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Cariño al contado (12)

Tres días después de nuestro tropiezo en la librería, recibí la llamada de Noelia. Esa tarde tenía previsto salir de compras al centro y me propuso quedar con ella para tomar café en alguna terraza.
 
Aquel fue el primero de los muchos cafés que Noelia y yo compartimos durante las siguientes semanas. Solíamos quedar citadas en bares tranquilos en los que poder charlar de nuestras cosas, de qué habíamos hecho los años en los que vivimos separadas y lo que podríamos hacer juntas en el futuro. Fueron semanas de confesiones mutuas, de sinceras conversaciones en las que se podía apreciar lo unidas que habíamos estado en el pasado. Sin embargo, había en nuestras palabras menos espontaneidad, menos candidez –ese sería el término más adecuado– que cuando nos contábamos nuestros secretos infantiles: lo mucho que odiábamos a nuestros padres por obligarnos a recoger nuestra habitación bajo amenaza de castigo, las averiguaciones que hacíamos sobre el último chico en el que nos habíamos fijado… Se diría que, con los años, habíamos aprendido a no poner todo en el escaparate, a guardar algo en la trastienda hasta saber si podíamos confiar plenamente en la otra. Aprendizaje propio de la madurez, supongo.
 
Mis particulares veintisiete años los pude resumir –al menos en lo que accedí a contarle– en dos tardes. Le conté cómo, al acabar la carrera, me lancé a la vorágine de las oposiciones, escoltada por decenas de compañeros de estudios que pretendían una de las pocas salidas posibles a nuestros estudios. Pero mi precipitación –otra vez la precipitación– me hacía ir picoteando temarios de todas las administraciones posibles, sin ser capaz de centrar mis esfuerzos en una concreta. Así me encontré con treinta años en mi carné de identidad y sin una nómina fija que llevarme a la boca. Eso sí, las múltiples clases particulares de inglés que impartía a todas horas –en lugar de volcarme en lo que debía ser mi objetivo fundamental: conseguir un trabajo digno con seguridad social incluida– me procuraban los ingresos suficientes para no tener que depender de mis padres, con la salvedad del alojamiento, que corría de su cuenta. Mientras, lo que había comenzado como unas salidas esporádicas con Carlos, se convirtió, con el paso de los años, en un noviazgo en toda regla. Y finalmente nos casamos, eso sí, cuando él consiguió su primer empleo en una gestoría y la sinergia de nuestros sueldos nos permitió hacer frente a un piso de alquiler y todas sus consecuencias.

Continuará. Puedes leer desde el principio en el Tema Cariño al contado


20/02/2006 08:52. Autor: elsomardon. Enlace permanente. Tema: Cariño al contado.

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