Un cortado, por favor (4)
Al día siguiente, a la misma hora, Poeta entró en el bar. Saludó a los tres hombres –que continuaban resolviendo los problemas económicos de medio mundo– y dedicó una reverencia trasnochada a la mujer del fondo de la barra. La mujer le correspondió con una sonrisa; los tres hombres le miraron, esta vez de arriba abajo y con absoluto descaro, mientras él se acomodaba en la misma banqueta del día anterior. Poeta me hizo una seña y ya me disponía a prepararle el cortado con leche del tiempo cuando su voz ronca me detuvo. Del bolsillo izquierdo de la gabardina extrajo un vasito de Duralex y una cucharilla plateada. Observó el vaso al trasluz y cuando se aseguró de que estaba impoluto me lo entregó sosteniéndolo delicadamente entre ambas manos como si estuviera realizando una ofrenda ritual.
–Por favor, ¿te importa prepararlo en este vaso? –inquirió con sus exquisitos modales.
–Por supuesto que no –accedí coloreando mis labios con una sonrisa cómplice.
Cogí el vaso, lo coloqué bajo el brazo de la cafetera, cargué el cazo de café molido y pulsé el interruptor. Un minuto después, le serví el café y lo acompañé con el bomboncillo de chocolate gentileza de la casa. Poeta dio vueltas al café con su cucharilla y lo bebió de dos tragos. Limpió el vaso con una servilleta de papel, hizo lo mismo con la cucharilla y volvió a guardar todo en el bolsillo. Y, como el día anterior, se despidió de la mujer y los tres hombres con un hasta luego que en esta ocasión adornó con una mueca levemente burlesca y desafiante.
Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Un cortado, por favor
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