Cariño al contado (10)
Asqueada por lo que consideraba una escena irreal, llegué a la conclusión de que el tal Chandler, del que conocía más bien poca cosa, estaba casado y volcaba en sus escritos toda su frustración sexual. O sus recuerdos de tiempos pasados. O yo era tonta, porque no recuerdo haber vivido jamás algo parecido con mi Carlos. Tal vez muchos años atrás, cuando la universidad… pero de eso hacía mucho tiempo y no me quedaba otra cosa que una imagen difusa, como dibujada al carboncillo.
Oí cómo unas llaves jugaban con la cerradura de la puerta. Al momento, la voz de Carlos anunció su llegada. Yo me sobresalté por lo inesperado de su aparición, como si me hubiera pillado en falta siéndole infiel con el vecino del tercero, cuando mi único pecado era el exceso de crueldad al pensar en nuestra escasa actividad sexual. Carlos asomó la cabeza por la puerta del estudio.
–¡Sorpresa! ¿A que no me esperabas a estas horas? –cantó todavía desde el pasillo. Aún no me había girado y ya tenía sus manos sobre mis hombros y sus labios en mi cuello en lo que fue un beso más fraternal que pasional, muy diferente de los que Bruce hacía aterrizar continuamente en la epidermis de Rose.
–Pues no, pensaba que no volverías hasta la hora de la cena; como me has dejado ese mensaje en el contestador…
–Es que no te he dicho la verdad: no se me ha resistido ninguna contabilidad. Verás, en realidad he estado comiendo con un colega con el que me encontré hace un par de semanas. Se dedica a asesorar empresas y no puede atender a todos sus clientes. Así que, después de pensarlo bien, le llamé el otro día y le propuse colaborar con él, lo que me permitiría ir dejando poco a poco el asunto de las comunidades. ¿Sabes lo que eso significaría? Que no tendría que trabajar hasta tan tarde todos los días y podríamos pasar más tiempo juntos –añadió antes de que yo pudiera aventurar alguna respuesta plausible.
–Estupendo –exclamé quizás demasiado alborozada abrazándome a su cuello–. ¿Y cuándo empiezas tu nueva faceta profesional?
–Bueno, bueno, no seas impaciente… sólo le he hecho una sugerencia. Ahora hace falta que él la acepte.
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