Le atendió Ramiro B (46)
Carlos tiene la insana costumbre de no faltar al trabajo ni con fiebre, así reparta generosamente por la oficina miles de virus griposos. Pero hoy, al tercer estornudo, a la cuarta gota de moquita resbalando por su bigote, al quinto solo de trompeta tocado a pañuelo y nariz, los compañeros se han plantado, han apagado su ordenador, le han colocado la cazadora y le han invitado a marcharse cerrando cuidadosamente la puerta tras él.
Se encontraba tan mal que ha decidido tomar un taxi. El taxista se ha apresurado a ventilar el vehículo llevando todo el trayecto las ventanillas abiertas, lo que no ha contribuído precisamente a mejorar su estado de salud.
Al llegar a casa, se ha ido directo al botiquín, ha sacado el bote de los antigripales y se los ha llevado a la cocina. Un par de pildorones después estaba listo para acostarse. Pijama, manta adicional que ha sacado del altillo del armario y a la piltra.
Cubierto hasta las cejas como estaba, casi no escucha el timbre del teléfono reclamándole desde el salón. Se ha acordado del contestador y ha pensado que no era conveniente levantarse en su estado.
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