Cariño al contado (15)
Desde el primer momento, Maurice, casi diez años mayor que ella, ofreció a Noelia la estampa de un hermano mayor deliberadamente atento y protector. Era la figura que tanto había echado de menos siempre, la persona que podía intercalarse entre su padre y ella, cronológica y afectivamente. Y poco a poco se fue encariñando de él –creo, por lo que pude deducir de las palabras de Noelia, que en ningún caso se podría hablar de amor hacia él, ya fuera amor con sexo o platónico–. Le atraían sus maneras levemente arcaicas, las atenciones continuas que la hacían sentirse el astro alrededor del cual debían girar naturalmente el resto de los cuerpos celestes, el modo en que parecía venerarla… Y, tras la boda plena de pompa y boato que celebraron en el caleidoscopio multicolor de la Sainte-Chapelle, comenzó a apreciar también la libertad que le otorgaban los múltiples viajes de Maurice; Noelia solía acompañarle en todos los desplazamientos y, mientras él cumplía con sus obligaciones empresariales, ella se deleitaba visitando los mejores museos del mundo.
Debo reconocer que la comezón de la envidia empezaba a apoderarse de mí. Y comencé a ver a Noelia como una insufrible señorona a la que todo le salía bien sin haber hecho mérito alguno para ello, aunque quizás se tratase de una nueva manifestación de mis habituales paranoias. Pero me daba cien patadas verla tan feliz, tan despreocupada, frente a la insatisfacción continua en que se había convertido mi existencia…
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