Mario Precipitado (1)
Me doy por vencida: nunca aprenderé a estarme quietecita, a comportarme como lo que debería ser, una mujer de treinta y siete años normal y corriente –si bien con la peculiaridad de dedicarme a una profesión liberal mayoritariamente masculina–, casada, con dos hijos que le roban bastante de su ya de por sí escaso tiempo libre... aunque debo reconocer que Roberto es un magnífico marido que comparte al cincuenta por ciento las cargas familiares.
Sé que puedo parecer pretenciosa, pero es que no soy una mujer normal si por normal entendemos lo que acabo de describir en el primer párrafo de mi relato. Porque sí, está claro que reúno todos esos requisitos –marido, dos hijos, variados quehaceres domésticos... incluso tengo una hipoteca como Dios manda–. Pero sé que hay algo que me distingue de la mayoría de mis semejantes, rasgo distintivo que muchas de mis semejantes tacharán, simplemente, de acceso crónico de inmadurez. Y es que creo que mi mayor peculiaridad consiste en poseer un lado masculino muy desarrollado. Pero que nadie caiga en el simplismo de pensar que soy lesbiana; no, en absoluto.
Llevo años enamorada de mi marido, la mejor persona con la que me haya podido topar nunca. Le respeto y sería incapaz de hacerle el menor daño, y sé que ese es un sentimiento recíproco. Por otra parte, soy una madre razonablemente buena para mis dos hijos, dos soles de cinco y siete años por los que, llegado el caso, sería capaz de dar la vida… como cualquier otra madre. Aunque seguro que habrá quien me contradiga cuando lea lo que sigue –apuesto a que será una idea que surja de inmediato en bastantes de las mujeres que lean esto; incluso alguna se escandalizará y soltará la chorrada de que si no quería sacrificarme por mis hijos, pues que no los hubiera parido–, seguro que hay quien piense que no soy tan buena madre como debiera, y todo porque nunca me he considerado madre de hijos-compresa, de esos que absorben todo lo que se encuentra en su amplio radio de acción: el tiempo libre y la sustancia vital de sus abnegados progenitores, la atención permanente de tíos y abuelos, los odios y celos de los hermanos mayores... No, cada cosa en su sitio: los niños podrán ser el centro de una casa, pero no todo debe girar necesariamente en torno a ellos, no pueden ser agujeros negros incapaces de devolver nada de lo que atrapan en su interior, no se debe atrofiar el desarrollo de un adulto por potenciar el crecimiento de un pedugo… vaya, que se debe encontrar el equilibrio justo entre entrega desinteresada e intereses personales legítimos. Y no es tan difícil, coño.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Mario Precipitado
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