Cariño al contado (14)

Lo suyo fue como una revelación, como ver la luz de la que habla la Biblia. De la noche a la mañana, pasó de vestirse con amplias túnicas descoloridas y atar sus cabellos en una simple coleta a enfundarse en lujosos vestidos, en informales atuendos de diseño y lucir los peinados de las peluquerías más afamadas de París.
Era inevitable que, tras el radical cambio de imagen, su padre considerase que Noelia ya estaba preparada para ser presentada en sociedad y sentar cabeza. Estaba bien tener una hija intelectual, pero no era eso por lo que él había pisado tantos cuellos para llegar al lugar que había logrado ocupar.
Y en una de las aburridas reuniones de fin de semana que solía preparar la familia, conoció a Maurice. Al principio lo miró con el único interés que despierta un individuo desparejado en un salón lleno de dualidades. Se acercó a él, solo frente a la gran chimenea familiar, la mirada concentrada en los fluidos y coloristas trazos del Rubens que constituía el máximo alarde de la solvente posición económica de la familia Beltrán. Le ofreció la copa de champán que portaba en la mano derecha.
–¿Te interesa Rubens? –le preguntó por iniciar una conversación que presagiaba corta.
–¿Cómo? Sí, sí –respondió azorado. Noelia seguía como una dama oferente, el cabello recogido sobre la nuca, el cuerpo cubierto por un vestido largo de finos tirantes, los brazos desnudos, la mano y su cristalina prolongación extendida hacia un dios indeciso y deliciosamente torpe–. Oh, pardon –se excusó Maurice tomando la copa de manos de Noelia–. Es usted mademoiselle Beltrán, ¿n’est pas? –añadió en una curiosa y cortés mezcla de español y francés con la que pretendía agradar a su anfitriona.
–Noelia; puedes llamarme Noelia. O Noelie, si te resulta más fácil. Te preguntaba si te gusta la pintura de Rubens…
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