Cariño al contado (16)
Creo que fue a mediados de junio cuando reventé y Noelia puso de manifiesto sus insospechadas carencias y su inusual manera de subsanarlas. Sí, ahora lo recuerdo: era precisamente en junio, cuando Carlos estaba más ausente que nunca, dedicado de lleno a sus declaraciones de renta.
Mi marido, como era de esperar, no había logrado dar cuerpo a sus ilusorios proyectos empresariales. Tan sólo había logrado ser la válvula de escape del exceso de clientela de que gozaba su colega, quien no había dudado en traspasarle temporalmente a sus clientes menores a los efectos de cumplir con el fisco. Por mi parte, yo me empleaba a fondo en la preparación de ejercicios de repaso de cara a los exámenes finales de mis alumnos más lerdos. Y aprovechaba el silencio y la soledad nocturna –Carlos llegaba a casa cada día más tarde– para seguir con la traducción de la novela de Chandler.
Una mañana, Noelia me llamó después de un par de semanas sin saber de ella. Según me dijo, había estado muy ocupada con su último capricho: la apertura de una sala de exposiciones financiada por su padre y su viajero esposo. Quedamos para tomar café en el mismo lugar en el que nos habíamos reencontrado con nuestros recuerdos cuatro meses atrás.
Lo reconozco: acudí a aquella cita dispuesta a amargar en lo posible su insultante dicha trasladándole alguna de mis frustraciones. Pero nunca sospeché las consecuencias que mi perversa conducta iba a provocar.
Noelia apareció como acostumbraba: simplemente radiante, vestida con unos vaqueros italianos, una sencilla blusa blanca y unos botines de cuero que sólo recuerdo haberlos visto en alguna revista de moda internacional. Y el mismo perfume de siempre. Y exhalando la misma seguridad que la acompañaba a todas partes…
Sin que viniera a cuento, y antes de que me bombardease con sus estúpidos logros de niña consentida, descargué sobre ella mi artillería.
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