Cariño al contado (5)

–¿Sole? ¿Sole Lambán, de las Ursulinas Descalzas? –inquirió la propietaria del dedo.
Giré la cabeza. Comencé por mirar al responsable de la llamada de atención, un dedo tintado de rojo fuego en su extremo queratinoso. Puse después los ojos a patinar sobre unas falanges perfectas, el dorso de una mano primorosamente cuidada, una muñeca firme, un antebrazo cubierto de azul marino del que asomaba un reloj de medio kilo… Sobre unos hombros anchos, la cabeza de una mujer de mi misma edad, vestida como para una recepción oficial –traje de chaqueta del mismo color que la manga que ya había visto un segundo antes, echarpe gris perla, maquillaje de a veinte mil la sesión– que me miraba con ojos sorprendidos. Le resté veinticinco o treinta años, le sumé unas coletas apelmazadas a ambos lados de la cara y le puse nombre.
–¿Noelia? ¿Noelia Beltrán? –pregunté sin demasiada confianza en la posibilidad de acertar.
Mientras realizaba aquel ejercicio de adivinación, comprobé disgustada que la posible Noelia tenía en la mano izquierda, la que no había utilizado para reclamar la atención de su antigua compañera de pupitre, un ejemplar de la primera novela del mismo autor que me encontraba traduciendo en esos momentos –Thomas Chandler, afortunadamente nada que ver con el ilustre Raymond; Thomas tan sólo utilizaba el apellido de soltera de su madre.
–Premio –exclamó con la misma alocada alegría con que lo habría hecho en sus tiempos de colegiala–. Pero chica, ¿qué es de tu vida? ¿dónde has estado todos estos años que no nos hemos visto?
Dónde has estado tú –pensé–, yo no me he movido de aquí en ningún momento. Desgraciadamente, eché unas raíces demasiado profundas en esta ciudad que me ha negado las oportunidades que habría tenido en cualquier otro lugar.
Pero consideré que era un modo demasiado brusco y lastimero de reiniciar la relación que habíamos suspendido tantos años atrás, por lo que me decanté por una fórmula mucho más convencional.
–Hija, no has cambiado nada en estos… ¿veinticinco años? Te veo hecha una cría.
–Venga, venga, tampoco te pases. He aprendido a convivir con mis arrugas y demás consecuencias de la edad. Pero sí, la verdad es que la vida no me ha tratado mal… no, no puedo quejarme. ¿Y tú? Cuéntame, ¿a qué te dedicas? ¿te casaste? ¿tienes críos?





