Mario Precipitado (10)
Pero esa noche no pasó nada. Bebimos, fumamos, recordamos, reímos... y quedamos en desayunar juntos antes de que comenzase la segunda y última jornada del seminario.
La sesión terminó a mediodía y nos sentimos obligados a compartir mesa con un nutrido grupo de compañeros. Al despedirnos después de la comida, tomamos nota de nuestros respectivos números de teléfono, pero en esa ocasión nos referíamos a los móviles y, además, de nuestra exclusiva propiedad. Y esta vez sí hicimos uso de ellos. Durante semanas nos fuimos buscando por los distintos cursillos, seminarios, encuentros, charlas, conferencias y reuniones de todo tipo que se celebraban a lo largo y ancho del país.
Fueron unos meses maravillosos, en los que alcancé la plenitud siempre deseada, una estabilidad emocional que nunca había imaginado. No sólo tenía una relación estable –la que habíamos sellado años atrás mi marido y yo–, sino que también contaba con un amante estable. ¿Qué más podía desear? Nos veíamos con cierta frecuencia, algunos fines de semana al principio, en días laborables después. Yo lo tenía fácil para justificar mis ausencias de una sola jornada, me bastaba con decir que tenía una visita de obra en algún pueblo de la provincia, en cualquier ciudad cercana a la mía. Y Mario era libre de ir y venir cuando y donde gustase. Así que nuestra relación se fue consolidando poco a poco... hasta que llegaron los días previos a las últimas navidades del siglo, momento en el que Mario me demostró que no me equivocaba al pensar que seguía siendo el mismo atolondrado de siempre.
Era viernes, veintidós de diciembre. Las seis de la tarde. Tengo mi estudio en un edificio céntrico, y por las ventanas podía ver las bombillas navideñas, los ríos de gente desplazándose desordenadamente de un lugar a otro. Había dado fiesta a los dos delineantes que trabajan para mí, y yo había ido al despacho con la idea de acabar una memoria que tenía pendiente desde hacía varios días, cerrar pronto y terminar de comprar los regalos de mi marido y mis hijos. Entonces sonó el timbre. Abrí la puerta y me encontré con Mario apoyado en el quicio.
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