Cariño al contado (19)
Los ojos se me pusieron como cuando visito al oftalmólogo y me rocía las pupilas con gotas dilatantes: no podía creer lo que estaba escuchando. Al principio consideré que el comentario de Noelia no era sino una de sus frecuentes bromas, pues recordaba la capacidad que ya demostraba en los tiempos del colegio para soltar la mayor de las barbaridades con una expresión digna del máximo respeto. Sin embargo, había algo en el tono de su voz que hacía presagiar que no se trataba de un comentario baladí, que no esperaba mi sonora carcajada como respuesta. No, en esta ocasión parecía estar confesándome algo aunque le quisiera dar el aspecto de una proposición.
–Noelia, no estarás hablando en serio ¿verdad?
Confirmado. El encogimiento de hombros con que recibió mi pregunta, sus cejas enarcadas, sus labios semifruncidos realzando sus carrillos y esbozando una sonrisa pícara me demostraban que Noelia era ya usuaria de ese tipo de servicios masculinos que se ofrecían en la sección de relaciones y contactos de cualquier periódico.
–Acabas de decir las mismas palabras que pronuncié yo cuando mi amiga Chantal, allá en París, me sugirió de una manera velada que visitase a su masajista... así que te veo dentro de cuatro días compartiendo prostituto conmigo.
–Jamás, ¿me oyes? Jamás recurriré...
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