Páginas amarillas
Era sábado, y, como todos los sábados, tocaba limpieza general. Antonio había bajado a por la prensa y, seguro, aprovecharía para tomar un café en el bar de la esquina. Mejor, siempre he preferido hacer las cosas de casa sin nadie remoloneando alrededor.
Limpié cristales, quité el polvo a los muebles –incluido el que más pereza me da, el taquillón de la entrada, adornado centímetro a centímetro con mi colección de búhos y elefantes con la trompa alzada, que dicen procuran buena suerte–, hice los baños, barrí y fregué todo el piso. A las once había terminado, me senté en el sofá y me encendí un cigarrillo. Antonio todavía no había vuelto: me dije en voz alta que se habría entretenido más de la cuenta en el bar, aunque no pude evitar el pensamiento de siempre.
A las doce comencé a preocuparme en serio. Encendí otro cigarrillo, busqué las páginas amarillas en el taquillón de la entrada a la vez que pedía mentalmente a búhos y elefantes que nada malo hubiera sucedido, las abrí por la B de Bares, descolgué el teléfono y marqué. En el bar me dijeron que Antonio había salido de allí hacia las nueve y media, justo cuando...
Colgué sin terminar de escuchar la explicación del camarero. Lo primero que imaginé es que Antonio era capaz de haberse dejado atropellar en el único cruce que separaba la casa del bar, tan inútil como era. Y todo por seguir rechazando el pensamiento de siempre.
A la una ya estaba de los nervios. Cogí de nuevo las páginas amarillas, las abrí por la H de Hospitales y comencé la ronda uno por uno. Por supuesto, nadie que respondiera a su nombre y descripción había ingresado en toda la mañana. Descarté llamar a la policía, sé que deben pasar ciertas horas antes de denunciar una desaparición y seguramente sólo provocaría en los agentes una asquerosa sonrisa de complicidad entre ellos.
Con la fuerza de un portazo, la angustia inicial dejó paso libre a la indignación más profunda. No tenía sentido seguir negando la evidencia, lo que siempre había pensado que terminaría sucediendo: el desgraciado de mi marido se había largado con la secretaria.
Reaccioné con inusitada frialdad: lo tenía claro si creía que iba a ir tras él como un perrillo faldero. Jamás en la vida sería capaz de rebajarme hasta el extremo de ir detrás de un hombre. De todos modos, las cuentas corrientes estaban a nombre de los dos, y el lunes a primera hora ya serían historia. Pero debía hacer otra cosa de inmediato: bloquear las tarjetas antes de que ese sinvergüenza pudiera retirar un solo duro. De nuevo páginas amarillas, B de Bancos y gestión realizada.
A medias satisfecha de mi sangre fría, a medias avergonzada por lo que Antonio había sido capaz de hacerme, me serví una cerveza y volví a sentarme en el sofá. Las dos y media. Puse las noticias de Telecinco y la cantinela de los niños de san Ildefonso me recordó por primera vez en todo el día que era 22 de diciembre: nosecuantos miiiil noooosecuantos, un porrón de millones de eeeeurooos.
Corrí a la entrada. Bajo el elefante más grande, donde siempre colocábamos el boleto que comprábamos a medias no había nada de nada.
Saqué por última vez más las páginas amarillas y las abrí por la D de Detectives Privados. Lo tenía claro ese cabrón si pensaba escapar fácilmente de mí.
Ricardo Bosque
Relato publicado en el libro Relatos para Sallent I y II Concurso de Relatos Cortos para leer en tres minutos "Luis del Val"





