Cariño al contado (7)
Noelia sabía de matemáticas y, además, poseía el don de la tenacidad. A punto estuve de contestarle con las cuatro palabras que tenía preparadas, pero mi amiga no tenía ninguna responsabilidad en lo que podía considerarse mi fracaso personal. No, debía ser más diplomática y adornar aquellos veinticinco años con las guirnaldas del éxito: a nadie le importaba lo que yo pensara de mí misma.
–Perdona, pero es que no esperaba encontrarme contigo después de tanto tiempo… la verdad es que ha sido toda una sorpresa.
Durante media hora, y con esporádicas interrupciones por parte de Noelia que buscaban profundizar más en algún detalle que, voluntariamente, había sobrevolado fugazmente, puse al corriente a mi amiga de lo que habían dado de sí todos aquellos años. Le conté cómo al terminar el colegio, momento en el que ambas nos habíamos separado –el padre de Noelia ostentaba un alto cargo en una multinacional y había sido requerido para formar parte del equipo directivo de la sede central en París–, había continuado mis estudios de bachillerato en un instituto público y, años después, tras una infructuosa estancia de dos años en la facultad de Bellas Artes, me había licenciado en filología inglesa. Le referí cómo, cuando estaba cursando el último año de carrera, había conocido a Carlos, un estudiante de primero de económicas que destacaba por su febril actividad como representante de los alumnos de su facultad. Le había conocido en el transcurso de una huelga que, durante tres meses, paralizó las clases en casi toda la universidad. Carlos era uno de los cabecillas de aquella revuelta que parecía revivir tiempos pasados y me sentí atraída de inmediato por la energía y la resolución que desprendía en cada uno de sus actos, por la elocuencia de sus soflamas, por el liderazgo que ejercía sobre cuantos le rodeaban. Tanto era así que la individualista Soledad, poco proclive a participar en actos reivindicativos de cualquier naturaleza, acabó integrándose en uno de los grupos de trabajo que tenían por misión la coordinación de los estudiantes con el único objetivo de poder conocer mejor al que, años después, se convertiría en su marido.
–Y hasta hoy –concluí mi exposición de los hechos.
–Así que tienes a un jovencito por marido… no está mal. Al menos, te evitarás las quejas por los achaques y te garantizas la fogosidad que se supone a ciertas edades; mi marido está rondando ya los cincuenta y no hay día que no descubra una dolencia nueva en su cuerpo.
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