Un cortado, por favor (1)

Desde hace varios años regento uno de esos bares que, en los últimos tiempos, han optado por retomar la denominación de cafés, establecimientos con una decoración estudiada al detalle, donde ningún rincón se ha dejado al azar. Una barra, construida con ladrillo recuperado de algún edificio sometido a la implacable piqueta del progreso y rematada por un mostrador de madera veteada, se extiende a lo largo de la pared derecha del local, desde su entrada hasta el punto en que el bar se ensancha para dejar sitio a unas cuantas mesas de mármol apoyadas en pies de antiguas máquinas de coser. Tras la barra, una alacena de estilo rústico alberga en sus baldas multitud de botellas de diversos licores, vasos y copas de diferentes modelos y unos cuantos accesorios apropiados para la preparación de cócteles, batidos naturales y otras especialidades de la casa.
Sin embargo, los tres hombres que conversaban animadamente al comienzo de la barra no pretendían exquisiteces a esa hora de la tarde: los combinados más o menos exóticos los reservaban para las salidas del fin de semana, mientras los días laborables, antes de refugiarse con sus familias a esperar el inicio de una nueva jornada, se conformaban con tomar unas cervezas frías y acompañarlas con un cuenco de patatas fritas de bolsa. Eran tres hombres uniformados con el mismo traje azul marino –valido para visitas comerciales, bodas, comuniones o convenciones de empresa–, camisa azul celeste y corbata con motivos florales. A los pies de cada uno de ellos, maletines negros tan similares que fácilmente podían llevarse a casa por error: el comercial de alimentación se llevaría el maletín que contenía folletos de maquinaría ligera para la construcción, el agente de seguros acabaría en su casa con los pedidos de la cadena de supermercados de su compañero de copas y el vendedor de herramientas podía acabar conociendo los detalles de los dos previsores que habían suscrito durante ese día un plan de jubilación. Ante ellos, distribuidos entre los tubos de cerveza, dormían silenciosos tres teléfonos móviles, tan idénticos entre sí como los maletines de piel negra, sólo diferenciados por un timbre a cada cual más ridículo y punzante que cortaba de vez en cuando la música ambiental del bar.
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