Mario Precipitado (3)
Antes comentaba de pasada mi pertenencia profesional a un colectivo mayoritariamente masculino, pero tampoco quiero que se entienda esa adscripción laboral como una excusa que explique mis tendencias, como una tentación irresistible que alegar como atenuante para mis infidelidades. Lo que ocurre es que, al estar en contacto permanente con hombres, siempre me ha resultado fácil comprender la sencilla lógica masculina y, por tanto, mis conquistas han sido un juego de niños. Y las oportunidades que se me han presentado, abundantes; porque allí donde encuentres un hombre, hallarás un eventual compañero de cama. Eso sí, compromisos no se les pueden exigir demasiados, algo que, por cierto, se corresponde al cien por cien con mis intenciones.
Mi vida sentimental extramatrimonial se rige por dos sencillas reglas: jamás he revelado mi verdadero estado civil a ninguno de mis esporádicos amantes y nunca he tenido como objetivo a un hombre casado.
En cuanto a lo de mantener mi anonimato civil, la explicación es muy simple: reconocer tu pertenencia al clan de las mujeres casadas te convierte de inmediato en un ser apestado para muchos hombres y en la mejor representación del morbo para otros muchos. Y eso es algo que desvirtúa la naturaleza íntima de la relación, la condiciona de tal modo que nunca se puede alcanzar un entendimiento auténtico entre las partes.
Y en lo que se refiere a no poner mis ojos en un hombre ya elegido por otra, la razón todavía es más evidente: en ningún momento pretendo convertirme en el paño de lágrimas en el que un hombre casado enjugue su infelicidad, en la amiga a quien contar lo mal que lleva lo de su matrimonio. Y además, que no quiero afectar a terceros con mis aficiones; en este caso, a terceras, las parientas de mis amoríos. Aunque sólo sea por solidaridad de clase.
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