Cariño al contado (25)
Carlos me franqueó el paso a su santuario. Y debo reconocer que mi marido había logrado con la decoración el equilibrio entre la asepsia del masaje terapéutico y la calidez del sexo extremo. Cuando llegamos a una salita amueblada con una camilla y un mueble bajo sobre el que formaba un pelotón de frasquitos de diversos tamaños y contenidos variados –luego pude comprobar en mi piel que se trataba de aceites de las más exóticas procedencias–, Carlos me pidió que me desnudase tras el biombo que hacía el papel de hipotenusa en uno de los rincones de la habitación.
A pesar de tratarse de mi marido, un incomprensible pudor hizo que me tumbase en la camilla boca abajo y con una pequeña toalla protegiendo mis nalgas de sus ojos de mirada cada vez más obscena. Carlos sólo llevaba puestos unos tejanos ajustados que permitían comprobar en la tirantez delantera el grado de evolución de su excitación. Yo le miraba con los ojos entornados y la mejilla derecha apoyada sobre la almohada. Él abría un frasco, lo paseaba bajo su nariz y lo volvía a tapar. Repitió la misma operación varias veces hasta que se decidió por un aceite de rosas y sándalo –La Rosa Mística, informaba la etiqueta–. Puso unas gotas en su palma izquierda y se plantó ante mí frotándose suavemente las manos. El paquete de sus tejanos señalaba el leve inicio de una erección, pongamos que se trataba de una erección de grado cinco. Cerré los ojos dispuesta a dejarme hacer.
Sus manos comenzaron a sobrevolar mi espalda en un puente aéreo que partía de la nuca, hacía escala en los omoplatos y repostaba en la cintura. Allí se detenía unos instantes, como recogiendo nuevos pasajeros, y vuelta a empezar.
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