Mario Precipitado (4)
Pero no creo que se me pueda considerar lo que denominaríamos eufemísticamente una promiscua desaforada –en lenguaje llano y crudamente masculino, un putón desorejado–, que tampoco son tantos los pantalones que he visto arrugados a los pies de una cama de hotel o primorosamente plegados sobre una silla dependiendo de la pulcritud del individuo de turno y del grado de intensidad del pasional encuentro. En realidad, creo que mis encuentros extra conyugales en los nueve años que dura ya mi matrimonio con Roberto los puedo contar con los dedos de una mano. Sí, por supuesto; cronológicamente han sido Roger –un catalán muy agradable al que conocí en un seminario que se celebró en Barcelona al poco tiempo de casarme–, Juan, Sergio, y el último, de nombre Mario y de apellido “Precipitado”.
He citado a Mario en último lugar y creo, sin embargo, que bien podría haber sido el primero, aunque en ese caso no podría hablarse estrictamente de infidelidad.
Fue en el cuarto curso de carrera –el cuarto para mí, que Mario estaba todavía en segundo a pesar de tener ambos la misma edad–. Yo me encontraba, como casi siempre, en la biblioteca de la Escuela cuando alguien arrojó un montón de apuntes sobre la mesa que había frente a la mía. Levanté los ojos sobresaltada y los clavé en un muchacho alto y desgarbado, demasiado delgado para mi gusto. Era moreno y tenía unos ojos negros vivísimos, aunque sólo conseguí vérselos cuando se retiró el flequillo que le colgaba como una cortinilla justo hasta la mitad de la nariz. Le dediqué la mirada más reprobatoria que pude encontrar en mi amplio catálogo y él me correspondió con una sonrisa de anuncio.
–Perdona si te he asustado, pero es que soy nuevo aquí y no me he dado cuenta de que estabais todos tan calladitos. ¿Quién es el difunto? Lo digo porque esto parece un velatorio –añadió a modo de innecesaria explicación al ver que no le reía la gracia. Luego supe que cuando decía que era nuevo se refería exclusivamente a la biblioteca, pues llevaba matriculado en la Escuela tantos años como yo, si bien con la improductiva tendencia de demorarse más de lo debido en cada uno de los cursos.
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