Mario Precipitado (5)
De entrada, no me cayó demasiado bien. Lo identificaba como el típico alumno despreocupado porque tiene todo lo que quiere en casa y lo único de lo que carece es de ganas de asumir responsabilidades. Pero luego empecé a ver en su comportamiento ciertos rasgos de lo que podríamos denominar una vagancia elegante, una indolencia estilosa.
Porque sólo era despreocupado para los estudios, o más bien para aquellos estudios que no le atraían lo suficiente. No quería saber nada de aquello que le supusiera un esfuerzo que él considerase desmesurado –y debo aclarar que Mario tenía la vara de medir esfuerzos realmente corta–. Sin embargo, demostraba una agudeza excepcional en todo aquello que le interesaba, destacando sobremanera en el álgebra –era un auténtico monstruo resolviendo matrices– y en las relaciones sociales, aunque esta materia no estuviera incluida en el plan de estudios de la carrera. Y es que, con su sonrisa franca y su mirada avispada, con sus ojos persuasores, conseguía siempre lo que se proponía.
Esa primera vez que nos vimos, Mario se había propuesto que nos echasen de la biblioteca y, cómo no, lo consiguió. Llevaba un cigarrillo encendido entre los dedos y yo le llamé la atención al respecto.
–¿Cómo? –preguntó sin comprender el motivo de mis quejas.
–El cigarrillo. Estás en una biblioteca, y en las bibliotecas no se puede fumar.
–Ah, claro; perdona, no me había dado cuenta. ¿Dónde hay un cenicero?
–Si no se puede fumar, no parece muy lógico que haya ceniceros. ¿O sí?
–Ya... pues lo tendré que tirar al suelo.
–No –exclamé delatada por mi pasión por la limpieza. El encargado de la biblioteca nos chistó por segunda vez en esos pocos minutos y, la verdad, no era un hombre que se caracterizase por su paciencia–. Sal a fumártelo al pasillo; nos está mirando todo el mundo.
–Será porque piensan que hacemos buena pareja. Es broma –añadió ante mi cara de sota.
El bibliotecario nos llamó nuevamente la atención, y como Mario no daba muestras de abandonar la sala, me levanté, le cogí del brazo y me lo llevé al pasillo. Y, curiosamente, al situarme junto a él ya no me pareció tan alto y desgarbado; incluso sus antebrazos adquirieron de súbito una fortaleza inesperada. Algo en él me empezaba a gustar, pero no podía bajar la guardia tan pronto y decidí mantenerme firme en mi postura combativa.
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