Cariño al contado (18)
Touché. La afrancesada me acababa de impartir una lección básica sobre semántica aplicada y la verdad es que me estaba bien empleado por mi puñetera costumbre de sacar consecuencias cuando todavía no dispongo de todos los datos: había catalogado a Noelia como una estúpida que sólo se preocupaba por el modelito que debía lucir para el aperitivo, por la sonrisa que debía mostrar en cada ocasión y ella me había asestado un golpe mortal con lo que, en teoría, era mi especialidad. Pero no quise dar marcha atrás.
–Claro, para ti es muy fácil no preocuparse por el futuro y considerar que tienes tus necesidades cubiertas. Es curioso que todos los que no le dan importancia al dinero, y sólo ellos, tienen pasta hasta por castigo…
–Venga, venga, no vayas de víctima por la vida… reconozco que a mí nunca me ha faltado de nada, pero tú tampoco te puedes quejar: por lo que dices, trabajo no te falta, tienes un marido que te quiere –aunque todavía no me lo hayas querido presentar, le supongo una buena persona– y dispones de la libertad de acción necesaria para hacer lo que se te antoje. ¿Qué más quieres?
Noelia tenía razón en, al menos, un noventa por ciento de lo que decía. Pero sus palabras me hacían pensar en que quizás en parte del diez por ciento de lo que callaba se encontraba la causa de mi falta de plenitud personal. Ya sé que puede resultar prosaico, pero desde ese momento comencé a reconocer –creo que lo sabía con certeza desde tiempo atrás– que en la inapetencia sexual de Carlos residía buena parte de mi problema. Noelia, una vez más, pareció leer mis pensamientos.
–¿Qué sucede? ¿Hay algo que no termina de encajar en tu vida de pareja? ¿El sexo, quizás? Pues no sé de qué te preocupas: el amor no se puede comprar; el sexo lo tienes a partir de diez mil la sesión, menos todavía si no eres demasiado exigente con las condiciones higiénicas…
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