Cariño al contado (26)
Luego comenzó a trabajarme las piernas, sustituyendo el avión por el desplazamiento terrestre. Noté sus dedos ágiles acariciando con suave firmeza las plantas de mis pies, los tobillos, las pantorrillas... Ascendieron hasta las corvas, circunvalaron las rodillas y se encontraron con el callejón sin salida de la camilla. Retrocedieron y tomaron la autopista que conducía directamente hasta mis ingles por la parte exterior de los muslos, teniendo para ello que atravesar el túnel de mi toalla.
Para entonces, yo comenzaba a notar una humedad olvidada entre las piernas. Me aferré con fuerza a uno de sus muslos con el brazo derecho mientras con la mano izquierda recorría su abdomen en sentido descendente, deteniéndome cuando note la frialdad de la hebilla del cinturón. La desabroché y descorrí el cerrojo vertical de la cremallera.
La actitud de Carlos cambió. Con cierta violencia, me obligó a dar la vuelta, apoyando mi espalda contra la camilla. Me tomó de la cintura y me arrastró por ella hasta que mi culo quedó asomado al precipicio de la sábana blanca. Alzó mis piernas y las pasó por encima de sus hombros, volcando su cuerpo sobre el mío. Sin darme un respiro, comenzó a lamerme los pezones, me los mordisqueó provocándoles una tensión capaz de descoserlos de mis pechos.
De pronto, sin previo aviso, se irguió y le sentí dentro. Fue una embestida brusca y dulce a un tiempo. Apenas sus muslos rozaron el interior de los míos, se separó unos centímetros de mi cuerpo e inició una nueva acometida, esta vez muy lentamente, deleitándose en cada milímetro que profundizaba en mi humedecida gruta. Me recordaba a un espeleólogo que, después de un inesperado resbalón, tanteara el terreno con toda la prudencia posible. Al llegar al fondo, el experimentado juguete de Carlos comenzó a explorar cada uno de los rincones de mi cavidad con un movimiento circular que parecía no tener fin. Y se retiró nuevamente a posiciones más retrasadas. Y una nueva penetración, violenta y fugaz como la primera. Sus manos pasaban, de amasar mis pechos de fuera adentro, los dedos pulgar e índice pinzando y estirando mis pezones, a sujetar mi cintura obligándome a alzar el vientre en vuelo rasante a un palmo de altura de la camilla; sus dientes mordisqueaban con lujuria los dedos de mis pies; su lengua se deslizaba por mis tobillos…
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