Mario Precipitado (12)
Creo que mantuve la boca abierta durante varios minutos. Mario me tomó de las manos sin quitarme los ojos de encima y me besó en la frente, una ráfaga de besos tiernos mientras decía lo siento, lo siento, no tenía que haberte engañado. Pero lo peor estaba por venir: la confirmación de que el mero paso del tiempo no es suficiente para hacer madurar a los hombres.
–Lo siento, amor, lo siento –insistía innecesariamente–. Pero no te preocupes: se lo he contado todo a Lucía, y aunque se ha puesto como una furia, creo que es lo más sensato que he hecho en toda mi vida. Porque quiero que vivamos juntos; tu y yo.
En fin. Pero qué manía tienen los hombres de dar sorpresas sin previo aviso, como si fueran tan perspicaces como para prever todas sus consecuencias. Y no sólo les gustan las sorpresas inesperadas sino que, a poder ser, se inclinan por aquellas cuyas consecuencias son irreparables.
Por supuesto, no me he separado de Roberto: no se abandona al hombre al que quieres porque un recién llegado te crea dispuesta a hacer cualquier cosa por él. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Simplemente, me limité a aclararle a Mario un par de cosillas sobre el modo en que hay que tomarse la vida. Y yo, por mi parte, me he hecho una firme promesa: si en otra ocasión conozco a algún hombre interesante, lo primero que haré será pedirle el libro de familia; aun a riesgo de parecerle una cotilla.
Fin del relato. Puedes leer desde el principio en el Tema Mario Precipitado





