Cariño al contado (21)
Pasaron dos meses desde aquella confesión y Noelia continuaba deslizando subrepticiamente sugerencias acerca de la posibilidad de que yo acudiera a conocer a Iván. Cada día añadía nuevos detalles a su descripción que lo hacían más y más apetecible y, a la vez, imposible de concebir como algo real: inteligente, apuesto, atento, servicial, cariñoso, profesional, estimulante, divertido... Si no estuviera al corriente de las posibilidades económicas de mi amiga, podría pensar que trataba de conseguir unas tarifas más ventajosas por acudir en grupo.
Para mí fueron unos meses terribles. Mi autoestima estaba por los suelos –al menos esa creo que fue la excusa que me puse cuando, finalmente, decidí constatar si las maravillas que Noelia me contaba de su masajista tenían algún fundamento real–; no veía a Carlos salvo en el álbum de fotos de la boda, cada día enfrascado en una nueva actividad de la que apenas me hablaba; mis alumnos de inglés, de vacaciones, lo que me proporcionaba más tiempo libre para pensar en qué perdía mi tiempo; y, para colmo, Noelia cada vez más satisfecha consigo misma.
Creo que la posibilidad de emular a mi envidiada amiga –incluso había pensado en que podría hacer que su prostituto acabase siendo mío, que demostrase sentirse mejor conmigo que con ella, lo que le añadía un cierto toque competitivo al asunto– y el hecho de poder tener todo el control de algo, aunque tan sólo fuera por una vez y en un aspecto muy concreto, fueron los dos factores determinantes a la hora de pedir a Noelia que concertase una cita para mí con aquellas manos maravillosas que me debían hacer descubrir terminaciones sensitivas allá donde nunca imaginé tenerlas –así es como Noelia describía la habilidad que Iván demostraba para el masaje.
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