Cariño al contado (20)
–... a la prostitución masculina para satisfacer mis deseos sexuales –terminó la frase Noelia aplicando una manita de indiferencia a su entonación–. Perdona que te haya quitado las palabras, pero también sabía que ibas a continuar con esa misma frase que utilicé hace tiempo con Chantal. Y que conste que no te estoy presionando para que hagas algo que no creas conveniente; simplemente te estoy aportando una solución... y cuando tú me digas, yo misma te puedo concertar una cita con Iván.
Cuando llegué a casa, mi cabeza era una coctelera en la que se mezclaba una generosa dosis de términos incorpóreos de los que incluso se podía cuestionar su existencia –felicidad, presente, pasado, futuro, permanencia, sentimiento, amor, libertad– con unas gotitas de la más pura de las carnalidades –sexo y prostitución a partes iguales–. No comprendía cómo Noelia podía haber caído en la bajeza de tratar sus dolencias vaginales como quien acude al médico de cabecera por una lumbalgia aguda, pero tengo que reconocer que mi amiga se había propuesto no carecer de nada en toda su vida y lo había logrado. Su vida era una masa de una densidad absoluta, una piel carente del menor poro por el que pudiera colarse el vacío. Pero yo, no; yo nunca, nunca, acudiría a un remedio tan sucio como aquel para llenar otro de los vacíos en que se había convertido mi vida. Nunca, nunca, nunca...
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