Cariño al contado (22)
Ya sé que todo esto no justifica una infidelidad a Carlos como la que me disponía a cometer, pero es que no debo justificarme ante nadie, acaso sólo ante mi marido; nada más. En cualquier caso –y aunque siga pareciendo que me quiero excusar por lo que llegué a hacer–, ¿cuántas veces seguimos comportamientos que nosotros mismos calificamos como incalificables por el solo placer de llevarlos a cabo?
Justificable o no, eran las siete menos diez y mi cita con el masajista prostituto estaba concertada para las siete y media; tiempo suficiente para volverme atrás varias veces. Sin poder adoptar una decisión definitiva al respecto, me detuve ante la puerta de un café situado a dos minutos escasos del apartamento de Iván. Entré y ocupé una de las banquetas libres perfectamente alineadas a lo largo de la barra, lo más alejada que pude de los tres hombres que hablaban acaloradamente a la entrada del local. Cuando pasé por delante de ellos, los tres fijaron sus ojos en mí y me sometieron a un rápido examen: la calificación que obtuve creo que fue de suficiente alto.
El camarero se plantó ante mí y me saludó obsequiosamente, demasiado obsequiosamente. Daba la sensación de que allí no solían entrar mujeres habitualmente, sólo comerciales haciendo escala en mitad de la tarde. Le pedí un whisky con mucho hielo. El ruido de los cubitos al chocar contra el fondo del vaso, así como mi costumbre de hacer girar los hielos con el dedo, produciendo un amortiguado tintineo, volvió a desconcentrar a los tres hombres, que parecían inmersos en sesudas reflexiones y cálculos sobre las comisiones por ventas que cada uno de ellos percibía de sus respectivas empresas. Apuré el contenido del vaso en dos largos tragos y pedí al camarero que me sirviera una nueva dosis. Me atendió después de preparar un cortado para un tipo raro, con aires de vagabundo de clase alta, que acababa de entrar en el local unos minutos antes.
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