Cariño al contado (23)
La segunda copa la tomé más lentamente, acompañándola con no menos de tres o cuatro cigarrillos. Al tercer licor de cebada mi ánimo había conseguido remontar el vuelo. Realmente, no era necesario acostarse con el prostituto –me había explicado Noelia–; podía perfectamente limitarme a aprovechar sus dotes como masajista. Pero yo sabía que aquello no sería posible: estaba segura de que, si subía al apartamento y el muchacho era tal y como Noelia lo describía, acabaría penetrada de un modo profesional.
Las siete y veinticinco. Decidida ya a terminar cuanto antes con aquella prueba, encendí un nuevo cigarrillo –prefería apestar a tabaco a adormecer a Iván con mi aliento alcoholizado– y pagué la cuenta. Al salir del bar, los tres hombres de negocios me dirigieron una mirada reprobatoria.
Iván tenía su picadero en un edificio de reciente construcción que había tratado de permanecer fiel al estilo modernista de los colindantes. Cuando accedí al patio, el portero –un tipo de unos treinta y cinco años, terriblemente apuesto y vestido con un traje gris marengo de impecable factura, muy acorde con el elitismo que pretendía el edificio– me miró sin mirarme. Me dirigí presurosa al ascensor y sólo me sentí a salvo cuando las puertas se cerraron y pude apoyar mi espalda en el espejo que revestía la pared frontal. Treinta segundos más tarde me hallaba ante la puerta de mi iniciador.
Todavía indecisa, pulsé el timbre. Entendí que conceder cinco segundos de cortesía para que abriera la puerta era más que suficiente para considerar superada la prueba, dejar constancia de mi arrojo y salir de allí virgen –virgen de pago, se entiende.
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