOS. 2006
Ya sé dónde se encuentran los signos de puntuación que puede echar en falta un hipotético lector de "Cristo versus Arizona", aquella novela experimental de Camilo José Cela que constaba de una sola oración de cien páginas: en la primera novela de la francesa Dominique Manotti, publicada en su país en 1995 y que ahora trae a España la editorial salmantina Tropismos.
Porque éste es, sin duda, uno de los rasgos distintivos de "Sendero sombrío": la abundante proliferación de puntos, comas y puntos y comas a lo largo de las trescientas sesenta y cinco páginas de la novela. O al menos es lo primero que salta a la vista cuando comienzas su lectura, la escritura casi telegráfica por la que opta la autora, con oraciones breves que se encadenan rápidamente y que, pese a que una de las funciones teóricas de los signos ortográficos sea la de ralentizar, pausar o ayudar a tomar aire a lo largo de la lectura, lo que consiguen es el efecto contrario, que las páginas transcurran a una velocidad de vértigo. Frases cortas como golpes de fusta, que también los hay en la historia.
Pero claro, pobre novela sería aquella de la que lo único reseñable fuera la ausencia o abundancia de signos de puntuación. Sin embargo, en "Sendero sombrío" hay más, mucho más. Empecemos por el equipo protagonista.
Y digo equipo, porque contra lo usual de policías sagaces que resuelven los casos sin apenas colaboración, aquí nos encontramos a un comisario y varios inspectores, de diferentes departamentos: homicidios, delitos fiscales, narcóticos… todos ellos necesarios para resolver un caso que contiene un poco de todo eso.Al frente del equipo, el comisario Théo Daquin. Jugador aficionado de rugby, poco ortodoxo en sus métodos policiales, más bien violento y homosexual declarado aunque a veces se pueda sentir atraído por mujeres muy concretas. Por no utilizar una conocida expresión un tanto grosera que contiene la palabra olla, diré simplemente que no duda en mezclar trabajo y sexo, manteniendo a lo largo de la novela una apasionada relación -a menudo tal vez excesivamente dominante- con Soleiman, representante del Comité para la Defensa de los Turcos y confidente en sus ratos libres.
Le acompañan Romero y Attali, dos inspectores a los que ni siquiera un honrado ciudadano quisiera tener cerca. De unos veinticinco años, nacidos y criados los dos en los suburbios de Marsella, Attali era el niño bueno de la clase, que aprobó la oposición de inspector para poder llevar pronto dinero a sus padres. Romero, por el contrario, flirteó a menudo con la delincuencia y no sabe muy bien por qué razón se hizo policía. Junto a ellos -en ocasiones frente a ellos-, Thomas y Santoni, dos inspectores que les doblan la edad, que se conocen desde hace más de treinta años y pertenecientes a la Brigada Territorial. Aunque asignados temporalmente a la unidad de Daquin, muestran una mayor fidelidad hacia su propio comisario, Meillant, del distrito X.
Y cierra el equipo Lavorel, policía de los denominados despectivamente de "traje y corbata" por su pertenencia a la Brigada de Delitos Fiscales y que ingresó en ella a causa de su odio precisamente hacia los delincuentes de "traje y corbata". Por eso y por no querer pasar su vida machacando a los pequeños gamberros de periferia.
Tras el equipo protagonista, el escenario. París, 1980. Una ciudad por casi todo el mundo conocida, ya sea por haberla visitado o por las muchas ocasiones en que aparece en la televisión o el cine. Eso sí, en la novela no se ve por ninguna parte el Arco del Triunfo, el Obelisco, la Torre Eiffel, los nosecuantos escalones que hay que trepar para casi tocar las gárgolas de Notre Dame, los eternos cuadritos siempre con los mismos motivos que los turistas pueden comprar en la plaza de Tertre... El París que visitaremos será el que se limita al Sentier, el barrio actualmente conocido como el del Cairo, rodeado por los grandes bulevares haussmannianos de la orilla derecha del Sena. Barrio tradicionalmente ocupado por los mayoristas de la confección (ahora desplazados al barrio chino o a la perifería), por los talleres clandestinos abarrotados de turcos, por putas de bajo standing, sex-shops y locales de peep-show últimamente en declive.
Y la trama, claro, que en un barrio así debía girar, inevitablemente, alrededor del mundo de la confección. Pero no veremos el glamour de la alta costura, las pasarelas, las revistas de moda o los establecimientos de afamados modistos, sino que deberemos entrar en los locales y buhardillas en que se turnan un montón de trabajadores sin papeles para abastecer a los comercios de, entre otras cosas, prendas falsificadas. Y en uno de esos talleres, nada más empezar, nos encontraremos con el cadáver de una niña tailandesa de doce años, una niña que había llegado a Francia con pasaporte falso para trabajar en una compañía de baile. Como tantas otras de su misma edad.
Y cerca del cadáver, un par de bolsas que han contenido heroína. Y en las calles contiguas, locales en los que se ejerce la prostitución mediante un sistema pocas veces imaginado. Y políticos, "agregados culturales" en embajadas, valijas diplomáticas, corruptos funcionarios franceses y unas relaciones internacionales ciertamente tensas en el momento en que en Teherán está teniendo lugar una revolución islámica. Y un comité que lucha por la regularización de la situación laboral de los trabajadores turcos como telón de fondo.Y como curioso toque histórico, la ocurrente presencia de un conocido magnicida al que la Justicia Divina -a través del Papa- perdonó en su momento y que, creo, la Justicia Humana está a punto de poner en libertad tras varios años en prisión. Si no lo ha hecho ya un día de estos, que últimamente leo muchas novelas y pocos periódicos.
Una buena novela, una estupenda manera de comenzar una nueva saga y un acierto más de una editorial que no deja de traernos magníficos autores de novela negra inéditos en nuestro país. Que no decaiga.
Ricardo Bosque, mayo de 2006
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Autor: José Antonio
Gracias por el dato
se pinta interesante
estaré atento
Saludos
se pinta interesante
estaré atento
Saludos
Fecha: 10/05/2006 16:48.





