Mario Precipitado (7)

Estaba trabajando en mi estudio cuando el programa de correo electrónico me notificó la llegada de un mensaje nuevo. Lo abrí de inmediato, como si intuyera que el ordenador tenía algo importante que decirme. El mensaje lo remitía el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, y consistía en una invitación para un seminario que se debía celebrar en la capital durante los días 20 y 21 de marzo. El seminario llevaba el rimbombante título de “Urbanismo en España en el siglo XX: una perspectiva histórica”. El tema en cuestión no me interesaba en absoluto, y habría rehusado la invitación sin pensarlo dos veces de no ser por las líneas que cerraban el texto:
“Al final del seminario, tendrá lugar una mesa-debate en la que podrán participar todos los profesionales asistentes al acto. La mesa estará moderada por el colegiado D. Mario Utrillas Sanjosé. Sin otro motivo, aprovechamos la presente para blablabla, blablabla, blablabla”.
¿Mario, moderador de un debate? Eso era algo que no me podía perder, pues se suponía que ese papel debía reservarse para una persona seria y ecuánime, y yo no acertaba a comprender cuál había sido el proceso de conversión que había logrado ese cambio en Mario. Además, me seducía la idea de poder ver de nuevo a mi antiguo compañero y comprobar si el tiempo había derribado las barreras que entre amistad y sexo habíamos levantado tantos años atrás.
“Al final del seminario, tendrá lugar una mesa-debate en la que podrán participar todos los profesionales asistentes al acto. La mesa estará moderada por el colegiado D. Mario Utrillas Sanjosé. Sin otro motivo, aprovechamos la presente para blablabla, blablabla, blablabla”.
¿Mario, moderador de un debate? Eso era algo que no me podía perder, pues se suponía que ese papel debía reservarse para una persona seria y ecuánime, y yo no acertaba a comprender cuál había sido el proceso de conversión que había logrado ese cambio en Mario. Además, me seducía la idea de poder ver de nuevo a mi antiguo compañero y comprobar si el tiempo había derribado las barreras que entre amistad y sexo habíamos levantado tantos años atrás.
Cursé mi confirmación de asistencia utilizando la misma vía por la que había recibido la invitación: ese era el medio más rápido y en ningún caso podía quedarme sin una butaca de primera fila en el seminario de marras. Luego, más tranquila, leí de nuevo el mensaje y advertí un capricho del destino en el que jamás antes había reparado: las iniciales del nombre y apellidos de Mario formaban la palabra con que se designaba a una de las actividades en las que mi ex-compañero se consideraba un consumado especialista.
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