Mario Precipitado (9)
La jornada había comenzado a las cuatro de la tarde de aquel sábado, pero cuando Mario y yo pudimos hablar tras doce años de silencio fue hacia las ocho, después de que el moderador –o sea, Mario– diera por finalizada la primera mesa-debate del seminario. En cuanto terminó de guardar sus papeles en un bolso de cuero que reconocí como el mismo que ya utilizaba en sus tiempos de estudiante, se vino hacia mí todo él sonrisa. Me sujetó por los hombros y me estampó sus labios en las dos mejillas.
–Joder, Laura, te has puesto buenísima... bueno, no quiero decir que antes no lo estuvieras, pero... coño, ya me entiendes lo que quiero decir. Supongo que cenaremos juntos ¿no? Tenemos un huevo de cosas que contarnos. Porque me imagino que tendrás hambre, después de aguantar el peñazo sobre urbanismo que nos han largado esta cuadrilla de sabelotodos –añadió dibujando con la boca una mueca de asco–. Venga, nos vamos de inmediato, no vaya a pillarme alguno de estos petardos y me dé la noche.
Me tomó del brazo sin casi dejarme hablar y salimos precipitadamente de la sala de conferencias. Se suponía que la mayoría de los asistentes iba a cenar en el restaurante del hotel en el que el Colegio nos había proporcionado alojamiento a los foráneos, así que Mario y yo tomamos un taxi que nos alejase lo más posible de aquel lugar apestado de lumbreras vanidosas. Al final, terminamos cenando de picoteo y tomando chupitos de vodka en un café bastante tranquilo.
Mario había cambiado bastante desde que terminé la carrera. Había engordado unos cuantos kilos, lo que le proporcionaba un aspecto más sólido, una mayor apostura; y llevaba el pelo mucho más corto, permitiendo una mejor visión de sus ojos negros. Pero seguía siendo el tipo despreocupado, deliberadamente despistado, que siempre entraba fumando en la biblioteca –quizás con el único objetivo de provocar al encargado–. Como cuando teníamos doce años menos, cambiaba de tema continuamente, casi con una cierta precipitación, como si fuera incapaz –creo que ese era el motivo– de mantener la atención en un mismo punto durante más de cinco minutos. Cuando le pregunté por su vida sentimental, lanzó una ruidosa carcajada que hizo volver la cara a todos los presentes.
–¿Casarme? ¿Y quién crees que puede querer cargar con alguien como yo?
Tenía razón: no pude encontrar respuesta a la pregunta que Mario parecía hacerse a sí mismo. Yo, por mi parte, también le sugerí que estaba libre, que jamás me había casado: no sabía en qué podía terminar nuestro reencuentro y quería ir preparándome el terreno.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Mario Precipitado
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Mario Precipitado





