Mario Precipitado (6)
Durante el resto de mi estancia en la Escuela, nuestras posiciones de partida se fueron aproximando hasta el punto de hacernos casi inseparables por los pasillos, la cafetería, el vestíbulo... incluso logré hacerle entrar en la biblioteca un par de veces más en los dos años siguientes. Pero no pasamos de ahí, como si pensásemos que el sexo acabaría sin remedio con una extraña amistad entre dos seres absolutamente opuestos: yo era una chica volcada en mis estudios y él era el mayor viva la Virgen que haya conocido nunca.
Terminé la carrera en el plazo establecido, y a los veintitrés tenía título oficial y orla con los rostros de toda la promoción. Mario también estaba en ella, con su melena revuelta y su barba de tres días de siempre. Y en otras dos o tres orlas más, pues todavía debió conocer a varios directores antes de licenciarse.
Al acabar los estudios, le perdí la pista. Habíamos intercambiado nuestras direcciones y números de teléfono –por aquel entonces eran todavía las direcciones y teléfonos de nuestras respectivas familias–, pero nunca hicimos uso de ellos. Era algo así como si nuestras vidas no pudieran encontrarse sin tener como fondo el conocido escenario de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura.
Pasaron doce o trece años. Yo fui consiguiendo todo aquello por lo que había luchado tanto tiempo: abrirme camino en mi profesión, establecer mi propio estudio, realizar un trabajo que me gustaba... Y también había logrado otras cosas por las que nunca había demostrado especial interés, aspectos vitales que nunca me había planteado como objetivos ineluctables, que nunca había considerado fallos inapelables. En definitiva, que había encontrado marido y dos hijos, una vida familiar propia y acomodada y un porvenir seguro que para sí lo quisiera cualquiera. Sólo entonces volvió a aparecer Mario, hace aproximadamente un año y medio. Y, no podía ser de otro modo, su reaparición se produjo de la manera más insospechada.
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