Un cortado, por favor (5)
Durante varios días más se repitió la misma escena. Poeta llegaba siempre a la misma hora, se instalaba ante la barra, siempre a la izquierda de los tres hombres –que parecían formar parte del decorado del bar–, sacaba su vasito del bolsillo de la gabardina, me lo entregaba y, una vez servido y bebido el cortado, salía del local despidiéndose de todos los parroquianos. Por eso no es extraño que, al cuarto o quinto día, uno de los ejecutivos no pudiera contener por más tiempo su curiosidad y tratase de conseguir que yo rompiera lo que parecía un voto de silencio.
–Pero, ¿qué le pasa a ese piojoso, siempre trayendo su propio vaso? ¿Es que padece alguna enfermedad infecciosa y no quiere contagiar a nadie?
–Desde luego, el muy vago no tendrá dónde caerse muerto pero, al menos, no nos pegará sus asquerosos virus... –añadió otro de los hombres.
Dejé de secar los platillos que acababa de sacar del lavavajillas. Me colgué el trapo de un hombro y me acodé sobre la barra frente a los tres clientes. Miré fijamente al ejecutivo de traje azul marino buscando las palabras exactas que debía pronunciar: quería estar a la altura de la terminología económica que utilizaban habitualmente los hombres de negocios que hacían escala en mi bar.
–Ahora comprendo eso de la globalización, lo de la aldea global en que se está transformando el mundo. Porque resulta curioso que individuos tan dispares como vosotros y Poeta, inmersos en coyunturas tan opuestas, sintáis las mismas preocupaciones ante los inputs emocionales.
Los tres hombres me miraron intrigados. La mujer del fondo sonreía, pues creía saber qué era lo siguiente que iba a escuchar tras la solicitud de aclaraciones.
–¿De qué coño estás hablando?
–No, nada, que el primer día que Poeta os vio aquí, me preguntó si lo vuestro era contagioso. Yo le dije que no estaba seguro y desde entonces no consiente que le sirva en otro vaso que no sea el que él trae.
Fin del relato. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor





