Cariño al contado (13)
Yo pasaba muchas horas en casa y, entre clase y clase, comenzaba a dar forma al sueño de todo filólogo en paro: la creación de su propia novela. Al cabo de un año y medio había llenado casi doscientos folios con cerca de setenta mil palabras, las palabras que constituían mi primer y único intento hasta la fecha de alcanzar la fama y salir en los papeles.
Carlos fue el único que leyó aquella historia y, sin dudarlo un instante, me animó a presentar el original en cuantas editoriales fuera necesario. Según él poseía originalidad, interés y un estilo propio, factores fundamentales para alcanzar el éxito. Pero todo fueron negativas o palabras esperanzadoras: quizás en otro momento, su obra está bien pero es poco comercial… de todo, menos editarla. Pero, al menos, uno de los editores, enterado de mis conocimientos de inglés, me propuso realizar colaboraciones a través de las traducciones de textos ingleses. Y así comencé con lo que hoy constituye el grueso de mi sustento, lo que me ha permitido reducir el número de horas que dedico a las clases particulares.
Por su parte, y como ya he comentado antes, Noelia terminó la carrera de Bellas Artes y, durante dos años, se permitió el lujo de llevar una vida bohemia. Sí, digo lujo bohemio aunque parezca un contrasentido porque, en su caso, aquella vida precaria no era ninguna necesidad, amparada como estaba por unos progenitores que se podían permitir el capricho de abrir una galería en la que exponer los mamarrachos que pudiera trazar su hija.
El caso es que, tras dos años en los que logró vender dos o tres cuadros, llegó a la conclusión de que no merecía la pena compartir sus años de juventud con tres tipos que no apreciaban el placer de la ducha diaria, que no parecía sensato limitarse a cincuenta metros cuadrados para cuatro personas cuando, en su propia casa, podía disponer de varias habitaciones para ella sola.
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