Cariño al contado (24)
Transcurrida la cuenta de protección de esos cinco segundos, suspiré aliviada al ver que Iván no aparecía ante mis ojos y volví sobre mis pasos. Pero al abrir de nuevo la puerta del ascensor, una voz llegó hasta mis oídos.
–¿María? –preguntó Iván permitiéndome comprobar que Noelia había cumplido su palabra de utilizar mi primer nombre para establecer la cita, lo que garantizaba un mínimo de anonimato. Y no pude evitar un fruncimiento del ceño al reconocer un timbre familiar en aquella voz. Confusa, giré la cabeza. A punto estuve de gritar cuando vi a Carlos apoyado en el quicio de la puerta. Pero el alcohol había logrado el efecto anestésico necesario para poder hacer frente a aquel inesperado encuentro.
–¿Se puede saber qué coño haces tú aquí? –pregunté a bocajarro.
–¿Y tú? –a Carlos se le notaba algo más azorado.
–Yo he sido la primera en preguntar –aclaré de un modo un tanto infantil, como si le estuviera diciendo y tú más. Pero en seguida comprendí lo absurdo de la pregunta, pues tan improcedente resultaba la presencia de mi marido allí como la mía.
Por muchos años que pasen, por muchas vueltas que le dé a la cabeza, jamás llegaré a saber qué es lo que me impulsó a seguir adelante con aquella farsa. De acuerdo: la situación era, cuando menos, atípica, y lo normal es que hubiera terminado en una demanda de divorcio. Pero tampoco se le puede negar el violento componente de morbo que contenía. Así que sólo encontré un modo digno de salir del paso.
–¿Cuánto tiempo llevas ejerciendo?
–Tres años.
–Entonces, habrás desarrollado una gran habilidad en el arte del masaje, ¿no?
–¿Qué estás sugiriendo? –preguntó confundido pero con un brillo escabroso en la mirada.
–Que venía a darme un masaje y no estoy dispuesta a renunciar por la minucia de que el manoseador sea mi propio marido… siempre y cuando seas capaz de mantener el distanciamiento profesional que se te supone cuando las clientas no son de la familia.
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